Caerás en mi trampa Capítulo 3
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Capítulo 3

Aun así, verte ahí, Lauren, de pie en la terraza al aire libre del club, con el campo de golf detrás de ti… me pareció algo nuevo, puro, correcto. Como si te estuviera viendo por primera vez.

Abrí las manos, con las palmas hacia arriba, como si hubiera invocado algo con magia. Porque magia es la única palabra que puede describirlo.

—Eres… tú.

Llevabas un vestido blanco sin mangas. Tenías la piel bronceada.

Una vez más, usabas esas gafas al estilo de Audrey Hepburn.

Tenías el cabello recogido hacia atrás. Estabas riendo con unas amigas, pero debiste de verme con tu visión periférica porque te giraste, por alguna razón.

Me gustaría pensar que fueron los dioses bendiciéndonos, una especie de inspiración mística que te hizo darte la vuelta.

—Eres tú —respondiste, quitándote las gafas y entrecerrando los ojos por el sol. Parecías menos sorprendida que yo—. Simon —agregaste, como si disfrutaras pronunciando mi nombre.

Te apartaste del grupo, en el que no parecía estar tu esposo, Conrad.

Aprecié que pensaras que nuestro primer encuentro (el primero en diecinueve años, al menos) merecía un poco de privacidad, aunque estuviéramos rodeados por cientos de personas en la barbacoa y los fuegos artificiales que organizó el club por el Cuatro de Julio.

—¿Qué… qué estás…? —No terminé la pregunta.

—Ah, yo… volví a la ciudad —dijiste—. Bueno, a Grace Village.

—¿Vives en Grace Village? —pregunté.

—Sí, estoy casada. Estoy aquí desde hace algunos años. ¿Tú sigues en Grace Park?

—La misma casa —dije.

—Eso creí. Suponía que me cruzaría contigo aquí en el club. Recuerdo que tu familia era miembro. Yo… pensé en llamarte, solo para, quizá, no sé, romper el hielo…

Agité una mano.

—Sí, no te preocupes. Todo eso… pasó hace mucho tiempo.

Parecías aliviada, como si te hubieras quitado un verdadero peso de encima al escuchar esas palabras. Me sonreíste como si estuvieras agradecida.

Se suponía que yo debía de estar nervioso.

Había imaginado este reencuentro hipotético en mi cabeza tantas veces que estaba seguro de que estaría inquieto, sudado, tartamudeando y tropezando con cada palabra que pronunciara.

Pero mis nervios se desvanecieron en el instante en que te vi y todas las líneas que había ensayado se evaporaron en el aire. Solo éramos tú y yo otra vez.

—¿Estás casado? —me preguntaste, al ver el anillo en mi dedo.

—Casi diez años —respondí—. Se llama Vicky.

—¿Vicky ha venido contigo?

No. Vicky no estaba en el club. Vicky preferiría estar muerta antes que poner un pie en un club de campo.

—No pudo venir —respondí. Creo que mi cara reflejó algo, porque la tuya cambió, como si te hubieras dado cuenta de que habías tocado una fibra sensible.

No estabas hermosa como hace diecinueve años, Lauren; estabas aún más hermosa.

Te veías como una mujer con más experiencia, más segura, más sabia.

Ya no eras la asistente legal rubia y atractiva de veinte años que empezaba su carrera en el estudio jurídico de mi padre, sino alguien que había madurado hasta convertirse en una mujer confiada y preparada, alguien que había vivido y aprendido, alguien que sabía quién era y dónde estaba.

Me fastidiaba no haberte contado que te había visto en mayo en Michigan Avenue, que la única razón por la que había venido a este estúpido evento en el club de campo de Grace Village era porque había revisado la lista de miembros y vi que tú y tu esposo, Conrad, estabais invitados, y creí que quizá podría cruzarme contigo en esta fiesta del Cuatro de Julio.

Que mi “sorpresa” al verte no era del todo sincera.

Me molestaba que algo que podía ser tan real entre nosotros empezara con pretextos.

Entonces, me dije a mí mismo: está bien, una mentira inocente. Pero eso es todo. Nunca te volveré a mentir, Lauren.

Camino a casa desde el club, me detuve a comprar este cuaderno, solo un cuaderno ordinario de tapa verde (verde como algo fresco y nuevo, supongo).

Pasaron años, Lauren, años desde que tuve un diario.

Había renunciado a escribir mis pensamientos todos los días, quizá porque ya no tenía nada interesante que decir.

Tengo un blog, los artículos sobre derecho y las clases para hablar sobre derecho, y el derecho básicamente se convirtió en lo que fluye por mis venas, el aire que respiro, lo que me alimenta.

¿De qué otra cosa podría hablar? ¿De una esposa que no me ama?

¿Un matrimonio estancado y sin amor? ¿De mi mejor tiempo en alguna maratón de diez kilómetros?

Entonces, volví al diario (hola, Diario Verde), porque ahora tengo algo sobre lo que escribir, Lauren. O más bien, alguien sobre quien escribir.

¡Alguien que aceptó tomar un café conmigo la semana que viene!

Un café no puede hacerle mal a nadie, ¿verdad?