Capítulo 2 #2
Y así voy: un profesor adjunto mal vestido camino a la peluquería para que el viejo ruso llamado Ygor (en serio) me corte el pelo, no vaya a ser que el consejo de departamento crea que no tengo madera para la titularidad porque llevo el cabello demasiado largo.
Aunque ya no importa; al parecer, no tengo que presentarme al concurso.
Es una tarde calurosa y húmeda. Camino entre la multitud por Michigan Avenue, rodeado por turistas, ricachones, artistas callejeros y personas sin hogar.
La Milla Magnífica la llaman. Aunque, para días como este, deberían pensar otro nombre.
De todas maneras, tengo asuntos más importantes en la cabeza.
¿Por qué un grupo de viejos blancos privilegiados con túnicas negras decide lo que se siente ser un chico afroamericano detenido por un policía en la calle?
¿Por qué los abogados creen que decir inter alia en lugar de “entre otras cosas” los hace parecer más inteligentes?
¿Por qué algunas personas dicen “Me quedé sin palabras” cuando, justamente, están demostrando todo lo contrario?
¿Qué? ¿No era suficiente quedarse en silencio?
Sumido en pensamientos, en todos a la vez, cruzo Chicago Avenue, a solo una manzana al sur de la peluquería.
Y entonces me detengo. Mis pies se clavan en la acera. Alguien choca conmigo por detrás y me obliga a dar un paso hacia delante.
Porque lo siento. Te siento, puedo jurarlo, antes de verte, saliendo del edificio de Bloomingdale. La forma de tu cabeza, quizá. La curva de tu barbilla. La manera en que frunces los labios, concentrada. Algo te delata, incluso diecinueve años después. Algo que grita “Lauren”…
“Lauren”.
“Lauren”.
“Hola, Simon. ¿Cómo estás?”.
“Genial, Lauren. ¿Tú cómo estás?”.
… antes de que termines de girar hacia mí, con esas gafas sobredimensionadas al estilo de Audrey Hepburn.
***
Eres tú. Tu cabello es más largo y algunos tonos más rubio, pero eres tú.
Te detienes en el paso de cebra y avanzas con paso ligero, confiado, como alguien que acostumbra a moverse entre la multitud sin mirar a quienes no pueden dejar de mirarte. Tus labios se mueven. No veo un teléfono, pero cuando el viento lleva tu cabello hacia un lado, distingo un AirPod en tu oído.
Yo suelo hacer lo mismo cuando quiero evitar a alguien: ponerme el teléfono en la oreja, bajar la cabeza como si tuviera mala señal y fingir que intento escuchar lo que dice la otra persona. He esquivado cientos de conversaciones así en los pasillos de la facultad. Pero no busco mi teléfono.
Debería moverme, no quedarme plantado en mitad del paso de cebra como una roca en medio de un mar de peatones que fluye a mi alrededor.
Debería caminar hacia ti con la misma confianza con la que tú caminas hacia mí, pero no puedo.
Estoy paralizado. Mis pies no responden.
Mi pulso retumba con fuerza en mis oídos. Mis tripas parecen desgarrarse.
Creo percibir el aroma de tu perfume cuando pasas a mi lado. Lo cambiaste.
No me ves. Tal vez el mar de gente me oculta o tal vez estás concentrada en tu conversación. O quizás, aunque me hubieras visto, no me habrías reconocido. Soy solo un recuerdo distante para ti. ¿Verdad?
Me vuelvo y te sigo.
—Eh, no, gracias. ¿Se llama tener un poco de dignidad? —Lo dices como una pregunta, pero no lo es. Y luego te ríes.
Tu risa no ha cambiado. Eres tú.
Llevas un vestido rosa que resalta tu figura. Cargas dos bolsas de compras. Tienes dinero. No me sorprende. Tienes un enorme diamante en el dedo. Eso tampoco me sorprende. Nunca tuviste problemas para atraer a los hombres con dinero.
Te tocaría el hombro y te diría: “Hola, extraña, ¿me recuerdas?”.
Te cogería del brazo y gritaría: “HOLA, LAUREN, ¿ME RECUERDAS?”.
Estoy demasiado cerca, así que me detengo.
La gente te mira. Claro que sí. Hombres y mujeres. Eres una obra de arte y lo sabes. No aminoras la marcha.
Mis piernas parecen hechas de espuma. Un nudo me aprieta la garganta.
Cruzas Chicago Avenue y entras en un edificio.
Si entro en lo que asumo que es el vestíbulo de un edificio residencial, ya no puedo ser anónimo. Nadie entra por casualidad al vestíbulo de un edificio residencial privado.
Pero no me importa. Empujo la puerta giratoria cinco segundos después de ti, el tiempo justo para que no me veas. Entro al vestíbulo climatizado, elegante, sofisticado y decorado como todo edificio ostentoso del centro.
—¡Señorita Betancourt! —exclama el hombre tras la mesa de la entrada—. ¿Viene a pasar el fin de semana?
—Solo vine a dejar unas cosas, Charlie —respondes—. ¿Cómo están los chicos?
Betancourt. Betancourt.
Te has casado, Lauren.
Vuelvo a salir al calor sofocante; la gente se cruza delante de mí desde todos lados, empujándome hasta que termino en la calle, donde un coche me pita.
Retrocedo y esquivo por poco un taxi que va hacia el sur por Michigan Avenue.
Apoyo la mano en un coche aparcado para mantener el equilibrio y siento que el capó está caliente.
—Tío, ¿qué coño haces? —grita otro taxista, parado junto a la acera, asomándose por la ventanilla.
Levanto la mano para disculparme y vuelvo a la acera, sin saber hacia dónde ir.
Meneo la cabeza y susurro: “Betancourt. Betancourt”.
Betancourt Betancourt Betancourt Betancourt.
***
Hay docenas de personas con ese apellido en Chicago.
Pero solo una llamada Lauren. Y eres tú.
Tu perfil de Facebook, con un vestido blanco ajustado y un sombrero enorme y elegante, como salido del Derby de Kentucky, mientras levantas una copa de espumoso, frunciendo los labios.
¿De verdad estabas tan feliz cuando te tomaste esa fotografía, Lauren?
¿O estuviste todo el tiempo pensando: “Esta será una gran foto de perfil para Facebook”?
¿Fue tan falsa como cuando la gente cuenta historias sobre algo que hizo y las hace sonar mucho más divertidas de lo que realmente fueron?
¿Te importa más cómo te ven los demás que cómo te ves a ti misma?
Miles de amigos, miles de “me gusta” en tus cientos de fotos, esas pequeñas ventanas a tu vida durante la última década.
En la punta de la Torre Eiffel, en un safari por Sudáfrica, tomando copas en Times Square, zambulléndote en el agua helada del lago Michigan, en un triatlón, en alguna carrera de lodo…
Siempre rodeada de amigos y hombres atractivos, bajo el sol, feliz, glamurosa y sensual, divertida, enérgica, de espíritu libre.
Estás casada con un tipo llamado Conrad Betancourt. Pero no tenéis hijos.
Y tampoco vives en Chicago, en sentido estricto. Vives en Grace Village, al este de la ciudad. En el vecindario que está después del mío, Grace Park. Volviste a casa, Lauren.
***
Respira hondo. Tranquilízate, Simon. Piensa en rarezas del lenguaje. Algo. Respira hondo.
¿Por qué decimos “lo vi con mis propios ojos”? ¿Con qué otra cosa lo íbamos a ver?
Respira hondo.
¿Por qué es una regla implícita, pero inalterable, que algunos adjetivos siempre vayan antepuestos al sustantivo? ¿Por qué tenemos que decir “muchos días” y no “días muchos”?
¿Y por qué otros adjetivos siempre van pospuestos al sustantivo? ¿Por qué sí “regalo navideño” y no “navideño regalo”?
Respira hondo.
***
Todo está volviendo y me cubre como la marea.
Crece como un tumor en mi interior, envenenando mis venas.
Debería detenerme en este mismo instante.
Debería olvidar que te vi. Debería dejarte atrás.
Tienes que quedarte justo ahí, donde estabas, en mi espejo retrovisor.
Estoy mejor ahora. Sé que estoy mejor. Vicky dice que estoy mejor. No puedo volver ahí. Todo está bien.
Sí, eso es lo que haré. Te dejaré atrás. Te dejé atrás, Lauren. Eres oficialmente una noticia de ayer o, mejor dicho, de hace diecinueve años.
Vale, eso es todo. Voy a olvidar que hoy te vi.