Caerás en mi trampa Capítulo 2
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Capítulo 2

Simon

—¿Sabes cuál es tu problema? —dice Anshu, aunque no se lo pregunté. Si fuéramos a hacer una lista de todos mis problemas, estaríamos aquí hasta tarde—. No das la mejor impresión —agrega, sin esperar mi respuesta.

—No… —Me echo un vistazo: camisa Oxford y vaqueros azules—. ¿Qué tiene de malo cómo me visto?

—Pareces un estudiante. Se supone que eres el profesor.

—¿Qué quieres? ¿Una chaqueta de paño con parches en los codos? ¿Que empiece a fumar en pipa?

Estoy sentado en mi oficina del segundo piso de la facultad de Derecho con el profesor Anshuman Bindra, quien, dicho sea de paso, sí da una buena impresión con su expresión solemne, su barba bien arreglada y su cabello con la textura de un cepillo que, incluso sin moverse, siempre parece despeinado. Anshu se reclina en la silla.

—Simon, amigo, acaban de citarte como fundamento de una sentencia del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Es como si los jueces hubieran viajado desde Washington hasta Chicago solo para susurrarle al oído al consejo de departamento: “Denle la titularidad a este tipo”.

Deberías andar con la frente en alto hoy.

Deberías ser el nuevo rey de la Cuarta Enmienda.

Pero no, en cambio, apareces vestido así, como si estuvieras yendo a una fiesta de fraternidad.

—No debería importar cómo me visto. Lo que importa es lo que digo, lo que enseño, lo que escribo, lo que…

Pero ya está moviendo la mano, como si dijera “bla, bla, bla”.

—Mira a Reid; él sí da una buena impresión. Usa chaqueta y pantalones de vestir todos los días.

¿Reid Southern? Ese tipo es a la academia lo que Pauly Shore es a la actuación dramática. Tiene padres influyentes, eso es todo.

—Usa chaqueta porque la barriga le cuelga sobre el cinturón —digo—. Y tal vez todos los vaqueros le queden pequeños.

Anshu baja la cabeza y se aprieta el tabique con dos dedos.

—Sí, y tú corres maratones y la mitad de tus estudiantes probablemente quiere acostarse contigo, pero Reid parece un profesor de Derecho. Y se comporta como uno. El tipo escucha Mozart en su oficina. Tú escuchas R.E.M., Panic! at the Disco y N.W.A.

—Vale, primero que nada —digo, inclinándome hacia delante—, jamás escucharía Panic! at the Disco. Además, ¿qué importa la música que escucho?

—No es solo eso. Es el paquete completo. El aspecto desaliñado, la música, la actitud. ¿No crees que la apariencia importa? Sé que no debería importar, pero ya sabes…

—No, sí, lo sé. —Pero no voy a cambiar por eso.

¿Por qué debería? No hay ningún código de vestimenta aquí.

Soy mucho mejor docente que Reid Southern.

Sus estudiantes lo detestan, según dicen las encuestas.

Y sus trabajos académicos son puro humo.

Ahora está escribiendo algo sobre una nueva forma de entender el consentimiento mutuo en el derecho contractual.

Yo estoy escribiendo sobre cómo el Gobierno viola los derechos constitucionales de los ciudadanos todos los días.

—También eres demasiado autocrítico —agrega Anshu.

Bueno, ¿por qué no? Sigamos.

—¿Prefieres que sea pomposo y autocomplaciente? Anshu, por favor, estás estropeando todo lo que mi madre me enseñó.

Me señala con la mano.

—¿Qué le acabas de decir a Loomis en el pasillo? El vicepresidente del maldito consejo de departamento elogia que el Tribunal Supremo haya citado tu artículo y… ¿tú qué le dices?

—No sé, ¿qué le dije?

—Dijiste: “Debieron de estar aburridos en el Tribunal”.

Ah, sí, es verdad, le dije eso.

—O sea, ¿qué te costaba un simple “gracias”? —dice—. El Tribunal más importante del país acaba de citar uno de tus artículos. ¿No puedes disfrutarlo un segundo? No, no sabes recibir elogios. Siempre tienes que despotricar en tu contra. Además, Reid no tiene un blog —agrega.

Abro las manos.

—¿Qué tiene de malo mi blog?

—Haces chistes —dice—. Te haces el gracioso.

—Y también analizo sentencias judiciales y opino sobre si me parecen acertadas o no.

—Escribiste un chiste sobre el presidente del Tribunal Supremo.

—Sí, pero fue divertido.

—Ya lo sé, pero eres tan… informal. Tan irreverente.

—¿Quieres decir que no soy aburrido? ¿Que no uso notas al pie ni palabras en latín? Sabes lo que pienso de las notas al pie y…

—Sí, ya sé lo que piensas de las notas al pie. —Extiende una mano hacia mí, como si estuviera suplicándome—. ¡Pero los profesores de Derecho usan notas al pie! ¡Los profesores de Derecho usan palabras en latín!

No pienso hacerlo. No voy a cambiar mi forma de vestir ni unirme a sus partidas de póquer y cócteles de la facultad, y mucho menos voy a usar palabras en latín ni notas al pie.

Está bien, tampoco voy a cambiar el mundo con esto, pero defenderé mi postura.

—Primero consigue el cargo —dice—. Una vez que te nombren titular, desafía todas las convenciones que quieras. Pero toda esta actitud relajada…

No soy relajado. Soy todo menos relajado. Soy obstinado. Y hay una gran diferencia entre ambas cosas.

—Aquí tienes un poco de latín —digo—. Ego facturus est via mea.

Anshu suspira.

—A ver, supongo que vas a decirme qué significa eso.

—Significa que lo voy a hacer a mi manera.

—Era obvio —responde, moviendo la mano—. Era tan obvio...

—Ahora, si me disculpas, profesor, necesito ir a cortarme el pelo.

—Eso también estaba en mi lista. Lo tienes demasiado largo. Pareces…

—Un estudiante, ya lo sé.

Y entonces me suena el teléfono.

***

Menos de cinco minutos más tarde, entro a la oficina del vicedecano, Martin Comstock, que también resulta ser el presidente del consejo de departamento. Tiene el cabello canoso y peinado de un modo sofisticado, y completa el estereotipo con una pajarita roja.

De hecho, usa pajaritas para que los demás le pregunten sobre ellas y así él pueda revelar, con falsa modestia, que fue asistente de John Paul Stevens, juez del Tribunal Supremo, quien usaba pajaritas, y luego asesor del senador Paul Simon, que, casualmente, también las usaba.

“Ah, ¿esto? Bueno, se podría decir que es una especie de homenaje, ya sabes…”.

El decano se jubila el próximo año y todos dicen que Comstock tomará las riendas. No todos están contentos con esa decisión. Y puede que yo sea una de esas personas. Es un político, no un académico. Un aristócrata, no un intelectual. Es todo lo que odio de la academia.

Más allá de eso, estoy seguro de que es un buen tipo.

—Ah, Simon, qué bien —dice cuando llamo a la puerta abierta.

—Hola, vicedecano. —Le gusta que lo llamen por su cargo. Finge que no, pero es así.

Le echa un vistazo rápido a mi ropa con cierta desaprobación. Para que conste, tengo la camisa dentro del pantalón y los vaqueros están limpios y sin rasgar. Me veo bien.

—Gracias por venir —dice—. Iré directo al grano.

Su oficina, toda de cuero y madera de nogal, es un monumento a su propia grandeza, con diplomas, premios y fotografías con distintos presidentes y jueces del Tribunal Supremo. Está sentado en un sillón de cuero de respaldo alto, detrás de un escritorio imponente.

—Simon, me enteré de que tienes pensado concursar para obtener la titularidad —dice, formando un templo con las manos sobre el regazo.

—Sí, así es.

—Sí, muy bien, bien por ti —dice—. Has hecho un gran trabajo, no cabe duda.

Aquí llega el pero…

—Ahora bien, no quiero que lo tomes a mal, Simon.

En la historia de la humanidad, nadie sigue un “no quiero que lo tomes a mal” con algo que no pudiera tomarse mal.

—Me estaba preguntando… —empieza a decir—. Bueno, sí. Quizá ya sepas que Reid Southern también piensa concursar para el mismo cargo.

¡Claro que sí! También sé que su papi le ha donado más de cinco millones de dólares a la facultad en la última década, lo que, casualmente, coincide con la época en que su hijo empezó a trabajar aquí.

—Sí —digo.

—Y estoy seguro de que sabes que Reid está aquí desde antes que tú.

—Soy consciente de eso. Y también de que usted solo tiene un único cargo para ofrecer.

—Muy bien, muy bien —dice, con un entusiasmo tan condescendiente que parece como si fuera a arrojarme una galleta para perros en la boca—. Y, bueno, es un tema delicado, pero tal vez puedas imaginar que Reid tiene un respaldo bastante importante. Sabes cómo son estas cosas; es su turno.

A muchos profesores adjuntos les han negado la titularidad. No le decimos a la gente que “es su turno”. No, a menos que su padre sea un cajero automático andante.

—Odiaría… —Empieza a mover los dedos en el aire, como si buscara la mejor manera de decirlo, como si no tuviera este discurso preparado—. Creo que lo ideal sería que esperes al próximo concurso. Así podrías postularte sin cargar con la marca de haberte postulado y haber sido rechazado.

—Cree que me rechazarán. —No lo digo como una pregunta.

Pero sí lo es, supongo. Hay varios tipos de la vieja escuela a quienes probablemente no les agrade, pero también hay muchas otras personas buenas, sin intereses políticos, como Anshu, que creen que la calidad de la educación y un trabajo académico sobresaliente son lo que importa, no cómo te vistes o a quién conoces.

—Bueno, obviamente, no es nada definitivo. Pero, como dije, Reid tiene un respaldo bastante importante. Con esto no quiero decir que cuestionen tu trabajo académico, Simon. Tu desempeño es excelente.

Sí, claro, le dices eso a cualquiera.

—Me ha dado mucho en qué pensar, vicedecano —digo.

Salgo de la oficina para que pueda levantar el teléfono, llamar al padre de Reid y decirle que ya tuvo la charla conmigo y que todo va saliendo tal como lo habían planeado.

***

Llego tarde a la peluquería. Por lo general, voy andando, ya que está a solo unas pocas manzanas, pero esta vez salgo por la calle Superior y entro al aparcamiento exterior de la facultad. Suelo llegar antes que los demás y aparcar en una de las primeras filas.

Encuentro el Mercedes plateado de tres puertas y saco la llave. Después de echar un vistazo a mi alrededor, paso la llave por todo un lado del coche y le dejo una horrible rayadura sobre la chapa del lado del conductor.

Perdón por eso, vicedecano.

Ahora sí, a la peluquería.

***