Caerás en mi trampa
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Capítulo 1
Simon
Los coches de policía saldrán esta noche, aunque por ahora no hay ninguno en la avenida Lathrow, al menos por lo que puedo ver desde el vestíbulo de Lauren, observando a través de la mirilla de la puerta principal con la emoción nublándome la vista.
No por las lágrimas. No estoy llorando. Creía que podrían llegar en algún momento, incluso era probable, pero eso no ocurrió.
Ahora sé que no llegarán. Las lágrimas son para la tristeza, el arrepentimiento, el remordimiento.
No estoy precisamente tranquilo, sin duda no es lo que describiría como normal; nada más lejos de eso.
Un zumbido apagado resuena en mis oídos y el pum-pum, pum-pum de mi pulso retumba por todo mi cuerpo, un tambor que ninguna orquesta sinfónica podría igualar.
Aun así, no me tiembla la mano cuando me preparo para sujetar el picaporte de la puerta, que, a juzgar por su pestillo dorado y ornamentado, uno esperaría que abriera una bóveda llena de tesoros principescos.
Pero no hay joyas ni riquezas detrás de esta puerta.
Solo peligro. No se supone que esté aquí, dentro de la casa de Lauren.
Me vuelvo una vez más y miro hacia atrás, hacia el vestíbulo.
El cuerpo de Lauren cuelga desde el descansillo del primer piso.
Los dedos de sus pies están a solo unos metros del suelo de mármol.
Está inmóvil, justo frente a mí, con la cabeza inclinada hacia la derecha de manera antinatural, descansando sobre la cuerda anudada alrededor de su cuello.
Está tan torcida que parece que fuera a desprenderse del cuerpo y caer sobre el suelo de mármol veteado.
Lleva un disfraz de gata, ajustado al cuerpo, que se completa con maquillaje, bigotes pintados y una nariz chata; incluso las uñas de las manos y los pies están pintadas de negro.
Una Barbie de Halloween, si es que algo así existe, y estoy seguro de que sí.
La cuerda, que sube desde el nudo corredizo, se tensa contra la ornamentada barandilla de hierro forjado en el primer piso, con vistas al vestíbulo abierto.
Más allá de lo hermosa que se ve, de lo sensual de su disfraz, no puedo evitar pensar en un congelador de carnicería, con los distintos cortes de carne colgando de enormes ganchos en el techo.
Feliz Halloween, Lauren.
Doy un paso hacia delante, pero mi bota cruje sobre una esquirla de vidrio roto del tazón de dulces de Halloween hecho añicos en el vestíbulo.
Cualquiera sea la razón por la que me acerqué (¿una última despedida?
, ¿volver a ponerle el zapato que se le cayó del pie izquierdo?), lo pienso mejor y me vuelvo hacia la puerta.
Quito el pestillo de la puerta y la abro.
El aire frío de octubre se cuela bajo la capucha que llevo puesta y que me cubre la cabeza por completo, bloqueándome la visión periférica.
Me olvidé de echar un vistazo por la mirilla otra vez antes de abrir.
Eso fue un descuido. Y esta no es una noche para ser descuidado.
Camino por las calles vacías del vecindario con mi disfraz de la Parca, con una funda de almohada en la mano izquierda. Paso frente a esqueletos colgados de los árboles, lápidas en los jardines, luces naranjas en los arbustos, fantasmas que me observan con el ceño fruncido desde las ventanas.
Con la cabeza enterrada en esta capucha inmensa y mi metro ochenta de altura, puedo pasar por un adolescente que salió tarde a pedir dulces (aunque no tendría mucho sentido, considerando el estricto toque de queda del barrio) o un adulto que regresa de una fiesta para la que no se me ocurre ninguna dirección ni el nombre de quién la organizó.
Debería caminar con naturalidad, como si no me importara nada en el mundo; como un hombre anónimo, cubierto de pies a cabeza con una túnica y una capucha negras en la única noche del año en la que eso no parece sospechoso.
Aun así, debo tener una respuesta lista en caso de que me detenga un coche de policía.
Una mujer sabia me dijo una vez: “Las mejores mentiras son las que más se acercan a la verdad”.
“Estoy volviendo a casa”, diré si me lo preguntan. “Bebí demasiado” .
Tendría que bastar. En realidad, no bebí nada, pero es difícil de comprobar. Y la parte de que estoy volviendo a casa se acerca bastante a la verdad. Al menos, voy en esa dirección.
Sigo avanzando por las manzanas perfectamente cuadriculadas del pequeño barrio, llego al parque en el extremo sudeste, tomo el sendero diagonal, paso junto a algunas personas sin hogar, unos columpios vacíos y un grupo de adolescentes apiñados en la colina con cervezas que intentan ocultar.
Pongo un pie frente al otro y trato de actuar con normalidad y pensar en cosas normales. Hace mucho tiempo que no lo consigo.
No me siento normal desde el 13 de mayo.
Caigo en el juego de pensar “¿Qué habría pasado si…?”.
¿Qué habría pasado si no hubiera ido a cortarme el pelo ese día?
¿Qué habría pasado si el vicedecano no me hubiera llamado a su oficina, lo que hizo que me retrasara?
Diez, quince segundos de diferencia y tal vez nunca la habría visto. No habría sabido que había vuelto.
Pero como nada de eso me tranquiliza, pienso en lo que viene después.
Mi diario. Mi diario de tapa verde, que combina con mi teléfono.
Me deshice de él, ¿verdad? Lo quemé hasta dejarlo hecho cenizas en la chimenea, ¿verdad?
No lo soñé… ¿o sí? Si la policía llega a ponerle las manos encima, será el fin.
Eso tampoco ayuda a calmar mis niveles de ansiedad; entonces, intento distraerme con algunas rarezas del lenguaje, como cuando era niño y necesitaba tranquilizarme para no entrar en pánico.
Pienso en que la palabra refrigerador empieza con re- , que es un prefijo que implica repetición, pero uno no siempre “vuelve” a enfriar lo que sea que saque de allí.
O que la palabra tumba funciona como sustantivo, pero también como verbo y podría decir que alguien se “tumba en una tumba”.
No sé por qué pensar en las palabras de esa manera me calma, pero siempre fue así.
Supongo que hay algo en esas rarezas que me resulta familiar.
Tal vez porque, de algún modo, veo algo de mí en ellas.
De pronto me detengo. Mis piernas, inexplicablemente, parecen haberse vuelto de goma.
El cansancio se apodera de mí y mi pulso se dispara otra vez, retumbando en mi garganta.
A solo metros de la avenida Harlem, a segundos de abandonar Grace Village y cruzar al vecindario hermano de Grace Park, donde vivo.
Logro esconderme detrás del cobertizo de herramientas de la Secretaría de Parques.
Me siento en el suelo, bajo la capucha, me quito la máscara y apoyo la cabeza sudada contra la pared de ladrillo.
Hurgo dentro de la funda de almohada hasta encontrar el cuchillo, el mismo que usábamos para cortar el pavo el Día de Acción de Gracias cuando era niño. Creí que lo necesitaría esta noche.
Tomo mi teléfono verde y empiezo a escribir: Lo siento, Lauren. Lamento lo que hice y lamento que no me amaras. Pero no lamento haberte amado como nadie más lo hizo. Iré contigo ahora. Espero que me aceptes y me dejes amarte como no podrías hacerlo en esta vida.
Cuando termino, dejo el teléfono sobre mi regazo, junto al cuchillo. Extiendo la mano con la palma hacia abajo y me la quedo mirando. Se mantiene quieta y firme.
Respiro hondo y asiento. Puedo hacerlo. Estoy listo.