Caelum 8 #3
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8 #3

Observé a Catarbella alejarse de mí mientras el vacío me engullía, entregándome a la gravedad y al vértigo que agitaba mi estómago mortal.

El viento rugió en mis oídos mientras atravesaba las nubes.

Los humanos no sobrevivían a esas caídas.

Morían, morían, iba a morir, moriría. Oh, Catarbella, moriría .

El dolor sería inmenso, y yo moriría. ¿Era eso el miedo a la muerte?

¿Era esa la muerte que tanto ansiaba, pero ahora temía?

La velocidad de mi descenso devoraba la distancia que me separaba del inmenso océano que me recibiría.

Me aferraba al huevo con todas mis fuerzas, como si fuera mi último acto de amor antes del inevitable final.

Mientras caía, una oleada de aire me golpeó y de pronto reboté sobre el lomo de una criatura.

Me aferré a los pliegues de su espalda como si fuera mi última oportunidad y, de hecho, lo parecía.

Aturdido por las emociones, me encontré sobre el cuerpo del dregonilio.

Era Anthos. Reí nervioso y lo saludé. Acaricié su lomo y me aferré a él cuando casi resbalé y caí de nuevo al vacío.

Levanté la vista y divisé a Faraine cayendo como una serpiente gigantesca hasta aterrizar en el océano y sumergirse en él. Parecía ilesa, y concluí que debía ser un monstruo marino.

Anthoperatus voló de vuelta a la tierra. Nos reflejamos en el mar ondulante y las estrellas móviles lo adornaron. Si miraba hacia atrás, podía observar cómo Catarbella se encerraba en una terrible cápsula de niebla roja. Estaba aislada en el cielo, todavía con relámpagos estallando en sus bordes.

Tocamos la orilla del mar en Nylem y me bajé del lomo del dregonilio con dificultad.

Caminé hasta que mojé mis pies en la espuma del mar.

Vomité por interminables minutos. Cuando creía poder parar, todavía seguía, sintiendo como si fuera a ahogarme.

Me lagrimeaban los ojos y la garganta me quemaba.

Nos habían dicho que los serafines teníamos cuerpos humanos, pero nadie nos advirtió que ser un mortal implicaba esa debilidad, ese dolor, ese simple castigo por estar vivo.

Me alejé del mar cuando pude respirar otra vez, pero el cuerpo me pesaba y me regresaba al suelo.

Anthos se me acercó y olfateó mi cabello.

Respiré por la boca repetidas veces, con fuerza, como si me costara demasiado, mientras todavía me ardía la garganta quemada por el ácido estomacal.

Me abracé al huevo con miedo de romperlo, temeroso de trisarlo siquiera.

Un croar me trajo a la realidad y me senté en la arena. Me espanté al ver un anfibio mirándome fijo, croando una y otra vez. Era Flye, por los reinos celestiales. Era Flye.

—Croac —insistió—. Croac. —Su pecho se inflaba y desinflaba.

Negué con la cabeza y me di cuenta de que una lágrima surcaba mi mejilla. Me la sequé, pero luego salió otra, y así sucesivamente.

—No... no te entiendo, Flye —balbuceé.

—Croac. Croac.

Anthos rugió a mis espaldas y me destrozó todavía más.

—Croac.

Dejé el huevo de manera cuidadosa junto a Flye, enterrándolo apenas bajo la arena, asegurándome de que estuviera protegido.

—Llama a Aeris, sé que te seguirá. Vendrá por ese huevo y lo cuidará. No sé si me entiendes, Flye. Por favor... no lo dejes solo.

Me puse de pie, pero pronto mis piernas volvieron a fallar. Caí y me raspé las rodillas. Las sobé con las manos y las encontré remojadas de sangre. Tragué saliva y la garganta me volvió a doler.

Me puse de pie a duras penas, porque la debilidad no me vencería. Vi el mar extendiéndose a lo lejos y pensé en lo que sería morir ahogado. Si moría, regresaría a Catarbella y volvería con Gyuri.

Acaricié la idea en mi mente y anhelé hacerlo, más que cualquier otra cosa que pudiera haber anhelado nunca.

—Croac, croac. ¡Croac!

Di un paso tras otro hasta entrar en el mar, pero la ola se alejó de mí. Di otro y el mar se recogió nuevamente. Sabía que estaba en mi poder continuar avanzando porque el mar no podría encogerse por siempre, por lo tanto, seguí.

Seguí. Debía volver a Catarbella.

Debía volver.

Lo haría, volvería. Sin duda.

Mis piernas volvieron a fallar en el agua y cuando enterré mis rodillas ensangrentadas en la arena, el agua salada provocó me provocó un ardor insostenible que hizo que estallara en un llanto desconsolado.

Mi llanto me recordaba al de Goldin en el orfanato.

Lloré fuerte como un niño. Lloré y me sentí muy bien.

Jamás había sentido las lágrimas remojando mis mejillas. Era un momento hermoso. Sollozar a viva voz, ahogándome entre lágrimas y respiraciones entrecortadas, algo que se suponía que un hombre jamás debería hacer. Por fin podía permitírmelo, por fin.

Debía seguir llorando y limpiarme.

Después de llorar podría levantarme y dar otro paso.

—Croac.

Me giré una última vez y aprecié cómo Flye saltaba extasiado alrededor del huevo que yo había depositado en la arena, el cual comenzaba a trisarse por sí solo, revelando el misterio de la vida que yacía en su interior. Con ternura, enjugando mis ojos, lo contemplé a lo lejos.

—¿Nymmer? —susurré antes de ponerme de pie y regresar a él.