8 #2
Neblina, que probablemente había estado presenciando todo con satisfacción, se reveló entre los ángeles que la ocultaban.
—Como me lo esperaba, sucedió al pie de la letra. No era necesario aniquilar Catarbella casi en su totalidad, pero podemos omitir eso. La muerte de la diosa da inicio oficial a la guerra de los serafines. —La serafina del aire sonrió revelando toda su hilera de dientes.
Gyuri observó a Neblina y caminó de vuelta al trono.
—Oye, ¿qué crees que haces? Tenemos que luchar por ese trono, ¿qué te pasa?
—Serafines de la naturaleza, el trabajo que han hecho es considerado insuficiente, acabado, vil —vociferó Gyuri desde su posición—.
Aestus, no solo asesinaste niños inocentes para convertirlos en tus vasallos, también destruiste la superficie de Melcior con huracanes, bajo fines egoístas e injustificados.
—Pero ¿qué clase de poder te estás atribuyendo? —La serafina del aire intentó interrumpirla, pero sus piernas se doblaron y cayó al suelo.
Me tensé al mirarla caer y al darme cuenta de que Gyuri en ese momento tenía control sobre todos nosotros.
Era evidente que sus acciones habían alterado de modo irrevocable el equilibrio de poder en Catarbella y que estábamos a merced de sus decisiones.
Nylena no había desaparecido del todo, por tanto, seguía siendo su iridia, y ese anillo que tenía le entregaba todas las facultades divinas.
—Aestus, te degrado de tu puesto celestial. Tu condena es vivir en el inframundo como una mortal —sentenció Gyuri.
Neblina se estremeció ante la noticia e, incapaz de responder, permaneció en silencio, su lengua sellada por el poder de la diosa.
—Aestus, no te atrevas a rogar piedad. Mataste a mi familia. No esperes misericordia.
Gyuri elevó la mano y, como si contactara con lo más profundo del cielo, un relámpago enceguecedor chocó contra el terreno, envolviendo a Neblina y transformándola.
Sus alas se le desprendieron de la espalda, mientras sus ojos recuperaban sus pupilas y su piel perdía su brillo y color característico.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo al verla perder el equilibrio y la consciencia, dejando que su rostro chocara contra el suelo cristalino con un estruendo sordo.
—¡Oh, por todos los reinos celestiales! —exclamó Faraine, escondida y agazapada a mi lado—. ¡La ha convertido en un ser humano!
La serafina del mar se encogió cuando Gyuri plantó su indiferencia en Neblina y dirigió su mirada hacia ella.
—Hilaris. Tus motivaciones egoístas destruyeron el sesenta por ciento del océano y a los seres vivientes que lo habitaban. Te enfocaste en crear tu propio paraíso con personas acuáticas y no exploraste el resto de tu territorio para abastecerles.
—Pero... pero ¡eso era imposible! ¡El océano es inmenso y yo tenía que cuidar a mi gente!
—Tu gente eran todos los que habitaban el océano, Hilaris.
Los has matado por omisión. Antes de eso ni siquiera te importaban las vidas de los mismos, por estar enamorada de una criatura que ni siquiera coincidía con tu especie.
—Gyuri entrecerró los veintiún ojos—. Por lo visto, mereces ser degradada de tu posición de serafina, condenada a vivir en la tierra como un mortal.
—Gyuri, ella no... —La enfrenté y traté de hacerla razonar, pero me calló adormeciendo mi lengua con un gesto de su mano.
—¡Podemos ponernos de acuerdo! ¡Puedo explorar el océano y repoblarlo! No tienes que...
Haciendo caso omiso de los ruegos de Faraine, la serafina del cielo alzó la mano con el anillo y otro relámpago estalló contra el cuerpo de mi hermana.
Para mi absoluto horror, no perdió el color de su piel ni sus alas, sino que su anatomía completa se deformó, estirándose en una danza macabra.
Sus músculos se retorcieron mientras su cuerpo se sacudía con convulsiones violentas, transformándose.
Vi cómo le crecían escamas voraces, formando una armadura sólida que cubría su piel, mientras sus ojos adquirían pupilas reptilianas inyectadas de abominación.
Su rostro se distorsionó de manera grotesca, coronándose con colmillos amarillos y afilados que desafiaban cualquier comprensión de lo que había sido alguna vez mi hermana.
Retrocedí horrorizado, desconcertado e intentando con todas mis fuerzas convencerme de que no era real. Mi corazón se desgarró al recobrar mis memorias de cuando Faraine era una pequeña querubina, las que se eclipsaron ante la imagen de esa serpiente gigante.
¡¿ Qué has hecho?! ¡¿Qué le has hecho a Faraine? !, quise decirle a Gyuri, pero no podía separar mis labios.
—Comartus estará esperándote en Riorense, Faraine —le dijo la serafina del cielo, ignorando mi intensa mirada demandante. Ante la noticia, mi hermana dejó de retorcerse asustada y se acurrucó en sí misma, formando un espiral con su largo cuerpo.
Me acerqué a ella y apoyé la frente sobre sus escamas.
—Córtex. Has faltado a tu labor, has provocado un terremoto con tu ira, que ha acabado con la estructura de todos los hogares de las ciudades colindantes. Nylem, Dendroría y la mismísima Dregonia.
Tú sabes por qué lo hice , traté de transmitir con la mirada enfurecida. ¿ Cómo eres capaz de mirarme así después de todo lo que hemos vivido? ¿Después de lo que hemos hecho ? Aún no podía hablar, pero negué con la cabeza intentando transmitírselo.
—No solo eso, sino que has abandonado una aldea completa a su suerte tras el Gran Diluvio —dijo Gyuri, ladeando la cabeza.
Riurian . Caminé hacia ella porque no sabía cómo comunicarme, pero mis piernas perdieron toda la fuerza y control. Caí rendido a sus pies y la miré desde abajo, sintiendo su imponente presencia en el podio.
—Serás degradado de tu posición de serafín, condenado a vivir en el inframundo como un mortal —sentenció.
No me alcanzó el tiempo para sorprenderme cuando el relámpago me cayó encima, aturdió mi cuerpo, lo paralizó y dejé de ver por los ojos de mis alas, para recuperar los dos que tenía en el rostro.
Mi piel perdió el color hasta opacarse por completo y de pronto sentí una debilidad insoportable.
Mis manos dejaron de ser negras bajo las vendas.
Caí al suelo cristalino y me mezclé con la nebulosa que lo cubría.
Sentí tanto frío que se me erizaron los vellos.
Respiré y el aire entró con dificultad por mi garganta.
Un pitido en mi oído se apoderó de mis pensamientos y comprendí que era debido a la altura a la que estábamos.
No supe cuánto tiempo permanecí inmóvil, pero cuando logré separarme del suelo y agacharme, unos brazos me rodearon el cuello. Eran sólidos y quemaban un poco.
Abrí bien los ojos y enfoqué a Gyuri, que había bajado del podio y me miraba con una sonrisa dulce, aquella que sí le conocía.
—Gyuri. ¿Qué has hecho? —le pregunté. Me temblaba el cuerpo.
—Luces aún más precioso como un humano, Cyrone. Ve a vivir en el mundo que tengo preparado para ti. Regresa con Delfina, Aeris y los niños. —Comencé a negar con la cabeza al entender lo que me estaba diciendo—. Te amo. Te amaré incluso cuando mueras. Te amaré por siempre.
—No, nono, no. No, no, no, no —insistí.
Gyuri me entregó el huevo que tenía en sus manos y, al sostenerlo, sentí una oleada de afecto hacia ese frágil objeto. Mis dedos acariciaron su superficie con delicadeza, como si fuera un tesoro precioso que debía proteger con todo mi ser.
—¿Qué crees que haces? —le pregunté ahogado en las palabras—. No puedes renunciar a todo lo que una vez quisiste. No puedes renunciar a mí.
—¿No te das cuenta, Cyrone? Alguien tiene que cuidar del mundo, y Nylena ya no puede.
—La serafina giró hacia el cuerpo inanimado y destrozado de la diosa, luego me volvió a ver—.
Soy la culpable de que este mundo se haya quedado sin un dios, sin una figura celestial que les cuide. Debo tomar su lugar.
—No. —Tragué con dificultad, intentando acostumbrarme a la debilidad de ese cuerpo—. Devuélveme los poderes, también a Faraine, a Neblina. Todos hemos causado esto... somos culpables. Todos debemos responsabilizarnos.
Ella me sonrió con melancolía; aunque aún lucía desesperada, trataba de transmitirme una calma que no sentía.
—¿Somos realmente culpables, Cyrone? —Ella acarició mi mejilla—. ¿Somos realmente culpables por querer lo que queremos? Poder, amor, amistad, un hijo... somos humanos.
—No somos humanos, somos los serafines de la naturaleza.
—Fuimos niños, Cyrone, niños que murieron muy pronto. Niños que al renacer tuvieron la oportunidad de cambiar el mundo y no lo hicieron.
Gyuri se levantó y me miró desde arriba. Intenté levantarme, pero el mundo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Sentí un mareo repentino y una náusea abrumadora. Me aferré al huevo con todas mis fuerzas, temía dejarlo caer y que se rompiera.
—Cuidaré de este mundo como sea, intentaré hacerlo mejor, aun cuando sea imposible. —La expresión de Gyuri se colmó de desesperanza—. Sí. Lo es. Es imposible. Todos los niños se vuelven malos tarde o temprano, tan solo míranos a nosotros.
—Me importa un carajo que sea así, Gyuri. Solo quiero estar contigo, no me degrades —le dije con la poca sensatez que me quedaba—. Si es aquí en Catarbella, si es allá en el inframundo. Quédate conmigo.
Pero se volteó y caminó en sentido contrario, dejando mi petición sin una respuesta.
—El último guerrero en pie gana. Se da fin a la guerra de serafines. Buen viaje al inframundo, exserafines de la naturaleza —acabó Gyuri y pronto el suelo en el que estaba arrodillado dejó de ser sólido, desapareció.