8
N ylena .
La voz de la mujer de mi vida resonó en lo profundo de mi mente.
Me preguntaba si Nylena seguía esforzándose por controlar mis pensamientos mientras me perdía en la inconsciencia.
Era inquietante cómo imitaba la voz de Gyuri tan bien.
Pestañeé, convencido de que me estaba volviendo loco cuando una pequeña mano intentó abrir la mía.
Al hacerlo, me despojó del anillo dorado.
Imposible. Era una visión. ¿Lo era?
Sentí que la misma mano que me había quitado el anillo ahora tocaba mi herida, disipando el dolor que me consumía. Desperté de golpe de mi debilidad. Tomé aire y me senté en el cristal. Respiré aliviado, curado.
Busqué donde antes estaba Gyuri encerrada en la barrera, pero ya no estaba allí. Al mirar hacia arriba, la vi observándome desde su posición, seria, con el anillo de oro ajustado en su dedo.
—Yo... te amo, Cyrone, pero no necesito más protección —susurró ella antes de darme la espalda y dirigirse a Nylena—. No requiero ser protegida, encerrada, engañada ni ultrajada para aprender lecciones o para mantenerme con vida.
Los ojos en las alas traseras me observaban con atención. La serafina estiró el brazo y murmuró las palabras necesarias para conjurar una lanza del Empíreo:
—La esperanza al verse desamparada...
Pero mientras ella hablaba y la lanza se materializaba en su mano, Nylena volvió a reverberar en mi cerebro. De su boca, de su voz. ¿Cómo?
Gyuri seguía frente a nosotros, pero esa palabra se reproducía en nuestras mentes independiente de ella.
Nylena .
—¡¿Lummina?! —gritó la diosa, mirando hacia todas partes.
Pero la verdadera, la corpórea Caelum, seguía recitando el rito del apocalipsis.
—Como serafín creador de la naturaleza, y con las lanzas del Empíreo, te reprendo. Te reprendo, Nyl ...
Gyuri ahora sostenía la lanza con una facilidad sorprendente.
Nylena seguía resonando en mi mente, un eco interminable que me atormentaba.
Estaba exhausto por las voces que profanaban mi cabeza.
Los demás ángeles retrocedieron desconcertados.
Algunos se tapaban los oídos, intentando silenciar la voz que les martilleaba el casco y se apoderaba de ellos.
Nylena. Nylena .
Una niebla oscura y rojiza nos envolvió, creando una atmósfera de caos y desesperación. Cuando Gyuri gritó, una luz relampagueante estalló en el cielo:
—¡Te reprendo! ¡Maldita mujer despiadada!
Nylena. Nylena .
Otro rayo impactó en el suelo de cristal, astillándolo y amenazando con hacer colapsar toda la ciudad.
—¡Los humanos son malvados! ¡Ellos me destruyeron! ¡El mundo de Melcior está roto, roto! ¡Los odio! ¡Los odio a todos los humanos! ¡A todos los ángeles! ¡A todos! —gritaba con desesperación.
Traté de ponerme de pie, mas resbalé con la cara contra el suelo y por eso me sorprendió encontrar un pie descalzo justo frente a mí, a punto de pisarme la cabeza. Alcé la vista y la vi. Era Lummina, con su largo y voluminoso cabello rubio y rizado, que se extendía como un halo a su alrededor.
—¿Qué? —murmuré al ver a mi antiguo amor de pie frente a mí. Sus ojos, sin embargo, estaban blanqueados y refulgían en la oscuridad.
—Nylena —pronunció Lummina, pero su voz se oyó dentro de mi cabeza.
—Nylena —dijo a la vez otra versión de Lummina detrás de mí.
Me horroricé al ver dos figuras exactamente iguales. Luego tres, hasta que finalmente distinguí por lo menos seis. Estaban multiplicadas a mi alrededor en una extraña repetición, y eran las únicas que podían mantenerse de pie en medio del caos que nos rodeaba.
Los relámpagos se detuvieron abruptamente y el cielo volvió a sumirse en la oscuridad total. No podía ver nada; todo era tan oscuro que ni siquiera podía distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados.
Nylena Aestus .
Neblina Aestus .
Xylo Coltrese .
Neblina Aestus .
Nylena Aestus .
Xylo Coltrese .
Esos nombres se repitieron en mi mente, reverberando con la voz de Lummina. Luego, otros nombres, desconocidos para mí, se hicieron presentes en mi cabeza. Cada uno resonaba con diferente intensidad, susurrados por voces invisibles en el vacío de mi mente.
Dan Loner. Nylena Aestus. Domme Scratiria. Klause Volt. Neblina Aestus. Xylo Coltrese. Domme Scratiria. Dan Loner. Nylena Aestus .
Las voces eran tan insoportables que me vi obligado a cubrirme las orejas, como si eso pudiera mitigar el sonido.
Por fin, en la penumbra distinguí una luz brillante, aislada entre los demás ángeles menores, arcángeles y almas errantes.
Nylena estaba envuelta en fuego, su piel ardía e iluminaba todo a su alrededor.
Se giró lentamente en dirección al podio, casi el único elemento de Catarbella que no se había quebrado por completo.
Pero allí, sentada en el trono de Nylena, estaba Gyuri.
La chica de cabello corto y rizado, con el anillo en su dedo.
—Me dijiste que podía crear lo que quisiera para mejorar tu mundo, Nyl —habló la serafina—. Para eso me diste este anillo.
—Pero no debías destruir Catarbella con él, Lummina.
—Ni tampoco debías destruirme con tu poder. —Gyuri se estiró en el trono viendo cómo Nylena se envolvía de brasas—. ¿Sabes? Me preguntaba cómo es que habías irradiado calor a Melcior, si ese no es el poder de un dios. Es materia, naturaleza, el fuego pertenece a los serafines.
—Lummie..., no...
—Pertenece al quinto serafín.
—Lummina, detén esto. No querrás que acabe contigo.
—No querrás hacerlo tú, querrás decir, porque no puedes. Me amas, ¿no es así, Nylena? Soy tu iridia. ¿Cómo podrías acabar con lo único que te hace moverte? Debiste pensarlo mejor.
—Hiciste lo mismo, Lummina. Tu iridia era un niño.
—¿Mi hermano, Nym? Oh, sí. Él era mi iridia. Fue quemado en Nylem. Ahora me pregunto quién lo mató y cómo. ¿Con qué poder?
—¿Cómo puedes seguir moviéndote sin tu iridia? —cuestionó Nylena, dando un paso hacia ella.
—Porque mi iridia es tan grande que no importa cuánto me aleje de ella: sigue brillando.
Gyuri levantó la mano y apuntó su dedo hacia Nylena.
—Oh. Acaso... ¿acaso soy tu iridia, Lummie?
Permanecí inmóvil mientras la serafina se levantaba de su trono y se dirigía hacia la diosa. Caminaba grácil, irradiando una confianza abrumadora. No aparté los ojos de ella ni por un instante, incluso cuando me rodeaban las copias perfectas de Lummina.
Gyuri abrazó a Nylena, envolviéndose en sus llamas, y de pronto vi cómo la espalda de la diosa se arqueó abruptamente. No fui consciente de lo que había ocurrido hasta que observé que la serafina usaba toda su fuerza para arrancar su mano del abdomen de la diosa.
Me levanté de un salto al darme cuenta de lo que había sucedido: Gyuri había atravesado a Nylena y había extraído de su cuerpo lo que parecía ser su corazón. Sin embargo, al observar con más atención me di cuenta de que no era un corazón lo que sostenía en sus manos. Era un huevo.
Las llamas que envolvían a la diosa fueron absorbidas por aquel óvalo.
—Nymmer, mi hijo. Lo usaste para irradiar calor a Melcior.
¿Nym...? Exhalé el aire que había contenido en el pecho. Sus ojos, sonrisa y cabello aparecieron en mi memoria con tanta nitidez que, de haber tenido tierra ahí en las alturas, habrían surgido millones de flores marchitas.
—No me entiendes —dijo Nylena, debilitada por la herida y de rodillas frente a Gyuri. Su voz sonaba ronca, como si estuviera enferma.
—¿Que no te entiendo, Nyl?
—¡Tú eras el amor de mi vida! Te marchaste junto a ese serafín asqueroso.
Un hombre repugnante que te tocó todos los días y yo estuve en el observatorio, cada segundo, destruyendo mi mente al verlo.
Luego tuviste un hijo con él. ¿Qué esperabas que hiciera?
Me estabas destrozando, Lummina, ya no podía caminar.
Mi iridia estaba casi agotada. Necesitaba una parte de ti, la que fuera.
Tomé a ese niño y por fin pude volver a moverme.
Gyuri frunció los labios y la abofeteó.
—¡Maldita escoria de diosa! —gritó la serafina, lo que debilitó a Nylena todavía más.
Gyuri se subió sobre ella, dispuesta a golpearla con torpeza.
—¡Yo solo quería hacerte feliz! —gritó Nylena, quejumbrosa.
—¿Querías hacerme feliz? Mira a tus espaldas.
Nylena se giró hacia mí con dolor en sus ojos, pero su atención estaba enfocada en las figuras repetidas de Lummina que me rodeaban.
Las almas errantes, que habían sido liberadas, se deslizaron entre las figuras, envolviéndolas por completo en una danza misteriosa.
Las figuras de Caelum comenzaron a deshacerse en heridas, como si fueran marionetas cuyos hilos se estuvieran cortando.
Me horroricé al verlas inmóviles como muñecas, envueltas en moretones y cortes, heridas abiertas y sangrantes, gimiendo en suciedad y dolor.
—¿Cómo pudiste hacerme eso?
—No, no —negó la diosa, las lágrimas bañaban sus mejillas—. Lummina. Perdóname...
Gyuri agarró a Nylena del cuello de su vestido para atraerla hacia sí. Los once ojos negros de sus alas la enfocaron con odio.
—Puedes pudrirte, Nylena. Jamás te perdonaré, jamás.
—Lummina, por favor...
—Mi nom-bre-es-¡Gyuri! —masculló de manera entrecortada.
Con esas palabras, Nylena comenzó a ennegrecerse, como si la oscuridad se filtrara a través de sus venas.
Su forma, una vez majestuosa, se desfiguró ante mis ojos.
Su iridia consumida la dejó inmóvil, inanimada.
Las almas errantes que habían herido a las copias de Lummina se acercaron a Nylena, quien, a pesar de toda su grandiosidad, era incapaz de huir al verlas acercarse.
Una vez sobre ella, la envolvieron, la hirieron, la destrozaron y Gyuri tan solo se quedó de pie presenciándolo.
Sonreía con tal maldad que su rostro me resultaba irreconocible. No era Gyuri, al menos no la mía. Tuve que enfocarme bien en su expresión, hasta que muy al fondo de su mirada pude dilucidar que en realidad sufría al saborear esa cruel venganza.
Aún sostenía en su mano el huevo que brillaba de manera ominosa, testigo silencioso del caos que le rodeaba.