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L a diosa esbozó una sonrisa nerviosa, que se expandió aun más mientras se enfocaba en la lanza plateada en mis manos.
El piso vibraba bajo mis pies. Solté despacio el aire contenido para concentrarme.
Sabía que si no reaccionaba con rapidez, me devoraría en un instante.
Nylena me cazaría sin piedad si yo permitía que tomara a Gyuri como rehén.
Había anticipado cada amenaza, cada sabotaje de esa arpía en mi mente, por eso, cuando el suelo de cristal se resquebrajó, ya había desplegado mis alas en todo su ancho, y cuando Nylena daba el primer paso hacia Gyuri, yo ya la había arrancado del suelo con un ágil vuelo.
Los altos pilares que antes se erguían majestuosos y derechos ahora se deformaban, alargándose y curvándose como si fueran brazos que intentaban atraparme en pleno ascenso. Gyuri, desconcertada, se aferraba con fuerza a mi cuello. Tomé el anillo entre sus manos y volví a colocarlo en mi dedo.
—¿Qué haces? ¿Qué piensas a hacer? —me susurró con temor. Podía sentir su mirada aterrorizada fija en los principados que nos perseguían desde atrás. Gritó cuando las criaturas celestiales se nos abalanzaron y yo me dejé caer en picada.
Batí las alas para amortiguar nuestra caída, asegurándome de mantener el vuelo controlado mientras descendíamos. Aterricé en un terreno vacío de Catarbella, justo frente al gran podio. Sin pilares móviles a la vista, aquel lugar era ideal para defendernos.
Dejé a Gyuri en el suelo y la vi caer de rodillas, derrotada. Comprendía su estado; la revelación de Nylena seguramente la había dejado sin fuerzas. En lugar de abrazarla, me mantuve firme dándole la espalda. No permitiría que nadie se le acercara.
Con el anillo dorado tracé un arco invisible, y sonreí cuando los demás ángeles nos rodearon, aterrizando en filas.
Los principados fueron los primeros en acorralarme, con su baja estatura, alas áureas y calvas cabezas que brillaban bajo la luz de las estrellas.
Luego vinieron los ángeles menores, trastabillando torpemente al tocar el suelo con sus alas de plumas perladas en tonos coral y sus cabellos rubios.
Por último, los arcángeles, cuya jerarquía solo estaba un peldaño por debajo de la mía, se acercaron ondeando sus largos cabellos oscuros y desplegando sus alas negras, que se fusionaban con el ébano que teñía su piel.
—Ya basta —suplicó Gyuri, su voz quebrada por el miedo—. No quiero una guerra de serafines. No quiero que este mundo se acabe.
—Eres mi diosa, Gyuri —declaré sin mirarla. Con mano firme empuñé la lanza, mientras que con la otra tomaba un cigarrillo. Me lo llevé a la boca y lo aspiré con ganas. Para cortar cabezas de criaturas inocentes, necesitaría un poco de eso.
—Eres mi diosa. No habrá guerra alguna —repetí.
Sé que Gyuri siguió hablándome, pero sus palabras se desvanecieron en el aire cuando exhalé el humo y escudriñé el perímetro.
Los ángeles aguardaban, tensos, listos para responder al primer movimiento. Había llegado el momento para el que habían sido creados y entrenados durante toda su vida. Y, sin duda, ese momento había llegado también para mí.
Por eso no pudieron anticipar mi primer ataque. Con un solo gesto corté una línea frente a mí, desatando una fuerza colosal que atravesó la primera línea de principados. Sus cabezas se separaron de sus cuerpos en un rebote macabro, mientras la primera trompeta sonaba marcando el inicio del fin.
Avancé con determinación y rebané el brazo de uno de los arcángeles con la misma indiferencia. En un tercer movimiento clavé la lanza en el pecho de otro ser alado de plumas negras que se me acercaba por la espalda y la recuperé de inmediato.
—Los ángeles no se comparan con la raza humana —susurré, consciente de que era una afirmación arriesgada. Sin embargo, aquel que lucha por sobrevivir siempre es más fuerte que quien no teme a la muerte. Lo aprendí tras siglos de combates contra guerreros humanos.
Los ángeles que habían intentado emboscarme por el costado pronto quedaron atrapados en la estela cortante que dejé al darme vuelta con la lanza alzada. Al bajar la empuñadura, hice estallar en sangre al siguiente que se me acercó por debajo.
Miré hacia atrás y vi a Gyuri. Sabía que algunos ángeles intentarían atacarla.
Ahí estaban, chocando en vano sus armas contra el aire.
No tendrían éxito, ni siquiera podrían acercársele.
El anillo en mi dedo aún mantenía el poder de las barreras invisibles, como aquellas que la encerraron en el fondo de Riveria.
La serafina golpeaba la pared transparente tratando de salir; me gritaba, pero todos los ruidos eran ahogados por la solidez del refugio.
Odiaba tener que confinarla así; era la última de mis voluntades. Sin embargo, debía protegerla del ejército celestial.
Ignoré el dolor que se retorcía en mi pecho y volví a cortar. A rebanar. A separar.
Desde los pisos superiores de Catarbella, las dos serafinas descendieron para luchar a mi lado. Faraine tropezó al aterrizar y se sostuvo de mi hombro, mientras Neblina, ya con su lanza del Empíreo invocada, flotaba grácil en el aire.
—Te... reprendo —susurró Faraine, acabando el ritual de invocación de las lanzas.
Luego se dirigió a mí—: Era demasiado pronto, Sonrisitas.
Te aseguro que era demasiado pronto, pero estoy contigo en esta lucha.
Moriremos juntos, ¿te parece? Tal vez nuestras cenizas vuelen juntas para siempre, para tu desgracia.
—O tal vez nos encontremos en el Gran Empíreo —respondí.
Al observar a Neblina arrasar con una veintena de arcángeles, dividiendo su lanza en múltiples partes para tirarla y clavarla en sus gargantas, supe que vencerla no sería tarea fácil. Yo ya le había prometido que me rendiría ante ella.
Miré a Faraine.
—Trucha, te he entrenado bien. Tú debes asegurarte de que esa víbora no se convierta en la próxima diosa.
—¡Qué presión me pones! ¡Por el Gran Empíreo! —espetó la serafina del mar antes de elevarse al cielo para atacar al ejército desde las alturas.
Yo me mantuve firme en el suelo. No había un mejor lugar para mí.
Corrí hacia una fila de ángeles menores que intentaban subir y elevarse.
También tenían alas y sabían que tendrían ventaja sobre mí si me atacaban desde arriba.
Pero antes de que pudieran ejecutar su estrategia, yo ya se las había cercenado.
Las plumas no volverían a crecer, y seguramente por eso se dejaron asesinar en el siguiente ataque.
Era hora. Vi como mis adversarios retrocedían con cada paso que daba. Aterrorizados de mí; aunque no los mataría si decidían desertar. Solo debían dejarme avanzar hacia Nylena, debían quitarse de mi camino. Se los comuniqué con la mirada.
Busqué a esa mujer por todas partes. Las manos temblándome de la ira mientras empuñaba la lanza.
Hacia dónde ...
Hacia dónde estás buscando .
Cardillo .
Mis ojos, cegados por una luz deslumbrante, se cerraron.
Me sostuve la cabeza, y cuando abrí los párpados de nuevo, el mundo había cambiado.
En lugar de la batalla en Catarbella, solo podía ver a través de las dos cavidades en mi rostro.
Lo más desconcertante era que ya no había ángeles ni la ciudad celestial.
Frente a mí había una alfombra conocida.
De repente me sentí tan exhausto, que aceptar que la guerra en Catarbella no había sido más que un sueño parecía más sencillo.
Me encontraba en la casona de Dregonia, reconfortado por el murmullo de voces agudas que reían en la otra habitación.
Jaci, una de las niñas del orfanato, se subió sobre mi espalda, empujándome hacia adelante.
—¡Juguemos! ¡Cyroneeeeeee! ¡Juguemos! —me gritó la pequeña.
Temblaba. El suelo trepidaba de forma sutil, casi imperceptible.
—Cyrone, deja de malcriar a la niña y tráela a cenar —me dijo Delfina con su voz temblorosa.
Hice un esfuerzo por mantener mis labios en una línea recta. Deseaban sonreír.
Me aferré a la sensación de que esa tranquilidad en mi corazón era una ilusión y negué con la cabeza.
—Esto no debería estar pasando —murmuré para mí mismo.
—¿Qué no debería estar pasando? —preguntó Delfina.
—Sí, ¿qué no debería estar pasando? —imitó Jaci—. ¿No quieres jugar, Cyroneeee?
Las manos de la niña pellizcando mi mejilla se sentían muy reales. Mi mente estaba envuelta en una bruma confusa.
—No estoy realmente aquí. Esto debe ser obra de... —Mi voz se detuvo, incapaz de pronunciar el nombre de Nylena.
Delfina ladeó la cabeza y llamó hacia atrás: «¡Torinilla!». En ese instante, Gyuri apareció, cargando un bebé de cabello blanco en sus brazos. No, no, no. Tragué con dificultad, sintiendo mi garganta seca.
La vibración del suelo se intensificó, pero solo yo parecía percibirla.
Gyuri entregó el bebé a Delfina y se acercó con grandes zancadas para arrodillarse frente a mí.
—Mi amor —dijo, tomando mi rostro entre sus manos—. ¿Te pasa algo? ¿Qué sucede?
Negué con la cabeza, jadeando mientras intentaba hablar, pero las palabras no salían. Mi lengua estaba entumecida.
—No estoy aquí —conseguí decir.
El temblor se hizo más fuerte.
—¿A qué te refieres? —Gyuri miró hacia atrás y volvió a dirigirse a mí—: Nos estás preocupando.
Salgan de la casa .
Huyan antes de que yo la derrumbe .
Miré a Gyuri y a Delfina, y vi que ninguna entendía el motivo de mi desesperación.
—¿Qué sucede? Cyrone, en serio —dijo Gyuri, frunciendo el ceño.
Cuando los presentes en la habitación miraron hacia arriba y notaron que las lamparillas colgantes se mecían oscilantes, ya era demasiado tarde. Las vigas comenzaron a desprenderse en nubes de polvo opaco y la primera estructura se desplomó sobre Delfina.
Para ese momento, yo ya había olvidado que todo era una ilusión.
Jaci chilló de horror y salió corriendo, mientras cuadros y vajillas caían de los estantes. Era peligroso dejarla escapar, pero la visión de mi madre aplastada y la de mi hijo bajo el derrumbe detuvo mi corazón.
Basta. Este terremoto es mío. El temblor cesará si dejo de sentir.
Ya basta. Debo parar . Pero el caos no cesaba, y los gritos de dolor de los pequeños llegaban a mis oídos como si estuvieran siendo aplastados a centímetros de mí.
De repente, un dolor agudo me atravesó el abdomen, un escozor insoportable que, a diferencia de otros ataques que había sufrido, no se disipaba en segundos sino que se aferraba con cruel insistencia.
Al mirar hacia abajo vi un arma clavada en mi cuerpo, sostenida por Gyuri.
La imagen de mi amada, aterrorizada, se fusionaba con el dolor.
El sufrimiento fue tan intenso que me sacó de la ilusión y me devolvió a la realidad.
Los contornos de Gyuri se transformaron en un arcángel que me clavaba su lanza, solo para luego desencajarla de mi cuerpo con la misma frialdad con la que yo los había tratado a ellos.
Estaba de vuelta en Catarbella. Miré la herida sangrante en mi vientre y la toqué con mis manos temblorosas. Ardía.
Cuando tosí, la saliva en mi boca se mezcló con un líquido espeso y de sabor metálico que dificultaba mi respiración. Supe que era grave. Era muy grave.
Volteé hacia el centro del campo de batalla, donde Nylena revoloteaba sus cabellos espesos y largos, usando el poder que le quedaba de su antigua naturaleza del aire. Con un susurro amplificado, pronunció:
—Se han emancipado sus cuerpos, pero sus mentes... —Su voz se volvió un eco ominoso—, sus mentes me pertenecen.
Y cuando pensé que podía hacer algo al respecto, la bruma en mi mente intentó distorsionarse de nuevo.
De soslayo, observé cómo el vuelo de Faraine se volvía errático y descoordinado.
Sin embargo, el dolor, combinado con la sangre que brotaba a borbotones de mi abdomen, me arrastró de vuelta al presente con brutal facilidad.
No me atreví a mirar a Gyuri, que estaba detrás de mí viéndome colapsar. Mi herida no se curaría, especialmente con el apocalipsis ya manifestado; las armas de los ángeles podían matarme. Podían herirme. Herirme de verdad.
Mis veintiún ojos se desenfocaron en diferentes direcciones mientras caía de rodillas al suelo.
Ponte de pie, Córtex, ahora , traté de ordenar a mi cuerpo, como si mis propias palabras pudieran imponerse como lo habían hecho siempre.
Me sentía exhausto, más allá de lo que creía posible.
Cuando un ángel menor, tembloroso y armado, se me acercó, supe que podría ser mi fin.
No .
Me forcé a levantarme de nuevo, con la mano presionando la abertura.
El líquido no dejaba de brotar. El atacante y los demás ángeles retrocedieron, sorprendidos de verme luchar.
Batí las alas no para elevarme, sino para mantenerme de pie.
Apreté los dientes y me erguí tembloroso.
No moriría, no sin antes enfrentar a Nylena.
No sin demostrarle al mundo que mi lucha no había sido por venganza, agonía ni resentimiento acumulado desde mi nacimiento, por las falencias y anhelos no cumplidos.
Había luchado desde el principio porque ella sonreía, porque Lummina me veía.
Ella me veía en ese instante. Lummina, Gyuri, cual fuera su nombre.
Estaba ahí, así que pelearía. Aunque mi amor, imperfecto y a menudo destructivo, había devastado nuestras vidas una y otra vez, no me rendiría.
Continuaría peleando, luchando por salvarla, por darle aunque fuera una pizca de lo que ella me había dado durante aquellos primeros años de vida, insignificantes y efímeros.
Con una sola mano giré la vara y le corté el brazo a mi atacante.
No iba a sangrar. De repente, un nuevo rival, un arcángel oscuro que se había ocultado en mis puntos ciegos, me atacó por detrás.
Un codazo y una patada en el pecho lo derribaron.
No iba a sangrar. Pero cuando el mareo me hizo bajar la guardia, otra espada celestial se hundió en mi espalda. No iba a sangrar. Maldita sea.
No frente a ella.
Pero estaba cansado.
Muy cansado.
Ah, qué repugnante. La espesa sangre saturaba mi boca, mi nariz y mis manos.
Mi rostro estaba cubierto de ella mientras caía y me apoyaba en el suelo.
El arcángel más intrépido se me acercó de nuevo y, seguro de que no podría moverme para evitarlo, me atravesó con su sai, retirándolo con la mismafacilidad con la que se extrae de un colchón.
Cuando me intenté mover, me perforó otra vez.
Miré mi anillo desenfocado, agónico, brillando bajo el cielo hermoso. Ojalá hubiera sabido cómo usarlo para curarme. Con él solo sabía crear ilusiones y engaños, barreras y cárceles. Suspiré.
Al menos podría ver sus ojos una vez más.
Sus pequeñas manos, sus pucheros y sus mejillas infladas.
Las mejillas llenas, como las de su madre.
Sonreí.
«Menudo sol hecho amor, manitas calurosas, cielito de infinito color, descansa en mí... Por ti, Melcior, conquistaré...»
Esa canción de cuna...
Mi pequeño sol.