6 #2
—Puedo amarte —contestó Gyuri, con un tono que parecía escapar de sus labios envuelto en una sonrisa—. Lo que te pediré no tiene que ver con Cyrone. El poder del observatorio es absoluto, ¿no es así? Puedo ver con claridad cualquier lugar en cualquier momento, año, hora. ¿Verdad?
La diosa Nylena asintió; tan pronto lo hizo, negó con una sonrisa.
—¿Quieres ver algo en particular? ¿Eso a cambio de que me ames? —Nylena ladeó la cabeza—. Es un trato exquisito para mí. Tal vez demasiado bueno. No creo que serías tan condescendiente conmigo.
—Quiero que me muestres Nylem a la orilla del mar, año 80 de Milersar.
Nylena miró a un costado y se volteó hacia el cristal.
La imagen se distorsionó, retrocediendo en el tiempo.
Pronto, la vista se enfocó en la orilla del mar de Nylem.
Nada más se veía la marea entrando y recogiéndose en la playa.
Mientras continuábamos observando, a petición de Gyuri, de pronto me sorprendí al ver la aparición de Caelum, Lummina.
Sus ojos parecían perdidos. Cayó de rodillas como si estuviera fatigada tras una larga caminata.
Un grito ahogado escapó de sus labios, apenas audible, y pronto fue bañada por una débil llovizna.
Ese fue el último movimiento que pudimos percibir en ella. Pronto, dejó de moverse por completo. Apreté los dientes cuando me di cuenta: presenciábamos el momento en que Caelum había perdido su iridia, tan solo unos días después de haber perdido a Nymmer.
—¿Eso querías ver, Lummina? —Nylena preguntó después de un rato.
—Aún no termina —le respondió Gyuri, con todos los ojos enfocados en la imagen.
Observamos la escena inalterada por un par de minutos, hasta que pronto apareció un hombre de avanzada edad, quien se acercó con arrobo al cuerpo aparentemente inerte de Caelum.
La movió para despertarla, e insistió varias veces más.
Luego sonrió y se volteó para llamar a otra gente.
Otros cinco hombres le siguieron, ansiosos como cerdos.
Uno de ellos se atrevió a derribar a Caelum con un empujón.
Ella, al caer contra el suelo, recibió una patada llena de arena.
—Lu... Lummina, no querrás recordar todo esto, ¿verdad?
—Oh, yo no lo recuerdo, Nylena, a diferencia de ti.
—¿A qué te refieres?
Aparté la mirada de la imagen cuando uno de esos animales cogió a Caelum del pelo.
Me asqueó verlos reírse. Lo único que recordaba de esos seis infelices eran sus vísceras, los ojos salidos de las órbitas, la sangre derramada en mi ropa.
La garganta se me apretó y me lastimé con la fuerza con la que mis puños se cerraron.
—¿A qué me refiero, Nyl? ¿No estabas viendo todo esto desde el observatorio?
—Yo... no...
—¿O no es que todo lo ves, todo lo oyes?
—¿Qué insinúas, Lummina? —Nylena rio mientras negaba de manera exagerada—. Yo no hice que esos hombres a ti... ¿Cómo podría hacer eso? ¡Ellos hicieron lo que quisieron contigo! ¡Fue la voluntad de ellos porque todos los hombres son así!
—Y una mierda, Nylena. «Todos los hombres», un argumento pobre para una mente imbécil —mascullé iracundo, pero Gyuri se puso frente a mí antes de que pudiera seguir insultándola.
—Pero pudiste haberlos detenido, ¿no es así? Tú sabías dónde estaba yo. Pudiste haberlos matado, pero los dejaste continuar. Cuarenta y un días, y cuarenta y un noches. No creo que esa sea una respuesta viable. Nylena, atrévete a responderme. ¿Acaso tú eres la culpable de mi tortura?
Abrí ambos ojos con fuerza, impresionado por las conclusiones de Gyuri. Resoplé y llamé la atención de ambas. No había rastro de la sonrisa en mi rostro cuando Nylena me apuntó con el dedo mientras temblaba:
—¡Lo... lo hice porque estaba harta! Tú solías amarme, Lummina, lo nuestro era impecable y hermoso y me abandonaste. ¡Me abandonaste por vivir con los humanos! ¡Por vivir con un hombre! ¡Tenías que aprender de algún modo lo que los humanos, y peor, los hombres como él, son capaces de hacer!
La imagen infame seguía reproduciéndose detrás de nosotros.
No me sentía capaz de mirarla, ni siquiera por un segundo.
Bastaba solo uno para que mi ira amenazara con atentar contra la integridad física de esa imbécil, la diosa Nylena.
Ella debió haberlo notado al vernos a ambos, el hecho de que ya no podía mentirnos más.
Gyuri se sumió en la desesperación y gritó.
Aulló de impotencia y dolor, ocultándose el rostro con las manos.
Cuando quise dar un paso hacia ella para calmarla, Nylena corrió hacia mí con una velocidad formidable.
Tomó el impulso con tanta acción que me plantó contra el cristal del piso.
La fuerza con la que me golpeé la espalda me cortó la respiración. Gyuri seguía gritando.
—Maldito bastardo, terminaste por romper a Lummina.
La has puesto en mi contra una vez más. No me importa este maldito mundo ni esta maldita tierra.
Acabaré contigo ahora mismo —gruñó como una loca—.
Si ella sabe lo que es ser admirada, amada y deificada es gracias a mí.
Que no se te olvide. Entre tú y yo no existe un punto de comparación, Córtex.
—Esa... es una forma... muy retorcida... de amar...
Nylena invocó el hacha celestial, dorada y afilada, y la alzó dispuesta a darle punto final a mi vida.
—Un dios es el único que puede darle un significado al amor, ¿no lo sabías?
Con el poco aire que me restaba, me las arreglé para hablar.
—Eso es cierto, pero solo en este mundo, en este retorcido mundo que has creado, diosa. En el siguiente, todo cambiará.
Estiré mi brazo a mi costado y, susurrando, sin ningún sonido cruzando mis labios, invoqué las lanzas del Empíreo:
La esperanza, desamparada ante la desgracia irreparable de los seres que nacerán en el futuro, marcados por la guerra, el dolor y la injusticia, nos llama a comenzar de nuevo .
Porque una divinidad de bondad no permitiría un destino similar .
Divinidad maligna .
Como serafín creador de la naturaleza, y con las lanzas del Empíreo, te reprendo .
Te reprendo .
Al oírme claramente y sin poder evitarlo, Nylena dio un salto hacia atrás en cuanto la lanza plateada se materializó en mi mano.
Agazapada, sorprendida y un poco en pánico se contrajo al ver cómo me incorporaba.
Con fuerza, me levanté y blandí el arma frente a mí.
En mis manos sostenía un poder celestial capaz de rebanarle la garganta a la más alta jerarquía de nuestro mundo.
Me era desconocido el poder que recorría mi cuerpo y con el que podía desafiar cualquier restricción. Placer; sentí un placer implacable. Nylena ya no podía quitarme la voz ni frenar mis movimientos; era libre de hacer con ella lo que deseara.
Por vez primera.
—He esperado demasiado tiempo para este momento. Te voy a matar.