6
E l observatorio era nuestro santuario celestial, lugar donde los serafines podíamos contemplar el mundo entero.
Sus paredes, inmaculadas y transparentes, nos permitían ver todo con claridad, desde lo más alto hasta lo más lejano.
La diferencia principal con estar en un árbol gigante y observar a Melcior desde allí, era que desde el observatorio de Catarbella podía usar mis poderes sin la necesidad de tocar nada.
Era como tener el mundo al alcance de mi mano, sin tener que estar presente en tierra firme.
Nylena arrastró la cola de su vestido pegado al cuerpo y se sentó frente al cristal que mostraba el panorama. Permanecí de pie, observándola. Ella carecía de alas, no las necesitaba; siempre estaba en las alturas.
En el panorama de nuestro mundo se destacaba el árbol titánico que creé para Gyuri al inicio de nuestro viaje. Me di cuenta de que esa planta capturaba la atención de Nylena.
—Un árbol gigante. Bien hecho, Córtex, una creación inútil que además desentona con mi mundo. —Nylena alzó el dedo y, al apuntar de derecha a izquierda, dividió la corteza del tronco, el cual cayó derribado con todo su peso.
Me acerqué al cristal y detuve la caída del tronco, usando mis manos para sostenerlo.
—¿Qué indecibles crees que estás haciendo? Vas a condenar y aplastar a decenas de criaturas si derribas ese maldito árbol.
—Debiste haberlo pensado antes de darle vida —me contestó y suprimió mi poder.
El tronco cayó aplastando el bosque, la tierra se levantó por los costados.
Pude oír los gritos de algunos seres. Algunos humanos inadvertidos que caminaban por la arboleda.
La ira y la culpa se hicieron un revoltijo en mi garganta.
—Sé por qué lo haces. ¿Acaso vale la pena destruir tu propio mundo por hacerme sufrir a mí?
Nylena no me respondió, pero su gesto orgulloso permaneció inalterable.
—Eres una maldita despiadada.
—Y tú eres un perfecto manipulador. No eres tan diferente a mí, Córtex. Aprovechaste que Lummina estaba vulnerable. ¡Ella es tan pequeña y débil! Tú te aprovechaste de eso para engatusarla y lograr que se encapriche contigo.
—Lummina no es pequeña ni débil. Es una mujer.
Nylena rio y se puso de pie, caminando por mi lado. Cuando nuestros hombros se rozaron, ella se detuvo. Mientras ella miraba hacia un lado, yo miraba en la dirección opuesta.
—¿Y qué piensas hacer con Lummina? ¿Acaso la vas a volver a secuestrar en una aldea humana?
¿Volverán a tener un hijo, digo, una criatura de fuego?
—me preguntó Nylena, pero no le di el placer de que escuchara mi respuesta—.
Oh, ¿por qué no dices nada? Cuando huiste con ella a esa aldea humana y tuvieron un hijo, yo pude verlos.
Que no te sorprenda. Soy una diosa. Yo sé, veo, escucho y siento todo lo que ocurre en Melcior.
Ustedes creían que se escondían de mí, pero yo sabía a la perfección dónde estaban.
Mis labios se curvaron, incluso cuando luché por sofocar la crueldad de esa sonrisa.
—Seguro disfrutaste viéndonos. No es como si nos hubiéramos contenido las ganas todos los días.
Disfrutaba provocar a Nylena. Mi sonrisa se amplió aún más cuando ella se volvió hacia mí, clavándome las uñas en las mejillas y presionando con ira.
—No te jactes de eso, Cardillo, o más bien, ¿Cyrone? Ese nombre ridículo. Un varón con nombre. Qué idiotez. Escucha, «Cyrone», si Lummina vuelve a caer en mis redes y se enamora de mí, te obligaré a verlo todo. Todo.
—Como si fuera a enamorarse de ti otra vez.
Nylena presionó con más fuerza mi mejilla con la punta afilada de su uña, a punto de cortar mi piel.
—Soy una diosa. Creo que se te olvida todo el tiempo.
Me soltó el rostro y me empujó, pero tan solo retrocedí un paso. Se acercó al cristal del observatorio, y la imagen revelada enfocó un lugar en específico. Me quedé helado al ver a Aeris junto a Delfina, organizando a los niños en la mesa para cenar.
—¿Qué piensas hacer? Basta —le dije con el tono de una advertencia mortífera, pero Nylena usó sus manos para esclarecer el aura de vitalidad de Delfina, el cual era corto y tenue—. Detente ahora.
—Es una anciana, se morirá pronto de todos modos —dijo Nylena y se giró para verme y saborear mi expresión—. No creo que te duela demasiado que mate a una anciana. ¿O sí?
Expandió el aura de vitalidad de Aeris, el que brilló intenso en un color verde lima.
—Tiene muchos años de vida por delante. Es una hermosa mujer, hasta me recuerda a mí misma. ¿Ella te recordaba a mí?
—Por supuesto que no. —Mis palabras contundentes se marcaron con la esperanza de que notara mi amenaza, pero lamentablemente de seguro percibió mi desesperación en su lugar.
—¿Qué hay de los niños? ¿No quieres ver el aura de vitalidad de cada uno de ellos? Deben tener un brillo empalagoso.
—¡Ya basta! ¡Basta! ¡Te he dicho que pares de una vez! —grité como pocas veces.
Terminé respirando entrecortado por el cansancio. Ella me miró pudiente; seguía sonriendo porque sabía cuánto me dolía.
—Ellos me dan igual, Cardillo. Tú sabes lo que quiero, aquello que solo tú podrías darme.
De seguro estás sorprendido porque sé que ellos son tu debilidad.
¿Creías que no me iba a enterar de que hacías vida social con humanos?
Claro que lo sé. Todos sabemos que quisieras despojarte de la responsabilidad y el poder del serafín de la tierra y ser un opaco, debilucho e infeliz ser humano.
Me vi incapaz de encontrar una respuesta adecuada. Mis ojos se desviaron hacia el cristal, donde las brillantes vitalidades de las personas del orfanato destellaban.
—Entrégame a Lummina, Cyrone, es así de fácil. Jura en mi nombre que a partir de hoy la tratarás mal, muy mal. Eso debería bastar para que se desenamore de ti.
—No —respondí por impulso.
Nylena suspiró.
—Haré como que no oí eso. Por tu propio bien y el de estos humanos, repite conmigo, Cyrone: «Juro por la diosa Nylena que yo le romperé el corazón a Lummina».
Le sostuve la mirada. Prefería cortarme la lengua antes que jurar algo de esa envergadura.
Ante mi vacilación, Nylena elevó la mano sin apartar la mirada de mí. Sus dedos dispuestos para arrebatar todas las vitalidades de los del orfanato de una sola vez.
—Re... reconsidéralo. —No podía ocultar mi miedo en el tartamudeo, pero reuní valor y tomé aire—. Esos humanos que desprecias son mi iridia. Sin ellos, no existo. ¿Cómo será que llevarás adelante un mundo sin el serafín de la tierra? No tienes el poder de la naturaleza.
La diosa se inclinó al mirarme. No necesitaba pestañear, por lo que siempre me enfrentaba con sus pupilas muertas.
Era casi tan perturbador como el hecho de que, por más que aguzara mi audición, me resultaba imposible percibir el latido de su corazón.
Una criatura inanimada. Un concepto. Un ser corpóreo que podía ejercer control sobre todos nosotros. Una diosa.
—Yo solo quiero a Lummina —me aclaró—. Este mundo puede pudrirse en sequías, en hambre y sangre si por mí fuera. Si alguna vez cuidé de este mundo, era porque ella lo adoraba.
Sin que la diosa tuviera que mover un solo músculo, un dolor se asentó en mí desde el centro del pecho hasta las extremidades.
Cada vena me ardía con un escozor similar al de estar congelándose.
Consciente de que era Nylena transfiriéndome dolor físico, me contuve y no le di el placer de verme retorcer.
Aunque algunas venas se me hincharon en la frente, me mantuve firme.
—Gyuri adora a esos humanos. Si los matas, ella jamás podrá volver a amarte —le dije, mientras los dedos de la mano me temblaban y debía poner toda mi fuerza de voluntad para mantenerme cuerdo—.
Delfina se volvió... una segunda madre para ella, los niños, una razón por la que seguir.
.. Aeris, Evren, Crod, fueron sus primeros amigos.
.. Incluso si me la arrebatas a mí, ¿podrás arrebatarla de ellos? ¿Podrás acaso borrar todo lo que...?
Nylena presionó aún más, implosionando mi cuerpo. Ante eso, me vi obligado a callar.
—¡Cállate! ¡Cállate! Oh, cómo me enfermas, imbécil.
Maldita hierba seca y muerta. ¡Lydia me ha entregado a Lummina a mí!
¡A mí! Yo puedo cuidarla, crear seres humanos para ella, que hagan lo que ella quiera.
Puedo hacer de este mundo su propio paraíso.
Todo lo que me pida. Soy una diosa, Córtex.
¿Qué puedes ofrecerle tú? ¿Un árbol gigante?
¿O acaso qué puede ofrecerle uno de esos seres humanos con existencia efímera?
Ni siquiera podrían acompañarla por el resto de su existencia.
Yo soy eterna. ¡Yo soy todo lo que ella necesita!
—Entonces me darías lo que yo quisiera. ¿Es eso verdad, Nyl? —La voz de Gyuri nos sorprendió.
Nylena cesó la tortura que me infligía en el momento en que advirtió la presencia de Gyuri. De repente, pasé del dolor absoluto al alivio. Cuando me convencí de que la voz de mi mujer no era una alucinación producto de la agonía, me giré para verla.
Pasó por mi lado, ignorándome lo que más pudo, pero rozó mis dedos con los suyos antes de ponerse frente a la diosa.
—Lummina, ¡¿no le dije a Barrabás que te...?! —Nylena perdió los estribos por un instante, pero tras agarrarse el cabello ondulado se calmó—. ¿Desde qué momento has estado escuchando nuestra conversación? —Sonrió.
—He oído lo suficiente como para negociar contigo —dijo Gyuri.
—¿Negociar? —Nylena enarcó ambas cejas.
—Tú me das algo y, a cambio, yo me entrego a ti, en cuerpo y alma.
—Gyuri —susurré como un ridículo, ella miró a su costado para callarme.
La diosa sonrió con desconfianza.
—¿Qué necesitas? ¿Me vas a pedir que deje en paz a Córtex y lo deje vivir con sus humanos? Eres una romántica, Lummina, pero no te daré eso. No me basta tu cuerpo y tu alma. Quiero más. Deseo ser amada por ti.