Caelum 5
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E l dolor nos recorrió de los pies a la cabeza.

Podía resistirlo sin mostrar una sola mueca porque ya lo había sentido antes, pero Gyuri comenzó a gemir y a quejarse por el dolor que la atenazaba.

Los cuernos empezaron a desprenderse de su casco, al igual que los míos y los de las demás serafinas.

Temí no haberle advertido nunca sobre nuestra transformación.

El dolor la invadía tanto que empezó a gritar, pero no de forma fuerte y clara, sino más bien de manera contenida y ahogada.

Buscaba desesperada algo a lo que aferrarse y terminó chocando contra mi pecho, agarrándose con fuerza a mi camisa.

Sus gritos se perdían entre las telas de mi ropa.

Mientras tanto, los cuernos curvos de Gyuri golpearon el suelo, y al mismo tiempo sentí cómo la base de mis alas rompía la piel de mi espalda.

Sabía que ella estaba experimentando lo mismo, así que la abracé con determinación.

—Ya casi termina, ya casi... —le susurré, hasta que mis ojos se iluminaron de blanco y enceguecí.

—¡No veo! ¡No veo nada! —se desesperó Gyuri dando saltos, y le murmuré que era normal.

Escuchaba cómo las alas de Gyuri se desgarraban y se extendían por completo, rompiendo su ropa. Las mías también se estiraban, y las plumas se derramaban por esas nuevas extremidades. De las membranas ocultas de las alas surgían ojos. Diez brotaban por delante y once por detrás.

Ya no veía a través de los dos huecos blancos que tenía en el rostro, sino a través de los que habían surgido de mis alas. Podía ver en varias direcciones, abarcando todas las partes y distancias inimaginables.

La serafina del cielo estaba perdida; me soltó y se agarró la cabeza mientras los ojos de sus alas se desviaban en todas las direcciones.

—Ciérralos —le ordené. Ella confió en mi consejo y, con eso, dejó de tambalearse.

Entrecerró los ojos de las alas frontales y se percató de que la capa externa de su piel brillaba como un diamante en la oscuridad, al igual que la mía resplandecía tras la transformación.

Habían pasado varios años desde la última vez que vi mi aspecto de esa forma, y todavía me sorprendía como si fuera la primera vez.

Neblina rio satisfecha a nuestro costado. La miré con resentimiento. Esa maldita arpía pagaría por haber provocado la muerte de Polett.

La serafina del aire retrocedió y se abrió paso entre nosotros, corriendo para tomar vuelo y elevarse al cielo. Acto seguido, la serafina del mar imitó a la del aire, saltó, luego extendió sus alas y emprendió su vuelo a Catarbella.

—No podemos irnos. Tenemos que buscar el alma de Polett y hacerle renacer —me pidió Gyuri, a lo que yo la miré con determinación.

—Conociste a ese niño. ¿Qué crees que te diría? Tienes una diosa que derrocar, Gyuri.

Miré a Rydel y le dije:

—Flye está a unos pasos de aquí, en la casa de la orilla del mar. Ve a buscarlo, no aceptes enfrentar esto solo.

Gyuri sacudió la cabeza y aproveché su distracción. Tiré de su brazo y empecé a correr. Ella me siguió y cuando hice una cuenta regresiva, saltó al mismo tiempo que yo, desplegandosus enormes alas e insertándose junto a mí en el aire. Solté su mano cuando vi que las batía con seguridad.

Nos elevamos más allá de los límites terrenales y surcamos el mar.

Siempre he considerado el vuelo como algo insignificante; después de todo, es como moverse caminando.

Navegar de un lugar a otro carece de magia.

Sin embargo, en ese momento, al recorrer los cielos que Gyuri había creado para mí, volar parecía un sueño hecho realidad.

Las estrellas danzaban a nuestro alrededor, abriéndonos el paso, y la luz de la ciudad flotante se hacía cada vez más imponente. A medida que avanzábamos dejábamos tras nosotros una estela de nuestro paso, rompiendo las nubes y los astros.

Lamentablemente, la alegría que me desbordaba comenzó a desvanecerse, convirtiéndose en un hueco vacío, en cuanto sentí una energía que tiraba de mí anulando mi voluntad.

Al cruzar la última nube y pisar el suelo cristalino de Catarbella, me sentí incapaz de tomar decisiones.

Mis pies se movieron en contra de mis deseos y la lengua pareció desaparecer de mi boca.

Gyuri sufrió el mismo destino y me siguió con los ojos de sus alas bien abiertos, agazapada.

A medida que nos desplazábamos por la hermosa arquitectura de Catarbella, compuesta de muebles y plataformas cristalinas bañadas por nubes y una sutil niebla de color rosa cubriendo el suelo, llegamos al podio en el que dormía Nylena pacientemente.

Habían pasado veinte años sin verla, pero para los serafines nos era imposible olvidar su apariencia.

Aunque su belleza era deslumbrante, ese atributo no me despertaba ninguna emoción.

Por más hermosa que fuera, se había vuelto malvada.

Su maldad eclipsaba su cabello rizado oscuro, su piel tersa y blanca, sus ojos profundos y rasgados de iris grises.

Lo único que seguía destacando de la misma manera era la corona dorada intensa que adornaba su cabeza.

Nylena abrió los ojos, se estiró tras una siesta eterna y sentí que mi libertad se desvanecía.

Los serafines nos vimos obligados a inclinar la cabeza justo antes de que nuestras rodillas se doblaran y cayéramos al suelo.

Temí por Gyuri; quise abrazarla y protegerla de lo que esa vil mujer haría en cuanto la viera, pero no pude.

Era más probable que el universo estallara antes de que pudiera levantar un dedo frente a la diosa Nylena.

La vi más alta de lo que recordaba, con el cabello aún más largo al punto que rebasaba sus muslos, más voluminoso y oscuro que nunca. Nos observó posados a sus pies, pero no sonrió. De pronto, ni siquiera pude verla, pues mis ojos se vieron obligados a mirar hacia el suelo cristalino.

—Barrabás —dijo la diosa, su primera palabra tras la siesta. El arcángel descendió con sus alas negras y se arrodilló frente a ella al aterrizar—. Tiempo transcurrido.

—Hemos cambiado de siglo, mi alteza divina. Estamos en Cornelius año 1.

—Recuérdame la fecha en la que me he dormido.

—Milersar, año 80 —reafirmó él.

—Con que veinte años... —Nylena reflexionaba sin echarnos ni una sola mirada. No lo supe porque pudiera verla, sino porque la mirada de la diosa era pesada, como un ataque eléctrico a distancia. Aunque no doliera, sabías que te estaba observando—. ¿Y los demás arcángeles? —preguntó.

—Vigilando a las almas errantes. Si usted gusta, puedo convocarlos a...

—Silencio —dijo Nylena, bajo, pero contundente. Por fin pudimos alzar nuestras cabezas y dirigir los ojos de nuestras alas en dirección a ella—. Serafines de la naturaleza. Me van a dar buenas noticias sobre Melcior o les arrancaré cada ojo hasta que suene la última trompeta de Catarbella.

Sus amenazas no podían inquietarme, ya no tanto como antes.

—Hilaris —dijo Nylena y Faraine se estremeció. Ahora le era permitido hablar.

—Es... —Respiró profundo para poder formular una oración—.

Aguas tranquilas. Los cardúmenes abundantes, las algas.

.. ta... también. Los... humanos no han tirado basura a los ríos.

No después de que dependían del agua que quedaba tras el di.

.. diluvio —balbuceó Faraine—. Excepto en Dregonia.

.. fue inevitable que el agua se tornara tóxica.

—Y tu casa de muñecas, ¿cómo va? —Esa pregunta apuntaba al pueblo de humanos submarinos que creé a Faraine utilizando mi anillo. Mi hermana se tensó de manera inevitable.

—Ellos... bien... —finalizó y respiró profundo por la nariz.

Nylena se volvió hacia Neblina, como si el nombre de Faraine nunca hubiera rozado sus labios.

—¿Aestus?

—Altísima madre. El aire está limpio, he logrado consumir casi todo el dióxido de carbono que emiten los inútiles seres vivientes. Debería bajar a ver, pues en tierra firme la brisa tiene un aroma particularmente placentero. —Neblina sonrió orgullosa y Nylena le correspondió el gesto.

Giré mis veintiún ojos en blanco, pues estaba seguro de que Neblina omitiría los constantes huracanes que dañaron Melcior cada dos semanas.

—Córtex.

Finalmente, sentí que podía mover la lengua con libertad. Sin temblar en lo más mínimo, dirigí todos mis ojos frontales hacia los de Nylena.

—Los inútiles seres vivientes han sido abastecidos —dije con desdén, remarcando el mohín de Neblina—. Las plantas frondosas, los bosques repletos de vida. Oh, un paraíso, incluso mejor del que te has montado aquí en Catarbella.

Nylena arqueó una ceja y me miró desde las rodillas a la coronilla. Resopló.

—Era lo mínimo que esperaba de un syraco —me contestó, remarcando la palabra syraco que era un peyorativo a la palabra «hombre». Era tan básico que no consiguió ofenderme—. Caelum.

Cuando Nylena se volvió hacia ella, los ojos de la diosa brillaron, su voz se volvió cantarina, sus mejillas cobraron color y una leve sonrisa se le dibujó en los labios.

—Nada. No hice nada. —Su voz se cortó cuando Nylena bajó del podio y se acercó caminando en dirección a ella.

—Lummina —dijo Nylena mientras esbozaba una amplia sonrisa. Aquel nombre que me costó quitarme de la boca, era la manera en que Lydia, la antigua serafina del cielo, había llamado a su trono.

—No... —suplicó Gyuri, intentando apartarse cuando la diosa se le acercó.

—¿No? ¿A qué te niegas?

—No me toques.

La diosa la miró desde su posición y, sin dejar de sonreír, se arrodilló frente a Gyuri.

—Mi amada, bellísima Lummina —dijo, mientras le acariciaba la mejilla.

Desde su primera palabra hubiera querido arrancarle la voz directo de la boca, para que no siguiera hablando.

Cuando Nylena sostuvo su mentón y la besó, me vi obligado a apartar la mirada. Sin embargo, la imagen se impregnó en mi mente y me consumió en un profundo sentimiento de asco e ira.

—¿Para dónde miras, Caeluminna? —le oí decir a Nylena.

Abrí los ojos y vi que Gyuri me observaba fijamente, incluso cuando la diosa aún le sostenía los mofletes. Cuando Nylena se enteró de nuestro contacto visual, se levantó iracunda.

—Córtex. Una palabra —me solicitó en tono de orden y se dio la vuelta, soltando el control de nuestros cuerpos—.

Barrabás, ordénales a los demás arcángeles que lleven a Lummina a mis aposentos.

Dale la mejor habitación, sírvele el mejor alimento.

Nadie puede tocarla. Debes darme aviso si hay alguna incordia.

Si ves en vivo y en directo a alguien que dice lo más mínimo que le moleste, lo exorcizas. ¿De acuerdo?

—Sí, mi alteza divina.

Me levanté de mala gana y seguí el paso de Nylena, quien caminaba por el pasadizo cristalizado que llevaba hacia el observatorio, sin mirarme ni una sola vez.