Caelum 4 #2
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4 #2

—¿Ahora te haces llamar así?, ¿Gyuri? —dijo estirando una sonrisa—. ¿Acaso dejaste que los estúpidos humanos de otra de tus aldeitas te nombraran?

—Esto es lo único que puedes hacer, ¿verdad? —Gyuri sonrió con desdén—. Porque enfrentarte a nosotros en una pelea justa, como se supone que es una guerra, no es una opción para ti.

—Por favor, Caelum, no soy idiota, claro que me gustan los caminos fáciles.

De manera repentina, los arbustos susurraron al abrirse para dar paso a alguien que se aproximaba. De entre el follaje emergió la serafina del mar, con su cabeza curiosa y ligeramente inquieta.

—Neblina, por los reinos celestiales, ¿qué le pasa a esa niña tuya que susurra tan fuerte?

Al girarme para observar a mi hermana menor, que lucía su piel azulina aún goteando, comprendí que el susurro que nos había atraído a nosotros había llegado a la audición de Faraine con un leve retraso debido a las profundidades del mar.

De pronto, un sobresalto me asedió cuando Gyuri lanzó un grito a mi lado.

Al volver la vista hacia el frente, me horroricé de ver cómo Polett se abalanzaba con el hacha en contra de Rydel.

—La segunda condición era que nos reuniéramos los cuatro serafines aquí —dijo Neblina.

Sin embargo, la serafina del aire se desconcertó al presenciar la resistencia de Polett a enterrar el hacha contra Rydel.

Con toda su fuerza de voluntad, el niño humano se negó a blandir el arma, mientras sus manos temblaban al sostenerla en lo alto.

Desafió antinaturalmente el poder de la orden que lo había sometido en primer lugar.

Lo miramos con plena admiración, hasta que el pequeño, para contrarrestar la fuerza de su orden, decidió clavar el hacha en su propio hombro. Al hacerlo volvió a despertar, mirando a su alrededor acongojado, respirando entrecortado por el dolor que debía sentir.

Mi cuerpo se abalanzó hacia él sin control alguno, en el mismo instante en que se desplomó de espaldas.

Al recibirlo, sentí un peso que jamás había experimentado al cargarlo antes; la niebla envolvía mi mente, llevándome al borde de romperme los dientes de tanto apretarlos.

¡ Polett, Polett !, clamaba mi interior en un grito silencioso, desesperado.

No te atrevas a morir, es una orden de tu capitán .

Impotente, percibí cómo la piel del niño perdía la temperatura, como si la fogata que me abrigaba se extinguiera de un solo soplido del viento. Tiritaba en mis brazos, pero no era él quien agonizaba de dolor, sino que era yo quien temblaba.

En ese momento, el tiempo pareció distorsionarse a mi alrededor, mientras recordaba al pequeño Polett como un bebé recién llegado a las puertas del orfanato.

«Su nombre será Polette», me dijo Delfina, con varias arrugas menos en el rostro, obligándome a tomarlo en brazos, aunque aún me costaba hacerlo sin que me doliera.

Entonces él lloraba a gritos sin contenerse en lo más mínimo.

Acaricié su espalda hasta que al fin se quedó dormido entre sollozos ahogados.

A los cinco años, había dejado de llorar para siempre.

Yo bromeaba diciéndole que había agotado su reserva de lágrimas en sus primeros tres años de vida.

«No es eso, es porque los hombres no lloran», me aseguró, tan joven que sentí lástima.

Polett era el primero en enfrascarse en peleas con sus compañeros, siempre iniciaba las discusiones con un golpe o con un insulto grosero; no había manera de que se abstuviera de ello.

Se alejaba de las niñas cuando ellas rescataban un pajarillo con el ala rota, pero secretamente lo observaba durante las noches para acariciarlo y cuidarlo.

Mientras veía que sus ojos se cerraban y perdían su color verdoso, me arrepentía de no haberle inculcado mejores enseñanzas.

Las armas de Catarbella no se asemejaban a las terrenales.

Al entrar en contacto con los mortales, arrebataban instantáneamente la vida.

Gyuri no entendía esto; se arrodilló a mi lado y comenzó a recitar el mantra para curar a los humanos, tratando de cerrar su herida, limpiarla de sangre.

Por eso no comprendió por qué a nuestro alrededor brotaron rosas negras, marchitándose y desvaneciéndose al instante.

«¿Por qué lloras?», escuché que me preguntaba a lo lejos, pero no pude darle respuesta.

Oh, Polett .

Hasta el último momento no obedeciste reglas que no fueran de la Guardia .

Si hubiera podido entregarte mi vida, lo hubiera hecho .

Me levanté de golpe, y de inmediato noté que la lluvia me calaba hasta los huesos.

Faraine había corrido a poner sus manos en mis hombros.

Todavía desconcertado, no supe cómo reaccionar hasta que me di cuenta de que los cuatro estábamos reunidos en el mismo lugar, juntos, después de más de veinte largos años.

El mundo de Melcior no tenía salida ni esperanza. No mientras lo gobernaran seres como nosotros, como yo, como Faraine o Neblina, o una diosa como Nylena. Era el apocalipsis, el inicio del fin y yo anticipaba en mis oídos el ruido agudo de las diez trompetas de Catarbella.

Me quedé absorto observando los profundos ojos oscuros de nono angelical que poseía la serafina del cielo, Caelum, arrodillada en el suelo desconcertada, con una inocencia que se me metía por debajo de la piel.

Pensé. Si Gyuri se convertía en la próxima diosa, entonces Polett, los niños, Delfina, y mi amado Nymmer tendrían la oportunidad de conocer el paraíso en el siguiente mundo.

Con eso en mente, pronuncié en voz alta las palabras que nos convertirían en serafines alados.

«Por la gracia de Nylena, Hilaris, Córtex, Aestus y Caelum, regresamos a casa.»

La primera en gritar cuando su espalda se rajó, desplegando dos grandes alas, fue Gyuri, completamente sorprendida por lo inesperado del evento.