Caelum 4
89%

4

A la mañana siguiente, los gritos de Flye me despertaron. Pestañeé confundido percatándome de que Gyuri ya se había ido de mi lado.

—¡Sir Cyrone! ¡Salga a ver! ¡Venga a ver! ¡Por la diosa Nylena! ¡La señorita Gyuri ha...! —gritó el anfibio y no pudo acabar.

Oh, mierda.

Me tomó tres segundos ponerme de pie y correr hacia la salida. Creí que había dejado mi corazón en la cama cuando salí de la casa y me sentí vacío, pero el sentimiento de terror se desvaneció cuando miré hacia arriba y no encontré la niebla de siempre.

—La señorita Gyuri ha creado un cielo —logró decir Flye.

Ni siquiera podía concluir si lo que veía era un cielo, pues era tan diferente al anterior que me dejaba sin aliento.

El firmamento se extendía amplio y violeta, adornado con estrellas parpadeantes que giraban tan lento como el móvil de un bebé.

En el horizonte surcaba una niebla blanca, que iba desde un degradado claro hasta fundirse en lo más alto con el violeta predominante.

Las estrellas en movimiento derramaban su luz y se unían formando figuras.

El nuevo cielo era tan inmenso y deslumbrante que opacaba incluso la mismísima ciudad de Catarbella, que seguía flotando en espera de nosotros.

—Sir Cyrone, ¿se ha dado cuenta?

—¿De? —fue todo lo que pude responder embelesado con el paisaje.

—Es del mismo color que sus ojos.

Aparté la mirada del cielo y observé a Flye, un tanto inquieto por aquella conclusión.

Volví la vista hacia la altura y, aunque debí haberme emocionado de buena manera al verme plasmado en un paisaje tan bello, un sabor amargo se coló en mis papilas. Cómo deseé pensar que el cielo nuevo me concedía su perdón, o me reafirmaba su amor. Tenía que ser un ingenuo si así lo pensaba.

Aun así, después de la contemplación la busqué, diciéndole a Flye que no tardaría en volver.

No tuve que recorrer muchos metros cuando la encontré posada en la misma roca, con la piel resplandeciente y el cabello un poco más largo.

Tragué saliva, porque cada vez que veía su cabello crecer recordaba una de las primeras cosas que me dijo Lummina cuando la encontré tras el diluvio, con un susurro entrecortado.

Córtame. Córtame el cabello. Cuando me engancho el cabello, recuerdo cómo lo usaban para... Me siento presa todavía. Cyrone, arráncame el cabello. Arráncalo todo .

Mientras aquella escena auditiva cambiaba mi mirada, de pronto Gyuri se giró en mi dirección. Por un segundo creí reconocer su cabello largo, frondoso y repleto de ricitos blancos.

—¿Te gusta? —me preguntó y la alucinación desapareció.

—¿De qué se trata todo esto, Gyuri?

Ella se bajó de la roca empapándose los pies y avanzó hacia mí. Me observó a un par de pasos de distancia. Bajé la mirada, consciente de nuestra notable diferencia de altura. A pesar de superarla en dos cabezas, me sentía encogido ante ella.

—Sabes que te amo con cada parte de mi ser.

—Yo también —le respondí nervioso—. Con toda mi alma, te amo.

Por un segundo sentí que su gesto se suavizaba, para luego volver a endurecerse en un pestañeo.

—Antes de que despertaras leí tu bitácora —me confesó—, y leerla me ha hecho recordar un par de cosas que tal vez tú has olvidado.

Arqueé una ceja mientras me acercaba a ella, colmado de curiosidad.

—Esos recuerdos vienen a mi mente como imágenes, como si no las hubiera vivido jamás, pero recuperé algo sobre tu anillo —dijo apuntando hacia mano derecha, donde llevaba el anillo de brillo incesante—.

Te lo dio Caelum, ¿no es así? Digo, Lummina.

Ustedes contrajeron matrimonio y ella te lo entregó en la ceremonia.

Hacía mucho tiempo que había decidido ignorar el significado del anillo que llevaba en mi dedo. A pesar del doloroso valor emocional que conllevaba, prefería mantenerlo conmigo debido al inmenso poder creativo que poseía. Aun así, no merecía la pena explicarlo, así que solo asentí y Gyuri continuó:

—Lo que Lummina jamás te dijo fue que ese anillo solía ser de Nylena.

Resoplé porque la idea me parecía absurda.

—No, en serio. La iridia de Lummina solía ser Lorelai, el mundo anterior a este. Cuando murieron las antiguas serafinas de la naturaleza, ella entró en una fatídica depresión ya que Melcior no se le parecía en nada. La oscuridad de Nylena tiñó a Melcior de negro.

Aun así, yo consideraba que Melcior era un mundo precioso, pero me abstuve de dar mi opinión al respecto.

—Nylena tenía miedo de perder a Lummina. Por esa razón, ella hizo lo inimaginable: concentró su poder divino y lo encerró en un anillo. Luego Nylena se lo entregó a Lummina para que tuviera el poder de crear a voluntad lo que quisiera en Melcior.

De pronto, el dedo que se encerraba en esa brillante argolla comenzó a sentirse pesado. Gyuri tomó mi mano para escrutarla.

—Lo que creas con este anillo es real, Cyrone, no son ilusiones —reveló con esperanza y los ojos más brillantes que nunca.

—No cantes victoria. Si fuera así, no se borrarían las cosas que creo en cada siglo. —Hice que me soltara la mano, con la que luego me sostuve la cabeza. No era tonto; por supuesto que imaginé que el poder del anillo era divino, pero incluso si lo fuera, era muy defectuoso.

—Eso es porque no eres un dios, Cyrone. Solo una diosa puede crear, transformar y disponer de manera permanente.

La observé durante unos instantes, mientras volvía a tomar mi mano y hacía un intento por quitarme el anillo. Retrocedí sorprendido por su acción inesperada. La desafié con una expresión de perplejidad, preguntándole con la mirada: ¿ Qué pretendías hacer ?

—¿Me amas de verdad? —me preguntó.

Sonreí y suspiré.

—Oh, Gyuri, no te aproveches de que eres la única en este mundo que podría manipularme.

Ella se acercó a mí.

—Soy la iridia de Nylena, ¿no es así? Si me das ese anillo, podré enfrentarla y, quizá, derrocarla para siempre.

—Ese es tu plan. —Gyuri asintió y yo reí, incrédulo—. ¿Eres consciente de lo que estás diciendo? No te estás enfrentando a un igual, es una diosa.

—Escucha, Cyrone, acabaré con ella, aunque tenga que idear otra manera. Puede que muera en el intento, por eso, no me lo hagas tan difícil y dame ese anillo.

—No —le respondí tajante, consciente de que la colisión de dos poderes divinos no solo acabaría con Nylena para siempre, sino que también con el mundo que habíamos construido y donde residían todos los seres a los que amábamos.

—Entonces te parece bien que Nylena siga desatendiendo este mundo. Que siga empeñada en separarnos y matar a nuestros futuros hijos. ¿Estás de acuerdo con eso?

—Por supuesto que no, pero... —contesté, mas ambos alzamos las orejas al mismo tiempo cuando una brisa susurró una palabra específica que nos dejó helados.

«A-yu-da.»

La fina voz resonó desde la distancia, como un eco lejano que envolvía el silencio con su misterio.

Nos miramos mutuamente, sin necesidad de preguntarnos si habíamos oído lo mismo. Solo aguardamos ansiosos por escuchar aquel susurro una vez más.

«Ayuda», se oyó más claro. Era la voz de una niña.

Decidimos correr en la dirección de donde provenía aquel eco.

i

Nos alejamos de la orilla del mar, adentrándonos en el espeso bosque tropical que rodeaba la playa.

Entre la densa vegetación encontramos a Neblina flotando en el aire.

Nos recibió con una sonrisa y, con un gesto sutil, nos indicó que bajáramos la mirada.

Con horror, divisamos a Rydel luchando por soltarse entre las manos de sus hermanas querubinas.

Gyuri sacudió mi hombro y señaló hacia el otro extremo, donde Polett sostenía un hacha de oro, con la mirada perdida.

—Por fin llegaron —nos dijo Neblina—. Me alegro de que hayan podido escuchar la señal de mi querubina.

Escúchenme, ustedes creyeron que podían esconder a esta sabandija de mí.

Se burlaron de mí y, lo que es peor, lo entrenaron.

¿Qué quieren hacer? ¡¿Quieren que mi poder lo herede un varón y que desaparezca?

! ¿Hasta ese punto quieren tocarme los cuernos?

—Rydel —susurró Gyuri a mi lado. Ella me convenció de volver a mirarlo y, como temía, una querubina tenía una daga celestial en la mano, amenazando con plantarla en su pecho si nos atrevíamos a intervenir.

Miré a Polett, quien parecía estar en otro lugar con la mente suspendida, y grité su nombre.

—¿Polett? —repitió Neblina en medio de una carcajada—. Ya tenía ganas de saber el nombre de esta niña con problemas de identidad. Ni siquiera me enteré de eso antes de darle mi orden.

—¿Orden? ¿A qué orden te refieres? —espetó Gyuri.

—¿No es obvio? «Mata a ese querubín con tus propias manos.»

Casi perdí el equilibrio al escuchar eso. Gyuri gritó horrorizada e intentó lanzarse enfurecida contra la serafina, por lo que la sujeté para evitarlo. Rápidamente, me dirigí hacia Polett:

—Polett, no mates a Rydel. Despierta —le ordené, pero él permaneció quieto como una estatua. Lo único que siguió a mi orden vacía, fue la risa histérica de Neblina.

—Le he dado dos condiciones a Polett, una de ellas: «No obedecerás a las órdenes que te den Córtex, Caelum e Hilaris». ¿Acaso son tan tontos que les dan órdenes a los humanos sin siquiera pensar en condiciones, o en letras pequeñas? ¿Acaso saben lo que en realidad es el control?

—¿Por qué haces esto, Neblina? —preguntó Gyuri, impotente.

—Buena pregunta, Caelum. Lo que pasa es que hice un juramento interesante con Cyrone, ¿te acuerdas? —Neblina me miró de soslayo y luego volvió a dirigirse a ella—. ¿No quisieras hacer uno parecido conmigo?

—Neblina, no te atrevas —vociferé.

—A ver, Córtex. ¡Son dos vidas por una! Es un trato generoso, ¿no lo crees? Caelum, tú prometes someterte ante mí en la guerra, y yo le perdono la vida a tus mascotas.

—¡Gyuri! ¡No lo hagas! —gritó Rydel, lo cual llamó mi atención—. Mi madre... mi madre no puede ser la siguiente diosa. Ella es mala, el siguiente mundo no será diferente si ella lo reina.

Gyuri dio un paso adelante después de escuchar al querubín.