3 #2
Cuando divisé esa casa abandonada a lo lejos, estuve a punto de no investigarla, pues habría jurado que nunca te encontraría allí.
Sin embargo, un presentimiento me arrastró hacia la puerta, la cual abrí de una patada.
Llamé la atención de los seis hombres, quienes detuvieron su masacre y se volvieron curiosos hacia mí.
Cuando separé los labios estoy seguro de que no mostré el horror en mi expresión, probablemente porque no entendía lo que estaba sucediendo.
«Hola, camarada, llegaste en el momento indicado.
Únete, ¿qué esperas? No te aflijas, es una muñeca, no es un ser humano normal. »
Reencontrarme contigo en esas circunstancias fue, sin duda, uno de los momentos más dolorosos de mi vida.
Uno de ellos te presentó ante mí, mostrándome lo hermosa que seguías siendo incluso después de tantos días de tortura.
Estabas reluciente y solo tenías un par de cardenales rodeando tus ojos, cuya mirada lucía perdida.
Pronto comenzaste a toser y la sangre manchó tu mentón.
A pesar de tu apariencia perfecta, los residuos de ese líquido rojo ensuciaban la cama en la que yacías y tu ropa desgarrada .
Fruncí los labios durante un minuto completo, mientras ellos se miraban entre sí, probablemente preguntándose si yo no era más que un forastero desquiciado .
Les demostré que lo era .
No pude hacerlos sufrir durante cuarenta y un días ni cuarenta y una noches, como pretendía.
La vida no les alcanzó para soportarlo. Solo aguantaron cinco días y cuatro noches.
Malditos débiles, cobardes ratas mortales.
Al tercer día, cuando me aburrí de escucharlos gritar colgados de cabeza, con un par de animales que atraje para que se los comieran vivos encendí el primer cigarrillo que fumé en mi vida. Fue liberador .
El último imbécil que quedó, fue el que peor lo tuvo .
Espero que no quieras saber nunca lo que hice con él .
Cuando terminé con ellos, regresé a tu lado.
Aún estabas sumida en un eterno trance de dolor, aunque tu rostro seguía intacto.
Caí a tus pies y te supliqué perdón por mi inacción.
Porque masacrar a esos hombres no había significado nada para ti.
Lamentaba no poder salvarte. La culpabilidad podría haber consumido por completo mis sentidos y haberme llevado a la muerte.
Seguramente me habría ahorcado si hubiera creído que me serviría de algo .
Renuncié a ti para regalarte una pequeña parte del mundo en el subterráneo de Riveria.
Escogí Riveria porque era conveniente que los pueblos hubiesen abandonado la ciudad, creyéndola deshabitada, convencidos de que habían exterminado hasta al último de los sobrevivientes de cabeza roja. Nadie te encontraría allí .
El anillo en mi dedo tenía el poder de crear cualquier cosa, aunque nunca intenté crear seres humanos con él.
Resultó ser un éxito muy conveniente. Creé a tu madre, a tu padre y a tu hermano.
Solía creer fervientemente que había sacrificado partes de mi alma para crearlos.
Que te había legado las mejores partes de mí mismo: mi amor dividido en la creación de tu madre, que te adoraba; tu padre, que te cuidaba; y tu hermano, que te admiraba.
Al salir de Riveria decidí sellar la ciudad con una barrera de fuerza para protegerte de la vileza de Melcior. Ahora me arrepiento de haberlo hecho .
Despedirme de ti no fue difícil. No me dolió demasiado dejarte en esa casa con las personas que se convertirían en tus nuevos seres favoritos.
Lo que realmente me hizo daño fue cerrar la barrera de Riveria y dar la media vuelta.
Aquella caminata de regreso fue desgarradora.
Asumir que ya no escucharía tu voz llamándome, que no apreciaría tus sonrisas y que al ver nonos se me rompería el corazón; pensar que todos esos recuerdos preciosos podían ser eclipsados por el tremendo dolor que me hería, incluso físicamente, me hacía cojear.
Pero tuve que seguir caminando. Aceptar que tenía que aprender a vivir sin ti.
Desde entonces, no he dejado de encender otro cigarrillo cada vez que pienso en ello .
Te visité cada cierto tiempo mientras con tu cuerpo ficticio ibas creciendo, y tomé la decisión de escribirte cada día en un diario, si así podía calmar un poco lo mucho que te extrañaba. No contaba con que Neblina me seguiría, te encontraría y destrozaría todos mis planes .
Levanté la cabeza cuando un golpe sordo me sobresaltó mientras escribía. Dirigí la mirada hacia la puerta, que estaba siendo golpeada con insistencia.
Antes de levantarme noté que Gyuri ya no estaba sentada en la misma roca donde había permanecido tanto tiempo.
Al abrir la puerta, la encontré respirando agitadamente y me lanzó una mirada herida.
En lugar de golpearme, como me lo esperaba, se masajeó la sien con los dedos.
Era evidente que le costaba contener la frustración y sollozó como si pudiera derramar lágrimas.
Me miró de nuevo y, sin pronunciar palabra, me lo recriminó todo.
—Nono... Gyuri.
—Es tan horrible despertar y darme cuenta de que no... de que yo... no... no volveré —balbuceó, con un evidente dolor físico—. Aun si me voy de aquí no encontraré nada. Nada.
Soltó el aire como si estuviera ahogándose y, al ver su angustia, avancé hacia ella y la abracé con fuerza. Aunque no intentó apartarme, percibí su temblor y cómo rechazaba mi contacto.
Las rodillas me fallaron mientras escuchaba su quebranto.
No era sencillo para un hombre presenciar el llanto de una mujer, pero resultaba aún más desgarrador si esa mujer era la criatura a la que más adoraba.
Me dejé caer al suelo, abrumado, y la abracé aferrándome a sus rodillas.
Escondí mi rostro en sus piernas y murmuré contra la tela:
—Perdóname.
Ella se intentó apartar, pero le abracé con más fuerza.
—Haría lo que fuera para deshacer todo lo que tú quisieras —le dije, soltándola un poco para que me viera a los ojos—. No sabía qué más hacer para salvarte.
El silencio que nos envolvió después me hizo suspirar de alivio. Sentía que, como antes, sus manos no podían resistirse a acariciarme el cabello. Por supuesto que se lo permití, si eso le reconfortaba de alguna manera.
—Quiero a mis padres. —Sollozó. No podía articular bien sus palabras, pero comprendí perfectamente lo que quiso decir—. Quiero volver a casa.
Se encogió hasta caer de rodillas frente a mí. La abracé y le besé la cabeza.
—¿Puedes devolverlos a la vida? —me preguntó, y levantó mi mano con el anillo para mostrarme lo que ya me era obvio—. Con esta reliquia puedes crearlos, ¿no es así?
Por primera vez en mucho tiempo me observó con otros ojos. Ya no parecía odiarme, sino que me suplicaba por ayuda.
—Sí. Pero ellos no te recordarán a ti ni la vida que llevaban en Riveria.
—Entiendo. —Le tembló la voz.
Nos miramos por un instante hasta que ella bajó la mirada al suelo.
—¿Es lo que quieres? —le pregunté—. ¿Quieres que cree a tu familia y te lleve de vuelta a Riveria?
—No lo sé —me respondió sosteniéndose la cabeza—, no sé lo que quiero. Pero creo saber lo que necesito.
—Dilo y lo tendrás —le susurré.
Gyuri me volvió a mirar.
—Tan solo abrázame para dormir.
Nos acomodamos en un catre desolado del cuarto de la casa, apenas adornado por un colchón maltrecho.
Cualquier cama se habría transformado en un refugio perfecto en su compañía: ese era mi privilegio.
Se acurrucó bajo mi brazo sin quejarse, con su mejilla rechoncha aplastada contra mi pecho.
Su piel era tan suave que me deleitaba recorrerla con los dedos.
Por más que yo intentara acomodar esos rizos salvajes, volvían a curvarse por más que los estirara.
Tan frágil que dolía tocarla. Pese a que me pidió dormir conmigo, la vi pestañear sin conciliar el sueño, suspirando y viajando entre sus miles de pensamientos.
—Todo fue real —susurró ella—. Todo lo que hicieron por mí se refleja en quien soy. Y yo soy real. Lo soy, ¿verdad?
La desesperación que reflejaban sus ojos me partía el alma. Asentí con convicción, pues realmente lo creía así.
—Tú eres la prueba viviente de que todo ha sido real.
—Eres real tú también, ¿no, Cyrone? ¿O es que tienes algo más que decirme?
Sin darme cuenta, era probable que ella hubiese percibido la tristeza en mis gestos. Justo cuando estaba a punto de abrir la boca para explicarme, posó su dedo sobre mis labios.
—No. No me lo digas. —Su dedo temblaba—. Prefiero no saberlo, no sé si podría soportar saberlo.
Tomé su mano antes de que pudiera seguir sufriendo un segundo más.
—No tienes de qué preocuparte, nono. Te prometo, en nombre de lo que me pidas, que no te escondo nada más. Soy real, y gracias a ti puedo asegurarlo.
Al contemplarla, recostada con sus rizos perfectamente formados y sus delicadas facciones, sentí cómo el peso en mi pecho se transformaba. Una esperanza hermosa y vibrante brilló en su mirada, una que deseaba poder atrapar para que nunca se desvaneciera, y luego, ella me besó.
No podía asegurar que me había perdonado, pero al menos sabía que estaba tranquila, por cómo se acurrucó y durmió en un instante, presa del cansancio que la había asediado durante varios días de reflexión.