2
E n Nylem el calor era intenso y se colaba por debajo de la piel de forma implacable.
Lo bueno era que la orilla del mar quedaba a unos pasos de la casa abandonada que habíamos ocupado, lo que nos regulaba la temperatura.
Me quedé de pie en el umbral de Riorense, la ciudad submarina, sin dar un paso más para entrar.
Al levantar la vista hacia la infinita niebla, Catarbella flotaba y se observaba tan imponente que parecía estar a punto de derrumbarse encima de nosotros.
No había tierra que manipular en la playa, solo arena endeble y fina.
Tan negra que cuando la espuma del mar traía seres microscópicos del océano, dejaba un par de ellos repartidos sobre ella.
La arena brillaba como si sus diminutas partículas fueran joyas fluorescentes.
Aunque el escenario era hermoso, la imagen de Gyuri posada en una roca de la orilla observando Catarbella agazapada, tenía toda mi atención.
—Catarbella no colapsará, ha estado flotando ahí desde el inicio de los tiempos —le dije y se giró hacia mí.
Su ira era evidente, no necesitaba fruncir las cejas para demostrármela; todo se revelaba en aquellos ojos oscuros.
Siempre me había encantado verme reflejado en sus pupilas, porque la imagen que veía en ellas no era yo sino una versión diferente de mí, brillante y alegre, un retrato de mí mismo que no podía ver en ningún otro espejo.
Aunque ahora, por la forma en que me miraba, me reflejaba como un auténtico monstruo.
—Entonces, aclárame una cosa. Si no me puedo ahogar como escape final, entonces ¿solo me queda buscar desesperadamente un motivo para continuar?
¿Incluso si mi existencia es una mentira?
—Sus palabras retumbaron en mi pecho como truenos cargados de angustia—.
Si yo fui Lummina, eso quiere decir que soy la madre de tu hijo.
¿Ese niño todavía existe? Dime que aún respira.
.. Por la maldita diosa Nylena, por lo menos eso dame, te lo ruego.
Con el eco de mis propias penas, sacudí la cabeza en negación. Vi cómo se le desvanecía la mirada, como si perdiera el enfoque de todo cuanto la rodeaba.
—¿Cómo murió? ¿Cómo era él? ¿Cuál era su nombre? —me preguntó luego.
—Él... —Tragué saliva, porque todo el tiempo me había impedido traerlo de vuelta a mi memoria—. Era como tú. Tenía el cabello blanco y los ojos como dos aceitunas negras. Su nombre era Nymmer.
Recordé cómo el bosquejo que Gyuri había extraído de la oficina de Xylo me había llenado de ilusiones.
La vaga sensación, la traicionera esperanza de que nuestro hijo pudiera estar vivo realmente, me hizo perder la cordura.
Me dirigí hacia la librería de Crod sin control; cometí tantos errores que nos condujeron directo al calabozo de la Guardia, lo que culminó en ese presente fatídico que me parecía, al menos, inevitable.
—¿Nymmer? Nym... Espera un momento —susurró Gyuri tras reflexionar.
—Ese niño, Nym, por supuesto que lo creé teniendo a nuestro hijo en mente. Lo siento.
—Mierda, Cyrone. —Gyuri se hizo un ovillo en la piedra—. ¿Quién lo mató?
Un suspiro escapó de mis labios mientras la contemplaba en silencio, como si cada inhalación llevara consigo el peso de su dolor.
—La diosa Nylena —le dije.
Gyuri alzó la cabeza con un esfuerzo notable y, finalmente, me concedió su mirada. Sus ojos giraron despacio hacia mí, revelando un torbellino de dolor y sorpresa que parecía consumirla desde adentro.
—¿La diosa...? ¿Por... por qué haría eso?
No podía abrumarla con toda esa información, al menos no en ese momento.
—Hay una nueva entrada en tu libro —le advertí—. Solo tienes que entrar a casa y leerlo. Faraine lo tiene...
—Oh, Cyrone, ni siquiera sé por qué me fiaría de tu palabra. ¿Cómo puedo estar segura de que todo lo que me dices y lo que plasmas en ese libro es la verdad?
—Te aseguro que me he cansado de mentirte.
—Es bueno saberlo. —Volvió a darme la espalda con un gesto de desdén.
Negué con la cabeza y la marea subió hasta cubrirme los pies. El frío caló hondo en mi piel.
—Lo siento tanto, Gyuri —murmuré con pesar, pero mis palabras se perdieron en el tumulto de la tormenta que parecía reflejar el caos dentro de ella.
El estruendo de los relámpagos ahogó el sonido de mi voz, dejando en claro que Gyuri no tenía intención de escucharme.
En ese instante comprendí que no era nadie para obligarla a hacerlo.
Anthoperatus descendió aleteando desde lo más alto de la bruma y su presencia, incluso siendo un dregonilio de tamaño normal, formó un viento tan fuerte que tuve que entrecerrar los ojos para verlo aterrizar.
Se acercó a mí con la cabeza gacha y tambaleante, como un perro avergonzado y demasiado alegre a la vez de ver a su amo.
Posé la mano en su hocico, pues si bien él no era un perro y yo no era un humano, teníamos una conexión similar a esa.
—Hola, Anthos —lo saludé, y él botó aire caliente por su nariz.
—Haaa... laaa... laaa... —trató de decir en la lengua común de Melcior. Le sonreí, pues, a pesar de la pesadumbre que me afligía, siempre me alegraba verlo.
—Hola. Es hola, así, corto.
—Holo. —El animal se acarició la coronilla con mi hombro.
Me sentí satisfecho; enseñarle el lenguaje humano a ese dregonilio no había sido fácil, pero tenía la expectativa de comunicarme con él algún día como lo hacía con Flye. Lo calmé y detuve su cabeza para que me mirara.
—Anthos, necesito que regresemos a Dregonia por última vez.
Aunque al reptil le costaba hablar por la forma de su mandíbula, sabía entender perfectamente lo que yo decía. Acto seguido, el animal gruñó y bajó la cabeza para permitirme montar su lomo.
Al despegar y juntarnos con la niebla, cerré los ojos con serenidad pues él sabía hacia dónde íbamos.
Aterrizar en Dregonia nunca había sido fácil, siempre lidiaba con alguna magulladura en el cuerpo tras amortiguar mi caída con los árboles, y cuando de plano aterrizaba de pie como un gato, casi siempre mis rodillas se rompían y podían tardar hasta una hora en curarse.
Esa vez, como muchas otras, logré caer en el agua y evitarme el dolor de la tierra.
Salí del estaque apesadumbrado por la picazón y encontré un bote abandonado, abollado por todas partes, al igual que todo lo que mis ojos alcanzaban a ver en la superficie de Dregonia.
Todo estaba roto, porque no fui capaz de prever que arremetería con un sismo tan mortífero.
Expandí un tronco para tapar el agujero del bote y emprendí viaje a través de Dregonia.
Aunque traté de evadir el caos a mi alrededor, no reconocía la ciudad que tanto me había costado erigir.
Todos lloraban la pérdida de alguien; lucían asustados, como si la tierra fuera a trepidar de nuevo en cualquier momento. Me hubiera gustado jurarles que no sería así, pero no me habrían creído.
Entre los destrozos y las secuelas del remezón, el agua se había tornado más turbia.
Seguramente a causa de la tierra y la sangre.
El agua no volvía al cielo, no regresaba limpia y pura.
Nunca había podido evitar su deterioro ni acercarme a las cualidades de Lummina, ver el sufrimiento de quienes padecieron enfermedades y deshidratación hizo que mi sonrisa tuviera muchos más inconvenientes a la hora de salir.
Si tan solo pudiera llorar y limpiarme por dentro, tal vez habría encontrado un modo de purificar el río de Dregonia; tal vez habría podido sonreír más seguido.
Llegué al islote de Delfina y un terror inmenso se apoderó de mí.
No podía soportar la idea de enterarme de la muerte de uno de los niños.
Conocía la sonoridad de cada nombre con sus voces.
Me aterraba la idea de no volver a escucharlos nunca más.
Brodt, Colyn, Goldin, Polett, Drayen, Glorie, Sophie, Falyn, Dolce, Rydel, Jaci, Marie, Marguet.
.. Levanté la mirada cuando la puerta se abrió y vi a Aeris asomarse lentamente.
Ella sonrió y en su hombro apareció mi amigo anfibio.
Su presencia me ayudó a pensar que no me desmoronaría ante la primera noticia.
—¡Nieblas infinitas! ¡Sir Cyrone! ¡Creí que no lo volvería a ver!
—¿Acaso creíste que moriría? ¿Te lo tengo que recordar? —le pregunté tratando de mantener la compostura, aunque sentía que el puño me vibraba como la cola de una serpiente cascabel.
—Que usted es inmortal, lo tengo claro. Pero creí que regresaría a Catarbella sin despedirse de su animal celestial.
Asentí y le permití subir a mi hombro. Luego, miré a Aeris con seriedad y ella se me acercó con paso paciente; podía percibir su miedo, y no la culpaba.
—No te expliques, también vi a Gyuri comunicarse con la ranita. Flye, ¿no? Me hubiera gustado contar con sus poderes para entender también lo que me ha dicho estos días.
Le ofrecí lo que pude de mi sonrisa, sabiendo que aún no se había formado lo suficiente como para que ella la notara.
—Aeris. ¿Alguien ha muerto con el terremoto? —me atreví a preguntar, ignorando como siempre lo difícil que me resultaba pronunciar esas palabras.
Pero sentí un alivio inmenso cuando la muchacha negó con la cabeza sin perder la sonrisa.
—El árbol de afuera evitó que los troncos del domo nos aplastaran. La casa resistió bien. Hemos sido muy afortunados.
Respiré profundo, como si hubiera estado conteniendo el aliento durante mucho tiempo.
—Entonces ¿por qué tienes esos ojos melancólicos?
—Bueno, Cyrone... De seguro te lo esperabas, pero todos saben que eres un indecible. —La miré sin pestañear y ella asintió—. Incluso los niños.
—Era cuestión de tiempo.
Miré al suelo y, sin querer, observé mis palmas; estaba casi seguro de ver la sangre escurriendo entre mis dedos, aunque no había nada que lo justificara.
Sabía que cuando ascendiéramos a Catarbella las posibilidades de que se desatara la guerra entre los cuatro serafines eran enormes.
Con ese enfrentamiento, sin duda, Melcior colapsaría y toda la gente y ser vivo que la poblaba moriría.