Caelum 2 #2
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—Sé lo que piensa, sir Cyrone. Es como si habitara en su cabeza —me susurró Flye—. Por lo menos, no tiene que preocuparse por mí. Estaré feliz de reunirme con mi familia.

Mis labios temblaron y volví a mirar a Aeris, quien no había escuchado lo que dijo el anfibio.

—Si pudiera verlos una última vez...

—¿Te vas a alguna parte? —me preguntó ella y yo asentí. Avanzó a zancadas y me abrazó. Esa forma única de Aeris de expresar cariño me recordaba a Faraine. El afecto que sentía por ambas era similar.

Sin lazos superfluos de sangre, para mí, eran mi familia.

Aeris me permitió entrar al orfanato, donde encontré a los niños acostados en la alfombra del salón. Me acerqué a ellos y supe que me tenían miedo.

Aun cuando sabía el efecto contrario que podría provocar, me bajé la capucha y me senté donde Gyuri solía leerles cuentos.

Algunos abrieron la boca de la impresión al verme los cuernos, otros miraron hacia otra parte.

Brodt se adelantó a tocármelos. Yo me dejé.

De cualquier modo, ellos merecían saciar su curiosidad.

—¿Eres hijo de una unión extraña entre torinos y humanos? —preguntó Brodt con sorpresa, mientras Aeris apenas podía contener la risa. Detrás de ella, bajo el marco de la puerta, se asomó Delfina, quien me miró con una mueca familiar, manteniendo las manos tomadas tras su espalda.

—No exactamente —me negué y le pedí que volviera a sentarse—, aunque sería gracioso, ¿no lo crees? Que mi madre fuera una torina. Pero si fuera así, debería caminar en cuatro patas, o tener un hocico largo y piel rayada.

—¿Entonces? —me preguntó el niño.

—¿Ustedes saben lo que es Catarbella?

Algunos respondieron de manera afirmativa, mientras que otros solo asintieron con la cabeza.

—Es el paraíso y está arriba, visible para todos nosotros. Ahora bien, ¿dónde creen que se encuentra el inframundo?

—¡Pues, bajo tierra! —gritó Colyn, obviando su tono.

—Claro que no. Abajo de la tierra solo hay un sinfín de fuego ardiente.

Nada más —declaré con firmeza—. No me mires así, Colyn.

Cava por años y lo vas a comprobar. El inframundo es este, muchachos.

Aquí es donde la maldad de verdad existe.

Por eso tengo cuernos y, en cambio, en Catarbella tengo alas.

—¿Maldad? —Brodt tembló.

—Pues sí, maldad. O, bueno, eso es lo que creía yo antes de bajar aquí y conocerlos a ustedes.

—¿Bajar? —preguntó el niño anonadado—. ¿Qué?, ¿vives en Catarbella?

Cuando les dije que sí, la mayoría dejó escapar sonidos de sorpresa. Lo maravilloso de hablar con niños es que no necesitan mayores explicaciones. Por el contrario, asumen que no podemos mentirles, que les decimos la verdad, que lo hemos visto todo.

—¿Eso quiere decir que conoces a los serafines de la naturaleza? —me preguntó Drayen, uno de los niños más pequeños.

—Sí, los conozco —le contesté y todos volvieron a soltar exclamaciones de sorpresa, llenando el aire con una sinfonía de asombro—. Demasiado bien, me atrevo a decir.

—Vaya... ¿conoces a Caelum? ¿El serafín del cielo?

—Chicos, los serafines no son hombres. Son chicas, Caelum es una mujer preciosa, y no cualquier mujer, sino que es mi esposa.

—¿Eres esposo de una serafina? ¡Increíble! —gritó Brodt.

—¿Es en serio? ¿Cómo es Hilaris? —preguntó Glorie, emocionada—. ¡Vieron! ¡Ustedes los chicos no tienen nuestro poder!

—Hilaris es una serafina de piel cian. Tiene aletas como orejas, ojos celestes y cuernos curvos. Ella solo puede estar bajo el mar, de lo contrario su piel se torna en escamas secas y rugosas que le impiden moverse —le expliqué.

—¿Qué hay de Aestus? —preguntó Jaci, alzando la mano.

—¿La serafina del aire? Pues... no me llevo del todo bien con ella. Es una mujer muy alta, diría que es de mi estatura. Tiene los ojos amarillos como los de una serpiente, y su personalidad es igual de venenosa.

—¿Córtex también es una chica? ¡Qué decepción! —gritó Brodt y las niñas lo miraron con indignación.

—Para la decepción de las niñas, Córtex sí es un hombre. —Sonreí.

—¿Es guapo? —preguntó Marie, con el rubor en su pequeño rostro.

—Muy guapo, por supuesto. Pero, niños, aunque quisiera contarles todo sobre el grande y poderoso Córtex, debo marcharme.

Glorie comenzó a sollozar, se puso de pie y corrió hacia mí, escondiendo el rostro en mi hombro. Jaci se puso de pie también, y con su característica timidez, susurró:

—Entonces vives en Catarbella, ¿así que tienes que volver?

—Así es —le respondí, acariciando el cabello de Glorie, que lloraba con vasto ruido.

—¿Quién nos enseñará con la lanza, entonces? —preguntó Colyn, a quien se le comenzó a contagiar el llanto de Glorie.

—¿Quién más? Pues, Polett, si no ¿quién? Él es el más capacitado para enseñarles. De hecho, diría que es incluso mejor con otras armas de lo que soy yo —reconocí, recibiendo el abrazo de otro niño, pero sin querer busqué la cabecita de cabello negro de Polett y no la encontré.

—Pero Polett se ha ido junto a Rydel —protestó Colyn.

—¿Se han ido? ¿A dónde? —percibí cómo la sangre de mis venas corría más rápido al adelantarme a los hechos.

—No nos lo han dicho, solo se han ido. Hace mucho tiempo, muchas semanas —trató de explicar Colyn, y observé a Aeris y a Delfina mirándome. La primera estaba de brazos cruzados y la segunda negaba con la cabeza.

Probablemente habían escapado tiempo antes del terremoto.

Glorie me tiró de la camisa para captar mi atención y me preguntó:

—¿Gyuri también se irá a Catarbella? ¿Ella vendrá a despedirse de nosotros? —La pequeña insistió, tirando de mi prenda con la esperanza de que le respondiera, pero yo me quedé congelado por la información.

Más tarde nos encontramos en el centro del mismo salón, que ahora lucía mucho más grande después de que los niños se fueran.

No fue difícil convencerlos de que los visitaría de vez en cuando desde Catarbella.

Si les hubiera dicho la verdad, habría sido imposible irme del orfanato entre llantos y ruegos.

Tras mi desgraciada mentira Delfina les ordenó a todos que se prepararan para dormir, y yo ignoré por completo mi aflicción al verlos desaparecer tras el umbral.

Podía controlar mis emociones, pues al menos estaban sanos y salvos.

Todos ellos, menos dos.

—¿Cuándo se han ido? ¿Por qué? —les pregunté a Delfina y a Aeris, quienes, tras compartir una mirada cómplice, se desplazaron por el salón y se sentaron frente a mí.

Delfina me explicó que cuando Gyuri huyó, Rydel y Polett también escaparon de Dregonia para evitar ser acusados por la Guardia de encubrirla. Mientras lo decía noté que Aeris rompía en un llanto sutil. Me quedé en silencio tan solo un instante.

—Se marcharon con un torinero, los vi escabullirse en una de las carrozas justo antes de que arrancara a toda velocidad hacia la salida de Dregonia tras el incendio provocado por Gyuri. Creo... espero que hayan logrado evadir los dragonartos — añadió Delfina.

Los torineros conducían a gran velocidad, camuflados por carruajes de tela azul marino que resultaban invisibles en la oscuridad. Además, llevaban enormes cargas de hierba cartina en los carros; hojas que desprendían un hedor insoportable para los reptiles.

—Huyeron de Dregonia... —repetí y ella asintió.

—Pero no luces aliviado, Cyrone —susurró con inquietud.

—Ellos... están... —No me atreví a completar la oración. No quería reconocerles que los niños estaban en peligro allá afuera, que Neblina ya los debía estar buscando, y que al verlos mataría a Rydel sin dudar. Probablemente Polett no correría mejor suerte.

—Están ¿qué? —balbuceó Aeris.

Retrocedí instintivamente en el mismo momento en que la puerta de entrada se abrió de golpe a mis espaldas.

En mi siguiente respiro, la hoz curvada de una lanza me estaba rodeando el cuello. El filo presionaba con firmeza, amenazando con cercenar mi garganta si me atrevía a moverme. Con cautela, desvié los ojos para encontrarme con Evren de pie a mi lado, sosteniendo la vara y mirándome con intensidad.

—Maldito indecible, cómo es que te has colado a este lugar. —Masculló algo difícil de entender mientras presionaba el filo contra mi piel, como si yo hubiera hecho o dicho algo para importunarlo.

—¡Evren! ¡No hagas...!

—Ya te lo dije, Aeris. No me importan tus sentimientos por este ser despreciable. Te advertí que si él aparecía, lo haría sufrir, aunque me ruegues que lo deje.

Como imaginaba que si me degollaba quienes sufrirían más serían Delfina y Aeris al presenciarlo todo, alcé las manos en signo de inocencia y sumisión.

—Me iré. Me iré lejos, ya me he despedido de los niños. No volveré a molestar, Evren. No volveré a Dregonia —prometí con la voz más suave que podía ofrecer.

—¡Cállate! Tu palabra es malicia, tu palabra es una condena para los humanos, cállate. —El muchacho me amenazaba, sus manos temblaban, su rostro sudaba y la voz se le desgarraba. Me tenía mucho más miedo del que yo jamás le tendría a él.

—Bueno, sí, como tú digas, Evren, pero si me cortas el cuello seré un gran estorbo. Tendrás un cuerpo parecido a un cadáver y tendrás que limpiar mucha sangre, y aun así la herida se me sanará y volveré a despertar —le advertí sin malicia, pero a él le saltó el ojo de la ira.

No era capaz de articular palabra, pero tampoco me liberaba de su amenaza infantil.

—Déjame ir y terminamos con esto. Estás asustando a Aeris —le advertí, observándola de reojo mientras se ahogaba en sus propias lágrimas y se sobresaltaba del llanto.

Al presenciar la reacción de su hermana, Evren obedeció y apartó la lanza de mi cuello. Suspiré aliviado y caminé hacia la salida, sintiendo cierta incomodidad por no poder despedirme de forma adecuada de ellas, pero resignado como siempre.

—Vete antes de que cambie de opinión —me susurró, y yo le sonreí.

No fue una sonrisa de desdén ni de triunfo; sinceramente me alegró ver a Evren defendiendo a su hermana. Había crecido mucho durante esos años, y eso, a pesar de las circunstancias, no siempre es malo.

Les dediqué una mirada a las mujeres que me acogieron en su familia durante varios años y, con una gratitud silenciosa, me retiré por la puerta.