Caelum 1
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G yuri aún llevaba el brazalete de flores. Reverberaba a través de mi piel cuando encarnaba los pétalos de la campanilla.

Al cerrar los ojos, la encontré. Ella estaba en el mar, aunque nunca había aprendido a nadar.

Cuando llegué a Nylem desde el bosque costero, observé a lo lejos a Faraine, la serafina del mar, trayendo a Gyuri de vuelta a la orilla.

Después de que la depositó sobre la arena, pude ver que el agua salada le había robado el oxígeno, la vida y el color.

Su piel era tan pálida que su rostro contrastaba con el cobalto que teñía sus labios.

Un cadáver, así lucía otra vez. Y todo por mi culpa .

Siempre quise protegerla, salvarla del sufrimiento, pero mi mera presencia en su vida solo la empujaba hacia la destrucción.

Ah. La culpa era el sentimiento más inútil, doloroso y agobiante. La ira desataba el caos; con la felicidad florecían la belleza y el arte, y la tristeza nutría cualquier terreno baldío. En su lugar, la culpa solo nos llevaba, como serafines, a atacarnos a nosotros mismos.

Mierda, no, otra vez no , pensé cuando las raíces espinosas brotaron del suelo y se aferraron a mis pantorrillas.

Las puntas se enterraron en mi piel mientras las raíces tiraban de mí hasta enterrarme un poco más arriba de los talones.

Con cada uno de mis intentos de liberación, su fuerza aumentaba.

Me mordí el labio para contener un jadeo de dolor cuando la tierra me llegó hasta la cadera. Con un rápido movimiento extraje la daga que siempre llevaba conmigo, enterré mi mano y corté los sarmientos, partiéndolos en dos y liberándolos de mi piel.

Mi cuerpo ya no era terreno para el dolor. No más.

Me adelanté hacia Faraine, quien no esperaba reencontrarse conmigo tan pronto, como lo demostraron sus enormes ojos de crisálida oscura al abrirse al verme de pie.

Hubiera prestado más atención a la sorpresa de mi hermana si no hubiera estado tan absorto en la imagen de Gyuri, quien tosía y fruncía el ceño seguramente debido a la sensación de quemazón por haberse ahogado.

—Deberías irte. Yo me ocuparé de ella —susurró Faraine al leer la preocupación en mi rostro—. No creo que desee verte cuando se recupere.

Faraine lo sabía todo y también sospechaba el motivo por el cual Gyuri se había lanzado al mar.

Asentí atónito y me giré. Sin embargo, a pesar de darle la espalda, la imagen de mi amada en agonía permaneció grabada en mi mente.

Me dirigí lentamente hacia la choza de Nylem, aquella casa abandonada a la que siempre regresaba para descansar durante mis rutas.

No. No debía sentir culpa. No tenía razón para ello. La congoja de Gyuri me dolía tanto que sentía que podía desangrarme por sus heridas, en efecto, pero todo lo que había hecho —las mentiras, los engaños— tenía su razón de ser.

Aunque lo sabía, el dolor persistía. Por más que me convenciera, el reproche aún me perseguía.

Las emociones eran abrumadoras e incontenibles, y mis flores negras no podrían brotar en aquella arena. Por eso, al llegar a la choza tomé papel y me senté en un escritorio.

Hace tiempo que no tocaba una pluma ni la remojaba en tinta para desahogarme.

No había sentido la necesidad de hacerlo.

Espero que sepas, o al menos hayas intuido, que mi mayor fortaleza radica en controlar mis emociones.

Probablemente ni siquiera lo hayas sospechado, porque eres la única que me ha visto vulnerable en este mundo.

Permíteme explicarte. Si eres un serafín, solo puedes sobrevivir si no sientes .

¿ Te has dado cuenta de que para un inmortal es infinitas veces más fácil morir que para un mortal? No me refiero a la muerte que acaba con tu existencia, la cual no nos afecta, sino a esa muerte que permanece, que dura una eternidad. La pérdida de la iridia .

Lo que más me repugnaba de los humanos era su capacidad de cortar lazos con sus seres más amados y aun así seguir viviendo, incluso sentirse liberados. Me parecía mundano, vil. Y, sin embargo, era también la razón de mi mayor envidia .

Ya debes haber recuperado tu memoria, aquel martirio y el por qué hubo cuarenta y un días y cuarenta y un noches sin que la lluvia cesara; sin embargo, no tienes idea de lo que ocurrió antes de eso. Por tanto, déjame contártelo todo .

En el mundo anterior a Melcior, cuando yo todavía era un querubín luchando por la aceptación de su madre serafina, creía firmemente en todo lo que me habían enseñado sobre mí mismo: que era un inútil, que debía desaparecer y morir.

Había otra creencia, ridícula e inverosímil para muchos, pero que yo aceptaba como una verdad irrefutable.

Se decía que las criaturas celestiales varones, incapaces de crear vida, tampoco teníamos nada dentro.

Nos acusaban de no tener corazón; éramos abismos sin fondo .

Creo que fui el primero en demostrar lo contrario. Ponme atención .

Desde que era un querubín, te observaba siendo la trono más talentosa, hermosa y encantadora que jamás hubiera existido.

Al verte en cualquier lugar, con tus rizos tan claros que parecían la luz misma ondeando al viento, sentía el pecho agitado.

Descubrir que siempre había tenido un corazón resultó aterrador para mí .

Amarte mientras crecía, y mientras me congelaba en el tiempo, fue aterrador .

No porque fueras mala. Lummina, eras el ser más grácil y bondadoso del mundo.

Tu sonrisa era una cura para la maldad, un camino a seguir cuando uno estaba perdido.

Eras una utopía hecha criatura, y desearía tener más palabras para describirte.

No pretendo halagarte, solo describo la realidad tal como era.

Para mí, tu belleza y magnificencia eran dolorosas porque estabas enamorada de alguien más, alguien a quien no resultaría extraño amar.

Por supuesto, te enamoraste de una mujer casi tan hermosa como tú; de la serafina del aire, Nylena .

Tú la amabas y ella te amaba a ti. ¿Cómo no iba a hacerlo? Quererte, admirarte y desearte resultaba fácil. Lo difícil era lo contrario: arrancarte del corazón .

Eras mi iridia, y aquella estupidez la compartía con Nylena.

La iridia de Nylena has sido y sigues siendo tú.

En cambio, tú eras inteligente; no considerabas iridia a nadie, ni siquiera a la serafina del aire a la que tanto amabas.

Tu iridia era el mundo de Lorelai, el que existía antes de Melcior.

Los seres, las criaturas, los humanos e incluso los monstruos; todo aquello daba sentido a tu vida.

Amabas a Lorelai y a las cuatro serafinas de entonces: la del aire, Nylena; la de la tierra, Calyssa; la del mar, Alba; y a tu madre, por sobre todo, Lydia, la serafina del cielo .

Por eso, cuando estalló la guerra de los serafines moriste en vida.

La primera en caer fue mi madre, Calyssa, ante Alba, y Alba cayó frente a la fuerza de Lydia.

Nylena jamás hubiera podido vencer a Lydia, pero tú amabas tanto a la serafina del aire que tu madre decidió sacrificarse para entregártela.

No puedo decir que Nylena entonces no te amara, porque creó a Melcior a imagen y semejanza de Lorelai por ti.

Fue un regalo adorable, digno de ti; pero Melcior tenía defectos, estaba roto, pues los humanos eran gobernados por los deseos ocultos y perversos de su corazón .

Junto con esa maldad intrínseca de este mundo defectuoso, Nylena abusó de su nuevo poder sobre ti.

Las diosas pueden controlar a los serafines como les plazca, y al ver que te le escapabas de las manos, como el nono escurridizo que eres, te controlaba.

Te sometía, te maltrataba, porque se había obsesionado contigo y su amor por ti estaba contaminado por completo .

Fue entonces cuando tú, Lummina, resolviste escapar de Nylena para convertirte en una humana.

Añorabas curar el corazón de la humanidad infiltrándote entre ellos, para enseñarles cómo solían ser en Lorelai.

En aquel momento me encontraste escabullido entre las aldeas, huyendo, como siempre, del desprecio de las serafinas.

Ahí me continuaste enseñando a amar incluso a esta nueva humanidad.

Juntos le proporcionábamos a las personas comida, salud y bienestar .

Quizá fue por eso, o tal vez fue el que te haya ayudado y ocultado de Nylena, lo que hizo que te enamoraras de mí .

Escribir eso me tomó tanto tiempo que no me di cuenta del momento en que Faraine había regresado. Absorbido en el escritorio, sentí unas manos rodeando mi cuello y un mentón apoyándose en mi hombro. Por lo pegajosos que estaban sus dedos, supe de inmediato que era ella.

—Hueles a tierra húmeda como siempre. Ay, cómo te extrañé, sonrisitas —me dijo ella. Suspiré, hastiado por el contacto físico, pero de todas maneras le acaricié el antebrazo. Al rozarla me di cuenta de que su piel se había secado y tornado áspera como las escamas de un pescado.

Me alejé de ella y la miré.

—Uy, no, no. No me arrugues la cara a mí —exclamó—. No me separé de ella hasta que se sanó. ¡Ella quería tiempo a solas así que vine a verte!

Se refería a Gyuri, pero yo me refería a sus muñecas. Tomé su antebrazo y le señalé las marcas.

—Mira esto, te estás secando —le recriminé, pues su piel se había tornado rugosa desde que había salido del mar—. Si no vuelves a Riorense ahora mismo, te vas a convertir en un mandrión asado.

—Bueno, por lo menos seguiré viva —me respondió, arrebatándome su brazo—.

Deberías agradecerme porque detuve el maremoto que provocaste.

No solo eso, saqué a Lummina del mar antes de que se perdiera para siempre.

—Suspiró con dramatismo—. Los serafines del mar estamos infravalorados.

Como nos aíslan al fondo del océano, no se preocupan por nosotros.

Me volví a apoyar en el escritorio, con la mano sosteniéndome la cabeza. Había sido un día demasiado largo, después de aquel terremoto que destruyó gran parte de Dregonia, mi amada ciudad.

—Estás escribiendo —señaló Faraine, asomándose por mi lado—. Solo escribes cuando estás destrozado.

No la miré ni le respondí nada, por lo que ella suspiró.

—¿Cómo está ella? —le pregunté con resquemor.

No estaba viendo su cara, pero sabía que me miraba con tristeza.

—Lumié no quiere hablar, está posada en una roca mirando el mar. Podría ser que está procesando toda la información, pero... por lo menos, creo que nos odia a todos, no solo a ti.

Resoplé, aunque no me causaba gracia alguna.

—Eso es un alivio.

—Oye, ella tiene buenas razones para enojarse contigo —me dijo la serafina, sentándose en la mesa del escritorio con las piernas colgando—. ¿Cruzar Melcior sin decirle que no hay nadie a quien buscar? ¿Que su familia fue inventada por el anillo que tienes en tu dedo? Vaya...

—Pretendía devolverle a sus padres y a su hermano.

—Y no lo hiciste por mí. Querías mi consentimiento, porque si no, no la hubieras arrastrado al este mintiéndole.

—Pues sí, ¿preferías que hiciera desaparecer toda tu vida sin avisarte?

El anillo en mi dedo solo podía usarse una vez por cada siglo.

En Milersar, lo utilicé para crear una familia para Gyuri y otra para Faraine.

Pero si pretendía usarlo en Cornelius, todos los seres creados en el siglo anterior desaparecerían, siendo imposible recuperarlos con todos sus recuerdos y personalidades.

No podía hacerle eso a Faraine, por eso no creé la familia de Gyuri en el mismo momento en que los perdimos.

—Me conmueve. Sí que sí, pero no hubiera sido para tanto. Mi vida se acabó cuando Nylena encerró a Comartus en el mar de Riveria —espetó Faraine, bajándose del escritorio.

Faraine nunca había podido convivir en el mar con humanos, por razones obvias.

Cuando el amor de su vida, Comartus, una gigantesca criatura marina, fue exiliado al fondo del mar de Nalini en Riveria, decidí brindarle la oportunidad a mi hermana menor de convivir con una aldea de humanos bajo el agua.

—Como si esos humanos que creé para ti no te importaran en lo absoluto.

—Claro que me importan, son graciosos y dulces, son mi gente, pero son falsos. Son muñecos que actúan como si pensaran por sí mismos, como si me quisieran de verdad, pero no lo hacen. Siempre lo he sabido. Lumié pensaba que su familia era real; eso sí que es jodido, Cyrone.

—No le llames Lumié. Su nombre es Gyuri —la corregí con un sabor amargo en la boca.

Me giré para contemplarla y percibí su piel azul agrietada por la sequedad, sus ojos celestes abatidos. Faraine adoraba a Lummina; nos miraba como si ambos la hubiéramos adoptado cuando era una querubina. Haberla perdido fue otra razón por la que decidí crearle una aldea bajo el mar.

—Gyuri... Gyuuuu-ri. Y ¿quién le ha puesto ese nombre? —preguntó ella.

—No lo sé, Faraine, habrán sido sus padres. —Faraine se cruzó de brazos y bufó—. Bueno, los muñecos de sus padres. ¿Qué quieres? ¿Torturarme por haber hecho eso? No se me ocurrió nada mejor. ¿Qué haces con un inmortal al que se le ha destrozado la mente y que está obligado a seguir viviendo?

—Matarlo, ¿no es evidente? —Faraine dejó tras de sí un silencio difícil de asimilar—. La muerte es un regalo para un inmortal que sufre. Lummina ya no poseía ni un ápice de iridia, podrías haberle puesto fin a su existencia con las lanzas del Empíreo.

No pude responderle ni una palabra.

—Y quizá tú lo veas como un acto de amor, Cyrone, pero está jodido. Está realmente jodido.

Evité mirarla, y en su lugar dirigí la mirada hacia el techo, permitiendo que la capucha se me cayera.

—Tengo que ir a buscar a Rydel —murmuré después de un momento.

Faraine levantó la vista hacia mí, recuperando el brillo en los ojos.

—¿El querubín de Neblina? —resopló—. Oh, sonrisitas, ¿acaso te ves reflejado en ese querubín o por qué te importa tanto?

—Debo ir a buscarlo y visitar el orfanato de Delfina. —Me detuve para tomar un respiro—. Debo comprobar que están bien después del terremoto y despedirme de ellos.

—¿Despedirte de ellos?

—Así es. Ahora que estamos los cuatro regresaremos a casa, no tenemos otra opción.

—¿Te has golpeado en la cabeza? ¿En serio quieres que volvamos a Catarbella? ¡¿Tú?! ¡¿El que siempre ha evadido volver?!

—Mira a tu alrededor, Faraine, el mundo va a perecer pronto si no lo cuidamos desde el cielo. Ya de por sí he asesinado a mucha gente con el terremoto que provoqué.

Y aunque fuéramos cuatro serafines, sin el poder divino éramos incapaces de proteger a todas las criaturas del mundo. Con eso en mente, debía asumir regresar a Catarbella, despertar a Nylena y enfrentar el pasado que con tanto ímpetu traté de borrar.