Caelum 35
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M ientras el agresor intentaba iniciar su asalto, el suelo comenzó a vibrar. Creí que era mi propia frustración la que sacudía el mundo, pero recordé que jamás había tenido poderes como ese. Cyrone, testigo de todo, decidió destrozar la ciudad para evitar que me tomaran otra vez.

El ruido de la piedra partiéndose en dos, tanto en el techo como en el suelo, en las paredes y más allá de ellas, junto con el estruendo de las estructuras de Dregonia, me hicieron darme cuenta de la magnitud de lo que ocurría.

Como me encontraba tirada de lado en el pavimento, no lograba dimensionar el caos ni tampoco cómo el calabozo comenzaba a desmoronarse sobre mí.

Ya no tenía miedo de que un pilar me aplastara.

Me abrazaba al remezón como si fuera mi amigo y salvador.

El forcejeo previo con esos repugnantes depredadores había conseguido aflojar parcialmente las ataduras en mis muñecas. Tiré de la cuerda, y una vez que mis manos quedaron libres me extraje la mordaza de entre mis dientes.

Cuando el terremoto alcanzó su máxima intensidad, y una vez que ya no existía techo que me lo impidiera, miré hacia el domo de Dregonia.

El calabozo no era más que un campo de escombros infinitos.

El domo de árboles se veía torcido, con los hocicos de los dragonartos asomándose por los huecos e intentando agrandarlos para entrar de una vez por todas.

Tuve que voltearme para ver a los hombres que querían dañarme, atravesados por una estaca de lado a lado, con las piernas colgando.

Escupían sangre por la boca, mientras sus vísceras se hacían visibles en las llagas de sus heridas.

Incluso así, seguían respirando. Me sorprendía que se aferraran a la vida con tanto vigor y fuerza, aun cuando no les servía de nada.

El serafín permanecía sentado y amarrado, lo que me hizo comprender que ni siquiera era parte de su voluntad el que otros árboles puntiagudos brotaran del suelo para atravesar a más de los agresores.

De algún modo, Cyrone sabía cómo evitar perforarles órganos vitales, alargándoles el dolor de manera deliberada.

Por el costado, los hombres salpicaban sangre.

Por las piernas, la carne se les derretía en un tono bermejo.

Los brazos, cortados en sus ligamentos, caían a los lados, inertes y pesados.

Mientras los hombres aullaban de dolor, me levanté y me acerqué a Cyrone.

Encontré un vidrio roto de punta fina entre mis pies, lo cogí y, una vez frente al serafín, sostuve su cabello para levantar su mirada.

Le quité la mordaza y presioné los dientes con la misma fuerza con la que apreté el filo del vidrio contra su cuello.

—Mi familia no existe —rugí con la voz rota.

Él me miraba seriamente, con la quijada tensa. Al no recibir respuesta, volví a amenazarlo con el filo del vidrio, como si eso pudiera servir de algo. La lluvia comenzaba a caer, filtrándose por las fisuras del domo de madera.

—Toda mi vida es una farsa; está construida en base a una mentira tuya. Ni siquiera me llamo Gyuri. ¡Tú me escondiste y me inventaste una familia falsa! —vociferé desesperada, esperando arrancarle las respuestas de alguna forma.

—Tengo razones por las que lo hice —me dijo con la voz casi afónica.

La mano me temblaba tanto que me corté la palma con el filo del vidrio.

—Eso... lo hace todavía peor —mascullé, sudando frío—. ¿Cómo ibas a encontrar una razón para matarme?

—No quería matarte, Gyuri, yo quería salvarte de ese dolor.

—Me escondiste la verdad durante todo el camino. Buscamos a mis padres cuando no eran más que un invento de tu estúpida reliquia —grité y observé su anillo. Reliquia en Riorense. Mentiras. Engaños. Él siempre tuvo esa reliquia en sus manos.

—Si te enterabas de la verdad, iba a ser demasiado doloroso para ti.

—Entonces decidiste dañarme todavía más —le dije y presioné el vidrio contra la nuez de su cuello.

Las gotas de sangre de los hombres caían a nuestro alrededor, mezclándose con la lluvia.

Mi mentón temblaba y el serafín parecía incapaz de responderme; era probable que mis palabras lo hubiesen lastimado más de lo que jamás hubiera podido conseguir con el vidrio.

Cuando los hombres dejaron de gritar, porque por fin murieron, lancé la pieza a un costado y desaté las manos y los pies del serafín.

Al liberarlo, lo primero que él intentó hacer fue abrazarme. En un reflejo tanto involuntario como querido, retrocedí y le dije con el tono más tajante:

—No volverás a tocarme nunca más.

Me tambaleé hacia atrás, y me dolió el alma tener que caminar cuando no encontraba motivos para hacerlo.

Gracias a Catarbella, él no intentó detenerme cuando me giré y lo dejé solo.

La atmósfera se ahogó en el caos, y los dragonartos estaban demasiado concentrados en abrir aún más las aperturas del domo, por lo que me ignoraron cuando salí de la ciudadela.

Comencé a correr, adentrándome en la arboleda iluminada que titilaba y se burlaba de mí porque todavía podía brillar.

Yo me desvanecía, y me preguntaba por qué mis brazos y manos no se tornaban negros.

Ellos eran mi iridia, mi padre y sus graciosas sonrisas, mi madre y su aparente frialdad, que se derretía cuando me trataba como su princesa.

Mi hermanito, con sus aventuras y malas ideas, que siempre acababan siendo divertidas.

Seguí corriendo. Mi cuerpo herido resentía los golpes, pero estos se sanaban a cada paso que daba. Corría y me curaba, me caía, me raspaba, me ponía de pie y mi piel cicatrizaba, se cerraba y la llaga desaparecía.

Seguí corriendo hacia el calor, como si estuviera en Riveria y las fogatas de mi hogar me atrajeran.

El frío era finito, acabaría si corría con todas mis fuerzas y volvía a casa; a aquella casa triangular que todavía existía en mi corazón.

¿De qué servía? ¿De qué me era útil ese recuerdo en el pecho si jamás lo vería otra vez?

Mi casa se había fragmentado, destruido, al igual que Riveria.

Mis padres habían muerto, o bien habían desaparecido y ni siquiera podría ver sus cuerpos, porque jamás fueron reales.

Había corrido tanto que crucé el límite de Dregonia y me encontré en Nylem. Vi la orilla del mar, que efectivamente se revolvía y recogía, cubriéndose de olas móviles que no eran estáticas como las del mar de Nalini en Riveria.

«Ese es mi mayor sueño», me contó Nym mientras patinábamos sobre el mar congelado. «Dicen que aquí abajo habita una serpiente marina gigante. Quiero conocerla.»

«¿Tu sueño es meterte a nadar en este mar para que te coma la serpiente?», le pregunté, sin evitar reírme. Le tomé la mano y el calor que irradiaba era maravilloso, un contraste encantador con la frialdad de las mías. Mis manos eran pequeñas, pero al sostener la suya me sentía grande, importante.

«Solo quiero conocer el mar. Mami dice que es inmenso.»

«Estamos en el mar, cieguito.»

«El verdadero mar, el de la superficie, ese que está caliente.» Sonrió y me mostró su dentadura incompleta. El día anterior se le había caído uno de sus primeros dientes.

Regresé del recuerdo, caminé por la orilla y me mojé los pies; el agua estaba congelada. En la superficie tampoco había nada que lo pudiera calentar, el mar estaba helado.

Me pregunté cómo sería mi vida a partir de ese momento.

Tenía miedo. Grité de impotencia y recogí el agua salada para lavarme los brazos, para limpiarme las piernas, para salvar mi alma.

Pero la suciedad no se desprendía, estaba ahí tatuada en mi piel.

Sentía que me recorrían insectos bajo la dermis y volví a gritar.

Chapoteé en el agua hasta que el mar se recogió y me abandonó.

Cuando la ola me dejó atrás, corrí hacia el mar otra vez.

En vez de quedarme parada, avancé hasta que el agua me cubrió por completo.

En el instante en que razoné sobre lo que estaba haciendo ya estaba hundida en el agua, aleteando para asomar la cabeza y respirar. Pronto me cansó la mera idea de luchar, así que me dejé caer en las profundidades del océano. Cerré los ojos y por fin hubo paz en mi corazón.

Deseaba que el mar me limpiara el alma, o me la quitara. Qué más daba.