Caelum 33 #2
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—¡No quiero temerte! —insistió en un grito—.

Desde que soy pequeña nos han hablado de los indecibles, de lo poderosos que son y cómo podrían obligarme a hacer lo que sea con solo una palabra.

Incluso matar. Pero... pero tú siempre tuviste estos poderes.

No me borraste la memoria cuando tuviste la oportunidad y te lo agradezco tanto.

—Una lágrima perlada le recorrió la mejilla y se la secó enseguida.

—Ya lo debes saber, casi maté a Xylo. Tal vez los indecibles sí somos tan malos como ustedes dicen. No te culpo por tenerme miedo.

—Xylo... ese hombre, y tal vez todos los hombres y mujeres, son más malos que los propios indecibles de sus leyendas. Le temo a él, pero no a ti, Gyuri. Les temo a los humanos, porque a ellos sí los he visto hacer el mal.

Noté cómo sus ojos se ensombrecían, probablemente al invocar la imagen de su padre fallecido.

Sentí el impulso de abrazarla y decirle que haría todo lo posible por evitar que ese hombre renaciera en el siguiente mundo.

Pero sabía que no lo entendería, y tampoco tenía tiempo para explicarle mi verdadera naturaleza.

Llegaría el momento adecuado para hacerlo, pero en ese momento debía correr hacia la casa del señor Crod y enfrentar la verdad.

Necesitaba saber qué había pasado con Nym.

—Aeris, somos amigas. —Ella asintió—. Necesito pedirte un favor muy importante.

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Aeris nos trasladó a mí y a Flye al islote de Crod. Fue tan rápido que apenas pude explicarle los motivos por los que tenía que ir. Apenas arribamos Flye trató de bajarse conmigo, mas le exigí que esperara en el bote junto a Aeris.

—Por favor, no quiero alterar a Cyrone todavía más —le expliqué, y Aeris no cuestionó que me comunicara con un animal. Lo comprendió sin que tuviera que decírselo.

—Señorita, si a usted algo le pasa será mi culpa —aseveró el anfibio—. Sir Cyrone quiso dejarla en aquel islote para protegerla de los humanos, no es casualidad. Ellos están buscándola por doquier para encerrarla.

—No me pasará nada —le prometí—. El señor Crod es un buen hombre.

—¡Pero sus cuernos! —exclamó Flye a los cuatro vientos mientras yo me perdía en la arboleda que daba a la entrada de la casa del librero.

Subí la colina hasta llegar a la puerta, donde observé a Cyrone sentado en un escalón de la entrada. Corrí para encontrarme con su mirada, pero a diferencia de lo que esperaba, sus ojos se abrieron en disgusto al verme.

—Oh, carajo, Gyuri. ¿Qué se supone que haces aquí? —Cyrone se levantó y me cogió de los hombros con fuerza.

—¿No es obvio? Yo también quiero saber qué pasó con Nym —me expliqué con firmeza, pero él me zarandeó desesperado.

—¡Estás sin una capa! ¡Maldita sea! ¡Ellos te van a ver los cuernos! —Se detuvo cuando me vio asustada.

Me soltó de los hombros y me dio la espalda, borrándose el rostro con las manos.

—¿Qué te pasa? —le pregunté con cuidado—. ¿Por qué estás tan alterado?

Le tomé el brazo, pero él me lo arrebató al instante.

—Porque soy un imbécil —respondió con dificultad.

Me mantuve en silencio, mirándolo a unos pasos de él.

—Oh, Gyuri, por Nylena, y por el maldito diluvio. Yo... —Finalmente pudo verme a los ojos, pero le escocieron al sostenerme la mirada. Negó con la cabeza—. Espero que algún día, dentro de esta eternidad, puedas perdonarme.

En sus ojos no había odio, ni lástima, ni indiferencia, ni desprecio. Había culpa.

Negué, al verlo desesperado. No sabía qué ocurría en su cabeza, pero quería liberarlo de esa oscuridad. Lo vi caminar de un lado a otro, como si quedarse quieto fuera a hacerlo estallar. Di unos pasos hacia él, pero volvió a rechazarme.

—Yo no sé... —Rio del nerviosismo—. ¿Qué se supone que voy a hacer?

Boldery no me abre la maldita puerta y yo me estoy muriendo por ordenarle que haga lo que yo diga —me confesó apretando los dientes—.

Pero yo juré que no usaría este poder maldito con los humanos.

Oh, maldita sea. Yo necesito, necesito saber qué pasó con Nym. Ese dibujo...

—¿Por qué te importa tanto? Es mi hermano —le pregunté y enarqué una ceja.

Él relamió sus labios, volviendo los ojos al techo del domo.

—Porque lo conozco, Gyuri, te he mentido. Lo conozco tan bien, pero tan, tan bien que él...

La puerta de la casa de Crod se abrió de golpe.

Sus palabras quedaron ocultas tras el estruendo.

Ni siquiera pude ver el rostro asustado del hombre porque Cyrone reaccionó rápidamente cubriéndome con su capa.

Todo se volvió negro, y muy cerca de su pecho desnudo pude percibir el latido desbocado de su corazón.

—Cyrone. —La voz de Crod sonaba diferente, impregnada de infinitas toneladas de horror.

—Hola, Boldery —inició el serafín, tratando de normalizar su respiración—. Estuve mucho tiempo espe... ¿por qué no abrías? —Cyrone, de forma inusual, trastabilló en sus palabras.

—Puede’ entrar ahora. E’taba durmiendo, la víhpera de Corneliu’ me mantuvo de’pierto todo ehte tiempo. Una di’culpa. Broadestak. —Se tomó una larga pausa en la que, imagino, apuntó hacia mí.

—Te enteraste de lo que ocurrió con Gyuri, ¿verdad? —La voz de Cyrone se volvió más grave, y al acercarme a su cuerpo percibí su aire protector.

Crod no respondió nada, así que imaginé que asintió con la cabeza.

—No tienes de qué preocuparte, entraremos, lo discutiremos y nos iremos. Vinimos por algo específico —dijo Cyrone.

—Claro, entren por favo’.

Cyrone finalmente retiró la capa que me cubría y, al hacerlo, vi el rostro del señor Crod.

Parecía haber envejecido al menos diez años en el instante en el que me vio.

Observé la forma en que sus pupilas se centraban en mi cabeza y sentí una profunda vergüenza.

Sin embargo, seguí hacia el interior de la librería.

Decidí que no hablaría, que no haría ningún sonido para no asustar al señor Crod. La puerta se cerró a mis espaldas; el ambiente se hizo más sombrío de lo que quería, aun cuando había los mismos libreros, las mismas decoraciones y las velas de siempre.

—¿Ere’ un humano, Cyrone? —preguntó el señor Crod.

Cyrone no respondió nada, y sin dejar de verlo a los ojos sacó el papel arrugado de su pantalón y lo estiró sobre la encimera del librero.

—Necesito que me digas lo que dice este papel.

—¿No sabe’ leerlo? ¿Eso puede probar que ere’ un ser humano?

—Crod —insistió el serafín.

—¿Por qué no me conte’ta? Brot kibesta rak —preguntó el librero, con tanto terror que me compadecí de él—. Soy el padre de una niña de cinco año’, no me ponga’ en riesgo si Solcita le importa a u’te.

Cyrone se le acercó desafiante.

—Sí. Soy un humano —dijo, modulando cada sílaba—. Pero ¿realmente te sirve que te lo diga?

Yo bajé la cabeza en extrema sumisión, y jalé la capa de Cyrone dos veces para que parara de provocar al librero. Necesitábamos que nos ayudara.

El señor por fin prestó atención al papel y lo ojeó por unos largos segundos, en los que no fui capaz de escuchar nada más que mi propio pulso. Suspiré y volví a estar alerta cuando Cyrone miró detrás de mí.

—¿Quién está ahí? —preguntó el serafín.

—Ahí... —murmuró Crod, espantado.

Al haber sido encontrado, un encapuchado salió de detrás de un estante con las manos alzadas. Cuando por fin bajó su capucha, reconocimos al torinero que nos había traído a Dregonia.

—E’ mi compadre, Marylo. Nue’tra’ hija’ son mejores amiga’. Verá’, Cyrone, creo que tengo derecho a protegerme un poco. No sé qué clase de criatura’ son ustede’. No puedo atenderlo’ solo.

—Él se tiene que ir —dijo Cyrone, sin formular en realidad una orden.

—Yo creo que está bien que Marylo se quede aquí —le susurré a Cyrone—. Crod nos teme.

Me miró por un instante y luego volvió a dirigir su mirada al señor Crod, quien parecía no estar dispuesto a permitir que el hombre se fuera.

—No temas, el señor Crod es un buen hombre, no querría hacernos daño —insistí, y él se volteó con una sonrisa melancólica.

—¿Me vas a decir qué dice en este papel? —insistió Cyrone, con un tono que sin duda señalaba que estaba perdiendo la paciencia.

El hombre buscó sus anteojos y se los ajustó, escudriñando la superficie del papel y aplanándola para verlo mejor.

—Según lo que puedo ver, e’to e’ clasificado del comandante Xylo —nos informó el librero.

Miré por el rabillo del ojo cómo Cyrone entornaba la mirada.

—Melbore iak. No me corresponde ventilar asunto’ del comandante.

—Me está diciendo que le tiene más miedo al comandante que a mí —asumió Cyrone, y yo volví a jalar su capucha.

—No le’ voy a decir a dónde está e’te niñito. No si ustede’ están detrá’ de él. E’ un niño, joer.

Abrí los ojos en demasía cuando me enteré de que el papel, efectivamente, decía dónde estaba Nym.

—¡Señor! Señor, ese niño... ese niño es mi hermano. Se... señor Crod —tartamudeé—. Por favor, necesito saber dónde está, lo he buscado todo este tiempo. Por favor, se lo suplico.

El señor Crod me miró entrecerrando los ojos.

—¿Uste’? ¿Hermana de este chiquillo?

—Sí. Sé que no parece tener sentido, pero fui adoptada y crecí con ese niño. Escuche, ese niño...

Cyrone se me adelantó y cogió a Crod por el cuello de la camisa. Al hacer tal movimiento brusco, su capucha se le deslizó por el cuello.

—Me vas a decir lo que dice, porque si no, haré que lo hagas.

—Entonce’ ¿por qué me amenaza y no simplemente lo hace? ¿Señor indecible? Melbarak Tud —se atrevió a decir Crod, aunque su voz se agudecía y temblaba.

—Señor Crod, se lo suplico. Somos ángeles, no queremos someterlo con nuestros poderes. No me mire así, digo la verdad. Somos Córtex y Cae...

Sin que yo me lo esperara, Marylo se acercó por detrás de Cyrone con una destreza sorprendente y lo intentó apuñalar por el costado.

No logró hacer ni un pequeño corte, porque el serafín lo sostuvo con su mano libre, y con un movimiento impetuoso y fuerte le rompió el brazo.

El hombre aulló de dolor, y yo me quedé paralizada al ver los huesos tratando de sobresalir de su brazo. Al parecer, Cyrone también se había quedado helado por la reacción involuntaria que tuvo y con la que terminó hiriendo al torinero.

Aprovechando el nerviosismo de ambos, Crod se adelantó para atacar a Cyrone. Desde mi perspectiva, fue imposible ver si lo había logrado o no, pero al presenciar cómo el serafín soltaba el cuello de la camisa de su agresor, el pánico se apoderó de mí.

Un grito de horror escapó de mis labios cuando me moví para observar un cuchillo incrustado en el cuello de Cyrone.

El serafín miró a Crod indignado, cogiendo el mango del arma.

—Soy un padre, al igual que Marylo. Tú no podría’ entenderlo jamá’, maldito indecible.

La ira se agolpaba en los ojos del serafín, pero ocupó la poca fuerza que le restaba para desencajar el cuchillo de su cuello y plantarlo en la encimera.

—Hice lo mejor que pude... para no tener que dañarlos... —susurró afónico para responderle a Crod, mientras contenía como podía la sangre que luego escurrió explosivamente desde su cuello.

Todo ocurrió en cámara lenta cuando vi a Cyrone caer al suelo con la sangre manchando su torso.

No era consciente de si yo estaba gritando o no, era como si mis sentidos se hubieran apagado.

Me arrodillé a su lado y busqué tapar la herida, evitar que se desangrara; mis manos temblaban.

Sabía que lo mejor era huir, que Cyrone estaría bien incluso en aquel estado porque éramos serafines, inmortales, pero fui incapaz de dejarlo ahí tirado.

La puerta de Crod se azotó contra la pared y, después de varios infernales segundos, el sonido volvió a mí de golpe: oí la voz de Xylo en la entrada. Era una emboscada.

—Ve... te... —me rogó Cyrone, escupiendo sangre y mirándome aterrado.

Pero me negué rotundamente.

—Eres mi hombre, somos dos contra el mundo, no te voy a abandonar jamás.

Fue difícil comprender que desde el principio nuestros captores esperaban entrar, que el señor Crod nos había tendido una trampa, que me había condenado por una leyenda que no era verdad.

No pude detenerme a reflexionar en eso, el dolor me invadía como si ácido corriera por mis venas: ver la agonía de Cyrone era lo más doloroso que había experimentado hasta ese momento.

Mis gritos no lograron sacarme del trance mientras movía al serafín para que reaccionara.

Parecía muerto, y ni en mis peores pesadillas pude haber imaginado verlo en un charco de sangre, con los ojos bien abiertos, los dientes y el mentón teñidos de rojo.

—Mi amor... no...

Una mano me cubrió la boca y la nariz con un pañuelo.

Cuando intenté respirar, el victimario me apretó con más fuerza.

Supe que estaba detrás de mí y no luché en su contra hasta que me obligó a separarme de Cyrone.

Gemí, ahogando mi voz en el pañuelo, sintiendo dolor por la fuerza excesiva que aplicaba.

Podía notar el miedo de mi agresor al escuchar, amplificados, sus pálpitos, seguramente me creía dura e implacable; no se imaginaba que mi cuerpo era frágil y que mi espíritu se había fracturado hacía unos minutos.

En ese momento no era un ángel, era una simple humana.

La fuerza con la que me apretó me quebró la quijada.

Lo último que vi antes de morir a causa de la asfixia fue a dos hombres de la Guardia de Dregonia levantar a Cyrone y sacarlo del lugar.