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N o sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero, cuando desperté por fin, me encontré amordazada y amarrada a una silla que rechinaba al retorcerme.
Me hallaba en el centro de una celda oxidada, tan oscura que imaginé que era subterránea.
Lo único que me revelaban los barrotes que me mantenían cautiva eran unas velas desnudas colgadas del techo.
Si bien las primeras horas luché contra las cuerdas, rasgándome las muñecas con tal de soltarme, tras un día completo de sangre derramada decidí detenerme. Estaba exhausta, tal vez demasiado, y aquello me sugirió que había pasado por lo menos un par de días encerrada.
No necesitaba reflexionar mucho para darme cuenta de que quien me mantenía prisionera era Xylo.
Lo único que no lograba entender era el porqué.
¿Por qué tanta crueldad? La imagen de Cyrone desangrándose se reproducía en mi memoria una y otra vez.
Temí por él pues, aunque sabía perfectamente que no moriría con eso, me dolía mucho más pensar que podía seguir sufriendo en ese preciso momento.
De repente me desmayé en la silla, quizá debido a la pérdida de sangre, pero en ese momento ni siquiera me percaté de haberme ido. Lo que me despertó un tiempo después, fue una mano enorme y áspera que me cacheteó el rostro.
El golpe fue tal que me volteó la cabeza; la sensación de ardor de mi mejilla se apoderó de mis pensamientos. Cuando
logré enfocar mi visión, la imagen de Xylo frente a mí con la mano lista para darme otro golpe se hizo clara.
Contuve la furia con la pizca de cordura que me restaba, porque no podía incendiar ese lugar con un rayo si Cyrone estaba en una mazmorra cercana.
La amplia dentadura del comandante brilló cuando me sonrió con malicia.
—Gyuri, te sienta bastante mal la hospitalidad de la prisión de Dregonia, ¿no es así?
Sacudí la cabeza al oír su voz. Era la prueba de que no estaba alucinando.
Abrí los ojos con rabia y comencé a gemir y gruñir contra la mordaza, lo que al enfermo le causó gracia.
Me observó con deleite, disfrutando de mi tortura, hasta que finalmente decidió quitarme el trapo de la boca.
Mi mandíbula resintió el daño que el objeto me había causado después de tantas horas.
—¿Qué se supone que hicimos Cyrone y yo para estar aquí? —espeté y Xylo, en vez de responderme, alargó la mano.
Agarró uno de mis cuernos y lo atrajo hacia sí mismo todo lo que mi cuerpo atado a la silla le permitió.
—Eres un indecible. Un ser asqueroso que controla a los humanos con la palabra. Los tientas a cometer el mal, como si fueran malditas marionetas tuyas.
Me soltó con violencia y yo agité la cabeza, presa de un mareo preocupante. A pesar de lo débil que estaba mi cuerpo y mi espíritu, alcé el mentón para enfrentarlo.
—¿Me tienes miedo por eso? —mascullé.
—Si pudieras hacerme sentir miedo, ya hubieras sido capaz de huir, sabandija.
—Déjame salir —le ordené al encapuchado.
Aunque el maldito me miró durante unos largos segundos, reaccionó tardíamente a mi orden. Extrajo las llaves del fondo del bolsillo y, justo cuando desenvainaba una daga para romper mis cuerdas y yo estaba lista para golpearlo sin piedad, se detuvo.
—Que lo hagas, hazlo. ¿Qué esperas? ¿Ni siquiera puedes hacer eso? —insistí nerviosa.
Xylo dejó caer la llave al suelo y, mientras me sonreía, bajó su capa para descubrir su cabello. La osadía en mi cuerpo se disipó como humo, y su pelo rojo cenizo me intimidó bajo la vaga iluminación que nos brindaban las velas del calabozo.
Él tiene el gen .
—Me encanta esa expresión tuya. Te estás dando cuenta, ¿verdad?
De que no tienes poder sobre mí. Seguramente los indecibles pensaron que nos podrían exterminar a todos nosotros, los inmunes; que podrían tener el control absoluto.
Entonces ¿por qué una cabeza roja lidera la Guardia de Dregonia?
—bramó Xylo mientras se paseaba frente a mí—.
¿Acaso no es obvio? Somos los únicos que podemos darles la cara.
—Al decirlo rugió como fiera, con la voz más grave que hubiera oído jamás.
El comandante se me acercó demasiado y por puro instinto bajé la mirada, presa de la intimidación. Él me agarró del cabello para obligarme a verlo a los ojos.
—Mírame. Mírame, puta. Yo puedo escoger cuándo liberarte, o decidir no hacerlo. Ese poder ante un mismísimo indecible, es inconmensurable. —Su aliento pesado chocó con mi rostro.
—Déjame —le volví a ordenar en vano—. No me hagas daño, por favor. No hice nada malo, no usé mi poder contra nadie. —Mi voz se agudizó cuando el miedo se apoderó de mí.
—No te hagas la estúpida, indecible asquerosa, han perseguido a mi familia por generaciones, ¡nos han exterminado casi a todos! ¡Solo mírame! —me gritó sacudiendo mi cabeza a la par que exhibía las marcas cicatrizadas de mis manos en su cuello.
—Po... por favor, co... comandante, yo no tuve que ver con lo que ha sucedido con su familia, Cyrone y yo no matamos a nadie, po...
—¡Cállate! —Su saliva salpicó mi rostro y la fuerza con la que soltó mi cabeza casi me quiebra el cuello—.
Mientes, ¡ustedes mienten! No se manchan las manos, pero controlan a la humanidad para que nos asesinen.
Maldita cobarde, tú y Cyrone... Te creías muy astuta, ¿verdad?
Investigándome en los libros de Boldery Crod.
—Se alejó un paso, se enderezó como si recobrara la compostura, y cruzó sus manos tras la espalda—.
Él me entregó la información en cuanto lo amenacé con dejarlo sin su negocio.
Tal vez no te imaginabas que por tres malditos jolines de Dregonia, él te vendería.
Después de todo, vio esos cuernos de indecible antes de que llegaras, y un ser como tú no vale nada comparado con su hija enferma.
Tengo a la población bajo control. Lo sabías en cuanto cruzaste el umbral.
Cyrone debió haberte advertido, ¿no? Que soy implacable, que mis manos son lo suficientemente fuertes como para partirte el cuello en dos.
Ahora, dime, ¿por qué tanta curiosidad sobre mí, mugrosa?
Te adelanto que las cornudas no son mi tipo.
A pesar del temblor en mi voz, decidí ser honesta.
—Cuando supe que eras de Riveria, pensé que podrías saber algo sobre Nym, sobre mi familia...
—Riveria, ¿eh? —Rio sarcástico—. Un indecible que proviene de Riveria.
Vaya, vaya, cuánta ironía. La ciudad donde los nuestros se refugiaron para escapar de los suyos, persecutores racistas de mierda.
¿Ahí te escondiste? Cuán hipócrita. La misma ciudad subterránea que consiguieron invadir para despojarnos de todo y matarnos a sangre fría.
Es interesante que la conozcas y digas no saber mi historia.
—Mi familia y yo éramos los únicos que vivíamos en Riveria.
—Tu familia, tu familia... —El comandante tomó mi cabello y jaló mi cabeza hacia atrás, desprendiéndome un par de mechones—.
¡Deja de llenarte la boca de mentiras! ¿Para qué los usabas?
¿Los indecibles tienen algún rito demoniaco con quienes somos inmunes?
¿Así obtienen su poder? Como sea, si tus prisioneros salieron de Riveria, ya están muertos.
Me tomó el rostro con dos dedos, levantándome hacia él.
—Cuánto quisiera matarte... —dijo acercando una daga a mi rostro.
Cerré los ojos.
—Pero es en vano. Ustedes son inmortales, ¿no es así?
Xylo se posicionó frente a mí, me metió un pedazo de tela en la boca y la empujó hacia atrás hasta provocarme potentes arcadas. Cuando la amarró, retrocedió.
—Pero yo sé cómo matar a un inmortal —dijo caminando en dirección a la salida—. Solo hace falta que sienta un dolor intenso durante mucho tiempo —sentenció y cerró la reja.
»Querías saber qué pasó con el niñito pelirrojo del dibujo, ¿no es así?
Asentí con desesperación. Sabía que afuera llovía.
—Tengo informantes en todo Melcior, cabezas rojas que se han aliado conmigo para destruirlos a ustedes, ellos me ayudan a encontrar a más como nosotros.
Los retratos que viste son los dibujos que hago con sus reportes hablados.
A ese niño lo vieron no muy lejos de aquí, pero no llegué antes que sus susurros.
No ...
—Fue quemado en la plaza pública de Nylem. Ustedes lo mataron. Tú lo condenaste.
Xylo dio la vuelta y se marchó sin esperar a ver mi reacción. Lo primero que sentí fue el frío en mis manos, después un gran peso en mi estómago vacío. Aquel sentimiento trató de abandonar mi cuerpo generándome arcadas, pero no fui capaz de vomitar nada.
Es mentira. Tiene que ser mentira , fue el único pensamiento que logró detener la sensación.
i
Cuando alguien recibe una noticia desgarradora, la mayoría de las veces no la acepta de inmediato.
Es un mecanismo de defensa, la última estrategia para sobrevivir.
Acababa de recibir una noticia como esa y horas después no era capaz de procesarla.
¿Qué puede hacer un ser inmortal con el alma rota?
¿Qué puede hacer un ser inmortal sin sus poderes?
Una criatura inmortal es inservible si aún sufre hambre, sed y sueño.
Es incluso peor no poder morir a causa de eso.
El dolor en mi estómago me mortificaba, y mi lengua se hinchaba por la falta de líquido.
Pero nada de eso me importaba tanto como el destino de Nym.
Su piel, sus manos, su cabello... deshechos en llamas. La imagen me torturaba.
La suciedad atrajo a un par de roedores que rondaban la celda y me observaron con curiosidad. Traté de saludarlos para acabar con la soledad que me consumía, pero la mordaza me obligó a callar. La garganta me ardía.
Extrañaba a Cyrone, anhelaba escuchar su voz consoladora; cerraba mis ojos para evocar las líneas que formaban su sonrisa y no olvidarlas. Esos difusos contornos de su imagen eran lo único que podía reconfortarme en aquellas horas de inanidad.