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E ra la quinta vez que mis dedos recorrían el pecho de Cyrone, quien bufó con gracia, aunque con creciente impaciencia. Ahí estaba, el chico gruñón que tanto me gustaba. Apoyé mi mentón en su hombro y lo observé mientras intentaba conciliar el sueño.
Habían transcurrido un par de horas desde que la ceremonia de la víspera de Cornelius llegó a su fin.
Decidimos descansar y permitir al señor Crod dormir antes de interceptarlo.
Nos encontrábamos en una madriguera que Cyrone había acolchado con hojas de helecho, suaves y mullidas.
En cada esquina, lianas de hiedra tejían un dosel natural, dejando caer enredaderas y pétalos que susurraban al viento.
A pesar de la preparación, digna para dormir como un bebé, me sentía inquieta.
El serafín me observó con un solo ojo entreabierto.
—Por supuesto que no puedes dormir, si pasaste una semana entera desmayada —dijo arrastrando las palabras mientras se volteaba hacia mí y se acurrucaba a mi lado—. Nonito perezoso.
—Es solo que estoy muy feliz —le respondí en un murmullo.
Él sonrió, y su margarita se marcó en mi lugar favorito.
—Mmm, me pregunto por qué.
Suspiré y me acurruqué a su lado. Mis ojos se resistían a cerrarse, así que lo observé medio dormido.
Sus pestañas largas y oscuras le rozaban los pómulos, mientras su cabello, de un tono azulado profundo, caía en desorden sobre su frente.
Despejé un mechón que se le clavaba en el párpado y me acerqué a besar su frente.
Mientras me embelesaba por su lindura, pronto un pensamiento crucial vino a mi mente. Abrí los ojos de golpe y me levanté, alterada.
—¡Cyrone! —grité, llevándome la mano a la boca.
Él se sobresaltó y me miró con una mezcla de sorpresa y preocupación. Se incorporó rápidamente.
—¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
—El papel de Xylo, la ficha que contenía información sobre Nym y su paradero, estaba guardado en mi capa. La misma capa que se hundió en el río y que ahora es imposible recuperar. —Cyrone suspiró, exasperado por el susto que le había dado.
—No, Gyuri. Me lo pasaste tú. Ese papel está en mi bolsillo —dijo rebuscando en uno de los bolsillos de su pantalón para mostrarme el documento. Estaba arrugado y estropeado.
—¡No puede ser! ¿Te sumergiste en el agua con él?
—Gyuri, pude quitarme la capa, pero quitarme los pantalones mientras caía era un poco complicado —ironizó, aunque su tono no me hizo reír.
Le arranqué el papel de las manos y lo examiné con preocupación, temerosa de que el agua hubiera difuminado la tinta.
—Las letras están bien, pero la imagen de Nym... —dije, mientras observaba el dibujo sin poder ocultar mi preocupación. Las pecas de mi hermano se habían desvanecido del todo, y sin esos detalles distintivos la imagen ya no se parecía tanto al niño que yo recordaba.
Cyrone extendió la mano para recuperar el papel.
—Dámelo. Eres demasiado despistada para encargarte de algo tan importante —me reprendió sin miramientos. Se estaba enjugando el ojo con el puño, y su cabello seguía desordenado.
Le sonreí con entusiasmo.
—Eres el mejor. Si no fuera por ti, habría perdido la información más crucial que he obtenido desde que salí de Riveria.
Él se volvió a acostar, dejando el papel a un lado, y abrió los brazos para recibirme.
—Cuánta gratitud, te queda bien —dijo abrazándome con fuerza y depositando un beso en mi cabeza.
Mientras intentaba dormir, asediada por los pensamientos de Nym y algunos otros, como lo que había sucedido entre nosotros unas horas antes, pronto sentí la necesidad de hacerle una pregunta al respecto.
—Cyrone.
—¿Mm?
—¿Los serafines pueden tener hijos? Me refiero a si dos serafines pueden engendrar un bebé serafín.
—¿Por qué me preguntas algo así? —Su expresión denotaba disgusto—. Por supuesto que no.
Asentí, sin decir nada más. Qué imprudente había sido al preguntarle por hijos, considerando lo que había sucedido con el suyo.
Mientras me acurrucaba y cerraba los ojos, el sueño por fin me venció.
Lo último que recordé antes de perder la consciencia fue a Cyrone tomando el papel de Nym para examinarlo por primera vez.
Tal vez debí preguntarle si sabía el idioma del oeste.
Después de todo, él ya vivía cuando se había creado .
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—¡Despierte! —me llamó una voz.
Me estiré somnolienta y me percaté de que me envolvía una camisa enorme. Contrario a lo que esperaba, no estaba Cyrone a mi lado.
Me abotoné la camisa y me levanté para remover el tronco que bloqueaba la salida. Al encontrarme con los ojos nublados de Flye, sonreí. No pude distinguir el nerviosismo en su expresión, o quizá lo ignoré debido a la pura felicidad que me invadía al verlo otra vez.
—Flye, ¡qué gusto!
—Gusto no, señorita Gyuri. Usted y sir Cyrone me provocarán un paro cardíaco. ¿Usted ha visto cómo son los corazones de las ranas? ¡Pequeños y débiles!
—Bueno, Flye, solo me desaparecí un tiempo. —Una semana, recordé.
—Su rostro está en todos los carteles de la ciudad. ¿Qué se supone que ha hecho? —Flye me siguió cuando salí de la madriguera y miré curiosa a mi alrededor. La víspera de Cornelius había terminado, dado que las plantas habían vuelto a resplandecer desde los tallos hasta las hojas.
—Nada de lo que me arrepienta —le dije con una sonrisa que mi amigo no correspondió—. ¿Dónde ha ido Cyrone?
—¡Mis ancas! ¡Señorita! ¡Vi a sir Cyrone arrancar de este tronco con pánico! ¡Iba más pálido que mi pecho!
—No grites tanto, por favor, Flye, que tengo una audición muy aguda. —Me agaché a su altura—. ¿Me estás diciendo que Cyrone se fue asustado mientras yo dormía?
—Asustado es una forma eufemística de llamarlo, señorita. Yo jamás había visto a sir Cyrone tan alterado. Por primera vez tuve miedo de interrumpirlo. Él se marchó en un bote hacia otro islote y sudaba frío. No iba ni con camisa, ahora veo que es porque la llevaba usted.
A pesar de la preocupación que me embargaba al imaginar qué había podido perturbar a Cyrone lo suficiente como para hacerlo salir corriendo de nuestro refugio, no pude evitar sentir vergüenza ante aquel alcance.
Miré a Flye, sintiendo el calor inundar mi rostro.
No era el momento adecuado para revelarle nuestra relación, aunque era evidente que el anfibio ya había sacado sus propias conclusiones.
—Flye, ¿tienes alguna idea de dónde pudo haber ido?
Se quedó pensando un momento antes de contestar.
—Lo que pude ver mientras volaba tras él, es que llevaba un papel muy arrugado en sus manos.
Lo comprendí todo, y en la medida que Flye hablaba, la vergüenza se desvanecía.
—Ah, no —me quejé y restregué mis manos en mi rostro—. Se ha ido sin mí a ver al señor Crod.
—¿Al librero? ¿Y para qué? ¿Por qué estaba tan alterado si solo iba a ver al librero?
Suspiré, consciente de que sería difícil explicarle con tan poco tiempo. Le prometí que le aclararía las cosas más tarde y le dije que debíamos encontrar una forma de llegar al islote del señor Crod.
—¿Y cómo iremos sin un bote? —me preguntó, pero, sin necesidad de responderle, comprendió la confusión en mis pensamientos al ver mi rostro—. Oh, señorita Gyuri. Usted no estará pensando en ir nadando.
Negué con la cabeza y, como si mi cuerpo me lo exigiera, caí de rodillas en el pastizal, al borde de la ribera.
Mi posición de poder, que aún no había aprendido a dominar del todo, desencadenó un efecto extraño en mí.
Me sentía profundamente poderosa, imperturbable e inderribable ante el más fuerte de los huracanes.
Aunque el poder corría por mis venas, impregnando cada rincón debajo de mi piel, no supe de inmediato qué hacer con él.
—Señorita, usted... luce diferente.
No se equivocaba. No solo había llegado a aceptar mi naturaleza, sino que Cyrone había provocado un cambio profundo en mi interior. Ahora éramos los dos, y no podía permitirle que luchara por sí solo. Debía hacérselo entender, pero ¿cómo? ¿Cómo lograría llegar hasta él?
Yo no podía solidificar el agua ni crear un bote con mis poderes.
Tampoco podía volar sin alas ni avanzar por el riachuelo entre la lluvia y los truenos.
Sonreí irónica, reconociendo que mi naturaleza todopoderosa no me estaba sirviendo de mucho en ese momento.
Me pregunté qué haría Polett en mi lugar, cómo aprovecharía esos poderes a su favor.
Flye no me interrumpió, adivinando que me sumía en un mar de ideas descartadas; solo cuando mi mirada se iluminó y vi hacia el frente, el anfibio habló.
—¿Se le ocurrió algo?
Levanté la mano frente a mi rostro y una luz brotó de las líneas desdibujadas de mi palma. Un torrente de emoción me invadió al darme cuenta de que era capaz de generar luz a partir de mi propio cuerpo.
—Vaya, señorita. Eso casi me deja ciego —se quejó Flye, dando saltos para alejarse un poco.
Como si siguiera mis pensamientos, la luz me obedeció cuando quise hacerla parpadear. Parpadeó una y otra vez, hasta que formé un mensaje repetitivo. Tres destellos seguidos uno del otro, un pequeño espacio de intervalo, y otra vez tres destellos.
—Señorita, ¿usted conoce el antiguo idioma de las percusiones? —me preguntó y sonreí sin contestar.
Tal vez yo no lo conocía muy bien, pero una amiga tenía cierta familiaridad con ese lenguaje. Persistí con mis destellos hasta que más allá de la bruma se formó la figura oscura de un bote que se dirigía hacia nosotros.
Me puse de pie cuando Aeris hizo lo mismo. El bote seguía su curso hacia el islote sin que ella tuviera que remar. Le ofrecí una pequeña sonrisa insegura, y ella tragó saliva.
La chica varó el bote en la orilla, pero no se bajó. No podía culparla, dado que verme sin una capa podía resultar demasiado aterrador. Respeté sus precauciones y la observé desde la distancia.
—Gyuri... —me nombró entre temblores—. Lo siento, no quiero temerte.
—No hay problema, Ae...