Caelum 32
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A unque el agua no era cristalina, como evidenciaba la comezón que me había estado molestando, reflejábamos nuestras figuras con claridad en su superficie.

Nuestros contornos se ondulaban con el leve movimiento del río.

El rito estaba por terminar y varias de las luces de las farolas ya se habían extinguido.

Me encontré con mi mirada y aparté la vista.

Era mejor observarlo a él, su imagen en el espejo natural, que apenas lograba captar la verdadera belleza que poseía.

En la imagen vi que su camisa estaba un poco abierta y aún empapada.

Por medio de aquella abertura observé múltiples rasguños en su pecho.

Estaba tan herido que parecía que iba a sangrar.

Sin pensarlo, me lancé hacia él. Con urgencia me senté en su regazo y desabroché su camisa para poder apreciar mejor sus heridas.

Él, sorprendido, se quedó inmóvil, permitiéndome hacer lo que quería hacer.

—¿Cómo te has hecho esto? —pregunté con palpable desesperación en mi voz—. ¿Fue un dragonarto? ¿Cómo es que aún no se ha curado? Es tu iridia, tu iridia está débil... Ay, no.

Cyrone sonrió, su rostro estaba tan cerca del mío que podía sentir su aliento. No era culpa de él; había sido mi instinto protector el que me había llevado a actuar así. Era yo la que estaba encima suyo.

—Soy yo el culpable, nono. —Él acarició mi mejilla para calmarme—. Olvidé que era un serafín resistente a la comezón y me dejé llevar, me rasqué más de la cuenta.

—¿Más de la cuenta? —dije, palpando suavemente la herida que comenzaba a cicatrizar—. No tenías que soportar tanto y causarte molestias, ¿sabes? —murmuré.

—Puedo soportar muchas cosas, Gyuri. —Dejó salir un potente suspiro—. Incluso la tentación de que sigas quitándome la camisa.

Tomé una bocanada de aire para calmar mi corazón desbocado.

—Yo no puedo soportar eso —respondí.

—¿Te refieres al picor? —bromeó él.

Negué con la cabeza, tomándolo en serio.

Mis dedos temblaban mientras me decidía a terminar de desabrochar su camisa, botón a botón.

Él me observaba intensamente, sin intención de detenerme.

Cuando llegué al último botón, me ayudó a quitarse la prenda.

Me perdí en la contemplación de su torso desnudo, un cuerpo tan ajeno al de los hombres que había visto en mi libro de anatomía que parecía sacado de otro mundo.

Nunca imaginé que un cuerpo pudiera contar tantas historias de batallas ganadas.

Aunque la oscuridad envolvía el entorno, podía distinguir claramente los detalles de su piel.

Mis manos deseaban explorar lo que mis ojos admiraban, pero en lugar de eso, deslicé los dedos por mi cuello.

La brisa se volvió más fuerte, arremetiendo contra nosotros.

Pude notar el alivio en el rostro de Cyrone mientras el viento secaba el agua de su piel enrojecida.

Verlo con los ojos cerrados y respirando pesadamente bajo de mí me impulsó a llevar mis dedos hacia su pecho.

Me detuve justo antes de hacerlo, atrapada entre el deseo de tocar y la contención.

—¿Pue... puedo tocarte? —le pregunté—. ¿Me permites tocarte? Por favor.

Él abrió los ojos y sus pupilas se fijaron en mí, sin pestañear. Se mantuvo en silencio y asintió lentamente con la cabeza.

Lo rocé con suavidad, trazando la yema de mis dedos en su piel.

Mi respiración se aceleró, intensificándose aún más cuando su corazón latió fuerte bajo mi toque.

Me acerqué a su hombro, inhalando el aroma de su piel.

Él dejó escapar una respiración profunda y, cuando besé tímidamente su piel desnuda, emitió un leve jadeo.

A través de mis pestañas, mientras entrecerraba los ojos y continuaba besándolo hasta el cuello, vi que él mantenía las manos a los lados, aferrándose al pastizal con tanta fuerza que casi lo arrancaba.

—¿Lo estoy haciendo bien? —susurré con timidez.

Lo escuché tragar saliva, incapaz de emitir palabras.

—Sí... —murmuró con dificultad, su voz ronca y temblorosa.

Me aparté un poco y lo miré a los ojos.

—Tú también puedes tocarme, si lo deseas —le dije en un susurro. Solo tú puedes tocarme , guardé para mí misma.

—No debería dejarme llevar. El cuerpo de un hombre es irritante, no te lo imaginas.

Fruncí los labios y tomé una decisión. Con un movimiento decidido, aunque impulsivo, desabroché la capa que vestía.

Al dejarla caer por mis hombros y sentir cómo se deslizaba hacia nuestro costado, el arrepentimiento me invadió.

Instintivamente llevé los brazos a mi pecho para cubrirme, mientras el calor subía hasta mis mejillas. ¿Qué estaba haciendo?

Su mandíbula se tensó al verme, y las plantas a nuestro alrededor parpadearon luz con torpeza, como si sufrieran desperfectos.

—Me dueles profundamente... —murmuró.

—¿A qué te refieres con que te duelo?

—Me siento tan humano a tu lado, Gyuri. Me siento mundano. Cuando pienso en eso, siento que debo cuidarte de mí y alejarte; debo poner toda mi fuerza de voluntad para no tomarte y hacerte mía. Me duele hacerlo, te lo juro.

Lo miré con anhelo y lo atraje hacia mí, en un intento de pedirle que no se alejara nunca más.

—Tal vez tú debas cuidarte de mí, después de todo —le susurré.

—¿No tienes miedo? —La tonalidad que usaba reflejaba una inseguridad en él que, lo sabía, nadie más que yo había escuchado. Me resultaba adorable.

—De ti, jamás —contesté.

De mí, un poco .

Cyrone tomó una decisión. Sus dedos se deslizaron hacia mis caderas, acariciando mis muslos y ascendiendo por mi piel.

Al llegar a mis brazos rígidos y avergonzados, tomó mis muñecas con firmeza y las apartó, exponiéndome por completo.

Sus ojos se oscurecieron mientras me recorrían.

La manera en que me miraba me resultaba fascinante, al mismo nivel que me avergonzaba.

Me tomó de la nuca y me acercó con agresividad. Cuando nuestros labios estaban a punto de tocarse, dejó salir un suspiro tembloroso. Sin dudarlo, lo besé con una intensidad desenfrenada.

Ese beso llevó a otro. Luego nos condujo al siguiente, cada uno cargado de mayor ansia y desesperación.

Sus manos descendieron hasta mi cintura, moldeándola como si fuera otra de sus habilidades celestiales.

Me había convertido en tierra en sus manos, suya y completamente maleable.

Si decidía transformarme y marcarme de por vida, podía hacerlo. No por su voluntad, sino por la mía.

Las parejas que yo había conocido solo se besaban en los labios o las mejillas.

Cyrone fue el primero en besar mis manos, y ahora también era el primero en besarme el cuello.

Por el Gran Empíreo, qué bien se sentía.

Se refugió en esa curva, respirando contra mi piel entre cada beso, delicada al tacto y vulnerable a sus suspiros.

Continuó su recorrido bajando con lentitud por mi cuerpo.

Dejé salir un sonido agudo, uno que nunca pensé que podría hacer.

—Mi mujer —susurró anhelante. Besó mi hombro y no se detuvo. Continuó recorriéndome como si cada rincón de mi cuerpo le perteneciera. Su aliento llegó a chocar con el hueso de mi clavícula, y no pude evitar sentir un escalofrío de miedo y emoción al mismo tiempo.

Erizada y con los ojos bien abiertos, lo empujé sin querer. Fue un acto reflejo; no quería alejarlo, pero tenía miedo. Mi reacción nos despertó del trance en el que nos habíamos sumido.

Me miró sorprendido, con un atisbo de culpa en sus pupilas.

—Perdón —susurró, dispuesto a retroceder—. Maldición, tengo que irme. —Lo sostuve de los hombros para evitar que se fuera. Nuestros labios volvieron a rozarse. Él cerró los ojos y frunció el ceño—. Ya no me hagas esto. Me volveré loco.

Me encantaba verlo sufrir de esa manera, sabiendo que solo necesitaba tocarme para encontrar alivio. Qué mala soy.

—Te necesito. No puedo pensar con claridad —murmuró con los ojos entrecerrados.

Acuné su mandíbula entre mis manos y lo besé de nuevo.

Me moví contra su regazo, un instinto traicionero, dado que aquel roce me despojó de la poca cordura y recato que me quedaba.

Ambos respirábamos entrecortadamente a causa de aquel movimiento lento y constante.

Era tan hermoso que no podía pensar en detenerme.

Cyrone me empujó al suelo y se puso sobre mí.

Sus dedos buscaron al interior de mis muslos hasta que encontró el punto perfecto con la yema de su dedo, aquel punto que tanto me había gustado tocar días atrás mientras pensaba en él.

Que Cyrone lo hiciera, era mucho mejor. Contuve la respiración hasta que él me pidió liberarla, dejando que los sonidos de placer escaparan de mis labios.

Él me observaba mientras me retorcía bajo su merced. Su sonrisa me hizo percatarme de que estaba tan excitada que casi había olvidado el miedo y la vergüenza que sentía.

Me besó y yo enredé mis dedos en su cabello, húmedo y cálido.

No era consciente de lo lejos que estaba llegando a su lado hasta que sentí que sus toques circulares no eran suficientes.

Me miró directo a los ojos cuando sus dedos intentaron entrar en mi cuerpo.

Me tensé por completo, como una tonta, y moví las piernas para apartarlo.

—¿Te estás arrepintiendo? —me preguntó con una sonrisa maliciosa.

—Claro que no.

—Entonces, déjame entrar.

—Eso intento —me quejé.

Respiré profundamente cuando lo logró. Resoplé su nombre y me arqueé para él.

No creí que algo así estuviera a mi alcance: experimentar un éxtasis tan profundo de la mano del hombre que anhelaba con todas mis fuerzas, al que admiraba y, quizá, amaba.

¿Realmente lo amaba? ¿Estaba enamorada? Jadeaba entre sus besos, mientras él se esforzaba por hacerme experimentar cada vez más placer.

Quería tenerlo cerca, ansiaba que me escuchara, que me viera y me sintiera entrelazada en sus brazos. Todo mi ser deseaba ser completamente suyo.

La luz se extinguió de repente, sin el más mínimo parpadeo que sugiriera su regreso. El sonido de la hebilla de su pantalón me reveló lo que Cyrone estaba haciendo.

—Es injusto, yo también quiero verte —reclamé, hasta que tomó mi mano y la condujo a su miembro. Descubrí su forma con el tacto y el calor que emanaba. Esbocé una sonrisa.

—Gyuri —gimió él, encontrándose de nuevo con mis labios.

Me cubrió el cuerpo con el suyo y yo le hice espacio.

A pesar de que sabía que podía percibir mi deseo incluso sin consultármelo, lo hizo.

Asentí con determinación y ansia. Dejó escapar un gemido profundo al penetrarme un poco, y yo temblé debajo de él.

Un dolor agudo me recorrió, espantándome por la intensidad.

Tomó mi mano, entrelazó nuestros dedos y la apretó con fuerza.

—Tranquila —susurró con ternura contra mi cabello—. Solo dolerá un momento.

Asentí, pero cuando intentó continuar, lo detuve.

—No, ya es suficiente. ¡Es imposible! —Me alarmé, desesperada, tratando de apartarlo—. Me duele demasiado.

—¿Quieres que me quit...? —empezó a preguntarme con una voz preocupada.

—¡No! —grité de nuevo, contradiciéndome.

Temblé otra vez y sentí ganas de llorar.

—Lo siento, soy terrible en esto.

Estaba segura de que él preferiría estar con otra mujer. Alguna más sexy, más experimentada, alguna que no fuera tan tensa ni tan quejumbrosa como yo. Eso pensé hasta que él acarició mi mejilla con su pulgar.

—Lo estás haciendo muy bien, cariño —musitó—. No sabes lo bien que me haces sentir, y esto es solo el principio. Eres hermosa. Eres encantadora. Eres irresistible. Eres todo lo que siempre he deseado.

Debió haber intentado desconcentrarme con esas palabras, porque aprovechó para empujar más profundo mientras yo me embriagaba con ellas.

—Ay, Cyrone... —Me dejé llevar por el increíble placer de sentirlo moverse con tanta suavidad, como si temiera romperme si aplicaba un poco más de fuerza.

Las plantas a nuestro alrededor se iluminaron, obra suya para ver mi rostro. Lo permití, ansiosa por ver también el suyo, deseando capturar la expresión que tendría mientras nos hacíamos uno. El dolor se desvaneció poco a poco, liberándome a medida que el ritmo se volvía más intenso y vigoroso.

—No podré... soltarte jamás —le confesé entre jadeos—. Necesito tenerte así... para siempre.

Él se detuvo de golpe, tembloroso y con una expresión perdida, como si intentara recobrar sus sentidos. Lo miré a los ojos, que mostraban opacidad y dilatación.

—Perdón, ¿te causé algún dolor? —le pregunté preocupada.

—No, es solo que... ya no me digas esas cosas.

—¿No te gusta? —continué con la voz entrecortada, lo que parecía excitarlo aún más.

—Me gusta demasiado —admitió y tragó saliva—. ¿Entiendes lo que te quiero decir?

Sonreí.

—No puedo evitarlo. Pensé en hacer esto contigo por muchas noches —le susurré, acariciando su cabello húmedo.

Él rio y me miró a los ojos.

—Ya basta. Podría ponerte una cinta en la boca para que te calles.

—Mira, eres todo un romántico, incluso en esta situación. —Reí.

Cyrone suspiró y sonrió.

—Te amo —le dije, y su sonrisa se desvaneció.

—¿Qué? —preguntó entreabriendo los labios en un gesto de sorpresa.

—Te amo. Te amo, Cyrone. Te amo. ¿Estás sordo?

Inclinó la cabeza y acaricié su rostro con ternura, viendo cómo su sonrisa se ampliaba.

Me besó apasionadamente en los labios, volviendo a embestirme. De a poco perdió el control hasta que ya no pudo besarme más y solo pudo moverse y gemir con la frente apoyada sobre la mía. Me di cuenta en ese momento de que estaba enamorada de él, con certeza absoluta.

Me envolví en su cuerpo, lo sostuve con fuerza mientras el placer crecía hasta ser casi abrumador. Me asusté un poco por lo intenso que se volvía, hasta que fue insostenible. Ambos nos sumergimos en un placer onírico, perfecto y ardiente como nunca antes lo había experimentado.

—Yo también te amo, Gyuri —susurró con la respiración agitada antes de besarme la mejilla mientras yo jadeaba de cansancio.

Me costó procesar sus palabras, pero cuando lo observé de nuevo, emociones que nunca había sentido se encendieron a nuestro alrededor como estrellas y me lamenté por las criaturas allá afuera, que probablemente se empaparían bajo la lluvia.

—¿De verdad? —Negué con la cabeza—. ¿Lo estás diciendo en...?

Pero él me interrumpió con otro beso, cortando mi pregunta. Luego entrelazó sus cuernos con los míos y admitió:

—Siempre te he amado.