Caelum 31 #3
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31 #3

Al ponerme la capa de Cyrone y abrocharla, llevé la tela a mi nariz y me sumergí en su aroma.

Observé la espalda ancha del serafín a la distancia y reparé en cómo la camisa negra se ceñía a sus músculos, delineándolos con una claridad que casi parecía desnudarlo.

De nuevo, esa inquietud y esas reacciones incómodas que mi propio cuerpo desataba me atormentaron.

Podía ir a besarlo, ¿verdad? Podía acercarme y acariciarlo si así lo deseaba.

Esconderme en su cuello y morderlo si quería.

Éramos una pareja, y él sentía lo mismo por mí, ¿no era eso lo que había entendido después de aquel beso?

La idea me emocionaba tanto que tuve que contenerme para no dar un saltito de alegría y gritar.

Caminé hacia él, envuelta de pies a cabeza en un manto negro y espeso. Él se giró ligeramente, y solo cuando comprobó que llevaba su capa levantó la vista por completo para mirarme.

—Luces agitada, ¿te sientes bien?

Asentí y me senté a su lado. Había sido una ingenua si pensaba que tendría el valor para devorarlo a besos.

Su mera presencia me ponía cada vez más nerviosa, como si me hubiera invadido una fiebre incapacitante.

No, no era lo mismo; con fiebre me había vuelto más intrépida.

Ahora solo tenía la valentía suficiente para rozar nuestros hombros.

Él notó mi conflicto y, al parecer, lo entendió. Con un gesto suave me rodeó con su brazo derecho y me atrajo hacia él.

—Es bueno que estemos llegando casi al final del rito —me comentó Cyrone—. Seremos testigos del evento principal.

El islote se extendía frente a nosotros con una claridad inmaculada.

Apoyé la cabeza sobre su hombro y observé la ferviente hoguera a lo lejos, junto con un par de luces titilantes que danzaban a su alrededor.

Eran las velas de los habitantes, que ahora parecían irradiar una luz más intensa.

Entrecerré los ojos en un intento por distinguir los cambios, pero no fui capaz.

—Tenemos orejas gigantes para escuchar de forma excepcional —susurró Cyrone al verme entrecerrar mis ojos con afán—, pero no tenemos unos ojos gigantes como para ver a esta distancia.

—¿Qué pasará ahora? —Sonreí por la graciosa idea de imaginarnos con ojos gigantes.

—Eres muy impaciente, Gyuri. Debes dejar que te muestren las cosas, y no conformarte con que te las cuenten sin más. Eso es lo que merece una chica como tú. —Me sonrió y depositó un suave beso en mi mejilla, muy cerca del borde de mi labio.

Aquella breve muestra de intimidad me dejó sin aliento. Tuve que apartar la mirada para ocultar mi reacción. Estaba completamente cautivada por él, tanto que la intensidad de mi anhelo resultaba casi ridícula.

Permanecí a su lado en un silencio reconfortante, esperando pacientemente, hasta que la gran hoguera en el islote se extinguió de súbito, sumiendo a toda la ciudadela en una profunda oscuridad.

Me giré hacia Cyrone, pero no pude distinguir su rostro porque él también había apagado las luces de las hojas del roble bajo el que estábamos.

—¿Qué está pasando? —pregunté, sintiendo un ligero temor. Entonces sentí que sus dedos tomaban mi mentón y me giraban la cabeza. Quedé mirando hacia adelante una vez más, y, finalmente, pude verlo.

Diversas luces fueron enviadas a flotar por el río de Dregonia, avanzando como pequeños botes y derramando su resplandor sobre el agua.

Se movían con rapidez y eran tantas que pronto llegaron algunas a la orilla en la que estábamos.

Al analizarlas de cerca descubrí que eran velas de los dregonenses asentadas sobre soportes que parecían una mezcla de cera y corcho.

—Son estrellas —le dije y Cyrone se echó a reír—. ¿Qué pasa? ¡De verdad parecen estrellas reflejadas en el agua!

—Sí, podría decirse —me respondió, peinando uno de mis rizos—. Pero no son estrellas. Si tú vieras cómo lucen las estrellas en el cielo, te enamorarías de ellas.

Sentí como si mi interior se iluminara al presenciar semejante espectáculo. Aunque no podía ver a los humanos agrupados en el centro del islote, sí podía percibir la marca que habían dejado en el río que les había cobijado durante el siglo de Milersar.

—Esta parte del rito es la conmemoración de cuando el cielo dejó de existir. Los humanos hacen esto para recordar cómo lucían las estrellas —me explicó—. Pero como no pueden reproducirlas en el cielo, pues ya no existe, las recuerdan y las ofrecen al río que es todo lo que tienen.

Lo miré con nostalgia.

—Entonces jamás celebrarían las estrellas si ya las tuvieran. Increíble.

—Puede que tengas razón, Gyuri. La gran mayoría de personas ignoraría las estrellas si las tuvieran. Pero un par de ellas las admiraría todos los días.

—¿Tú serías una de ellas?

—Yo seré una de ellas —me corrigió.

Sonreí y no pude evitar abrazarlo. Él era cálido, siempre, por lo que cada vez que me cobijaba en su abrazo lograba disipar todo el frío que me rodeaba y contenía.

Me sentía protegida a su lado. No solo por el calor, sino también por la dureza de sus brazos y de su torso que chocaba al unirse conmigo.

De nuevo, aquella indómita emoción, que no podía ser más que el instinto humano —ese que al estar con alguien a quien quieres tanto, no hayas otra manera de saciarte que haciéndote uno con él— intentó movilizar mis manos.

Lo deseaba con ansias: quería que él reclamara partes de mí que ya le pertenecían desde el principio, y que se esforzaba por ignorar.

—¿Sabes de qué tengo ganas? —me susurró, sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Qué, qué? ¿De qué? —respondí asustada.

Vi como se formaba el hoyuelo en la comisura de su sonrisa. Mis nervios eran evidentes.

—La verdad es que me muero de ganas por contarle a Flye sobre nosotros. Quiero saber cómo luciría una rana en estado de sorpresa pura.

Suspiré aliviada.

—Oh, es cierto. —Sonreí al imaginar sus ojos nublados bien abiertos—. Ya quiero verlo otra vez. ¿Dónde está?

—Pues, en el banquete, ¿dónde más?

—¡¿Me estás diciendo que me perdí de un banquete?!

—Eso no es culpa mía —me regañó, sin dejar de sonreír—. Tú decidiste ir a quemar domos y estrangular comandantes.

—Vamos, pensé que ya no estabas enojado conmigo.

—Debería seguir enfadado contigo, y eso quisiera —contestó—. Te metes en tantos peligros que me desesperas.

—Por lo menos te hago sentir algo —dije con una mueca en los labios—. En venganza por todo lo que me haces sentir tú —murmuré a un volumen casi inaudible.

Una de las velas flotantes encalló a nuestros pies. Cyrone la recogió y la sostuvo entre nosotros, iluminando nuestros rostros con una luz suave. Pude ver sus pupilas lilas y su preciosa sonrisa con claridad.

—Veo que no tienes idea de todo lo que me haces sentir, nono —murmuró en un tono profundo y seductor.

Pude escucharlo.

Sonreí nerviosa, me adelanté y soplé el fuego de la vela que él acunaba para apagarlo. Recordé lo que me había dicho Aeris, lo importante que era el rito para formar parejas. El problema era que yo no tenía una vela para encender la que él tenía en las manos.

—Aeris dijo... pues, ya sabes, que para confesar amor debes apagar la vela de tu amado. Si él corresponde a tu amor, permitirá que encienda de nuevo su vela con la tuya, y entonces estarán comprometidos.

—No me digas todo eso, lo sé de sobra. Estoy esperando que enciendas mi vela, Gyuri.

—No tengo fuego, pero puedo ofrecerte lo que me queda de vida. ¿Quieres compartir tu eternidad conmigo? —propuse y él sonrió.

—¿Sabes lo larga que puede ser una eternidad?

Negué con la cabeza y le sonreí de vuelta.

—Quiero descubrirlo.

El beso que depositó en mi mano fue la confirmación que esperaba.

Me acerqué para besarlo en la boca y su cálido aliento inundó hasta el último espacio congelado de mi corazón.

Justo en ese momento la vela que sosteníamos entre nuestras manos se encendió con un resplandor exquisito.

Una llama revitalizada, evidencia palpable de lo que sucedía cuando la tierra y el cielo se unían.