31 #2
—¿Quieres que la ausencia del cielo nos vuelva a desmayar? Lo que queremos es entrar a Dregonia —me respondió alzando la voz dados los gritos ensordecedores de los dragonartos.
El serafín me obligó a soltarlo y posicionó mis manos en la cresta del dregonilio. No tuve tiempo para pedirle que no me dejara sola, antes de que él se pusiera de pie y pasara por detrás de mí. Grité con todas mis fuerzas cuando los dragonartos se abalanzaron contra nosotros.
El pequeño dregonilio tenía un plan; aprovechó su tamaño para escapar por un espacio diminuto apenas los dragonartos se agruparon para atacarlo.
Me aferré con tanta fuerza que no abrí los ojos hasta que el domo de Dregonia estaba peligrosamente cerca.
Nos dirigíamos directamente hacia él, destinados a una colisión inminente, pero pronto las vides se expandieron, abriéndose hacia los lados.
No necesité mirar a Cyrone para darme cuenta de que estaba de pie, en su posición de poder, controlando los árboles que formaban el titánico domo.
Me aferré al cuello del dregonilio, pero el serafín me tomó de la capa y me arrancó de él cuando atravesamos el domo.
El estrecho hueco solo permitía nuestro paso, así que el dregonilio, al separarse de nosotros, siguió otro camino alejándose de Dregonia.
Vi a Anthoperatus planeando antes de volver a emprender vuelo en sentido contrario. Mientras tanto, yo caía a toda velocidad. Me cubrí la cabeza con las manos por impulso natural. Esperaba aterrizar en el suelo y romperme un par de huesos, pero en cambio fui recibida por el agua de la ciudadela.
Me sumergí en las profundidades del riachuelo que separaba un islote de otro.
A pesar de que el agua mitigó el golpe y evitó que me rompiera algo, pronto recordé que no sabía nadar.
Comencé a patalear, pero el susto hizo que aspirara agua y me hundiera más.
Casi me ahogo y, cuando mi instinto de supervivencia me impulsó a nadar hacia la superficie, descubrí que un alga se había enredado en mi capa justo cuando había tocado el fondo.
La desesperación se apoderó de mí y ningún movimiento me ayudó en lo absoluto.
Pataleaba tratando de salir a la superficie, mis manos se aferraban al cuello de mi capa en desesperados intentos de liberarme, pero era imposible.
Cuando creí que no podría salir jamás, Cyrone sacó una daga que tenía amarrada a su muslo y cortó mi capa, tomó mi mano y me guió hacia la superficie.
Caí sobre la ribera como un saco inerte. Mis pulmones ardían ahogados. Tosí y escupí el líquido que había tragado.
—Lo siento. —Se acercó a mí y sobó mi espalda—. Lo siento tanto, nono. Creí que te quitarías la capa al saltar.
—Yo... —traté de decir, pero mi voz se cortó en el primer intento de hablar.
Me despejó el cabello mojado del rostro mientras yo luchaba por respirar con mis pulmones heridos, los cuales se restauraban poco a poco.
—Perdón —murmuré cuando me recuperé un poco. Él hizo una mueca de ternura. Me debía ver muy vulnerable.
—¿Te disculpas hasta por ahogarte? Pues, qué linda.
Solté una risita, pero la dicha se desvaneció rápidamente.
—Cómo pica esta agua turbia —me quejé.
Al mirar a un costado, observé la capa de Cyrone estirada en el pasto.
No me di cuenta del momento exacto en que se la quitó, pero había sido antes de sumergirse en el río.
Una decisión inteligente, digna de él. Nadar con una prenda tan pesada era imposible y peligroso; podía enredarse y llevar a un destino fatal, como casi me sucedió.
Al menos la capa de Cyrone estaba seca. Podría pedírsela para cubrirme y cambiarme la ropa empapada, que ardía en mi piel. Sí, la capa...
—¡Mi capa! —me exalté de pronto, tocándome los cuernos—. Perdí mi capa. ¡Mi capa! ¡Tengo que recuperarla! —grité volviendo la vista al río.
Él negó con la misma decepción que la mía.
—Tu capa está perdida, era ella o tú —me dijo él, y se colocó de pie para mostrarme el lugar en el que estábamos—. De todas formas, podemos aprovechar la oscuridad de la víspera de Cornelius.
Picaba, el cuerpo me picaba con furia. Me rasqué los brazos frenéticamente hasta reparar en lo que el serafín me había dicho.
Me sacudí el agua de los ojos y observé a mi alrededor.
Todo lo que una vez había sido un bosque luminoso, ahora no era más que una masa infinita de sombras que se extendía a nuestro alrededor.
No había ninguna luz, excepto la que provenía de las flores que estaban cerca de mí y que seguramente Cyrone había elegido encender para salvarme de la penumbra.
—¿Por qué apagaste todas las demás luces de las plantas? —le pregunté apenas él se volvió a poner de pie.
—Porque es la víspera de Cornelius, Gyuri —insistió—. Debo dejar a los humanos hacer sus ritos.
—¿Es la víspera de Cornelius? Eso no es cierto. —Me levanté para seguirle el paso.
Cyrone se giró hacia mí, irritado. Era evidente que también estaba sufriendo la picazón.
—¿De qué me sirve mentirte sobre eso?
—¡Pero eso es en una semana todavía! —reclamé.
—Cierto. Olvidé contarte que estuviste inconsciente por una semana. Gastaste tu iridia como una loca —me regañó, y a cada paso que el serafín daba, las plantas a su alrededor se encendían y apagaban.
No podía creer que había pasado una semana durmiendo en aquella cueva. Sentí un gran temor al considerar las posibles consecuencias de mis actos y las represalias que podrían haber tomado contra quienes me conocían ya que, sin duda, los acusaron de esconderme.
Pronto dejé de lado mis preocupaciones cuando avanzamos un poco más por el sendero y divisamos muy a lo lejos el islote principal de Dregonia, donde todos los habitantes se congregaban para celebrar la llegada de un nuevo siglo.
Era el fin de Milersar y el comienzo de Cornelius.
Cada persona llevaba consigo un farol, irradiando luz propia.
En ese momento, eran los humanos quienes asumían el papel de las plantas y los animales, portando candelabros y velas que iluminaban el camino, mientras lucían ostentosos vestidos y túnicas brillantes que destellaban en la bruma.
Iban llegando al islote en botes cuyas velas también estaban hechas de tela luminosa.
Las llamas de las candelas se reflejaban en el agua cristalina, disipando las tinieblas.
Retrocedí para ocultarme entre los arbustos y evitar ser vista mientras espiaba desde el islote vecino, donde no había alma viva además de nosotros dos.
—Será mejor que esperemos hasta mañana para hablar con Crod. Él debe estar con los demás dregonenses en el rito —susurró Cyrone detrás de mí.
A pesar de que ardía en deseo de infiltrarme entre ellos, de buscar a los chicos del orfanato e interrogar al señor Crod sobre el dibujo, me contuve y respiré hondo para armarme de paciencia.
—Es bonito lo que haces por Dregonia. Me refiero a apagar las luces de las hojas para que puedan llevar a cabo su rito. ¿Qué es lo que simboliza? Aeris me contó un poco —pregunté sin girarme hacia él.
—Es una muestra de cómo la tierra ha extrañado la luz del sol todos estos años. Es un luto.
Permanecí en silencio por un momento, observando cómo los humanos se agrupaban en la oscuridad de Dregonia, agachados alrededor de una enorme hoguera que comenzaron a encender con sus pequeñas velas.
Tal y como pude imaginar, la congregación buscaba que los humanos iluminaran la ciudadela en lugar de las plantas y los animales, en símbolo de gratitud.
Hubiera querido quedarme apreciando el paisaje luminoso montado en el gigantesco islote de al frente, pero la comezón en mi cuerpo no cedía. Me rascaba tanto que mis uñas comenzaban a marcar líneas rojas en mis brazos. Resoplé cuando Cyrone detuvo mis manos inquietas y se las llevó a los labios.
—No te lastimes, por favor —susurró contra ellas.
Entrecerré los ojos y reparé en que, al igual que yo, él también estaba empapado.
—¿Cómo aguantas este picor? —le pregunté espantada, intentando de reprimir el ardor de mis poros.
—Soy un serafín, Gyuri. Este picor es como cosquillas para mí. —Su sonrisa, brillante bajo su cabello húmedo y ligeramente iluminado, era encantadora. Lo miré durante unos segundos hasta que me soltó las manos y fue a recoger su capa del suelo.
—Y entonces ¿qué soy yo? —pregunté, indignada.
—Un nono escurridizo —bromeó, levantando la capa y ofreciéndomela—. Ponte esto y deja que tu ropa se seque. Te esperaré en la ribera.
Oculta entre los arbustos, envuelta en sombras, aún mantenía la esperanza de que Cyrone se girara para espiarme, pero no lo hizo. Se había sentado en la ribera y fumaba mientras contemplaba el islote iluminado. Me quité la ropa mojada y la brisa que recorrió mi piel me provocó un escalofrío.
Para secarme, Cyrone hizo germinar grandes flores de pétalos suaves a mi alrededor que también eran medicinales, porque al acariciarme con ellas la textura aliviaba la irritación en mis brazos.
Justo después de que me sequé el pecho, el vientre y un poco más abajo, hasta las caderas, los muslos y las pantorrillas, me vino a la mente que Cyrone podría encarnar los pétalos si lo deseaba.
A juzgar por su calma imperturbable, parecía que no lo estaba haciendo. Eso no evitó que me ruborizara.
Me acaricié la zona interna de las piernas para secarme y aún en ese momento el serafín no mostró señales de nerviosismo. Sabía que no lo haría, por supuesto que me respetaría y no lo haría.
Aun así, mi cuerpo reaccionaba al roce de los pétalos. Las llamas de imaginar su tacto en esos lugares íntimos encendían y abrumaban mis pensamientos. Me sentía acalorada, quizá excitada, aunque no podía definir con claridad qué era lo que experimentaba.