31
C yrone acarició mi cabello e interrumpió el beso para alejarse.
Lo observé con curiosidad, todavía arrodillada en el suelo, ansiosa por descubrir lo que haría.
De pie a dos pasos de mí, movió la mano derecha como si buscara atrapar el aire, haciendo temblar la estructura de piedra que nos cubría.
La tierra se desprendió de las fisuras y cayó sobre mí cuando la caverna colapsó.
Me cubrí la cabeza aterrada, pero ninguna roca me golpeó.
En su lugar, los fragmentos chocaron contra una barrera invisible que me rodeaba, haciendo que la tierra se deslizara fuera de mi alcance.
Cuando la gruta se desmoronó a mi alrededor, volví a tocar el aire que se había vuelto sólido y que en ese instante había vuelto a ser lo que era.
Sorprendida, miré a Cyrone mientras él pasaba junto a mí para desencajar la lanza clavada en el cadáver del dragonarto. El recuerdo inequívoco del campo de fuerza invisible que me impedía salir de Riveria volvió a mi mente.
—¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo hiciste que el aire...? —le pregunté a Cyrone con voz temblorosa. Él tomó mi mano entre las suyas y llevó el dorso a sus labios, besándolo con delicadeza.
Bajó la mirada y exhaló contra mis nudillos, su aliento cálido envió un escalofrío por mi piel. Cuando volvió a mirarme, sus ojos violetas, profundos y enigmáticos, atraparon los míos.
—¿Cómo he hecho qué?
—Esa barrera invisible que me protegió de las rocas —susurré.
—Es una imitación de la barrera que protege a Catarbella. ¿Cómo crees que impedimos que los animales voladores nos invadan? —explicó, jugueteando con mi mano—. Los serafines experimentados podemos imitar los poderes de Nylena ahora que está dormida.
Abrí la boca para decir algo, pero no tuve tiempo de articular mi siguiente pregunta, ya que el dragonarto que creíamos muerto volvió a rugir. El serafín extendió su brazo frente a mí, apartándome y colocándose entre la bestia y yo.
—Tranquila —me dijo, aunque su postura protectora y preocupada contaba otra historia—. No puede atacarnos en ese estado.
Bajó el brazo y se acercó al depredador agonizante. Al tocar su cabeza escamosa, el cuerpo de la criatura se desintegró ante mis ojos, convirtiéndose en un pastizal amarillo adornado con flores de diente de león.
Miré a mi alrededor, atenta, alzando las orejas en espera de una próxima emboscada de dragonartos hambrientos.
—No hay más dragonartos aquí —le escuché decir. Lo miré mientras se acercaba a mí.
Fue entonces cuando me di cuenta de que el enorme domo de Dregonia ya no se veía detrás de él.
—Estamos lejos de Dregonia. ¿Dónde estamos? —le pregunté.
—Estamos en Nylem. Un reptil nos trajo volando hasta aquí. ¿No lo recuerdas?
Pestañeé pensativa hasta que sus palabras finalmente llegaron a mi entendimiento.
—¿Nylem? ¡¿Reptil?! —repetí para creérmelo. Pronto los recuerdos volvieron a mí, y me visualicé volando aferrada de la pequeña pata de un dragonarto.
—Dregonilio —me corrigió Cyrone en cuanto le pregunté sobre esas bestias y por qué aquella no nos había devorado. Cuando me aclaró la especie, lo comprendí.
—Los dregonilios solo comen fruta —reflexioné, recordando uno de los libros de criaturas de Melcior que había encontrado en la librería del señor Crod—. Pero ellos se extinguieron tras la desaparición del cielo.
Cyrone entrelazó sus dedos con los míos y me condujo hacia un lugar desconocido para mí.
—Todos, menos un par —dijo mientras caminábamos—. Conservé unos cuantos para formar una colonia y los escondí bajo tierra, porque a los dragonartos y otros predadores les gusta su carne.
Al llegar nos detuvimos al borde de un enorme cráter. En el fondo cóncavo, los dregonilios se apiñaban unos sobre otros, formando una masa de reptiles acurrucados. Todos lucían colores brillantes como rubíes, plateados, dorados y negros ónyx. Miré a Cyrone con fascinación.
—¿Los resguardaste aquí? —le pregunté, pero pronto fruncí el entrecejo—, esto no podría llamarse «subterráneo».
—En Dregonia viven bajo tierra, pero aquí, en Nylem, descansan en un cráter.
—Entonces son ellos quienes te transportan entre las aldeas. —Lo comprendí al reflexionar sobre lo fácil que le había resultado viajar desde el sur de Bronteria hasta Dregonia—. ¿Por qué no usamos uno para ir de Riveria a Dregonia?
—A los dregonilios no les gusta ir al norte, mucho menos al congelado oeste —me explicó Cyrone, y de pronto chasqueó el dedo sin mirar atrás. Como si el sonido hubiera resonado en todas partes, a lo lejos emergió un dregonilio dorado que aterrizó a nuestro lado.
Intimidada por su presencia, no pude evitar retroceder y esconderme detrás del serafín.
—Anthos —lo saludó él apenas se acercó a la criatura y le acarició el hocico. El animal soltó un gruñido ante el contacto.
—Oh, Nylena —me quejé al ver que el animal gruñía—. ¿Por qué no le temes? Tiene unos colmillos inmensos, estoy segura de que podría triturarnos con ellos. ¡Además acaba de gruñir!
—No está gruñendo. Está ronroneando.
Me reí nerviosa.
—En primer lugar, ronronear es lo que hace Chuckles y, en segundo, si él es como Chuckles, te aseguro que no le voy a caer bien.
Cyrone guió al dregonilio para que se acercara a mí, lo cual me puso los pelos de punta. La criatura comenzó a olfatear mi torso, subiendo por mi cuello y haciéndome cosquillas.
—Su nombre es Anthoperatus. Hazle cariño.
Miré al serafín con desconfianza.
—¿Crees que te pondría en una situación peligrosa? —me preguntó con una ceja alzada. Su mirada era suave pero también decidida, por lo que asentí determinada a confiar.
—Te haré cariño, Anthoperatus —le avisé a la criatura antes de colocar mi mano sobre su hocico. Las escamas eran rugosas, duras y heladas. Contrastaba con el inmenso calor que hacía en Nylem—. ¿Estás bien con esto, Anthoperatus?
Cyrone soltó un resoplido que rápido contuvo con la mano. Lo miré con reproche, acusándolo de reírse de mí.
—Los dregonilios no hablan idiomas humanos. Verás, Gyuri, los animales aprenden el lenguaje humano por convivir con ellos, oírlos o relacionarse los unos con los otros. Los dregonilios están aislados del resto.
Al escucharlo, una creciente compasión me llevó a acariciarlo con las dos manos.
—¿Por qué? —pregunté. Anthoperatus inclinó la cabeza y emitió un suave ronroneo.
—Por la misma razón por la que tú les tuviste miedo. La fama de los dragonartos se les contagió —dijo Cyrone acariciando el lomo de la criatura.
Suspiré mientras lo miraba a los ojos nublados.
Eran similares a los de Flye, y no había nada que me doliera más que imaginarlo incapaz de comunicarse con los demás.
Tragué saliva y abracé el hocico del dregonilio.
Al pensar en Flye, todas las emociones vividas antes del rescate de Cyrone cobraron vida de nuevo: debía regresar a Dregonia, asegurarme por mí misma de que los niños estuvieran bien y exigirle respuestas a Xylo sobre mi hermano.
—Cyrone, ¿cuánto demoraremos en llegar a Riorense montados en Anthoperatus?
Noté que el serafín se estremeció levemente al escucharme. Parecía haber estado observándome en un trance que yo no podría explicar.
—Hasta donde está Faraine, por aire, tardaríamos un día y medio. ¿Por qué lo preguntas?
Levanté la mirada hacia él.
—Creo que Nym está en Dregonia o cerca. Creo que podríamos encontrarlo sin necesidad de esa reliquia.
Él frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—¿De qué estás hablando?
—Xylo sabe dónde está mi hermano. Puedo sentirlo. Hizo este dibujo de él y escribió esto —saqué el papel arrugado de mi capa y se lo pasé a Cyrone, quien lo recibió sin apartar la vista de mí—. Está en un idioma desconocido, parece del oeste de Melcior y, si es así, el señor Crod podrá traducirlo.
—¿El señor Crod? ¿Te refieres al librero? ¿Boldery Crod?
Asentí y lo miré con determinación mientras tomaba el papel de sus manos.
—Llegaremos a Dregonia mucho antes de lo que tardaríamos en llegar a Riorense. Por favor, llévame con él.
El serafín ladeó la cabeza, confundido y renuente a aceptar mi petición, pero pronto debí haber mostrado la expresión más suplicante e irresistible que jamás haya visto. Guardó el papel en uno de los bolsillos de su pantalón y, con las manos libres, me acarició el rostro con ternura.
Trató de contener la sonrisa nerviosa que se le insinuaba en los labios.
—Está bien, si estás tan convencida de que encontrarás algo útil allí, te llevaré a Dregonia. Pero debemos hacerlo rápido. Nadie puede verte.
Sonreí y me acerqué a besarle la mejilla.
—Te lo prometo, nadie me verá —susurré contra su piel.
No podía ocultarlo, estaba muerta de miedo, pero no había nada que deseara más que reencontrarme con Nym, o al menos saber qué le había ocurrido.
Me acerqué a Cyrone, quien me tomó de las caderas y me levantó con facilidad para luego depositarme en el lomo del dregonilio.
Él se unió a mí de inmediato y me ordenó que lo abrazara.
Al hacerlo, traté de ocultar mis nervios y miedos detrás del placer que me producía su aroma.
Su embriagadora y atrayente fragancia como de tierra recién besada por la lluvia había sido irresistible para mí desde el día en que lo conocí.
El dregonilio desplegó sus alas y las batió con fuerza para elevarse del suelo.
Mi vientre se retorció cuando subimos a las alturas.
Con cada turbulencia o movimiento brusco, la sensación de vértigo me envolvía.
Mientras tanto, el serafín mantenía una mano en la cresta del dregonilio y con la otra sostenía mi brazo que lo rodeaba.
Tras un largo trayecto, los chillidos atemorizantes de los dragonartos amenazaron desde el domo. Al detectarnos en las alturas, se desprendieron de la madera y se lanzaron al vuelo en nuestra dirección.
—¡Sube como la última vez! —le grité a Cyrone al ver que no hacía absolutamente nada mientras los predadores se nos aproximaban.