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E l dragonarto desplegó sus alas y voló tras de mí; algo me elevaba, sujetándome de los brazos y clavando sus garras en mi piel.
El vértigo me llenó el estómago de vacío mientras me alejaba del suelo.
Me pregunté si acaso era otro dragonarto, de modo que ahora entre todos lucharían por devorarme primero.
Eso temí hasta que conseguí mirar hacia arriba.
Divisé el cuerpo de un reptil más pequeño, alado y de un brillante color dorado.
En el instante en que traté de entender quién o qué era, un dragonarto se aprovechó de su tamaño y rebasó al pequeño reptil que me llevaba entre sus garras.
El «dragonartillo dorado» me soltó cuando fue golpeado por el costado, así que me aferré yo misma a una de sus garras, observando con aturdimiento la altura a la que estábamos.
Al primer dragonarto se sumaron más y más hasta que toda una bandada nos perseguía.
Mareada y al borde de ceder ante el agotamiento, sentí que mis brazos desfallecían.
Justo en ese preciso momento, cuando la caída parecía inevitable, una mano firme me sujetó y jaló hacia el lomo del animal.
Su aroma embriagador, sus vendas bajo mis brazos y su mirada penetrante me dejaron atónita.
Me costaba creer que él estuviera ahí de nuevo, a mi lado, rodeándome.
La aceleración de mi pulso no hizo más que confirmar que mi corazón, aunque inútil, aún latía con fuerza en mi pecho.
—Cyrone... —murmuré su exquisito nombre y me guardé en su abrazo mientras nos elevábamos y esquivábamos los mordiscos de los depredadores.
La tormenta se detuvo. Él apretó mi mano y se aseguró de que no me resbalara.
—No sé lo que pasó. Perdí el control otra vez y tengo miedo de...
—Sí, y a mí me encanta escucharte, Gyuri, pero ahora debemos escapar de los dragonartos que nos persiguen.
Miré atrás y vi a dos imponentes dragonartos rugiendo con fuerza, tan cerca de la cola del que nos transportaba que contuve un grito de horror.
—¿Cómo vamos a escapar? —le pregunté a Cyrone.
—¿Sabes lo que hay allá arriba, sobre la niebla?
No tuve tiempo de responderle. Su sonrisa no me advirtió la maniobra que estaba por realizar. El serafín tiró de la cresta del animal, quien cambió su dirección hacia el «cielo», es decir, hacia la densa e infinita niebla.
El animal continuó su camino perseguido por los dragonartos. Sin tener certeza de nuestro destino, mientras subíamos a través de la niebla cada vez más espesa, un dolor punzante atravesó mis sienes con tanta fuerza que tuve que cubrirme la boca para contener las náuseas.
El mundo me dio vueltas. Aunque no veía nada en el interminable gris oscuro, escuché el agudo graznido del animal que montábamos antes de que se dejara caer al vacío.
El dragonartillo dorado caía inconsciente, con todo su peso, de vuelta a la tierra firme.
Incapaz de soportar el vértigo, cerré los ojos con fuerza y abracé al serafín.
El aire golpeó mi rostro y, aunque quería gritar, la velocidad a la que íbamos ahogó mis intentos. Nos estrellaríamos, estaba segura.
Cyrone, que parecía tan desorientado como yo, adquirió la consciencia necesaria para tirar de la cresta del reptil a tiempo. El animal extendió las alas, planeó y aterrizó con suavidad.
Sin embargo, la gravedad fue más fuerte que yo y apenas tocamos tierra me deslicé del lomo del animal directamente al suelo.
Caí de cabeza, pero no llegué a golpearme gracias a que Cyrone me sostuvo antes de impactar.
Sus manos me rodearon con dulzura, y el sonido de los golpes de los dragonartos chocando contra el suelo a cierta distancia nos hizo mirar en su dirección.
Comprendí que había un límite en el cielo que no podíamos sobrepasar, porque más allá de la niebla infinita no había nada para nosotros.
Terminé por dormirme en los brazos del serafín.
i
Desperté junto a una llama ardiente, recostada contra una roca y envuelta en una capa oscura.
Una sensación de nostalgia me invadió, puesto que nos encontrábamos aislados en una especie de caverna donde la única luz provenía de la fogata y un pequeño tragaluz en el techo.
Recordé la primera vez que conversé con Cyrone, había sido así.
Al mirar hacia adelante, la presencia del serafín me estremeció.
Me observaba fijo, con un semblante de hastío y enojo.
A pesar de su expresión dura, me sentí aliviada de tenerlo cerca.
Me estiré en mi lugar antes de hablar.
—Entonces estás enojado conmigo, qué novedad —musité.
—Entonces te acuerdas de lo que hiciste en la Guardia —me dijo él. Su voz reverberó en la cueva.
Lo observé con la esperanza de que me ayudara a recordar, pero fue el doloroso raspado en las palmas de mis manos lo que reactivó mi memoria. En ella reviví el angustiante momento en el que estrangulaba al comandante de la Guardia.
—Ay, no —me quejé, llevándome las manos a la cabeza—. No, no, no. No me digas que lo maté.
—No, pero estaba en muy mal estado. Estuviste muy cerca de matarlo, eso es seguro. Eres una criminal en Dregonia y ahora te están buscando por todas partes.
Observé mis manos y recordé una imagen vaga de Xylo retorciéndose bajo el calor de mis dedos, electrocutado, asfixiado. Inhalé profundo para intentar calmarme. Ese hombre y mi destino en Dregonia eran lo menos importante para mí.
—¿Cómo están los niños? ¿Les he hecho daño? ¿Polett y Rydel están bien? —Mi voz se quebró en medio de la desesperación. Al no recibir respuesta inmediata, volví a gritar—: ¡Cyrone!, ¡¿están bien?!
—Sí, eso creo. No he vuelto a Dregonia desde entonces, pero el incendio se apagó rápido, así que los niños deben estar bien. Al menos mi iridia sigue fuerte.
El dolor en mi pecho me hizo darme cuenta de que, a diferencia de él, mi iridia estaba en su peor momento.
—Mírame, haz por lo menos eso —me ordenó el serafín.
No levanté la cabeza, pero sí lo busqué con la mirada.
—¿Por qué estás tan furioso conmigo?
—Porque te dije que no te acercaras a ese hombre —susurró con voz rasposa—. Te lo advertí.
—Ese hombre tenía la bufanda de Nym, te lo dije a través de la flor. Lo escuchaste, ¿no? Por eso viniste. No podía quedarme con los brazos cruzados.
—No te he permitido justificarte.
—¡No necesito que lo hagas! Tampoco necesito que me mantengas cautiva —espeté mirando a nuestro alrededor.
—¿Y qué quieres? ¿Quieres volver a la ciudadela? ¿Estás demente?
—Debo regresar. No solo para constatar cómo están los niños del orfanato sino también para seguir investigando a Xylo. Estoy muy cerca de descubrir el paradero de mi hermano. En la oficina de Xylo encontré un...
—No lo permitiré —me interrumpió con voz firme—. No volverás a poner un pie en Dregonia.
La ira me corrió por todas partes e incluso mi piel crepitó al contacto con la roca en la que me apoyaba, dada la electricidad que se estaba generando. Mis cabellos se erizaron todavía más, y el serafín lo notó.
—¡Cyrone! ¡Es mi hermano! —vociferé.
—Parece que no estás entendiendo por qué quiero mantenerte aquí en la cueva. Ellos saben lo que eres, o lo que se supone que eres.
—Un indecible —me adelanté, y él asintió.
—Xylo detesta a los indecibles con todo su ser y él influye en toda la población, así que ya corrió la voz.
No puedo borrar la memoria de todos, a menos de que fuera al mismo tiempo.
Un rumor, para un serafín, es aún más peligroso que cualquier otra cosa, porque se esparce como un virus.
Un virus incurable —enfatizó, y yo lo aprecié tras la danza de las llamas—.
No tienes que preocuparte, llegaremos a Riorense y seguiremos el plan original, te prometo que lo encontraremos.
—Él está aquí, Cyrone. Ir a Riorense solo nos hará perder el tiempo.
—La única que ha estado perdiendo el tiempo por meterse en problemas eres tú —replicó con voz severa.
—¡Estoy haciendo lo mejor que puedo!
—¿Tu «mejor» es dejarte llevar por una bufanda e incendiar el domo de Dregonia? Más bien parece que lo estás haciendo de la peor manera posible.
—¡Ah! —Sonreí con ironía—. ¿Es decir que tú lo haces mejor? Huyendo al sur de Melcior porque te cuesta estar cerca de mí, ¿o me vas a decir que encendiste una fogata entre nosotros por el frío?
—No encendí este fuego para separarnos...
—No estamos en Riveria, no necesitamos una fogata para calentarnos —lo interrumpí—. Has estado haciendo esto desde hace un tiempo. Te alejas de mí. ¿De qué tienes tanto miedo?
—Estás inventándome emociones, Gyuri.
—Sé sobre la chica torturada, sé que ella fue la madre de tu hijo —le dije, y él se congeló por un instante—. Pero ella era un ser mortal, era más frágil que yo. No tienes que tener miedo de que me pase lo mismo, porque no es posible. Soy una serafina.
Cerró los ojos y se recostó sobre su mano, como si estuviera luchando contra un dolor insoportable.
Antes de que pudiera responderme, un estruendo ensordecedor sacudió la cueva, haciendo que se desprendiera un poco de tierra de las grietas entre las rocas.
Un rugido nos alertó de la presencia de un dragonarto que embestía nuestra estructura.
Me encogí en mi sitio al ver a través de una fisura cómo el animal intentaba entrar, babeando y ansioso por devorarme.
Paralizada por el miedo, temblé y solté un grito, reviviendo el recuerdo angustiante de cuando uno de ellos me había atravesado con sus garras.
Busqué a Cyrone con desesperación, pero él seguía perdido en sus pensamientos, sujetándose el cabello que le caía por la frente.
El animal volvió a sacudir el refugio, amenazando con derribarlo.
La bestia sobrevoló la cueva y se posicionó justo detrás de mí.
Golpeó sus patas contra la roca en la que me apoyaba, lo que me hizo soltar un gemido de terror.
En un abrir y cerrar de ojos, tan rápido como un relámpago, el serafín atravesó el fuego y desenfundó la lanza de la Guardia.
Desde mi posición vi cómo la punta del arma atravesaba las rocas de la cueva por encima de mi hombro.
Sin moverme un ápice, vi que Cyrone se había adelantado hasta mi lugar para matar al dragonarto de un lanzazo, acción que lo había colocado sobre mí.
El mango de la lanza quedó a centímetros de mi rostro, y el alarido agonizante del dragonarto me hizo jadear de impresión.
Luego miré al serafín, que estaba muy cerca de mí, con algunas chispas de fuego esparcidas por su camisa.
—Cyrone, el fuego se va a encender... tienes que quitarte... —Pero apenas toqué los botones de su camisa él bajó la mirada, provocando la aceleración de mi pulso. Aun así, la llama que tenía sobre el pectoral comenzaba a avivarse todavía más, de modo que traté de desabotonar la prenda.
Mientras lo hacía, él soltó la lanza incrustada y me tomó con una facilidad sorprendente.
Me rodeó con sus brazos y la llama de la fogata se extinguió con nuestro contacto.
Mantuve los ojos entreabiertos, con la mejilla apoyada sobre su pecho, sintiendo su calor mucho más abrasador que el de la misma fogata.
—Maldición —masculló él mientras me abrazaba—. ¿Por qué tuviste que ponerte en peligro? No me hagas eso de nuevo, por favor...
Parpadeé, confundida y algo emocionada.
—Yo no atraje a ese dragonarto. ¿O sí lo hice? —murmuré, tratando de separarme para mirarlo a la cara—. Por Nylena, ¿de verdad lo hice? Pero ¿cómo?
Él me abrazó más fuerte.
—No me refiero a eso. Es que yo... estaba en el sur de Melcior, llegando a Bronteria, cuando te oí decirme que ibas a buscar a Xylo. Pensé que no llegaría a tiempo. Carajo, nunca sentí tanto miedo, no sé cómo pude soportarlo sin perder la cabeza.
—Pero soy inmortal, no tenías nada que temer.
—No lo entiendes. La inmortalidad no te protegerá de ser lastimada.
Sentí una especie de desesperación en su abrazo, una mezcla de furia y una necesidad urgente de mantenerme muy, pero muy cerca de él.
—Eso quiere decir que sientes algo por mí —me atreví a decir.
Él se apartó y suspiró con frustración. Finalmente, acarició mi mentón con una mano mientras arqueaba la esquina de su labio. Era precioso.
—No me obligues a decírtelo. Lo sabes, nono, desde hace mucho tiempo.
—Entonces sí me quieres.
—Más de lo que debería. —La boca le tembló al admitirlo—. Mucho más de lo que tengo derecho a sentir.
Separé los labios cuando él se acercó a mí.
Aunque vaciló antes de rozar los suyos con los míos, finalmente disipó todas mis dudas con su aliento cálido.
Un escalofrío placentero recorrió mi espalda y estuve a punto de alejarme, temerosa de hacerlo mal.
Pero él me detuvo, tomando mi rostro entre sus manos y evitando que huyera.
El sabor era inigualable, al igual que la textura, el calor y los latidos de mi corazón que dolían de la intensidad.
—Perdóname por haber destruido el castillo y... casi haber matado a Xylo —le dije en medio del beso, pero, aunque tenía mil razones más por las que disculparme, él me calló.
Sonrió con dulzura y acomodó mis rizos tras mi oreja.
—Está bien. Digamos que ha sido un accidente. Tú perdóname por dejarte atrás, por tratar de dejarte. Ha sido el peor error de mi vida.
Acaricié su mejilla, sedienta por volverlo a besar.
—Más bien deberías disculparte por haberme enamorado.
—Eso... eso no fue un error ni un accidente —susurró antes de besarme otra vez.