Caelum 29 #2
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29 #2

No estoy segura de que haya dañado a Nym .

No debería estar haciendo daño con mis poderes .

Mi gruñido animal se transformó en un grito cuando volví a soltar un trueno descomunal que estalló en un relámpago que incendió el exterior del domo. Grité con todas mis fuerzas, dejando que resonara en todo el castillo, tratando desesperadamente de vencer mi impulso de matar.

Recuperé mi cuerpo por un segundo, un instante en el que me enfoqué de lleno en el rostro asustado de Rydel, que se abrazaba de Polett en un rincón de la habitación.

Pude soltar el cuello de Xylo y, al verlos aterrorizados de mí, quedé congelada en mi lugar.

Xylo me propinó un golpe en el rostro para quitarme de encima, y pese a que yo no habría opuesto resistencia a su ataque, él no pudo hacerme mucho más.

Se quedó agonizando en el suelo, moviéndose de un lado a otro, cubierto por aquella capa y gruñendo de dolor.

No pude hacer nada más que observarlo arrepentida. Monstruo. Indecible . Negué con la cabeza y me cubrí la boca para sofocar otro grito, aunque, dado el estado de mis cuerdas vocales, difícilmente podría volver a hacerlo.

Polett se acercó y me palpó el hombro, intentando que reaccionara. Me encontré con sus ojos verdes, serios y aterrorizados, llenos de lágrimas.

—Vete de Dregonia, Gyuri... Corre.

No sé si su orden fue para proteger a su ciudad o protegerme a mí.

El trueno que volvió a hacer vibrar las paredes me hizo pensar lo primero.

Aun así, obedecí. Me puse de pie y corrí por los pasillos, en ese momento iluminados gracias al incendio que yo misma había provocado con mi poder.

No tuve tiempo para reflexionar sobre el caos que había causado; tampoco sabía hacia dónde dirigirme. Simplemente corría.

Choqué con la puerta de madera de la entrada principal y vi a un par de niños —algunos del orfanato y otros de la ciudad— retroceder, intimidados por mi presencia. Gemí de la desesperación y empujé el portón cuando escuché a unos guardianes adultos bajando por mí.

Me arrodillé frente a la puerta y, con poca paciencia, concentré mi poder.

Un rayo estalló en el interior del castillo, prendiendo fuego a la madera del portón.

Crucé las llamas y algunas me envolvieron.

Pude apagarlas cuando comencé a llorar. La tormenta se desató con la fuerza suficiente para apagar las llamas del domo, colarse entre sus rendijas y opacar el daño que había ocasionado.

Corrí por tierra hasta la puerta principal de Dregonia, decidida a escapar de la ciudad. ¿A dónde iría después? No tenía idea, pero necesitaba salir de ahí.

Quería librarme de ellos.

De los hombres.

Se llamaron unos a otros para perseguirme y, al oír la orden gutural, corrí más rápido. Mis pies se embarraron de tierra húmeda, al igual que mis rodillas tras algunos resbalones, pero cuando llegué a la salida un centinela me aguardaba con una lanza en la mano.

—¡Retrocede! —aulló el hombre.

Presionó la lanza en mi cuello y, aun así, no tuve otra intención más que la de huir. Sorpresivamente el guardián no se atrevió a cercenar mi garganta, sino que procedió a agarrarme de los brazos y luego otro llegó. Entre cuatro hombres me contuvieron.

En ese momento, cuando sus manos grandes, ásperas y duras presionaron mi cuerpo desde los brazos hasta la cintura y los hombros, estuve a punto de perder el sentido.

El sudor en mi rostro se tornó frío. Un profundo escozor se plantó en el centro de mi pecho y recorrió mis entrañas hasta asentarse en mi estómago.

La ola de repulsión se mezcló con un miedo visceral.

Sus manos desagradables, nauseabundas, se aferraban a mi piel como insectos.

Déjenme. Dejen de tocarme .

—¡Suéltenme! ¡Dejen de tocarme! —grité con la poca voz que me quedaba y por el poder de mi palabra me liberaron al instante.

Las puertas de Dregonia se abrieron para mí y salí al campo despejado.

Contemplé como se extendía la pradera más allá del horizonte, salpicada por un par de plantas que iluminaban el camino.

El paisaje se tornó a blanco o negro según la frecuencia de mis rayos.

Sin embargo, no había tenido en cuenta una cosa: aquel chillido animal que se multiplicó de manera aterradora, llenando el aire con su eco escalofriante.

Miré hacia atrás y de repente el tiempo pareció ralentizarse cuando una bandada de dragonartos se desprendió del domo de madera, mostrando sus colmillos del tamaño de mi cabeza.

Me detuve, porque supe que no importaba qué tan rápido corriera, no tenía escapatoria. Di pasos atrás, desesperanzada, con el dolor de alguien que tenía que asumir, a la fuerza, que iba a morir.

Pero yo no puedo morir, soy inmortal .

¿ Lo agradecería al estar siendo masticada por un dragonarto ?

Claro que no .

Fruncí las cejas y recordé las palabras de Polett: Porque el mar es inmenso, las tierras son extensas y el aire parece no agotarse jamás. Pero lo hacen, se agotan, se acaban. El cielo no. El cielo es infinito .

Me arrodillé ante el dragonarto que aterrizó frente a mí, y repetí iracunda que el cielo era infinito. Llovió todavía más fuerte y la tormenta eléctrica parpadeó con repetitivo ímpetu, haciendo temblar a la bestia.

—Malditos indecibles —me limité a decir, antes de sentir cómo era arrancada del suelo.

Había comenzado a volar.