29
L a habitación estaba tan oscura como el pasillo, pero pude distinguir que en las paredes había estantes repletos de tomos con letras manuscritas que hablaban en un idioma desconocido.
Di un respingo al descubrir la vasta colección de Xylo, ese hombre que parecía despreciar los libros, pero que, en realidad, guardaba miles de ellos.
Me acerqué al escritorio de Xylo y descargué mi peso en la silla. Estaba exhausta.
—Tomemos todos los libros que luzcan sospechosos y escapemos —sugirió Polett.
—No —sentencié mientras me enderezaba. Sentía el hormigueo bajo mi piel, la iridia inundándolo todo, llenándome, por fin, de energía—. Me quedaré y tendrá que confesarlo todo frente a mí.
—¿Confesártelo? —preguntó con resquemor—. ¿Cómo piensas hacer eso? Estoy seguro de que Xylo te triplica en peso y altura.
—Bastará con una orden. Ya lo verás. Me lo dirá todo.
El niño se alisó las ropas e infló el pecho, parecía armarse de valor.
—Como digas, Caelum.
Observé los papeles sueltos que se esparcían por el escritorio y urdí mi vago plan: lo sorprendería y lo encontraría con la guardia baja.
Le ordenaría con un par de palabras simples que me dijera el paradero de Nym.
Pero ¿qué más podría hallar para confrontarlo?
Después de desestimar los documentos sobre la mesa, abrí la gaveta.
—¿Qué opinas? Caelum es tratado como un chico por todos los seres humanos, cuando en realidad es una chica. ¿No crees que tú y yo tenemos muchas cosas en común? —dijo Polett mientras acercaba una silla a las estanterías. Parecía que empezaba a aburrirse.
Retiré varias de las hojas que se encontraban ahí y las esparcí sobre el escritorio.
Una con textura diferente llamó mi atención, al apartarla del montón noté que se trataba de un boceto, si es que se podía llamar así.
El dibujo era tan detallado que parecía un retrato y debajo de él rezaba una frase en el extraño idioma de los libros de la estantería.
—Por cierto, ¿por qué los serafines tienen género? ¿Por qué son hombres o mujeres? Me parece absurdo. Deberían ser ambos a la vez.
—Porque alguna vez fuimos humanos, Pol —le respondí mientras miraba el dibujo.
Volví a escudriñar entre las hojas hasta hallar otra similar. En ella se plasmaba el rostro de una mujer. Era bellísima, con pecas y ojos muy claros. Sonreí al papel y Polett lo notó. Se me acercó por la espalda con curiosidad.
—Es muy bonita —comentó él. Le encontré razón.
Mi sonrisa se congeló cuando pasé al tercer boceto. Era un niño, pero no cualquiera. Esos ojos, ese cabello rojo que en el dibujo no se notaba, y aquella mueca inolvidable. Lo reconocí de inmediato. Temblé tanto que las hojas se desordenaron en mis manos.
—Es un niño. Tiene mi edad —comentó Polett, ajeno a mi desesperación.
—Es mi hermano —contesté.
Mil pensamientos surcaron mi mente, la estrujaron y torturaron durante segundos que parecieron eternos.
—Nym —murmuré, y pronto comparé su imagen con el resto de bocetos. Todos tenían pecas y cabello claro.
Todos se parecían bastante.
Todos eran pelirrojos.
Las puertas del castillo rechinaron al abrirse.
Unas decenas de pasitos le siguieron a unos más grandes e imponentes.
—Llegó el comandante Xylo —me advirtió Polett, pero yo estaba concentrada en una sola palabra.
La misma palabra en un idioma extraño que aparecía en todos los bocetos.
¿Qué quería decir? ¿Perdido? ¿Muerto? ¿Encerrado? ¿Qué podía significar?
—Gyuri, si nos encuentra en su oficina, estamos muertos. ¡Muertos! —insistió.
Asentí, buscando desesperadamente un lápiz, una pluma, tinta, cualquier cosa para escribir. Sin embargo, solo encontré papel, más papel, pero nada con lo que pudiera anotar. La frustración se apoderó de mí mientras mis manos temblaban impotentes.
—Gyuri, por favor. ¿Qué te pasa? Tienes que estar lista para darle la orden si pretendes que nos encuentre.
Sin saber qué hacer, me corté la mano al pasarla por mi cornamenta.
La sangre comenzó a salir y yo tomé uno de los tantos papeles sobre el escritorio para anotar la palabra en el dorso.
Imité las letras lo mejor que pude y, una vez oculté bajo mi capa el boceto y el escrito, me levanté para salir corriendo.
Ya era demasiado tarde, el comandante me observaba desde el umbral de la puerta averiada.
—Tú.
Me aplastó con su mirada ominosa.
—Qué haces aquí.
Su tono no denotaba una pregunta, sino más bien una amenaza, porque independientemente de lo que respondiera, estaba en problemas.
Observó de reojo la perilla destrozada; deslizó su mirada a través de mí hasta llegar a su escritorio revuelto, y sus pupilas cayeron sobre mi mano que goteaba.
Por suerte, había sido lo suficientemente rápida como para cubrirme la cabeza con la capucha.
—Xylo, de rodillas —le ordené, pero los gestos y los pasos de Xylo no cesaron—. ¡Aléjate! ¡Arrodíllate ahora! ¡No des un paso más! —grité, retrocediendo yo en su lugar, de manera absurda.
—Y en el caso hipotético y muy posible de que decida hacer lo que a mí me plazca, ¿qué vas a hacer?
Me helé por dentro. ¿ Por qué? ¿Por qué no reacciona a mis órdenes ? La incertidumbre me invadió mientras enfrentaba la realidad de que mis poderes parecían haberme abandonado en el momento más crítico. ¿Era mi iridia agotada?
—Co... comandante, le juro que yo la obligué. Quería venir al castillo porque... ya sabe... yo quiero entrar a la Guardia.
—Mira, niñita —se dirigió a Polett—. Creí que la paliza que te dieron tus compañeros cuando te colaste a este castillo la última vez había sido suficiente para enseñarte tu lugar.
—Usted los obligó, ellos no hubieran...
—Ellos te ven como lo que eres, una servidora, y eso no es algo que no sepas. Es triste que siquiera trates de convencerte de lo contrario. Quieres vivir como un hombre, ¿no? Te enseñaré cómo nos tratamos aquí.
—¡No! —gritó un tercero cuya voz no me era desconocida. Rydel se asomó detrás de Xylo, con los ojos amarillos inyectados en temor—. Yo he estado escondiéndolo aquí durante estos últimos días. Lo obligué a venir.
Ese vil abuso de poder, esa violencia que arremetía contra simples niños despertó a ese ser inhumano que albergaba en mi interior.
El miedo se transformó en ferviente ira.
Sentí que mis emociones estallarían sobre el castillo, pero ya no tenía ganas de contenerlas.
La cólera comenzó a ascender por mi cuerpo y calentó mis extremidades, haciendo que un vapor notable brotara de mis poros.
Los dos niños retrocedieron al verme, y Xylo sonrió, saboreando mi frustración.
—Qué le hiciste a Nym. Confiesa —exigí con una dura voz que desconocía.
El comandante alzó una ceja y no se inmutó cuando avancé hacia él y, poniéndome de puntillas, le tomé del cuello de la capa oscura que le cubría. Lo sacudí con poco éxito, y repetí la pregunta.
—Qué le has hecho. Confiesa —enfaticé en cada palabra.
Sin decir nada, Xylo puso su asquerosa mano sobre mi capucha y la arrancó de mi cabeza con tanta fuerza que casi me bota al suelo. Me vi empujada hacia atrás hasta chocar con el escritorio, aferrándome desesperadamente a él para mantenerme en pie.
—Qué le habrás hecho tú, maldito y miserable indecible .
En ese instante, perdí por completo la visión.
La intensa luminosidad que se apoderó de mis córneas, volviendo mis ojos en blanco, me impidió seguir viendo a mi alrededor.
También perdí el control sobre mí. Me abalancé contra Xylo, quien intentó defenderse golpeándome con su mazo.
Instintivamente logré esquivarlo, pero me agarró con la mano antes de que pudiera encaramarme en él.
Apretaba mi brazo con tanta fuerza que parecía que podría quebrarlo en cualquier momento, pero empezó a quemarse por la temperatura abrasadora de mi cuerpo.
Imaginé que nos mirábamos fijamente, lo cual habría sabido si tan solo no estuviera cegada por mi propia luminosidad.
Aunque no podía ver, había desarrollado un sentido mucho más poderoso.
Me fundí con lo invisible; yo era el espacio que me rodeaba, y no había lugar en aquella habitación que no pudiera sentir.
La brisa me atravesaba sin mover uno solo de mis rizos; tampoco podía hacerlo Xylo, quien intentaba golpearme con el mazo, pero fallaba vez tras vez incrustándolo en el suelo.
En uno de sus intentos me lancé a él apuntando por instinto hacia donde creía que estaba su cuello.
El crujido en el suelo y el grito ahogado de los niños confirmaron que había logrado derribarlo.
No veía nada, pero estaba segura de que mis manos estaban asfixiando a aquel hombre.
Sentía el ardor en ellas con tal ímpetu que parecía que se evaporaban en el aire.
Un rayo surcó las alturas y un trueno resonó a las afueras, la fuerza con la que reventó en el domo de madera hizo temblar el castillo de los guardianes, pero no logró destruirlo.
Yo gruñía como una loba mordiendo a su presa.
Apreté mis dientes con tanta fuerza que estoy segura de haber estado cerca de destrozarlos.
No debería estar haciendo daño con mis poderes .
Mientras seguía gruñendo, aquel pensamiento me sacudió como el reciente trueno. Pese a que mi cuerpo seguía empecinado en estrangular al enorme hombre sobre el que me había montado, tomé conciencia en mi interior.
Mis ojos perdieron un poco de la luminosidad y pude observar, de manera disminuida, la silueta de Xylo debajo de mí luchando porque yo lo soltara. Mis manos quemaban su cuello; mis dedos calcinaban su piel y yo solo presionaba más fuerte.
No debería estar haciendo daño con mis poderes .
Por qué. ¿Por qué estoy colmada de ira ?
Quisiera poder dominar mis sentimientos .
No debería estar haciendo daño con mis poderes .
¿ Por qué tengo tanta rabia? ¿Por qué desbordo tanto, tanto odio ?
No debería estar haciendo daño con mis poderes .
Voy a matar a este hombre .
Basta, no debo hacerlo .
Pero lo odio. Lo odio. Lo odio. Lo odio .