28 #2
—A tus poderes mágicos. Con ellos podrías abrir esta puerta con facilidad.
—¿Qué quieres decir con eso? —Me desentendí.
—Tú también tienes magia, como Rydel, ¿no es así?
—¿Magia? No tengo idea de lo que estás diciendo.
—Oh, no. Ustedes no pueden engañar al futuro comandante de la Guardia de Dregonia —exclamó Polett—.
Lo mismo trató de decirme Rydel, que el hecho de que un viento sobrenatural me hubiera elevado antes de que me cayera al agua, era una casualidad más.
¡Obra de la diosa Nylena! ¡Patrañas! ¡Es magia! ¡Tal vez magia negra!
Decidí respirar con calma. Si reaccionaba más de lo debido, podía delatarme. Era mejor que creyera que el control del viento fuera magia y no un poder celestial. Pensé en la forma en la que regañaría a Rydel por ponerse en riesgo de ser descubierto.
No me tomé muy en serio lo que me decía, al fin y al cabo, era un niño con vasta imaginación. Recosté mi frente sobre las rodillas, pues el cansancio comenzaba a acabarme poco a poco. Al ver que yo ignoraba su consejo, él decidió hacer algo que por poco me deja sin aliento.
Polett tiró de mi capucha hacia abajo, dejando al descubierto mi cabeza.
Cuando intenté cubrirme para ocultar mis características, ya era demasiado tarde; el niño ya había visto mis cuernos y orejas en todo su esplendor.
Me apresuré a apagar la lámpara, sumiendo todo en la oscuridad.
Mi visión se agudizó, permitiéndome ver a pesar de la penumbra.
Observé cómo Polett se tapaba ambas orejas, con la cabeza gacha.
—Si empiezas a darme órdenes, voy a gritar —me amenazó con la mirada perdida en la oscuridad—, y no seré capaz de escucharte. En cambio, alguien allá afuera sí me escuchará. Le gritaré al resto lo que eres.
Si bien Polett siempre había destacado por su valentía, ahora me sorprendía por ser un verdadero temerario. Me estaba enfrentando aun cuando probablemente, y por la posición en la que se cubría los oídos, sabía que yo era un indecible.
—Polett, no hay personas cerca. Si gritas, nadie te va a escuchar.
Por la forma en que comenzó a gritar para no escuchar mis palabras, comprendí que no podría razonar con él a menos que le prometiera que no le ordenaría perder sus recuerdos. Con ese pensamiento en mente, volví a encender la lámpara y asentí ante él.
No comprendía del todo por qué, pero Pol se quitó las manos de los oídos, confiando totalmente en mi palabra, como si aquella me hubiera condenado. Tal vez no era tan profundo, tan enrevesado; quizá tan solo confiaba en mí. Le sonreí tras la luz de las velas.
—¿No me tienes miedo? —le pregunté y mis orejas se bajaron.
—Rydel jamás me hubiera hablado tan lindo de alguien vil —confesó, y al segundo se cubrió la boca con ambas manos.
—Oh, vale. —Me puse la mano en la frente, al imaginar hacia dónde iba aquello—. Ahora me confirmas que Rydel te contó sobre mí, sobre mis cuernos y demás cosillas. Porque no me cabe en la cabeza que un niño no grite de terror al ver una criatura como yo.
—¿Terror? Vaya, Gyuri, no eres consciente de ti misma —murmuró—. Yo creo que poder mostrar esa cornamenta, como una corona, es un privilegio. No entiendo bien lo que eres, ni lo que es Rydel, pero estoy seguro de que ustedes son muy poderosos.
Me volví a sentar en el suelo, tratando de reprimir la sonrisa que se me había formado.
Tal vez él tenía razón, pero me era insólito estar recibiendo consejos de un pequeño; probablemente los niños eran la verdadera voz de la razón, y hasta ahora tan solo había sido una estúpida adulta de oídos sordos.
—Y no debes enojarte con Rydel, él y yo nos hemos vuelto mejores amigos, y los mejores amigos no se guardan secretos, es una regla.
Lo vi caer a mi lado una vez más. Conversamos mientras la tenue luz de la vela se extinguía lentamente. Le conté sobre los cuatro serafines y, aunque no parecía creerme del todo, me observaba con una tremenda admiración.
No me importaba que pensara que era solo otra novela, una historia que había surgido de mi mente y que había dejado salir para él. Sentía alivio al no tener que mentirle, al poder decirle quién era sin reservas, sin una capucha que me hiciera sudar.
—Crecí con humanos, con mis padres y un hermano menor —murmuré, habiendo decidido revelar un poco más.
—¿Dónde están ellos?
—No lo sé, Pol. Mis padres desaparecieron de mi casa un día, como si fueran espejismos. Mi hermano, por su parte, abandonó la ciudad y se fue solo. Todo alrededor de ellos es un misterio para mí. Ahora tengo una pista sobre su paradero; Xylo me envió los restos de su bufanda.
—¿Qué tiene que ver el comandante con tu hermano menor? —me preguntó, levantando una ceja.
—Eres tú quien sabe inventarse las teorías, pequeño. —Le sonreí—. Eso es lo que quiero descubrir viniendo aquí.
Pol se quedó en silencio por un momento, como si sus pensamientos lo absorbieran. No podía ocultar nada de su rostro, ni una sola emoción, y eso era lo que más me gustaba de él.
—Entonces sí que tienes poderes, ¿verdad? ¡Eso quiere decir que puedes abrir esta puerta!
—No sé hacer gran cosa con mis poderes, Polett.
—¿Me vas a decir que con tanto poder en manos no has practicado en lo más mínimo? —me acusó, y su voz se oyó como un golpe que no me alcanzó, pero que sí me dolió.
No supe cómo explicarle que crecí pensando que era una inútil, que no tenía ningún poder especial del que el mundo dependiera.
Vivir de esa manera era más reconfortante; había menos responsabilidades, menos muertes de las que culparme.
Me callé y me quedé hecha un ovillo en el suelo durante tanto tiempo que Polett al final se hartó y se levantó de un salto.
—¡Vas a superarte ahora mismo! —me gritó, apuntándome con el dedo—. Te han tratado como no deberían. Condescendientemente, cuidándote como a un bebé; pero no eres un bebé, eres una mujer creadora. ¡Ahora mismo te lo voy a enseñar!
Me insistió a pesar de que le dije que, por más que lo intentara en el pasado, no había sido capaz de producir nada más que unos cuantos truenos y relámpagos, luces involuntarias y lluvia. Después de unos minutos de insistencia, el pequeño Pol perdió la paciencia conmigo.
—Si lo que me estás diciendo es verdad, entonces eres una egoísta, una serafina inútil que permite que la humanidad sufra.
Si no fuera por ti, los dragonartos no harían hasta lo imposible por entrar a la ciudad.
Han muerto muchos por culpa de esos reptiles.
Mi abuelo era un guardián de primera y, aun así, murió devorado por uno de ellos.
¡¿Tienes idea de lo que pasa cuando te niegas a actuar? !
Oh, claro que lo sabía, lo había visto, y aunque me atormentó por un tiempo había logrado enterrarlo.
Tal vez Cyrone tenía razón después de todo, los serafines nos distraíamos de nuestras obligaciones cuando dábamos cabida al amor.
Sin embargo, ese pequeño estaba siendo cruel y yo ya me sentía lo suficientemente inútil como para necesitar que un humanito me lo recordara.
—No me grites, Polett. Ya te gustaría a ti estar en mi lugar, pero no durarías ni un día.
—En aquel momento yo era una estúpida serafina inmadura y victimista.
Se lo hice saber—: Yo no tengo la culpa de la muerte de tu abuelo.
Yo solo vivía mi vida como me la enseñaron.
De un día para otro me quitaron mi vida, mi gente, mi hogar y mi identidad.
No tienes idea de lo difícil que ha sido para mí. ..
El sonido de la bofetada que me propinó Pol fue lo primero que me alertó. Luego vino el dolor, una ardiente sensación que me hizo temblar de impotencia. Miré al niño nuevamente, apretando los dientes mientras me acariciaba la mejilla.
—¿Cómo te atreves a golpearme?
—Reacciona, Gyuri. El tiempo se acaba.
Como si no hubiéramos peleado, el niño acercó su rostro al mío, tomándome de las mejillas y apoyando su cabeza en la mía.
—No me iré de este castillo si no aprendes, por las buenas o por las malas, a usar tus poderes de manera digna. Ya sabes lo que duele mi mano pese a que solo tengo nueve años.
Sonreí con ironía y me eché hacia atrás.
—Mira como suenas con solo nueve años.
—Te lo advertí cuando nos conocimos. Soy feroz, Gyuri. Y si yo fuera el serafín del cielo, las cartas ya estarían jugadas.
—¿Qué pretendes que haga? —le pregunté arrodillándome en el suelo—, ¿quieres que haga una llave maestra? ¡¿Con lluvia?!
—Una llave maestra estaría bien. Concéntrate en crear algo sólido. Cierra los ojos, carajo.
—Cyrone se va a enterar de cómo tratas a los adultos, Polett —respondí cerrando los ojos, concentrando mi poder de alguna manera.
Algo sólido, debes crear algo sólido , quise pensar, pero ya estaba rendida desde un principio. Había hecho llover, electrocutado a serafines; sin embargo, no había sido capaz de crear materia sólida de la nada.
Suspiré de fastidio y agaché la cabeza. Polett se me acercó otra vez y me alzó de los cuernos.
—Gyuri. No hay nada como el cielo, eso me decía mi abuelo. Porque el mar es inmenso, las tierras son extensas y el aire parece no agotarse jamás. Pero lo hacen, se agotan, se acaban. El cielo no. El cielo es infinito.
Abrí mis ojos nuevamente y quise llorar. No entendía por qué, solo sentía cómo el dolor se acumulaba en un espacio de mi pecho.
—Es infinito —repetí con la voz quebradiza.
—Por eso te cuesta más que al resto de los serafines. Porque tu poder es enorme, digno de una persona fuerte y valiente.
—Pero yo no soy una persona fuerte ni valiente.
—¡Pues, selo! —vociferó el niño con tal fuerza que su voz resonó en toda la estancia, dejando un eco persistente.
Cerré los ojos con firmeza y me obligué a tomar una decisión.
En cuestión de segundos, transformé mi posición de derrota en un símbolo de fuerza.
Cuando por primera vez pude percibir que un poder emanaba de todo mi cuerpo, que era capaz de crear lo sólido con mi magia, alcé la mano y lo dejé salir.
Fue doloroso, pues los poros de mi palma se rasgaron.
No quise abrir los ojos por miedo a que desapareciera.
Finalmente, lo miré entre mis manos: una roca pequeña, rugosa, de color café y burdeo. Estaba acribillada, con una superficie áspera y polvorienta. Era mi creación, pero tan diminuta que ni siquiera alcanzaba el tamaño de una concha marina.
La aprecié bastante tiempo, hasta que Polett estalló de la risa y esta se me contagió al instante.
—¡Polett! ¡No te rías de lo mejor que puedo hacer en este momento! —le recriminé, aunque yo todavía reía al compás de sus carcajadas.
—¡Es mucho mejor que nada!
Exhalé todo el aire de tanto esfuerzo y contemplé la roca que había creado de la nada.
Con la boca entreabierta, volví a mirar a Polett, quien lucía orgulloso de mí.
De pronto, su expresión cambió. Observó la roca en mi mano y luego la puerta.
Sin explicarme nada de su plan, me arrebató la piedrita y, con determinación, la encajó en la cerradura.
—¡Nylena! —grité de la impresión—. Sí que eres un niño, al fin y al cabo. ¡Esa roca no tenía forma de llave! ¿Qué se supone que has hecho?
—Es el tamaño perfecto para encajarlo en la cerradura.
—¿Y eso qué? Destruiste la cerradura, ahora ni siquiera podremos abrirla.
—Pues, que no abriremos la cerradura, Gyuri. La explotaremos desde el interior.
Vi esa llamarada ardiendo en sus ojos otra vez mientras me miraba.
Lo que decía me pareció absurdo, pero de alguna manera su tono lo hizo sonar posible.
Por eso, decidí seguir sus indicaciones.
Adopté mi posición de poder —o al menos la que creía que era— y me concentré en infundir vida en la roca, siguiendo el ejemplo de Cyrone con las plantas, raíces y sarmientos.
Estaba tan tensa que Polett me dio un golpecito en la espalda para relajarme. Exhalé y volví a inhalar, tratando de liberarme de las cadenas que mi pesimismo había inventado y que ahora me frenaban.
Cuando la roca comenzó a expandirse, la cerradura se deformó desde el interior.
Lo supe porque sentí en cada centímetro de mi piel el metal luchando por no doblarse, hundirse o ceder.
Polett me animaba con porras y vítores, pero yo me había convertido en la roca.
Solo era yo, encerrada en el fondo de una cerradura, deseando salir.
El mecanismo que mantenía la puerta cerrada se destrozó, y la roca encajada lo reemplazó con un tamaño más prominente, ahora del tamaño de la cabeza de Pol.
Me costó volver a ser consciente de mi cuerpo, pero cuando me encarné nuevamente, Polett ya había empujado la puerta para entrar. Lo seguí, algo descolocada, mirando mis manos, impresionada de lo que había podido hacer.