28
D elfina trató de sacarme de aquel vacío de sonidos en el que me había sumido.
Me sacudió levemente por los hombros. Observé el rostro desdibujado de la mujer, que me hablaba asustada de cosas que no llegaban a mis oídos.
Respirando agitada, sentí que mi cuerpo se inclinaba hacia un lado y supe que, a pesar de mi inmortalidad, moriría. Moriría.
Corrí hacia el pasillo con la bufanda en mis manos.
En el camino me encontré con varios niños que, aterrorizados por la expresión de mi rostro, se apartaron para abrirme paso.
Subí al ático y me desplomé en el suelo.
Al levantar la prenda, mis manos temblaban como si no fuera liviana en lo absoluto.
Me sostuve la cabeza para contener las emociones e intenté recapitular: no era solo un instinto, ni una excusa para quedarme; Xylo sí tenía a Nym en algún lugar.
Lo había visto, al menos; buscaba amenazarme con él, eso era seguro.
El impulso me dominó cuando me puse de pie, decidida a enfrentar a ese hombre y destrozarlo con mis poderes.
Sin embargo, me detuve antes de abrir la compuerta.
El recuerdo de sus dedos asfixiándome aún se sentía fresco en mi piel, las yemas ásperas empujando contra mi garganta y hundiéndose en ella.
Me sostuve el cuello y retrocedí tambaleante hasta la cama, donde me dejé caer.
El gato que dormía maulló en un sobresalto.
Su voz deshumanizada resonó en mis oídos, distorsionada y enfadada. No procesé las palabras de Chuckles; simplemente me giré lento para mirarlo. Al verme, su semblante cambió, y su espalda y cola se erizaron.
—Y a ti ¿qué te pasa? ¿Acaso te extraña que duerma todo el día? ¿En qué te afecta?
Subí ambas piernas a la cama y me abracé. Acerqué mi muñeca, rodeada de la florecita palpitante, a mi rostro y comencé a susurrar con voz entrecortada:
—Cyrone, vuelve, por favor. No sé qué hacer.
.. tengo tanto miedo. No puedo ir con Xylo, pero él.
.. él me ha enviado la bufanda de Nym. Él sabe dónde está, lo tiene.
Por el Empíreo, Cyrone, aplastaré todos mis sentimientos por ti y no dejaré ninguno.
Vuelve, te necesito, vuelve, por favor. Te lo ruego.
Ya no te querré, te lo juro... Solo vuelve a mí.
—Rogándole a una flor que Cyrone vuelva. Las hembras de la especie humana son las más ilusas, y eso que tú ni siquiera eres una —dijo Chuckles, pero lo ignoré—. No sé quién sea Nym, pero puede tratarse de cualquier bufanda, y si fuera de él, pudo simplemente haberla perdido. Usa la cabeza.
Oír a Chuckles me arrancó de aquella burbuja de ansiedad.
—No lo sé, Chuckles. Algo me dice que es de él.
—Pues, entonces ve a buscarlo y deja de temblar.
Suspiré y me encogí aún más en la posición en la que me abrazaba.
Lo que decía Chuckles tenía sentido. Una serafina era capaz de controlar a las personas con el poder de su palabra; no obstante, no podría hacer mucho si se le cubría la boca o se le cerraba la garganta.
Mis habilidades de defensa eran escasas, y mi cuerpo seguía siendo débil y torpe.
—Tengo miedo de Xylo —admití.
El gato se estiró y caminó con solemnidad hasta invadir mi espacio personal subiéndose a mi falda y rompiendo el abrazo que me daba a mí misma.
—Si eres una serafina, enfrentarte a un hombre común debería ser tan sencillo como para mí lo es escalar un árbol.
Lo miré directo a los ojos dilatados.
—¿Y qué me pasará si todo sale mal? ¿Qué sería capaz de hacerle ese hombre a Nym?
Nos quedamos en silencio por unos segundos.
—Si yo me caigo de un árbol, siempre caigo de pie. Soy un gato doméstico, fui diseñado para sobrevivir. ¿Qué hay de ti?
Me enderecé un poco, dejando que la ira ocupara el espacio del terror.
—Estoy seguro de que también caerás de pie —dijo Chuckles.
Con la resolución de ignorar mis miedos e ir en busca de pistas, saqué mi traje limpio del cajón, aquel con el que había llegado a Dregonia, y me vestí con él.
Cuando las luces y fogones se extinguieron por completo, descendí las escaleras y me deslicé por el pasillo camuflada en el silencio de la noche.
Antes de poder escapar, una figura oscura me sorprendió.
Sobresaltada, apenas alcancé a vislumbrarla por el rabillo del ojo.
Cubrí mi boca para sofocar cualquier grito involuntario.
—Polett —suspiré cuando lo reconocí en la salida de la casona, vestido e impecable como si me hubiera estado esperando.
—Vas a por el comandante. Déjame que te acompañe. No hay nadie en Melcior que conozca las estancias de la Guardia de Dregonia tan bien como yo.
—No voy a ir. ¿Quién te dijo eso?
—Delfina me contó que te llegó un mensaje del comandante, o más bien lo escuché cuando se lo mencionaba a Aeris. Tu reacción era previsible. Déjame que te acompañe.
—¿Es que acaso has estado ahí, siquiera? —pregunté, aun sabiendo la respuesta.
—He preguntado por todos los detalles a mis compañeros. Además, desde que aprendí a leer me he memorizado los instructivos, las guías, los documentos...
—Por esto es que Xylo prohíbe a los niños leer. Escucha, Pol, no te llevaré conmigo. No insistas, porque te cansarás. Es peligroso y tú eres pequeño. Tengo más que prisa, esto no es un juego de espionaje, adiós.
No creí que necesitara más razones, así que lo pasé por alto al salir, no había tiempo que perder. Sin embargo, logró detenerme aferrándose al borde de mi capa. Me giré, aunque no del todo.
—¿Qué encontraste en el mensaje del comandante? —preguntó.
—Eso no necesitas saberlo —respondí, dispuesta a que se enfadara y se rindiera.
—¿De verdad crees que podrás enfrentarte a él sola? —susurró, siguiéndome cuando decidí seguir caminando—. Si quieres lograr algo, necesitarás llevar a alguien que te proteja. ¡Yo puedo hacerlo!
Me detuve y lo observé hasta convencerme de que realmente hablaba en serio; para evitarle desilusiones, decidí forzar una sonrisa. Sin embargo, al darme cuenta de que él no tenía la intención de devolver el gesto, negué con la cabeza. Volví a caminar.
—Me duele rechazarte, Polett, pero esto es demasiado.
—¡Me necesitas! ¡Solo yo sé sobre los pasadizos del castillo! ¡Sé llegar a la oficina de Xylo! —insistió con un berrinche, lanzándose al suelo mientras jalaba de mi capa. Me hizo tambalear—. Por favor, Gyuri, he practicado toda mi vida para esto.
—Nueve años de práctica no son tantos, Polett, practica un poco más.
El niño cayó cuando sacudí la tela y se soltó de ella. Me giré preocupada, temiendo haberle lastimado sin querer, pero en un instante fugaz él ya estaba de pie.
—No me estás entendiendo. Esto es lo que me hace seguir adelante.
Es la razón por la que sigo vivo. Quiero entrar a la Guardia, que el comandante me apruebe, saber todo sobre él.
Te prometo que no molestaré, pero si existe una sola cosa que podría descubrir sobre los secretos que esconde, quiero saberla.
Las llamaradas que vi en los ojos verdes del pequeño me pusieron la piel de gallina.
No pude evitar recordar la mirada de Nym.
El remordimiento me invadió y, aunque creí tener la fuerza suficiente para rechazarlo otra vez, solté algo que pareció un suspiro para tranquilizarme.
El niño interpretó ese gesto como una aceptación, así que sonrió y corrió hacia la puerta.
Nos subimos al bote y dejé que Polett me ayudara a remar. Trazamos nuestro camino hacia las zonas limítrofes de la ciudad, donde en el horizonte se levantaban los castillos de piedra en los que se reunían los guardianes de Dregonia.
El castillo lucía majestuoso al fondo de la ciudad, con sus techos puntiagudos alcanzando el límite del domo como un roble formidable e indestructible.
Me quedé boquiabierta por la impresión, pero al llegar a la orilla volví en mí y miré a mi lado.
Vi las constelaciones brillantes reflejadas en los ojos de Polett, quien contemplaba el castillo como si fuera el verdadero cielo perdido.
—Toda mi vida soñé con este momento —afirmó solemne, tras un suspiro novelesco.
Me guardé las ganas de recordarle que solo había vivido nueve años, porque de seguro había sido un tiempo demasiado largo para él.
Entramos al castillo a través de un pasadizo secreto señalado por Polett, y avanzamos siguiendo las indicaciones que el niño conocía al dedillo.
Incluso me relató la historia detrás de la construcción del castillo, y cada vez que le preguntaba cómo sabía tanto, a pesar de ser la primera vez que entraba allí, él sonreía travieso.
No me sorprendió tanto la escalinata infinita que tuvimos que subir, tampoco que en cada espacio de la pared se colgara una lanza, un mazo, un bate o cualquier otra arma.
Lo que realmente me causaba curiosidad eran las enormes puertas que, con una altura equivalente a tres personas apiladas una sobre otra, se alzaban ante nosotros.
¿Para qué eran tan altas? ¿Por qué el fuerte carecía de ventanas?
¿Y por qué no había velas que iluminaran el lugar?
—Esta de aquí es la oficina del comandante —susurró Polett cuando llegamos a una puerta tan alta como ancha, absurdamente adornada con cabezas de piedra talladas como dragonartos.
Acerqué la lámpara a la puerta para descubrir que, como ya podíamos imaginar, estaba cerrada con llave.
—Oh, maldita sea. Y ahora ¿qué? —me ataqué tratando de forzar el pomo. La cerradura fortificada de hierro se burló de mí, resistiendo con su solidez la escasa fuerza que yo tenía.
—Esperaremos a que llegue y abra la oficina, ahí nos podremos escabullir en el interior —respondió el niño.
—Tengo una tendencia a atraer a niños con ansias de buscar problemas.
Me senté en el suelo, apoyada contra la puerta y consciente de que Xylo y sus soldados no llegarían hasta dentro de unas horas, cuando despertaran los dragonartos. Polett se deslizó a mi lado, observándome con atención, como si esperara que yo tomara alguna acción.
—Gyuri. ¿Por qué no los usas?
—¿A qué te refieres?