Caelum 27
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L a joven dejó caer su peso sobre mí y yo la acomodé en mi regazo.

Desde mi punto de vista, se apreciaba tranquila frente a la escasa luz del candelabro.

Aun así, sentí la pesadumbre de haber mandado sobre su voluntad.

Cuando Flye se bajó de mi hombro y me miró con terror, di un suspiro y volví a ver a Aeris.

—¡Ella lo sabe todo, señorita! ¡¿Qué se supone que le diremos a sir Cyrone?! ¡Usted tiene que borrarle las memorias de cuando era una cría! ¿Es eso posible? ¡Yo sabía que sir Cyrone me escondía algo!

Traté de calmar a Flye con un movimiento sutil de mi mano. Él volvió a verme y a guardar silencio.

—No lo sé, Flye. Yo también pensé en hacerle olvidar todo apenas me contó que sabía el secreto de Cyrone; pero no es lo correcto, porque borrarle las memorias a un humano es más cruel de lo que tú llegarías a pensar.

¿Ocultar una verdad que forma parte de ella?

¿Cómo se sentirá Aeris cuando despierte y tenga un hueco en su interior sin saber de dónde viene?

—Me detuve en aquella pregunta, como si hubiera calado hondo en mi interior—.

Creo que estas memorias le pertenecen, Flye.

Si se las quito, le arrancaré la mitad de su infancia, que no sabemos cuán mala fue.

¿Y si le arrebatamos el único lado bueno?

—Es usted muy buena, señorita Gyuri, pero esto ya no se trata de la humana Aeris. Ella será una humana y más, los humanos superan todo lo que se les cruza por delante. Esto se trata de ustedes, los serafines. Si los humanos se enteran se sembrará el caos en todo Dregonia, quizá en todo Melcior.

—Aeris ha cuidado muy bien este secreto, creo que podrá seguir haciéndolo. Yo confío en ella. Ella se ha vuelto... —Tragué cuando sentí que la emoción se me atascaba en la garganta—. Ella se ha vuelto mi amiga, mi primera amiga humana.

Flye lucía muy afligido como para ser un animal inexpresivo. Estaba bastante apenado por mis palabras.

—Usted quiere confiar en ella, señorita, lo que es diferente.

—Hay veces en que quieres tanto a alguien que no parece que exista otra opción.

En el pasado había envidiado a Aeris, pero ahora estaba en mi regazo, respirando tranquila, y tenía la oportunidad de conocerla.

Lo poco que sabía de ella me daba una chispa de esperanza en medio de la oscuridad.

Quizá ella podría aceptarme tal como era, con mis cuernos y orejas puntiagudas.

No tendría que ocultarle ningún aspecto de mí misma, y finalmente podría escapar de esa desoladora soledad.

Miré de nuevo mi brazalete palpitante, que ahora parecía más tranquilo que antes.

—Creo que Cyrone está de acuerdo conmigo.

Esas palabras surtieron efecto en Flye, que no insistió más.

Saltó a mi lado y se acurrucó para moldearnos en ese silencio tras la lamparilla.

No pude dejar de observar la lápida y, como si fuera un fantasma, imaginé a la difunta mirándome con burla.

Aeris debía estar en lo correcto; la razón por la que el serafín se negaba a quererme, a siquiera prestarme atención, era ella.

El fantasma que lo seguía persiguiendo, por más que él la hubiera dejado atrás.

Mientras miraba el espejismo con un inmaduro resentimiento, oí que el río chapoteaba a mis espaldas.

Rápido, sin siquiera ver quién se acercaba remando hasta el islote, le susurré a Aeris que no despertara hasta que yo se lo pidiera.

Me volteé como quien es descubierto en medio de algo incorrecto, por eso Evren alzó una ceja apenas se bajó del bote.

El mellizo se iluminaba vagamente con la vela que yo cubría con mi cuerpo. La silueta recortada que alcanzaba a apreciar parecía preocupada, jadeante, como si hubiera dado la vida en aquel viaje.

Tomé la lamparilla y le mostré a Aeris dormida y eso fue lo único que logró aflojar su postura. Se pasó la mano por la cara como si se la quisiera borrar del alivio.

—Esa maldita renacuaja me va a dar un infarto. Pensé que podía estar aquí, pero era la última opción donde podía encontrarla. ¿Sabes lo que significó para mí remar hasta acá con eso en mente?

—Probablemente le rezaste a cada serafín unas cinco veces.

—Incluso me inventé un quinto serafín mientras venía. Disculpa lo patético que me debí haber visto.

Sonreí levemente. Entendía lo que era preocuparse demasiado por un hermano. La diferencia entre nosotros dos, sin embargo, era un poco notoria. Nym era un niño de ocho años, en cambio Aeris...

—¿No era más obvio pensar que Aeris estaba a salvo? Ella sabe cuidarse a sí misma.

—No me digas, si de tanto juntarte con ella ya hablas casi igual. Hasta dices las mismas palabras ridículas. Un hermano mayor nunca deja de ser un hermano mayor, sin importar la edad que tenga la alimaña.

Evren se agachó para sentarse y retomar el aire perdido a mi lado. Se recostó sobre la tierra baldía, manifestó tanta comodidad como si de pastizal tierno se tratara.

—Creí que eran hermanos mellizos.

—A veces ser un hermano mayor no se trata de edades —me explicó mientras se estiraba—. Es algo más complejo que eso.

—Puede que tengas razón...

—Oye, esto es un avance, por fin no te niegas a cruzar más de dos palabras conmigo. —Solté una risita—. Qué pasa, ¿el tema te apasiona?

—Te veo y solo me doy cuenta de lo irritante que era yo con mi hermano menor. —Evren soltó una risotada en la mitad de mi frase.

—Pues, qué linda forma de decirme que soy irritante.

—Aeris me ha contado varias cosas...

—Aeris lo cuenta todo, querrás decir. Una vez que abre la boca, es imposible hacerla callar sin que llore. Por cierto, ¿de verdad tienes un hermano? Nunca me has contado mucho sobre ti.

—Nym, su nombre era Nym... era el niño más rebelde y energético que he conocido. Intrépido, inconsciente, temerario.

—Por Nylena, no me digas que él ya no está entre nosotros.

Me quedé callada, porque pese a que no tenía certeza de nada, me era difícil verbalizar cualquier respuesta. Evren lo entendió al instante, por lo que decidió que debíamos marcharnos. Se levantó de su lugar.

—Hay historias muy difíciles de contar, lo entiendo mejor que nadie.

El joven asió a Aeris en sus brazos. Una vez que me puse de pie, sacudí la tierra de mis rodillas y lo seguí hasta el bote.

Cuando zarpamos y él remó por el camino, nos alejamos de las tinieblas que envolvían al islote y yo no fui capaz de mirar atrás, a diferencia de Evren, que se le quedó viendo y me brindó un comentario al respecto:

—Yo sabía que Aeris podía estar aquí, ella es la única que todavía visita la tumba de Lumié.

—¿Lumié? ¿Así se llamaba? —pregunté en un arrebato de curiosidad, pero Evren entornó los ojos en blanco.

—Por supuesto que no. Aeris la nombró. Dice que la supuesta Lumié la visita en sueños. Ahora yo me pregunto, ¿qué asuntos tendría esa niña difunta con mi hermana? Ella tiene un complejo de protagonista, se cree todas esas cosas.

Me fue imposible no sonreír al ver cómo se refería a ella, pese a que había venido corriendo para ver cómo estaba.

—Amas mucho a tu hermana, ¿no es así?

—Oírlo es hasta asqueroso, pero por supuesto que sí. Yo mataría por esa rata, y lo he hecho.

Creí que lo decía en sentido figurado, pero pronto me contó que había matado a su padre por omisión hacía cinco años.

Evren y Aeris eran los únicos hijos de una pareja de las afueras, más precisamente de Nylem, y por eso sus pieles eran doradas y un poco más oscuras que el tono de sus cabellos.

Él me contó que su padre había comenzado a mirar diferente a Aeris, a complacerla con pequeños regalos, a tratarla como a una princesa de un cuento.

El problema es que la niña, a medida que crecía y aumentaba en belleza, al igual que en las proporciones de su cuerpo, era menos feliz con esos tratos.

Evren no lo comprendió hasta que cumplió los doce años, y encontró a su padre arrodillado a los pies de la niña en el salón de su casa.

Con suerte, no había visto nada más, pero haberse imaginado lo que sucedía resultaba todavía más tortuoso.

No sabía cómo ayudar a su hermana, ni cómo acabar con su padre.

Evren siempre había sido un chico débil y cobarde, o así se había llamado en cada segundo de su relato.

La diosa Nylena hizo caer su gracia y un día, en medio del bosque, su padre carpintero apareció con su hacha encajada en la cabeza.

No parecía un accidente, dado el ángulo en que el arma se incrustaba; pero cuando Evren lo vio tambaleándose, cubierto de sangre y gritando por ayuda, decidió que lo era; que había sido una casualidad.

Entonces retrocedió entre los arbustos, huyó hasta la casa, y se dispuso a cenar fingiendo que no había dejado a su padre desangrándose en la hojarasca.

Días más tarde Aeris le confesó que Lumié la había poseído y que le había encajado, con sus propias manos, un hacha en la cabeza a su padre.

—Desde entonces decidí que me convertiría en un verdadero hombre. Alguien que pueda cuidar a su hermana. El problema es cuando lo quieres más que nada y eso no es suficiente.

Yo tampoco había podido cuidar a mi hermano. Flye notó la congoja en mi mirada.

—Pero hay algo que usted no tiene en cuenta, señorita Gyuri. Existen muchísimas formas de cuidar a una persona, no solamente con ser un escudo o un guardaespaldas. También se cuida a una persona cuando se le quiere, le impide que pierda la esperanza, la anima a continuar...

—Hay más formas de cuidar a una persona. —Repetí las palabras de Flye, sonriéndole a Evren, porque sabía que a él le servirían incluso más que a mí. Me observó como si yo fuera la lluvia caída tras la peor sequía del siglo, y me agradeció con un asentimiento.

—Chisa, puedo notar que tienes experiencia en lo que hablas —comentó Evren mientras movía los remos. Mi sonrisa se congeló un poco por los recuerdos que se colaron por mis entrañas.

—Experiencia de hermana mayor, claro que sí. Si te puedo dar un buen consejo según lo que he vivido, escucha lo que desea Aeris, no trates de cortarla, acompáñala. Si ella quiere cumplir un sueño, incluso si te da miedo, apóyala y cree en ella. De lo contrario se te escapará de las manos.

Llegamos al orfanato y antes de despertar a Aeris, Evren me detuvo con una mano sobre mi muñeca.

Desde hacía tiempo había notado sus intenciones, y pese a que yo no tenía ningún deseo de corresponderle, creí que valía la pena escucharlo.

Después de lo que me había contado, había sembrado un sentimiento de admiración en mi corazón.

—No sé por qué me ofrezco a ser lo que no puedo ser, pero por ti quiero intentarlo. Quiero ser un hombre, Gyuri. Déjame conocerte, por favor... Cuando veo tu rostro no hay nada más en lo que pueda pensar. ¿Me permitirías cortejarte en la víspera de Cornelius?

En cualquier momento de mi pasado me hubiera sonrojado y caído ante su atractivo aspecto, pero había un antes y un después de haber conocido al serafín de la tierra.

Había cambiado y, desde entonces, ningún hombre era capaz de hacerme perder el aliento.

Supe la respuesta desde que Evren comenzó su confesión, pero al escuchar el palpitar acelerado de la flor en mi muñeca y al pensar que probablemente Cyrone no volvería si no se daba cuenta de que realmente podía perderme, quise aceptar su propuesta y dejarme llevar.

Pronto abandoné esa idea.

—Perdón —dije antes de romper su corazón—. Estoy muy enamorada de alguien más.

—¿Señorita Gyuri? —me susurró Flye con sorpresa.

No podía traicionarme a mí misma, por más que quisiera traicionar al mundo con tal de ser feliz.

Y Evren no reaccionó en absoluto. Entendí que se lo esperaba, e incluso asintió como si ya lo hubiera sabido siempre.

—De Cyrone, ¿verdad?

Escuchar el nombre de ese serafín dolía como una llaga en el corazón. Asentí acongojada, como si rogara a Nylena que eso no fuera real.

—Está bien —respondió Evren—. Ya me lo esperaba, eres tan evidente.

La flor comenzó a latir como una loca, por lo que me la llevé al borde de mis labios mientras percibía que el rubí se colaba entre mis tejidos, avergonzándome.

—A las mujeres siempre les gustan los hombres con los cojones bien puestos, que puedan destruir un dragonarto de un lanzazo —espetó el joven con un aire de resentimiento.

Di un respingo al escucharlo.

—Cyrone podría ser un idiota de pacotilla, el más débil y horrible de todos. Lo que me une a él es más grande. ¿Lo entiendes, Evren? No quiero que mi rechazo te quite la autoestima ni el valor, porque no se trata de ti ni de nada que puedas hacer o ser.

Evren soltó un resoplido antes de dirigirse a Aeris, que seguía reposando exhausta entre los tablones del bote.

—No es justo, Gyuri, tratas de consolarme, pero eso solo me frustra más.

Eres tan dulce que maldigo el día en que Nylena le dio tanta dicha a Cyrone.

No solo tiene tu atención, sino también la de mi loca hermana.

No te preocupes, ella renunció a él apenas te conoció.

—Evren comenzó a mecer el hombro de Aeris.

—¡Aeris! —grité para despertarla. Reaccionó a mi poder, parpadeando en repetidas ocasiones hasta enfocar la vista. Evren la ayudó a ponerse de pie y ella, desorientada, seguro pensó que lo que había ocurrido en aquel islote no había sido más que un sueño.

Al ingresar en el orfanato, la mirada aterrada con la que la señora Delfina me recibió me alertó antes de que pudiera contarme lo que había sucedido.

—Torinilla... llegó algo para ti. Un recado... —me anunció con el nerviosismo a flor de piel.

Tras intentar calmarla para que me revelara la información, y ella me hubiese arrastrado hasta el cuarto de la cocina para aislarnos del resto, me mostró un paquete que había llegado en manos de uno de los niños del orfanato.

Al desenredar los lazos y abrir la caja, encontré una bufanda naranja.

Uno de los extremos del fular estaba calcinado y al menos un cuarto de la prenda había sido consumida por el fuego.

En aquel instante, solo dos pensamientos fueron claros en mi mente.

El primero era que provenía de la Guardia, pues un niño lo había traído hasta Delfina y el único que podía organizar ese tipo de envíos era Xylo; el segundo desequilibró mis emociones a tal punto que sentí las piernas entumecidas: estaba lo suficientemente segura de que esa era la bufanda que llevaba Nym el día en que huyó de Riveria.