Caelum 26 #2
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26 #2

Exhalé el poco aire que me quedaba. Como Cyrone no supo que Aeris lo seguía cuando era una niña, jamás pudo borrar esos recuerdos.

—Cuando fui más grande descubrí que Cyrone era un indecible, como le llaman a esos seres que cometen el mal a través del control de los humanos. Aun así, nunca le tuve miedo, quizá fue por todas esas veces que lo escuché hablar en este mismo lugar.

—Aeris... ¿qué estás diciendo? —La miré con horror, fingiendo la reacción de una humana que se entera de algo como eso.

—No me he vuelto loca, Gyuri. —Me sonrió con tranquilidad—.

Tú lo sabes bien, desde la primera vez que te vi tuve mis sospechas, pero sentí lo mismo que sentía cuando niña con Cyrone, por ti.

Todo gracias a ti. Pero no quiero forzarte a que me demuestres que no eres un indecible, quise traerte aquí para contarte sobre esta tumba.

—Me vas a matar de un infarto —ironicé, pero ella lo tomó en serio—. Yo no soy un indecible, Aeris, los indecibles no existen.

Se mantuvo viendo la tumba entre las tinieblas y sacó de su prenda un pequeño farol que se robó de la casona. Luego de encender una llama y prender la vela de su interior, el desierto que rodeaba la lápida se hizo visible.

La gran mayoría de flores que rondaban la piedra desgastada estaban marchitas, y las pocas que aún persistían tenían su luz ahogada, a tal punto que no conseguían vencer la oscuridad en la que habían sido enterradas.

—Cyrone venía a ver a esta muchacha. La chica que te dije que habían torturado hasta la muerte.

Nadie en Dregonia viene aquí, porque se dicen muchas cosas.

Por ejemplo, que el alma de la joven se vengará de quien se atreva a pisar el islote.

Leyendas. Pero Cyrone venía siempre, se posaba y le hablaba a la tumba.

Le escuché decir muchas cosas, escondida entre las ramas de los frondosos árboles que antes había.

Entre ellas, «perdóname», «no pude protegerte», «te amo».

No había respirado en todo el relato, y con esa última revelación finalmente me quedé sin aire.

—Ella era...

—Imagino que el amor de su vida, o tal vez el único —me respondió cuando vio que yo no era capaz de decirlo.

La madre de su hijo , pensé.

—La figura del templo era una niña. No parecía tener más de trece años —murmuré, confundida.

—La historia se ha tergiversado. Para manipular a la población y provocar mayor culpa en nosotros, nos han hecho creer que era una niña pequeña, pero la realidad es otra. Ella era una mujer adulta, de unos veintiún años o más.

Yo sabía que se trataba de una mortal, que su antiguo amor había desaparecido hacía varios años, pero enterarme de que era ella y ver la realidad con mis propios ojos me rompía el corazón, y más teniendo consciencia de lo mucho que esa muchacha había sufrido antes de morir.

—Entonces sé que no importa cuánto se entregue ese hombre —musitó con una sonrisa melancólica—. Saldrá huyendo cuando quiere de verdad, porque teme que todo acabe de esta forma.

—Pero esto comprueba que Cyrone no es un indecible; si lo hubiera sido habría podido evitar que esos hombres le hicieran daño.

Quise probar algo con lógica, cuando era precisamente lo que me causaba duda en ese momento.

—Mi teoría apunta a que justamente es un indecible. Es un ser inmortal, de modo que no es posible matarlo ni destruirlo dañándolo a él, por eso se robaron a esta muchacha. Lo destruyeron a su modo.

—Así que es por eso por lo que sir Cyrone cada vez que veníamos a Dregonia me dejaba con las ranas. No entiendo cómo pudo haberme ocultado una historia tan dolorosa e importante como esa. —La voz de Flye resonó en mi oreja como si estuviera dentro de mi cabeza.

—Es la primera vez que le cuento a alguien lo que sé —confesó Aeris tras una larga pausa.

—¿Y por qué me lo dirías a mí?

—Llevo quince años analizando a Cyrone, ¿no ves?

Soy la única que realmente se da cuenta de que él no envejece como los demás.

Debe ser porque lo conocí tal y como es y no fue capaz de lavarme el cerebro.

Aun así, no le tengo miedo, y lo estimo porque él trata de una forma especial a los niños.

Incluso ayudaba a Evren cuando era pequeño.

—¿Evren olvidó la brecha de edad que existe entre ellos? —indagué.

—Exactamente. Jamás quise hacerlo consciente de lo sobrenatural del asunto. Siempre he temido que Cyrone sufra un horrible destino si su secreto corre a voces.

Sentí que el pálpito de la flor que me rodeaba la muñeca se aceleraba. De ese modo descubrí que el serafín escuchaba nuestra conversación.

—Eres un verdadero ángel, Aeris. Cuando te conocí, envidié que lucieras tal y como uno. Tal vez reflejé en ti lo que no soy capaz de ver en mí —confesé, y ella me miró con una lágrima asomándose, tiñendo de rojo su córnea.

—No me siento como un ángel ni como una buena persona.

Si te soy sincera, siento liberación. Creí que hacía daño al resto callándome lo que sé, pero me alegro de no haberme equivocado.

Sabía que Cyrone no le haría daño a nadie, de modo que no tenía razones para delatarlo.

—Se enjugó los ojos y sollozó arrastrando las palabras.

Me volvió a mirar tras dar un gran suspiro para calmarse—. ¿Puedo darte un abrazo?

Sus ojos vidriosos eran espejo del estrés que la estaba acosando.

Muy en el interior podía sentir que me tenía un poco de miedo, pero que se esforzaba con todas sus fuerzas por no demostrarlo, o incluso para no sentirlo siquiera.

Con eso en mente, asentí y la envolví con mis brazos.

Al esperar que su corazón se calmara al hacer contacto conmigo, y al comprobar que su latido no se apaciguaba, decidí hacerlo.

—Aeris, duérmete.