Caelum 26
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E l serafín me apartó con una suavidad que contrastaba con la frialdad de su rostro. No me hizo falta que volviera a iluminarse la habitación, porque entendí que se había arrepentido de besarme al ver su silueta.

Sin mediar una palabra entre nosotros, Cyrone encogió las campanillas hasta su tamaño original.

Yo recogí el par de objetos que nuestro fogoso encuentro había botado al suelo, como las pequeñas figuritas de Nylena talladas en madera burda y otros utensilios de la cocina que Delfina guardaba como reliquias en su habitación.

Miré a Cyrone y supe que debí haber dicho algo antes de que se encapuchara otra vez y saliera del cuarto, porque cuando me quedé bañada por la penumbra y la soledad, sospeché que no volvería de su viaje, aunque lo llamara.

Estaba en lo correcto. Al día siguiente corrí al borde del islote, a punto de sumergirme al río para seguir su sendero.

Pensé en lo mucho que demoraría en llegar al sur de Melcior, en cómo tardaría el doble en regresar.

Él me dijo que retomara el camino en búsqueda de mis padres y mi hermano, pero su beso me perseguía como una pesadilla; estaba prisionera en Dregonia con la expectativa de su regreso. Quería esperarlo. No quería hacerlo.

El día se tornó eterno, por más que me ocupara con diferentes tareas del hogar tratando de acribillar los recuerdos de sus manos dibujando historias sobre mi piel y su aroma filtrándose por todo mi cuerpo, no lograba hacerlo.

Le grité al brazalete de flores, sabiendo que él me escucharía.

El rogarle que me diera una respuesta, que regresara a conversar lo que había sucedido, que no abandonara mi corazón a la deriva, me dañaba.

No porque tuviera la certeza de que no volvería con mis peticiones, sino por el dolor que me producía la ingenua ilusión de que sí lo haría.

Las marcas en mi cuello acabaron por borrarse y Xylo no volvió a la librería de Crod ni a mis alrededores durante ese día.

Esperaba que así continuara. Flye, que por fin estaba en un ecosistema en el que podía convivir con otros de su especie, regresó a la casona dispuesto a escoltarme al día siguiente hacia Riorense.

Esa misma tarde me posé en un campo repleto de rábanos maduros que extendían sus raíces bajo la tierra.

Debía desenterrarlos, lavarlos y llevarlos con Delfina; era mi tarea de ese día.

En mi labor me acompañaba Aeris, que estaba desenterrando zanahorias a un par de metros de mí.

Pero pegado a mí, como el anillo de Cyrone a su dedo, se encontraba el anfibio, supervisando mi acto agricultor.

—¿Y cómo está el señorito Rydel? —me preguntó en el entretanto de sus relatos.

—Casi no puedo verlo, asiste a la Guardia todo el día.

Tampoco podré verlo esta noche, porque sé que junto a sus compañeros me rogarán que les lea otra historia.

—Solté un suspiro—. No puedo leerles nada, no si quiero mantener mi cuello intacto.

No si pretendo que no le hagan daño al señor Crod y a su pequeña.

Lo que más me dolía de mis charlas con Flye era que él se abstenía de nombrar a Cyrone, aun cuando él sabía a dónde se había ido el serafín y sospechaba lo que yo sentía por él.

—Flye, no es necesario que me escoltes. He estudiado los mapas de Melcior y sé cómo llegar a Riorense.

—Iré tras usted, aunque tenga que enterrarme en la tierra como un cebollín para evitarlo —replicó él.

—Vamos, Flye, confiesa. Apuesto que me persigues solo porque Cyrone te lo pidió, ¿verdad?

El anfibio entrecerró los ojos y negó rotundamente, forzando su actuación.

—Patrañas, señorita Gyuri, la persigo porque todo lo que le ha pasado es culpa solamente mía —confesó el anfibio de imprevisto.

Alcé una ceja sin poder comprender a qué quería llegar.

—¿Te refieres a mi cuello? Por favor, Flye, tú no tienes nada que ver...

—Sé lo que hará a continuación, hará lo posible por quitarme la culpa debajo de mis ancas, y dirá que yo no tuve nada que ver con esas heridas, y no me refiero a las de su cuello, sino a las de su alma.

He pecado de alejarme de su lado, sabiendo que usted me necesitaba.

Que se sentía sola, que estaba tratando de hacerse un lugar en este enorme mundo desconocido.

—Flye, tranquilo. No necesitas hacerte cargo de esta huérfana. —Solté una pequeña risa, cogiendo un rábano de las hojas para desenterrarlo.

—No planeo hacerme cargo de usted como un padre.

Usted es mi ama y yo soy su sirviente. Y mi motivo de vivir es servirles a los serafines, porque uno de ellos me salvó en el pasado —dijo la rana, colocándose en dos patas y caminando de manera menos dramática—.

¡¿Quién soy yo, si no puedo guiarla espiritualmente? !

Otra vez me surcó una amplia sonrisa. Dejé el segundo rábano en la canasta y lo volví a ver.

—Tú eres mi amigo rana, no mi sirviente. Y yo soy la única responsable de mis heridas, aunque estas no fueron un error.

Flye se detuvo y se hincó sobre sus cuatro patas otra vez. Pude notar una especie de lagrimeo en sus ojos nublados.

—No me dé cuerda, señorita. No puedo creerme amigo de una serafina, no con la diferencia de poderes que hay entre ambos.

—Te corrijo, eres mi «amigo rana», lo que te hace aún más especial. Ya sabes que no tengo otro de esos.

Sonreí cuando vi que la rana se enjugaba los ojos, aunque el líquido de sus lágrimas se perdía en la humedad de su piel. Flye brincó hasta subirse en mi hombro como al principio de nuestro camino.

—Desde hoy, no me separaré de su lado —me prometió.

—Oh, vamos, no hay muchos lugares en que puedas compartir con seres de tu especie. Aprovecha lo que tienes aquí —insistí.

—¡Bah! —se quejó el animal—. La verdad es que ya me aburría de tantas charlas de ranas.

—Esas charlas son más interesantes de lo que uno piensa. Apuesto que de ellos te enteras de todo lo que me cuentas de la gente de Dregonia. Como a qué se dedica la señora de los cuatro hijos del islote de al lado, o quién fue el último guardián atacado por dragonartos y enviado a dormir a su casa.

—Usted sabe que las ranas somos chismosas.

—¿Hablando sola, Gyuri?

Escuché la tercera voz femenina tras de mí, a lo que me volteé con cierto resquemor.

Con Aeris no habíamos conversado sobre lo que ella había visto la tarde del día anterior y la huida de Cyrone esa mañana.

Ella había actuado con naturalidad, de modo que concluí que el serafín le había ordenado que lo olvidase, y con el poder de su palabra había eliminado todas esas memorias.

—Estoy hablando con Flye, aunque claro, eso puede tomarse como que hablo sola —le respondí con una sonrisa, y la ranita me guiñó el ojo sin decir nada.

—¿La ranita de Cyrone? —me preguntó, sentándose a mi lado entre las pocas matas que me faltaban por cosechar.

La pena de Aeris al verme, al tratar de consolarme por la ausencia del serafín, comprobaba algo que hacía mucho había aprendido.

El peso de la palabra de un serafín puede ordenar que las personas olviden ciertas cosas; sin embargo, es imposible borrar los sentimientos que aquellas les provocaron.

Aeris no recordaba lo que había visto, pero de un modo inevitable conocía muy bien mis sentimientos y sabía, aunque ella no era consciente de cómo, que yo estaba enamorada de él.

—Yo creo saber por qué Cyrone se ha marchado —confesó Aeris, tomándome por sorpresa.

La miré como quien no entiende de dónde salió el tema, pero en vez de incomodarse y retractarse, insistió en que lo sabía.

Creí que podría tragarme la curiosidad y seguir cosechando los rábanos, pero los ojos brillantes de Aeris me sugerían que había algo interesante detrás de todo eso.

Cuando le eché un vistazo al anfibio, él se encogió con el rostro confundido.

Acompañé a Aeris al bote y, como ella tenía la destreza con los remos más sorprendente que yo hubiera visto en Dregonia, llegamos al destino en menos de cinco minutos.

El islote sobre el que aterrizamos los pies era un manto negro, casi invisible dadas las tinieblas que lo recorrían.

Allí no había ni plantas luminosas, ni luces artificiales, ni rastro alguno de hojarasca.

Era un terreno baldío que ascendía en una colina mediana.

Subimos la pendiente, y de vez en cuando le echaba miradas curiosas a Flye, a quien no podía preguntarle en voz alta dónde estábamos.

A juzgar por sus gestos, era igual de ignorante que yo.

Cuando llegamos a la cumbre, una pequeña lápida brotaba de la tierra.

La piedra no tenía palabras ni tampoco había sido tallada de alguna forma en particular.

Me quedé callada mirando a Aeris, quien guardó respeto ante la tumba y se arrodilló frente a ella.

La imité cuando no supe qué más hacer. Aguardé pacientemente, hasta que por fin mi compañera derribó el silencio:

—Nadie en Dregonia se pregunta cosas sobre Cyrone.

Él es tan joven como lo era hace diez años.

—Mientras hablaba se volteó a mí—. Yo lo conocí cuando tenía cinco años.

Curioso, ¿no? Tiene un efecto apaciguador con la gente de Dregonia; de algún modo pasa desapercibido y hace que el resto no pregunte sobre su misteriosa vida o su eterna juventud.

Yo, en cambio, desde pequeña he tenido una gran fascinación por él.

No es lo que tú crees, Gyuri. En algún momento de mi adolescencia sí me encapriché con él, pero de adulta comprendí que no hay manera de que una humana como yo lo alcance.

Un vacío escalofriante me golpeó el pecho. Flye maldijo en mi oído, y creo que eso se tradujo en mi expresión.

—¿Por... qué dices...?

—Porque yo lo seguía, Gyuri, y a los diez años vi que Cyrone se plantaba en esta tumba por horas para conversar.

En esas ocasiones, hundido en la oscuridad, vi que tenía cuernos y orejas puntiagudas.

Pensé que era una mutación, pero al percatarme de que desde entonces no había envejecido ni una pizca, comprendí que no era un ser humano.