Caelum 25 #2
61%

25 #2

—Me corrijo, Gyuri. Necesito saberlo.

Apreté los dientes de la indignación.

—Ya basta, Cyrone. Soy una serafina, me curaré pronto. Me voy a sanar y ya esto no será nada.

—Pero yo no voy a sanar de esto y jamás se volverá nada. ¿Lo entiendes?

Sus palabras nublaron mi pensamiento y olvidé de inmediato lo que iba a decir. Tras un par de segundos me recompuse y dije:

—Se supone que no alimentarías nuestros sentimientos. Tenemos que alejarnos, ¿qué pasó con eso?

—Es lo mismo que me pregunto. No puedo quedarme más tiempo aquí. Pero ¿cómo se supone que sea un serafín y actúe como uno si tengo que...? —murmuró y fue incapaz de acabar con su oración cuando me volvió a ver y sus pupilas se le escaparon hasta mi cuello una vez más.

—Si tienes que qué, Cyrone —espeté, porque yo sí entendía lo que el serafín escondía tras sus palabras. Completé lo que quería decir—: cuidarme, ¿no? ¿Cómo vas a ser un serafín y actuar como uno si tienes que cuidarme? ¿Acaso me he vuelto una carga para ti?

—Si fueras una carga me sería mucho más fácil deshacerme de ti —se quejó masajeando su entrecejo.

Me puse de pie y pasé por su lado, con la vergüenza rebosándome por los poros.

—¡Pues eso no me hace sentir nada mejor! —Desconocí mi propia voz cuando grité, deshecha por la humillación—. ¿Por qué no te largas ya y dejas de preocuparte por este par de marquitas? ¿Por qué no me lo haces más fácil y te alejas de mí? Ya no necesito que seas mi perro faldero.

Al instante en que lo dije quise retractarme y pedirle perdón, pero corté el impulso mordiéndome el labio. No pude verlo a los ojos, de modo que no supe cuál había sido su reacción en ese momento. Lo triste es que lo imaginé al oír su suspiro.

—Como digas, Gyuri. Puedo cumplir la mitad de lo que me pides. Dejaré de seguirte como un perro faldero, pero no puedes pedirme que deje de preocuparme por ti, porque no dejaré de hacerlo.

Cyrone se alejó pasando por mi lado y el hilo de fragancia que dejó a su paso me pilló desprevenida. La ira se hizo cada vez más difusa y difícil de sentir. Respiré profundo y me giré para ver lo que hacía.

La maceta de flores campanillas de Delfina se extendió a los lados, generando nuevos capullos luminosos, ahogando la penumbra que nos rodeaba.

Cyrone arrancó una de ellas de raíz, justo en aquel punto en que la flor brotaba y luego se teñía del color del oro, áureo hasta el último borde, y recordé las reliquias de Catarbella.

El serafín se volvió a acercar, a paso lento, como si estuviera seguro de que yo estallaría si me tocaba y yo estaba segura de que lo haría, pero quizá no de la misma manera en la que él podía estar imaginando.

La pasión estaba a punto de desbordarse por todos mis poros, solo hacía falta que me tocara una vez.

Dejé que me sostuviera la muñeca, y con el tallo enredándose en ella como una pulsera, él la dejó caer.

—Escucha, Gyuri, me iré. No puedo seguir estando.

.. —Se detuvo y cambió el rumbo de sus palabras—.

Esta es como cualquier otra flor, basta con que la rompas para que se muera.

Puedes quitártela con cuidado si no quieres matarla.

Mientras yo esté en el sur, encarnaré esta flor por si tienes algún problema.

Te pido, por favor, que la uses si te sientes amenazada.

Observé la flor, cuyo brote seguía latiendo como un pequeño corazón, mezclándose con mi pulso. Mi orgullo cayó derrotado sobre mis pies, rogándome que le brindara una mano antes de que no pudiera volver a levantarse jamás.

—¿Te volveré a ver?

—Flye sabe dónde queda Riorense, con él podrás llegar donde Faraine y...

—Entonces ¿no te volveré a ver?

Se negó a responder.

Él debió haber notado el vacío y el hueco asqueroso que me absorbió el corazón en ese instante.

—Escucha, mira. Óyeme. Cyrone. Dejaré de sentir esto que siento y entonces podremos seguir este camino juntos. —Al ver como su mirada se apagaba, me desesperé—. No, no, no... Te lo juro que puedo, te lo puedo jurar por Nylena que yo dejaré...

Él detuvo mis labios en cuanto los acarició con sus dedos.

—No jures por Nylena algo que no podrás cumplir.

—No es justo. ¿Acaso tú sí puedes cumplirlo? ¿Puedes marcharte y dejarme atrás? ¿Puedes dejar de quererme?

—No lo sé, pero lo intentaré con todas mis fuerzas.

—Te lo haré muy difícil.

Me acaricié a mí misma con su mano. El tensó su quijada como si le doliera en demasía verme de esa manera.

Pronto di un paso adelante que me dejó a la altura de su cuello.

No avancé más, por miedo a que él retrocediera del miedo.

Con una distancia ínfima separándonos, pude oír los latidos de su corazón.

Alcé mis orejas para oírlo mejor. Con los ojos cerrados bloqueé el resto de los sonidos, y los gritos de los niños del orfanato se esfumaron de mi mente.

Solo existía el exquisito batir de sus latidos expresándome lo nervioso que estaba de tenerme cerca.

La ternura y el goce que me provocó ver al serafín eran imposibles de medir.

De pronto sentía el control en mis manos, pero cuando quise dar otro paso y posar mi oído en su pecho, él se marchó tocándome levemente el hombro con su cuerpo.

El sueño había durado tan poco que por un segundo pensé que había sido un espejismo.

Cuando miré atrás creí que su imagen se desvanecería, probando mi demencia; sin embargo, ahí se encontraba de pie, dándome la espalda.

Sus hombros subían y bajaban ligeramente, como si quisiera controlar el desenfreno que yo aún podía oír.

Cyrone lo sabía a la perfección: los serafines lo escuchamos todo.

Él abrió la puerta de par en par y se oyó el griterío de los niños al fondo del pasillo, enmudeciendo sus latidos. Todo había terminado.

—Adiós, Cyrone —susurré en un tono casi inaudible, pero supe que él lo escucharía en cuanto alcé la muñeca frente a mí y rocé mis labios con los pétalos de la florecita.

El serafín se tensó y con un hambre animal se volteó en mi dirección otra vez, dejando un portazo detrás de él.

Retrocedí un paso cuando vi que ya lo tenía demasiado cerca como para huir.

Él tomó mi rostro con sus manos y el aire que expulsé de la impresión se fundió con su aliento.

La calidez de su cuerpo me cubrió completamente.

Pese a que demoré en cerrar los ojos en un principio, porque no podía creer lo que estaba sucediendo, dejé caer mis párpados y mi cuerpo en sus brazos.

Rodeé su cuello y, en una lucha por obtener más de él, besé su labio inferior, para luego morderlo descargando mis ansias.

No fue un beso tierno ni amoroso, fue desesperado, anhelante, salvaje.

Abrí mi boca para luchar contra él, intentando arrebatarle todo lo que pudiera.

—Lo intenté, te juro que lo intenté —susurró él contra mi boca con un tono aireado, antes de que yo volviera a ahogarme en sus labios.

Solté una pequeña risa en medio del beso, lo cual hizo que él me abrazara con aún más fuerzas, recorriendo mi cintura.

La capucha se deslizó por sus hombros, permitiéndome acariciar su cabello en toda su inmensidad.

Su sabor era exquisito. Cyrone me empujó sin querer contra la encimera de Delfina, sobre la que reposaba la única vela que iluminaba la habitación además de las campanillas.

Me recosté y busqué su rostro en medio de la penumbra.

Cuando lo hallé, abrí mis piernas y las enredé en sus caderas para acercarlo.

Él me sostuvo la cabeza para intensificar el beso y condujo mis manos a los botones de su camisa.

Cuando el fuego se extinguió, la oscuridad se hizo penetrante por un par de segundos, pero las campanillas comenzaron a florecer a un ritmo inquietante.

Los sarmientos crecieron de la pequeña maceta con tanta insistencia que el recipiente cayó y se rompió apenas tocó el suelo.

Las raíces se extendieron enredándose en nuestras piernas, y un par de ellas se coló por debajo de mi vestido.

La sensación era comparable a la vez en que deslicé mis manos por mi cuerpo tras la partida de Cyrone, de modo que cuando liberé un suave gemido brotaron unas luces enceguecedoras a nuestro alrededor, danzando como pequeños faroles con vida propia.

Lo que solo podía apagarse con nuestra muerte o separación se convirtió en lo que algunos hubieran podido definir como el sol mismo, dado que la luz que se expandió a nuestro alrededor era tan exuberante que solo nos quedaba cerrar los ojos para protegernos de ella.

De pronto, la puerta se abrió inesperadamente con un leve rechinar, obligándonos a dejar de besarnos de golpe.

Cuando nos volteamos hacia la entrada, una tierna Aeris que entrecerraba los ojos dada la fatigosa luz que había en la habitación, nos vio encaramados uno sobre el otro. Tan rápido como quien ve un indecible en carne propia, volvió a cerrar la puerta y se alejó con pasos estrepitosos.

Mis luces se esfumaron en el aire, dejando un leve hálito de vapor recorriendo la sala. La realidad nos cayó de lleno.