Caelum 25
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E n el momento en que me observé las marcas talladas en el cuello ante el espejo, y recorrí hasta el último hematoma con el tacto, recién caí en cuenta de que habían transcurrido dos horas desde que el comandante me las había hecho.

Todavía no se borraban; era la primera vez que una herida me perduraba por más de diez minutos, lo que me hacía suponer que había algo extraño en aquel hombre.

¿O era yo? ¿De nuevo me faltaba iridia? No, nada de eso, me sentía bien.

Entonces ¿qué había pasado? Aquel encuentro indeseado, a pesar de la curiosidad que albergaba, me convenció por completo de que debía alejarme de él.

El terror me carcomió las entrañas de tal forma que en ese momento deseé huir de la ciudad para no volver a cruzarme con Xylo nunca más.

En el orfanato tuve que cubrirme más de lo normal y evadir la presencia de los niños.

Los varoncitos ya habían llegado y se habían congregado con las niñas en el centro de la sala, pero yo ya no podría volver a leerles.

Delfina me llevó hacia su habitación y, una vez dentro, me despojó de la capucha.

Su aire maternal me obligó a hacerme pequeña, y el frígido contacto del hielo en mis heridas hizo que me encogiera como un ovillo sobre su cama.

Su lecho era mucho más suave y blando que los del resto.

Su habitación estaba repleta de retratos, la gran mayoría hechos por los mismos niños.

El tono beige de las paredes demostraba la edad avanzada de la casona, dado que parecía que alguna vez habían sido blancas.

El farol de fuego que colgaba desnudo del techo propinaba una luz amarillenta.

Volví a tocar la piel entumecida y noté la zona aún hinchada.

A pesar de tratar de esconder el horror en su mirada con una sonrisa, las manos temblorosas de Delfina la delataban.

Me acurruqué en su mano, porque era inevitable imaginar a mi madre y extrañarla.

Si cerraba los ojos la sentía más cerca, pero el fuerte aroma que desprendía Delfina me traía de vuelta a la realidad.

Su fragancia evocaba notas de leche y panqué, un olor dulce pero robusto, lejos de la delicadeza de una flor.

Una vez más abrí los ojos y pude apreciar su expresión de dolor. Los tonos morados en mi cuello probablemente la hacían fruncir el ceño más de lo que deseaba. De repente, sentí compasión por mí misma.

—Yo no entiendo por qué... —traté de decir, pero Delfina me detuvo chisteando con sosiego.

—No, pequeña torinilla, no te recomiendo que intentes comprender la maldad de los humanos. Te aseguro que pasarás décadas preguntándotelo sin encontrar una respuesta.

Suspiré, porque en el interior pensé que viviría por lo menos —mucho más— un par de décadas. Tal vez milenios. Y temía que ni aun así encontraría una respuesta.

—Xylo me prohibió seguir leyéndoles a los niños —me lamenté—. Era lo único en que podía aportar aquí realmente.

—Te equivocas, dulcecita. —La anciana volvió a poner el hielo en mi cuello y su frigidez se me transmitió de golpe, provocando que me estremeciera—.

No sabes cuánto has iluminado el orfanato con tu sola presencia.

¿Has visto a Cyrone? Él no solía ser tan alegre, de hecho, era extraño verlo sonreír antes de que regresara contigo en brazos.

Los mellizos Scratiria también han cambiado, a Evren se le ve canturreando como un corista de la capilla del nuevo mundo.

Aeris se esfuerza mucho por agradarte, lo que le ha dado una nueva meta en este lugar.

¿Y los niños? Los niños siempre preguntan por ti, Gyuri.

Les enseñaste lo que es imaginar un mundo más allá del que pueden ver y ese regalo es imborrable, por más que ese general de pacotilla te prohíba volver a leerles.

Sus palabras fueron la calidez que necesitaba para dejar de temblar. Le sonreí aun cuando sabía que ello no bastaba para agradecerle, o para dejarle ver lo mucho que me había curado con solo cuidarme como una madre.

Pensé en Aeris y en cómo le agradecería por haber intentado defenderme.

Había actuado con prisa al llevarme en el bote, como si mi vida estuviera en peligro inminente.

La vi secarse las lágrimas de sus mejillas, repletas de rabia y frustración.

Aeris estaba tan preocupada por mí que apenas podía articular palabras sobre lo sucedido.

Sin embargo, también se veía afectada, abrumada por la impotencia que nos había hecho sentir ese maldito comandante en la tienda.

De repente, temí por el señor Crod y su hija, por la librería y su futuro.

Si aquel vil hombre ya había puesto su mirada en ellos, solo era cuestión de tiempo antes de que descargara su ira sobre esa familia.

—Torinilla, ¿por qué no dejas crecer tu cabello? Esos rizos esparcidos en una voluminosa melena rubia se verían preciosos. ¿No lo crees?

Pero negué en silencio. Mientras más me crecía el cabello, más indefensa me sentía; tal vez porque cuando pequeña mi cabello largo había sido el causante de muchos accidentes en Riveria que me arrastraron al borde de la muerte.

Ese trauma no había hecho más que expandirse.

Aunque hasta el momento no me había afectado realmente, ahora sentía la urgencia de cubrir las marcas en mi cuello con algo.

Consideré la idea de envolverme en una bufanda, pero cuando empecé a pensar en cómo conseguirla me di cuenta de que ya era demasiado tarde.

La puerta de Delfina rechinó al abrirse tan solo un ápice, pues la anciana ordenó que nadie entrara. Yo, mucho más que proteger mis heridas temí por mis cuernos, por lo que me cubrí con la almohada flácida que descansaba en mi regazo.

—¡Qué digo yo! ¡Cuando cierro la puerta es para que ningún cabrito entre! —gritó la anciana, pero se detuvo cuando reconoció al visitante.

Debí haber sospechado que ese calor ascendente por mi cuerpo, como una corriente eléctrica, era una señal de su presencia.

Aún estaba molesta con él por su falta de disposición para luchar por lo que sentía.

Aunque creía que no tenía deseos de verlo, me incliné ligeramente para poder apreciar su figura a través de la mampara, ansiosa por captar su expresión, sus ojos y escuchar su voz.

—Delfina, ¿qué está pasando?

—Cyrone, vete por favor... —le pidió Delfina, volviendo a cerrarle la puerta en la cara. El serafín resistió con un poco de fuerza, consiguiendo dejarla entreabierta.

—Delfina, por favor, no me hagas esto —rogó con una voz que yo desconocía hasta ese momento.

El serafín debió haber adoptado una expresión de muerte, lo suficientemente adolorida como para convencer a la anciana de apartarse y permitirle entrar.

—¡Delfina! —grité molesta, pero cuando vi a Cyrone otra vez las palabras se me atoraron en la garganta, en forma de un nudo insoportable.

—Aquí estás. Todos están actuando raro aquí, y Aeris no quiere decirme nada.

Los niños están esperando que aparezcas y me extraña que no.

.. —Comenzó a hablar con una ansiedad palpable, mas se detuvo en cuanto halló las marcas de mi cuello, reparando en ellas con un horror comparable a como si me hubiera encontrado muerta en el lecho de Delfina.

Vi el brillo de sus ojos disipándose, su cuerpo tensándose—. Gyuri. Qué es eso.

Me volteé para que no me viera, pero me arrebató la almohada que sostenía sobre mi cabeza, revelando así toda mi nuca marcada por dedos rodeados de una espesa tinta morada que se extendía bajo mi piel.

—¡No es nada! —aseguré, volviendo a encapucharme.

Su respiración era pesada, tal vez demasiado.

—Todavía no he perdido la cordura del todo, Gyuri, sé que vi algo —espetó con seriedad. Por el rabillo del ojo noté su ensimismamiento. Luego se giró hacia Delfina, no con ira, sino con desesperación, como quien no quiere creer las conclusiones que se había hecho.

—Por supuesto que no fue Delfina —le susurré, tratando de devolverle la vista al frente con mis manos. Mis dedos ardieron al rozar su piel.

Él se mantuvo viendo mis marcas otra vez, con una expresión tan acongojada que parecía que le lastimaran más que a mí.

—Me lo imaginé. Entonces ¿cómo es que las tienes todavía marcadas? Tiene que ser alguien dentro de esta casona; se ven demasiado recientes.

—No fue nadie de la casona, ni de cerca.

Cyrone se arrodilló frente a mí.

—No es cierto, no me mientas... Dime quién fue —su voz se engrosó.

—No te estoy mintiendo.

Cyrone se levantó otra vez, viéndome desde su altura.

Su vulnerabilidad había sido enterrada por un segundo, pues lucía como un verdadero dios lleno de ira.

Por un momento creí que ninguna mentira mía se le escaparía y sentí un terror vigorizante.

Tan contradictorio como las emociones que me provocaba mirarlo.

—Entonces me vas a decir quién fue, y más te vale que no te equivoques al reconocerlo o va a morir un inocente.

Me quedé boquiabierta unos segundos, apreciando su mirada fría, con la certeza de que podía aniquilar el nombre de quien fuera si yo tan solo lo pronunciaba.

—Yo iré... Yo iré afuera a ver a los niños —murmuró Delfina, abandonando la habitación un poco atemorizada. La ancianita sabía quién había sido, y me sentía mal por hacérselo ocultar a Cyrone.

Pero no iba a decírselo. Aunque comprendía que no tenía nada que ganar protegiendo a Xylo, en lo más profundo de mi ser sabía que acabar con la vida de un ciudadano tan influyente en Dregonia tendría repercusiones negativas para Cyrone.

Además, él me había advertido sobre su agresividad, y aun así había decidido enfrentarlo.

El hecho de que sus dedos todavía se me marcaban era evidencia de su poderío. Temía por lo que él podría hacernos.

—No, Cyrone, no te lo voy a decir.

—Por favor. —Suspiró con su aliento cargado de pesar—. Si no quieres que le haga daño a quien sea que te hizo esto, pondré toda mi voluntad para evitar hacérselo —me prometió, volviendo a hincarse frente a mí—. Solo... solo quiero saberlo.

—¡Que no! —Alcé la voz.