Caelum 24 #3
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24 #3

—Solo sé decir cosas típicas como hola, gracias, ayuda... —Mientras Aeris se explicaba, la pequeña Solar dio tres golpecitos rápidos sobre la mesa, lo que llamó la atención de la joven—. ¡Sí, sí! ¡Eso es hola!

—Eso e’ «ayuda» —le corrigió el señor Crod.

Solar soltó una incontenible risita que nos llamó la atención. Era dulce y aguda, como de cualquier niña, pero que a la vez guardaba un toque especial. Me quedé pensativa y toqué tres veces la mesa. Solar me miró sonriente, y el señor Crod respondió por mí.

—¿Necesita ayuda, Gyuricilla?

Meneé la cabeza mientras reíamos todos.

—Entonces ayuda son tres golpecitos cortos. Entiendo, lo voy a anotar —susurró Aeris a mi lado.

—Oh, por to’ lo diose’. Chicuela’, hoy no no’ acompaña ni’uno. Maldito’ indecible’ —masculló el señor Crod, mientras se erguía en su posición para alcanzar una mejor vista hacia la ventana. Se puso de pie, el rostro pálido y la expresión alerta.

Las tres nos volteamos para ver lo que capturaba su atención, y lo que justificaba tantas maldiciones de su parte.

En el momento exacto en que divisamos un bote cuya proa terminaba en punta, y cuando de él descendieron tres sujetos encapuchados, con la silueta oscura y estampados en todo el cuerpo con figuras de dragonartos, Aeris me agarró con fuerza de la muñeca.

Ella, con el aliento contenido, tiró de mí y me obligó a ponerme de pie. Antes de que pudiera siquiera cuestionar por qué me arrastraba con tanta agresividad, al llegar al mostrador me empujó en dirección al suelo para que me agachara.

Cuando intenté quejarme, Aeris puso su dedo índice en mis labios y siseó. Escuché la campanilla de la entrada mecerse y, como si la persona que había entrado tuviera la capacidad de propagar el caos con su mera presencia, de repente el ambiente de la tienda se volvió turbio.

Aeris quitó el dedo de mi boca, sabiendo que me callaría de todas maneras al escuchar aquellas pisadas firmes y aterradoras.

—Comandante, e’ una sorpresa verlo por e’te lar. Cuénteme para qué me encargo. —La voz del señor Crod, que tiritaba al hablar, era la única pista que yo necesitaba para confirmar que aquel era el comandante Xylo—. Treh anvari kase blovi... —susurró el comerciante.

Y ante la indescifrable orden que le murmuró su padre, la pequeña Solar trastabilló por la tienda hasta esfumarse por las cortinas verdes.

—Estoy en busca de una forastera, se dice que le enseña a leer a los niños del orfanato de la vieja Delfina. ¿Será que le suena de algo?

La voz más profunda que jamás había escuchado resonó por toda la sala sin aumentar su volumen.

Al darme cuenta de que se refería a mí, sentí como se me erizaban los pelos bajo la capucha.

La idea de saltar hacia él e interrogarlo para mi investigación se desvaneció debido a lo intimidada que me sentía.

Las advertencias de Cyrone sobre alejarme de él calaron hondo en mi mente, y me di cuenta de cuánta razón tenía.

—No seño’ qué va. Aquí ya lo’ forastero’ no se ven. Na’ de na. Hace tiempo.

Un profuso silencio nos congeló a mí y a Aeris tras el mostrador. Tuve que cubrirme la boca para no soltar un suspiro. Me abstuve hasta de pestañear.

—Escúcheme, señor Boldery Crod. Las faltas graves de los forasteros las pagan mucho, mucho peor los encubridores de ellos.

Porque yo no tolero ni trato con mentirosos.

Piénselo bien antes de darme la misma respuesta, y es que no lo veo en condiciones de aceptar un pase libre al calabozo.

Su hija necesita de comer, pero eso usted ya lo sabe.

¿Me doy a entender? ¿O a un muerto de hambre del oeste debe hablársele más lento?

—Pude adivinar cómo se le formaba una sonrisa al hacerle la última pregunta.

Yo no había sido la amenazada, pero su tono me hizo tragar saliva.

Aeris, que no se atrevía a echar un vistazo, de pronto infló las mejillas y se puso de pie tras el mostrador, quedando al descubierto de todos. Pese a que jalé su falda para detenerla, ya era demasiado tarde.

—Deje a los niños fuera de esto, comandante —espetó con seguridad.

Al verla de pie, firme y sin titubear, decidí seguir su ejemplo y levantarme; dejarme ver. El problema es que temblaba, evidenciando mucho más miedo del que estaba dispuesta a mostrar.

Los ojos fieros de Xylo se posaron sobre mí.

Aunque la capucha cubría la mitad de su rostro, otras características destacaban en su apariencia.

Era corpulento, mucho más grande de lo que recordaba.

Una barba dorada recorría su rostro desde el mentón hasta la patilla y la anchura de su espalda era monstruosa, tan amplia que dudaba que hubiera cabido por la puerta en primer lugar.

—La forastera. ¿No digo yo? Los oestianos tienen tendencia a la mentira —gruñó con una sonrisa, cuyo contraste dio más miedo que si lo hubiera dicho serio.

Aeris miró al señor Crod, y luego se volvió a Xylo.

—Él sabía de lo que era capaz de hacernos usted, señor, solo quería protegernos.

Abrí la boca de la impresión, pues no me creía que Aeris realmente le hubiera dicho eso en la cara. Como imaginé, el comandante avanzó hacia ella, amenazando con aplastarla a cada paso que daba. Un impulso me llevó a ponerme delante de Aeris para interponerme entre ambos.

—Ella so... solo está asustada —balbuceé cuando lo tuve tan cerca que me vi obligada a mirarlo hacia arriba—. Lamento esa falta de respeto y... ahora que me tiene aquí, ¿qué desea de mí?

Al ver su semblante salvaje tan de cerca, la teoría de que ese hombre despiadado se había criado con los dragonartos ya no me parecía tan descabellada como cuando la oí de Polett.

—Gyuri —murmuró Aeris, con una desesperación que estuvo a punto de convencerme de huir.

Los ojos licántropos de Xylo se entrecerraron al verme fingir valentía. Reparé en las marcas de su entrecejo, que evidenciaban su recurrente mal humor. Tuve que ser una tonta al pensar que se podía jugar con el comandante.

—¿Tú eres la genia que les enseña a leer a mis reclutas?

Tal y como debí habérmelo imaginado, su mote de «genia» no era más que un vil sarcasmo para tratarme de estúpida.

Miré de soslayo a Aeris, que negaba repetidas veces con la cabeza.

—Fui yo, sí —reconocí con un leve susurro. Algo me decía que sería peor si le mentía.

Pero cuando di crédito de que me había salvado, aquella bestia de hombre cogió mi cuello con una sola mano, casi rodeándola por completo.

Aeris soltó un quejido agudo cuando lo hizo, expresando el terror que yo sentí al verlo rechinar sus dientes.

Me sentía tan vulnerable y quebradiza como una hoja caída, y comencé a rogarle con la mirada que me soltara, ya que era incapaz de pronunciar una sola palabra.

—Te voy a decir algo que espero que se te quede grabado como mis dedos en tu cuello, maldita puta forastera.

Los del oeste pueden traerse toda clase de libros sin sentido, pero mi gente no puede leer sobre el mundo anterior.

No. Puede — deletreó con claridad, y tuve tanto miedo que asentí para hacerle creer que lo entendía—.

Mi gente no va a contaminar su mente con mierdas del pasado, cosas de indecibles, esos asquerosos y viles animales que la dañan.

No lo van a hacer, porque de lo contrario volveremos a la perdición.

Apretó con más fuerza mi cuello, hundiendo sus dedos en él. No pude evitar gemir del dolor.

—Oh, comandante, por favor, suéltela. Helmek —rogó el señor Crod con voz quebrada.

Pataleé con mis pies que quedaron suspendidos cuando Xylo me levantó un poco más.

Aun cuando hacer oír mi voz era imposible, dadas las circunstancias, modulé mi orden como pude. Era mi último recurso, el poder de mi palabra.

—Suélteme —le ordené, y él amplió las cuencas de los ojos.

Le mantuve la mirada, aunque él se esforzara por aplastar mi voluntad a como diera lugar.

Xylo demoró un poco más de lo que deseé en acatar mi orden, pero finalmente sus dedos se separaron de mi cuello y una vez liberada caí sobre mis rodillas, tosiendo como si se me hubiera atorado algo en la garganta y quisiera expulsarlo.

Aeris corrió a mi lado para sobarme la espalda.

Antes de que pudiera recuperar mi voz para dedicarle unas palabras, el comandante dio media vuelta y caminó en dirección a la salida. Se detuvo a un paso de salir, seguido por sus esbirros, y me declaró la peor amenaza de todas.

—Si me entero de que los niños siguen leyendo, tendré que tomarme la molestia de quemar hasta el último libro que quede en Dregonia. Puede que no te afecte, ¿no, Gyuri? Pues pregúntale las consecuencias de ello a Boldery Crod.

Acaricié la piel acribillada de mi garganta. Apreté los dientes por el dolor que me dejó, la humillación en la que me sumió y por el terror que me sembró con sus últimas palabras.