24 #2
Hacía tiempo que Cyrone no me compartía de su iridia y, sin embargo, me sentía fuerte.
Mis dedos tenían soltura y movilidad, y mis piernas daban pasos incluso más firmes que antes.
Tal vez mis sospechas sobre el comandante mantenían viva la llama de esperanza de reencontrarme con mi familia.
Después de un largo viaje, por fin tenía una pista, y a pesar de haberle prometido a Cyrone que no investigaría a ese hombre, no dejaría de hacerlo.
Cerca de la hora de la pernoctación me descubrí mirando el horizonte de Dregonia, tan acogedor bajo el cobijo del domo de árboles.
La brisa chocó contra mi rostro y pensé en lo bien que me sentía en ese lugar.
Volví a la casona y antes de entrar me detuve a mirar a través del ventanal que daba al salón, conocido también como el «cuarto del arte» por la cantidad de dibujos pegados en las paredes.
Vi a Cyrone levantando a uno de los más pequeños, que gritó y rio al verse en las alturas.
Bajo la caperuza negra, pude notar su sonrisa.
No solo me llenaba jugar con los niños, oír sus ocurrencias y ayudarles a ampliar su mente al leer, sino que también me reconfortaba ver a Cyrone reír tan despreocupado entre todos ellos.
Me sumí en esos pensamientos y comencé a dudar: ¿y si investigar a Xylo no tenía ningún fundamento?
¿Y si solo estaba buscando excusas para quedarme un poco más?
No iba a permitir que la ilusión de una vida junto a Cyrone me apartara de la realidad por la que debía luchar.
Me aferraría con todas mis fuerzas a la esperanza de reencontrarme con mi familia, aunque eso implicara perder nuevamente mi iridia y la capacidad de caminar.
Ellos son mi verdadera iridia, mi única razón para seguir, y ni un poco de placer o felicidad me hará renunciar a ellos , pensé mientras me sumergía una vez más en aquel océano de amor, en las voces pequeñas que me recibían con calidez.
Fue más difícil de lo que imaginé aceptar que la felicidad podía estar en otro lugar, entender que el mundo era vasto y, por eso mismo, perfecto para mí.
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Al día siguiente, después de no encontrar libros nuevos y de lenguaje sencillo para continuar las lecciones de lectura, le sugerí a Aeris que me acompañara a recolectar los insumos de comida y, de paso, visitar la librería de Crod para devolver los ejemplares y obtener algunos con dibujos y relatos infantiles.
Como era de esperarse, aceptó de inmediato.
El señor Crod había instalado una campanilla que tintineaba cada vez que la puerta se abría, y al llegar nos anunció. La pequeña Solar, al escuchar el tintineo, saltó al recibidor para saludarnos junto con Travis, su conejo de peluche.
—¡Pue’ mire! ¡Creí que no volvería a verla jamá’! ¡Gyuricilla! ¡Y ahí e’tá la versión mujer de don Evren Scratiria!
—Ugh, no puedo creer que me llame de esa forma —murmuró Aeris, ante lo que no pude evitar sonreír.
—No se preocupe’ honona, lerek hami. Le aseguro que no se parece en nada a su hermanote.
—Gracias —contestó Aeris, arrastrando una risita encantadora.
Yo me quedé un tanto curiosa al escuchar el idioma extraño que soltó de pronto el señor Crod.
—Por cierto, Gyuricilla, uste’ no me dio ningún apellío.
—Es que no tengo apellido —le expliqué, y él soltó una risotada, como si acabara de escuchar el chiste del siglo.
—¡Entonce’ problema’ familiare’! Corset de hama.
—Ese idioma ¿es Melciano? ¿O acaso...? —preguntó Aeris.
—Justamente lo segundo que iba a decir uste’, ¡dialecto del oe’te de Melcio’! ¡Todo lo que entonce’ se congeló tra’ el diluvio!
Maravillada, lo escuché hablar como si estuviera a punto de revelar un secreto.
—¿El oeste? ¿Se refiere a Riveria? —me atreví a preguntar.
—No, no. Mucho ma’ allá. Riveria e’ el centro de lo que llamamo’ Melcior, pero en el otro hemi’ferio había de to’. Yo vengo de un pueblo mucho má’ lejano, llamao’ Hamá.
Era evidente que había mucho más allá de Riveria, pero escucharlo me hizo sentir diminuta otra vez.
Fue entonces cuando la pequeña Solar dejó su conejo de peluche en manos de su padre, buscó entre los estantes y encontró una enciclopedia gigante que, como pude imaginar, estaba escrita en el dialecto que hablaba Crod.
—Yo nunca aprendí e’te idioma raro. Mi’ padre’ siempre me decía’ que había que preservar nuestro idioma y nuestra raí’ —nos explicó el hombre abriendo el libro de par en par, desglosando un enorme mapa que estaba dibujado a mano, con largos mares que separaban dos enormes pedazos de tierra.
El continente era uno solo, pero la ciudad flotante de Catarbella, ubicada en el centro del océano Riorense, lo dividía visualmente en dos partes. Por esa razón el territorio aparecía separado en el mapa, con cada mitad mostrada en una página diferente.
En el momento en que encontré Dregonia, como un pequeño espacio delimitado en la cartografía, me horroricé al pensar en toda la gente que había muerto tras el Gran Diluvio.
Melcior era enorme, ¡gigantesco! Y ahora no había nadie más allá de Entrita, una porción mínima en comparación con todo lo que quedaba más allá de esa área limítrofe.
Pese al horror de imaginar toda la vida terrestre que fue arruinada y extinguida por aquel suceso, también me invadió una gran curiosidad y emoción por la cantidad de posibilidades que se abrían ante nosotros.
Si yo podía crear el cielo otra vez, eso significaría ampliar el horizonte a niveles impensables.
Habría millones de paisajes por crear en un inmenso lienzo en blanco en el que los serafines seríamos los artistas.
En ese momento, cuando creí que jamás apreciaría mi propia naturaleza, el gozo de la creación, que tal vez estaba inculcado en mí desde el nacimiento, me entusiasmó como pocas cosas lo habían hecho antes.
Aeris se percató de ello, y por alguna razón sospeché que las preguntas insistentes que le hacía al señor Crod acerca del antiguo mundo, se debían a mí.
—¡Cuéntenos más, señor Crod! ¿Usted recuerda cómo era el oeste de Melcior?
—No señorita Aeri’, le recuerdo que yo era un infante cuando mi familia migró aquí.
Di vuelta la página y, aunque no podía leer las letras, los dibujos despertaron mi curiosidad.
Entre ellos encontré una pintura perfectamente detallada de una figura femenina tan hermosa que me dejó sin aliento.
Su cabello largo y oscuro, rizado hasta la cintura, sus pupilas grises y su piel tan blanca como el paisaje riveriano me hipnotizaron; pronto me di cuenta de que era la diosa Nylena, recordándola de uno de los tantos libros ilustrados que tenía en casa.
Solar se subió sobre mi regazo para alcanzar la altura de la mesa y, con el libro a la vista, apuntó hacia la imagen de la diosa Nylena para luego dirigir su dedo hacia Aeris, quien detuvo su palabrería al sentirse aludida.
Aunque la pequeña no pronunció palabra alguna, sus gestos hablaron por ella y, como si fuera un traductor, su padre interpretó el mensaje para nosotras.
—Sí, Solcita, la señorita Aeri’ se parece un montón a la diosa Nylena.
La joven negó avergonzada ante tal comparación.
—¡No! —Se rio con incomodidad—. No es normal que comparen a una simple humana con la diosa Nylena. Por favor.
—No está tan lejos de la realidad, Aeris, tienes facciones muy parecidas —secundé yo, tomándome el análisis muy en serio. Al menos con la imagen que había en el libro, los rostros de ambas calzaban casi a la perfección; solo distaban el color y estilo de cabello.
—Andas muy graciosilla, Gyuri —me respondió con un tono de broma—. Solcita, nunca había escuchado ese apodo tuyo. ¡Solcita! —le dijo a la niña, pellizcando su moflete—. Es hermoso.
—Solar viene de la palabra sol —le dijo el señor Crod—. Ante’ había un sol tan brillante como e’ta niña en el cielo.
—¿Un sol? —pregunté curiosa.
—¿Imagina e’te mi’mo cielo nublao pero, en su lugar, teñío de un profundo azul y con un enorme farol inagotable? E’e fue el cielo con el que nos bendijo el serafín Caelum. Con el sol no exi’tían pesadilla’, ni miedo’. No había oscuridá’.
El padre acarició la coronilla de su hija con tanta dulzura que una insoportable nostalgia me invadió.
Aun así, no pude evitar sonreír. La niña, un tanto avergonzada por ser el centro de atención, pasó las páginas hasta llegar a una sección del libro donde había toda clase de criaturas que yo nunca había visto. Sin embargo, había una excepción.
Solar señaló un nono en la página y luego me apuntó a mí. Todos rieron, menos yo, aunque no pude ocultar la sonrisa que se me formaba.
—Ya me habían dicho que me parecía a ese animal —reconocí con pesar.
—Solcita, es verdad que ambas son tiernas, pero Gyuri es mucho más linda que esa bicha —trató de defenderme Aeris.
Lo cierto era que hacía varios meses que aquel apodo había dejado de ofenderme; más bien, me provocaba una sensación especial. Cuando alguien te nombraba de manera diferente a los demás, se llevaba consigo una parte de ti. Y esa parte de mí, llamada «nono», ya le pertenecía a alguien.
Suspiré profundamente para consolarme.
—Señor Crod, ¿sus padres tuvieron que aprender el idioma Melciano?
—Así e’ Aeri’ Scratiria. Y no se imaginará lo que le’ cohtó. Mavelik Hehn.
—Debe ser aterrador tener que huir a un sitio donde no puedes comunicarte con nadie —opiné, aunque rápidamente el señor Crod se me adelantó.
—¡No e’ tan difícil! Ante’ cuando exi’tían mucho’ idioma’, no’ comunicábamo’ de di’tinta manera’. Por ejemplo, con el sonido de la’ percusione’. Pero u’te’ e’ demasiao alvanika, demasiado joven para entenderlo.
—¡Mi madre me enseñó un poco de ese idioma! Es decir, solo me contó cómo decir algunas palabras —se corrigió Aeris.
—¿Sabe’ decir su nombre en percusione’ señorita Aeri’?
La joven meneó sus dos manos para aclarar que no.