Caelum 24
56%

24

—¡L o estás sosteniendo mal! ¡¿Nunca aprendiste a tomar

una lanza correctamente?!

—No seas injusto —respondí mientras el sudor corría por mi rostro—. ¡Estoy aprendiendo ahora!

Polett se me acercó con grandes zancadas y me miró con el ceño fruncido. Tomó mis manos y las posicionó de la forma más incómoda imaginable sobre la vara de madera.

—Así, Gyuri, así.

Me mantuve en esa postura un largo momento y no relajé los brazos hasta que el niño la aprobó con un asentimiento.

Todo mi esfuerzo se liberó en un suspiro.

«El corazón no puede doler si estás exhausto», decían las novelas que me encerraba a leer en la noche, y por eso decidí perfeccionar mi destreza con la lanza durante varios días seguidos, en las afueras de la casona del orfanato.

Polett estaba dispuesto a ayudarme y yo necesitaba toda la preparación disponible para enfrentar el resto del recorrido sola.

Miré a Pol y me incliné ligeramente para masajearle el entrecejo.

—No te formes arrugas, eres tan solo un niño. —Le sonreí—. Tendrás toda la vida para tenerlas, si te parecen lindas.

—Lindas no, útiles —me corrigió—. El comandante Xylo las tiene bien marcadas, y no tienes idea de lo intimidante que lo hacen ver.

—Delfina también las tiene, y te aseguro que no le quitan ni un poco de ternura.

—Es distinto cuando eres un hombre. —El niño infló el pecho y retrocedió. Me dejé caer al suelo, reposando mis rodillas en el pasto—. Oye, ¿quién te dijo que podíamos descansar? Aún eres pésima con la lanza.

—Solo un descanso. Quiero conversar un momento. —La mirada indignada del pequeño me hizo reír, así que le hice un gesto con las manos para que se calmara—. ¿Te parece si hablamos sobre el comandante Xylo?

Polett se sentó a mi lado con las piernas abiertas y el rostro gacho. Sonreí satisfecha y ladeé la cabeza al verlo. Sabía que no se resistiría a hablar sobre ese tema.

—¿Sabes de dónde proviene ese hombre?

—Pues, dicen que viene del oeste de Melcior, de un lugar muy lejano, así que todo su pasado es un verdadero enigma —comenzó a hablar, pausado y en un tono serio.

Le presté toda mi atención, apoyando el mentón en mi mano—.

Tengo mis teorías. ¿Cómo consiguió atravesar las tempestades y la sequía desde tan lejos y sobrevivir?

—¿Cuál es tu teoría? —pregunté.

—Yo creo que Xylo voló hasta aquí montado en un dragonarto.

—¿Y por qué no habría sido devorado por el dragonarto?

—He ahí la otra parte de mi teoría. El comandante Xylo se crió con dragonartos —asintió el niño, bastante seguro de su conclusión.

—Ah, pues... ¿y por qué los combate en la Guardia? Tiene que matarlos, ¿no? ¿Cómo podría hacer eso si ellos son su familia?

—Mis teorías son limitadas, Gyuri. No tengo idea.

—Puedes descartar esa, pequeño genio —le dije, desordenándole el cabello.

—Mi segunda teoría es que el comandante Xylo es un indecible.

—¿Un indecible, dices? —Me convenía fingir ignorancia para que me explicara.

—Los indecibles son criaturas enviadas por el Empíreo para forzar a los humanos a hacer el mal.

Dicen las leyendas que tienen cuernos en la cabeza y orejas puntiagudas.

De hecho, se dice que el mundo anterior acabó por culpa de ellos.

En fin, ¿te has dado cuenta de que el comandante jamás se quita la capucha?

—Mmh, yo tampoco me la quito. —Me escondí aún más en la capa que tenía puesta—. Yo también uso siempre la capucha y no escondo nada. No creo que el comandante Xylo esté ocultando algo como...

—El comandante Xylo llegó de las afueras a Dregonia y se hizo con el mando de la Guardia y de la ciudadela por completo —me interrumpió Polett—. ¿Cómo iba a lograr eso en tan poco tiempo? ¡Debe estar ocultándonos algo! Algo que a mí me hace falta para hacerme con el cargo de comandante.

Era un poco divertido saber que Polett aspiraba a ocupar ese mando con tan solo nueve años.

—¿Y se te ocurre alguna manera de descubrir lo que oculta? —pregunté temerosa. De pronto, sin contestar a mi pregunta, Polett se puso de pie en estado de alerta.

Me observó desde su posición y guardó silencio. Cuando traté de hablar para preguntarle qué sucedía, me calló con un siseo agresivo y me mostró la palma para indicar que me detuviera. Luego levantó la lanza como pudo y apuntó hacia un arbusto.

—¡Capitán! ¡¿Qué hace usted espiándonos?!

El grito súbito y potente del pequeño me sobresaltó, pero más aún cuando me giré hacia el arbusto y de él salió el serafín con las manos guardadas en los bolsillos. Al enfocar su rostro me volteé hacia el lado contrario, evitando que nuestras miradas se encontraran.

—Vaya, eres muy ágil y despierto, Polett —dijo Cyrone mientras se acercaba.

Escuchar su voz me era difícil, tal vez demasiado.

—De eso nada, usted mismo nos dijo que los guardianes no nos inmiscuimos en los asuntos de otros.

—¿Crees que los voy a dejar solos cuando están practicando con un arma tan peligrosa? Que, por cierto, no imagino de dónde me la robaron.

—N... no cambie el tema —balbuceó Polett, tirando la lanza directo al suelo—. Usted no sigue sus propias reglas. Siempre acecha a Gyuri. Siempre la está observando y está pendiente de lo que dice y hace. No crea que no me doy cuenta.

—Yo no... —trató de decir el serafín, perdiendo por un segundo la compostura antes de recuperarla.

—¡Claro que sí! Yo lo observo, capitán, y cada vez que esta chica dice algo, usted reacciona de algún modo.

Mi pecho se apretó al escucharlo. Los últimos días habían sido difíciles para mí, debido a la indiferencia con la que Cyrone me había tratado desde nuestra última conversación.

Saber que realmente no era así, y que de manera constante me observaba, reconfortaba mi corazón.

Me volteé apenas un poco para mirarlo, y pareció como si mi breve mirada lo atravesara, algo que Polett notó de inmediato.

La expresión del serafín se ensombreció cuando el niño empezó a gritar:

—¡¿Lo ve?! Soy un futuro comandante y un guardián debe ser observador. A mí no se me escapa nada. También he intentado imitar sus pasatiempos para hacerme más fuerte, pero créame que he analizado a Gyuri y todavía no comprendo la fascinación que siente por ella.

—Oh, gracias, Pol —le susurré con una sonrisa avergonzada.

—Bueno, Polett, como tú digas. Ahora vuelve a la casona, Delfina ya está acostando a los niños.

Después de unas cuantas palabras más y la actitud renuente de Polett, el niño decidió cumplir con la orden y regresar al orfanato.

Una vez solos, la compañía de Cyrone y su silencio comenzaron a volverse demasiado pesados para mí, así que me puse de pie, sacudí la tierra de mi capa y me dispuse a marcharme.

—Espera, Gyuri. —Me detuvo cuando di el primer paso—. Escuché lo que dijo Polett.

—Y yo también escuché lo que dijo Polett. —Lo miré con los ojos entrecerrados y él suspiró.

—No me refiero a eso. Es sobre lo que hablaron de Xylo. No quiero que te acerques a él, bajo ninguna circunstancia.

Me giré hacia Cyrone con las cejas alzadas.

—Entonces sí que es un hombre sospechoso —espeté.

—Él es agresivo —replicó—. Te haría sufrir si te atrapa.

—Ese hombre no tiene por qué hacerme daño.

—Lleva mucho tiempo vigilándome; si cree que eres importante para mí, pondrá los ojos en ti.

—Entonces dile que no te importo en lo más mínimo y estaré bien —respondí, dando un paso hacia él.

—Si le digo eso, mi mirada me delatará y sabrá que miento.

Cuando intenté responderle, la voz se me cortó y tuve que llevarme una mano al pecho.

Cyrone dio un paso hacia mí, aparentando desinterés por mantenerse cerca y hacer chocar su respiración contra la mía.

Tragué saliva al darme cuenta de que los latidos de mi corazón resonaban por todo mi cuerpo.

La mera idea me enloquecía: él se preocupaba por mí y quería protegerme, tanto que podía ver la frustración y desesperación reflejadas en su mirada.

—Necesito que estés a salvo, por favor, aléjate de él.

Incluso con su hermosa expresión suplicante a centímetros de mí, no quería abandonar mi interés, especialmente cuando mi instinto indicaba que había algo oculto tras la enigmática figura del comandante de Dregonia.

—Cyrone, hace unos días encontré un libro en la librería de Crod.

Estaba escrito a mano por un grupo de antiguos escribas de Dregonia.

Algunos piensan que Xylo viene de Riveria, mi ciudad natal.

Sé que suena tonto, pero creo que podría estar de alguna manera conectado con mi familia y con el hecho de que hayan estado encerrados en esa ciudad, y. ..

—Gyuri. —Su voz resonó entre dientes mientras sostenía mi rostro con ambas manos, como si quisiera hacerme entrar en razón—. Él no tiene nada que ver con tu familia.

—Pero...

—Confía en mí, por una vez en tu vida. Te lo pido.

Permanecí en silencio, sin querer apartar sus manos cálidas y ásperas de mi rostro. Lo observé, y estoy segura de que mis sentimientos llegaron a él, porque pronto los rechazó y me dejó ir. Carraspeé y me acomodé el cabello que me caía por la frente.

—Está bien, tienes razón, me alejaré de él —contesté mientras Cyrone se volteaba hacia otro lado, ocultando la expresión de su rostro. Solté una risa nerviosa—. Tal vez la sensación de no estar haciendo nada por buscarlos me esté volviendo un poco loca.

—No te preocupes. Partiremos hacia Riorense en tres días. Ya no tendrás que esperar más.

Al decir eso pasó por mi lado, tensando de nuevo mi cuerpo, deteniendo mi corazón que parecía latir solo cuando él lo decidía. ¿Estaba dispuesto a seguir a mi lado?

Me sentía mal por haberle mentido, pero no me arrepentía de haberlo hecho.