Caelum 23 #2
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23 #2

Les expliqué de la forma más simple que ciertas líneas juntas podían formar ideas.

Les resultaba difícil creerlo, debido a que iba en contra de todo lo que conocían; sin embargo, se esforzaban e identificaban qué símbolos eran diferentes de otros.

Una vez que pudieron distinguirlos, comprendieron cómo leer una palabra.

—Flo-reh —leyó en voz alta Jaci, una niña de seis años que tenía ricitos parecidos a los míos, pero castaños.

—¡No! ¡ Floressss ! —exageró Polett para corregirla.

—¡ Floressss ! —imitó Jaci.

Sonreí orgullosa.

—Gato —leyó Glorie cuando fue su turno de leer una de las palabras, y las niñas la miraron como si hubiera hecho magia con su voz.

—¿Cómo hiciste eso? —le preguntó una de ellas.

—¿Cómo hice qué? —respondió.

—¿Cómo descifraste que ahí dice «gato»? —insistió la niña.

—¡Literalmente, Gyuri nos acaba de enseñar cómo! —obvió ella.

Marguet le arrancó el libro de las manos a Glorie y buscó el «gato» escondido en aquella «lista de garabatos».

—Esto es magia pura —intervino Polett—, pero yo dije que quería aprender a leer para descifrar la bitácora del capitán Cyrone.

Negué con la cabeza.

—No vas a entender la letra de Cyrone si no aprendes a leer de libros escritos con letra legible, como este. —Le mostré la novela que me había devuelto Marguet—. Además, este libro es para adultos, es decir, para jóvenes mayores de dieciocho años.

—¡Pero yo ya tengo once! —gritó Jaci.

—¡Y yo seis! —gritó Glorie.

—No me están entendiendo, ¿verdad? —susurré mientras masajeaba mi entrecejo.

—¿La bitácora de Cyrone habla de obscenidades? —Polett preguntó, lo que provocó que las niñas se escandalizaran y yo soltara una risotada.

—Podrías decirlo así, sí.

—Puede ser relevante para combatir. Anda, léelo para nosotros —dijo Polett—. O le diré a Delfina que nos quieres leer un libro para adultos.

—¿Eso tiene sentido siquiera? —le pregunté.

En el instante en que no tenía más ideas para escabullirme, la puerta del orfanato se abrió de golpe y los varones bulliciosos entraron dándose empujones. Todos estaban secos. Suspiré, feliz de haber podido detener la tormenta, y reparé en lo alegre que había sido la tarde enseñándoles a las niñas.

Brodt se acercó curioso y vio a las niñas con la novela en las manos.

—¿Qué hacen?

Busqué a Cyrone con la mirada, sin embargo, no había rastro de él.

—Gyuri nos estaba enseñando a leer.

—¡Tremendo! —gritó el niño—. ¡Yo también quiero aprender a leer! Le escuché algo a un adulto de la Guardia el otro día. ¿Sabían que hay una realidad encerrada en cada libro?

Glorie se lo tomó literal, así que cogió la novela y la miró con desolación.

—Es un lugar muy apretado para vivir, pobrecillos los personajes...

—Chicos, Cyrone ¿dónde está? —los interrumpí y Brodt me prestó atención.

—Ah, el capitán dijo que iba a irse en el bote a algún lugar. Supongo... al islote prohibido —me explicó el niño, susurrando la última parte y cubriéndose la boca.

Le agradecí rápidamente y me puse de pie con el libro rojo en las manos. Salí corriendo de la casona y, al llegar afuera, noté que un bote estaba zarpando en ese preciso instante.

—¡Cyrone! ¡Espera! —grité, pero él ya se había marchado en la nave.

Corrí, tropezando en mi prisa, y me lancé hacia el lago, aferrándome al borde del bote. Cyrone por fin notó mi presencia y se sobresaltó ante mi acción impulsiva. Yo misma no entendía del todo qué estaba haciendo ni por qué, pero la desesperación me impulsaba, tenía que saber la verdad.

Empujé el libro rojo dentro del bote para que, a diferencia de mí, no se empapara.

—¡Gyuri! ¿Qué se supone que haces? —me preguntó el serafín cuando vio que el barco siguió navegando por el impulso involuntario que le di.

Mis pies perdieron contacto con el fondo y me sumergí en el agua hasta llegar a la clavícula, lo que me llevó a patalear desesperadamente. Maldita sea, no sabía nadar. Nunca había querido aprender, mucho menos después de haberme ahogado cuando niña en Riveria.

Cyrone agarró mi mano y me levantó con suavidad para subirme al bote junto a él. Una vez arriba, tosí como una loca producto del sabor amargo que tenía el agua que me había entrado.

Pronto la comezón empezó a intensificarse, y mi piel picaba tanto que perdí completamente la noción del tiempo.

—¡Estás loca por haber hecho eso! Quítate la ropa —me exigió. Yo lo miré horrorizada—. No es... El agua de Dregonia, sin hervir, es tóxica para los humanos. ¿O cómo crees que está el agua después de veinte años con gente tirando basura en ella?

—Pica, oh, cómo pica —me quejé, rascándome el cuerpo. Con la vaga iluminación aprecié que mis poros se abrían y enrojecían.

—Quítate lo que llevas. —El serafín suspiró—. Si no te bañas no va a parar, volvamos al orfanato —dijo Cyrone mientras tomaba los remos. Sin embargo, lo detuve al instante.

—No. Tú y yo tenemos que hablar. Antes de que te niegues, no tiene que ver con mis sentimientos, que tanto te molestan. Se trata de otra cosa —le dije, acercándome tanto que mi proximidad pareció intimidarlo, y mi determinación fue tan evidente que lo hizo encogerse un poco.

—Bien, como digas —afirmó y yo sonreí victoriosa.

—Y date la vuelta, quítate la capa y dámela. Me tengo que vestir con algo seco.

Cyrone se quitó la caperuza y se dio la vuelta para evitar verme mientras me desvestía.

—Eres una rara, por decir lo menos. ¿Quién te dio la autorización de darme órdenes de esa forma tan grosera?

—Yo misma me la he dado. Ayer me hiciste llorar, ¿se te olvidó?

Cyrone permaneció en silencio durante el resto del trayecto. Finalmente, llegamos al desolado islote de entrenamiento donde él podría mostrar su verdadera naturaleza sin preocuparse de que alguien nos descubriera.

—¿Este es el islote prohibido? —le pregunté, cubierta del todo por su capa. El cuerpo seguía picándome de una forma exagerada.

—¿Islote prohibido? —preguntó él.

—Brodt dijo que ibas a ir al islote prohibido.

—Niños —respondió encogiéndose de hombros con las manos guardadas en los bolsillos—. ¿De qué querías hablar, Gyuri?

Agarré el libro del bote y se lo lancé. Él no lo sostuvo, solo chocó con su cuerpo y rebotó en el suelo.

—Tu bitácora, ¿eh? Polett me dijo que tiene tu letra.

Él negó mirando el libro rojo desparramado en el suelo.

—¿Por qué me ocultaste que ese libro era tuyo? ¿Qué se supone que hacías en Riveria cuando lo perdiste allí? ¿Desde cuándo me habías estado espiando?

Cyrone suspiró y extrajo del bolsillo una cajetilla de cigarrillos, la cual le arrebaté furiosa.

—¡Responde!

—Necesito eso —me dijo apuntando la cajetilla—. Esta será una conversación difícil, como varias que he tenido contigo y que parecen nunca terminar.

Lancé la cajetilla contra el libro, y susurré: «levántalo, entonces, no dejes tu bitácora en el suelo tampoco».

—Te sigue picando el cuerpo, ¿verdad? —me preguntó Cyrone, tomando la cajetilla y el libro.

—Cada maldito rincón de mi cuerpo pica. Estoy hinchada en todas partes —reconocí.

—Por eso estás tan insoportable.

Asentí y él sonrió.

—Tienes suerte de que haya llovido tanto la última noche, acompáñame —me dijo, encendiendo el cigarrillo y caminando hacia el lado contrario.

—Eres un desalmado, maldito. ¡Cómo te odio! —grité siguiéndole el paso.

Un enorme bote abandonado, ahora repleto de agua debido a la tormenta, se alzaba ante nosotros.

A diferencia de los tradicionales de madera, este era de metal.

Cyrone encendió una fogata a su alrededor y el agua comenzó a calentarse.

Lo miré con desconfianza, pero cuando finalmente decidí quitarme la capucha y sumergirme en la bañera improvisada, mi piel encontró alivio por fin.

Suspiré de satisfacción mientras el agua alcanzaba mis hombros.

Cyrone permaneció de espaldas todo el tiempo y cuando por fin comprendí el porqué, me ruboricé. Estaba desnuda.

—Me... me voy a cocinar en este bote, ¿no crees?

—Apagaré las llamas antes de que el agua comience a hervir, no te preocupes.

Me sumergí aún más, hasta que el agua alcanzó mi nariz. El vapor comenzó a elevarse, empañando mi visión. Me sentía tranquila, a gusto; podía expresarme sin ser un verdadero dolor de cabeza.

—Lo siento, no quería maltratarte. Fueron la picazón y la rabia. ¿Puedes contarme qué hacías en Riveria? ¿De qué se trata ese libro?

Cyrone dejó salir el humo de su boca y me miró por el rabillo del ojo. Me hundí un poco más en el agua.

—Tengo que recorrer todo Melcior, Gyuri, cada cierto tiempo. Soy el serafín de la tierra, y seguí hasta caer en Riveria. Era una ciudad preciosa, la única que había sobrevivido a las gélidas, por supuesto que me iba a quedar ahí unos días.

—Entonces... fuiste tú... cuando caí del barranco...

—Me sorprendió encontrarte, Gyuri. Cuando falleció Lummina no sabíamos que ella había dejado una querubina escondida, ni que su poder había sido heredado tras su muerte.

Encontrarte fue un respiro. —Cyrone dejó escapar el humo por sus labios—.

Pensaba dejarte vivir tu vida allí, no te iba a arrancar para imponerte ser una serafina.

No te voy a mentir, sentía curiosidad por ti y te espié un par de días, hasta que Neblina te encontró.

Supongo que te habrá encontrado por seguirme el rastro. Lo siento mucho por eso.

—Ese libro... ¿a quién le hablabas?

Cyrone esbozó una sonrisa melancólica dirigida al suelo antes de explicarme.

—La madre de mi hijo. La perdí, y cuando me siento realmente mal solo puedo escribir. Así que todo lo que leíste era mi desahogo. Lamento haberte llenado de todas esas cursilerías. Es solo que... me costó dejar de sufrir su pérdida.

Una pizca de celos brotó en mi pecho mientras mi mirada se perdía en el agua burbujeante.

—¿Todavía la amas? —pregunté, esta vez con un poco más de empatía y menos egoísmo. Cyrone era un hombre de mucha vida pasada, debía respetarlo. ¿A cuántas habría amado en su pasado? Lummina, la humana madre de su hijo, ¿alguien más después de ellas o incluso antes?

Él asintió y se acercó al bote, sentándose en el borde, todavía de espaldas.

—Cuando a quien amas fallece, tu amor se vuelve inmortal, eterno, inagotable.

—Eso suena como algo que hubieras escrito en el libro. —Sonreí.

—Lo leíste mucho, ¿no es así?

—Me lo sé de memoria, Cyrone. De hecho, hay un pasaje que no comprendo. ¿Qué es eso de: Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve ?

Cyrone abrió los ojos de par en par y se cubrió la boca.

—Eso... eso no era sobre... Bueno, Gyuri, es obvio, ¿no? Eres una mujer muy atractiva. Eso lo escribí mientras estaba en Riveria mirándote de lejos.

—¡¿Qué?! —Chapoteé en el agua de la impresión. El calor abarrotó todo mi rostro, y no exactamente por el agua caliente—. ¿O sea que eso sí iba hacia mí?

—Solo soy un joven de... siete siglos, y aún me dejo llevar por los caprichos. Eso no lo he perdido. Bueno, Gyuri, eso sí que es ridículo, ¿no crees?

—Creo que es adorable —murmuré y sonreí.

Él me miró por primera vez y, de repente, lo salpiqué de agua.

—Lo siento, lo siento, lo siento —dijo, cubriéndose el rostro.

Exhalé el aire, conteniendo la vergüenza, y decidí contrarrestar lo que acababa de hacer, venciendo mi baja autoestima.

—No. Está bien, puedes mirarme. Quiero que lo hagas.

—¿No te he dicho ya que no está bien que cualquiera vea tu cuerpo, Gyuri? —me reprendió con tono serio.

—Lo sé —respondí en un susurro dulce—. Sí lo sé.

Cyrone se volteó con reticencia, pero al verme me observó con detención.

En ese instante me di cuenta de que su mirada me recorría por completo.

Podría haberle exigido que cesara, que no siguiera trazando mis contornos difuminados bajo el agua, pero encontraba placer en ver cómo sus pupilas brillaban al intentar enfocar mis curvas y captar el matiz de mi piel.

¿Qué pasaba por su mente en ese momento?

¿Estaría pensando en mí de la misma manera en que mis impulsos humanos lo hacían sobre él?

—Viste varias veces tu libro en mis manos, ¿por qué nunca me dijiste nada? —pregunté.

—Porque estabas enamorada de ese libro, ¿qué querías? ¿Que hiciera que te enamorases de mí como una idiota?

—Cierto, solo una grandísima idiota se enamoraría de ti.

Me callé y traté de aguantarlo lo que más pude. Suspiré profundo y, como si estuviese sollozando, arrastré mis palabras:

—Soy una grandísima idiota.

Él asintió y esbozó una sonrisa que apenas se curvó en la comisura de su labio.

—Yo también lo soy, aún más idiota que tú.

La llovizna nos acarició las cabezas.

—Ya no llores, por favor —me rogó con una congoja que parecía genuina.

Pero me hundí más en el agua y la llovizna se intensificó.

—Te lo he explicado. Sabes por qué los serafines no deben enamorarse, ¿verdad? —Él intentó razonar conmigo, con tacto y dulzura. Negué con la cabeza, mordiéndome el labio para contener mis emociones.

Cyrone se me acercó con su capa extendida y me la ofreció para envolverme apenas me puse de pie.

Acepté su gesto, permitiendo que me arropara con ella, evocando el recuerdo de cuando nos conocimos por primera vez.

Me preguntaba qué podría haber hecho de manera diferente para que cambiase de opinión.

Él me envolvió en un abrazo, y aunque al principio me sentí tensa entre sus brazos, luego me volteé hacia él y se lo devolví.

—Lo siento mucho, nono —le escuché decirme.