Caelum 23
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—¿S erá que te vas a levantar? —Oí el susurro del gato sentado a dos pasos de la cama, observándome fijo mientras yo apoyaba el rostro en la almohada. Al escucharlo, me volteé hacia la pared—. Bah. Los humanos me parecen patéticos, de verdad.

—No te he pedido tu opinión sobre los humanos. Además, ni siquiera soy uno —le respondí.

El gato comenzó a rascar sus garritas en el costado de mi lecho, lo que aturdió todos mis sentidos.

—¡¿Puedes parar de hacer eso, Chuckles?! ¡Me molesta ese sonido y lo sabes! —Me llevé las manos a las orejas, envolviéndolas.

—A ver, cosa, si te molesta que rasque, vete de aquí. Ya se fueron los chicos del orfanato y tienes que levantarte a barrer. Anda, levántate, cosita. ¡A barrer! —canturreó usando su voz deshumanizada y hartante.

Me levanté de la cama de mala gana.

—Te detesto —bufé mientras me borraba parte del rostro con la mano.

Alguien tocó la puertecilla del ático, por lo que el suelo tiritó con el llamado.

—¿Gyuri? ¿Estás enferma? ¿Por qué no te has levantado?

Suspiré al escuchar a Aeris. No estaba enferma; de hecho, dudaba poder enfermarme con esa resistencia y, aunque la pena no había disminuido ni un poco, sabía que dos manos menos para las labores del hogar harían la diferencia, y Delfina no merecía tener que alimentar a otra boca que no contribuía al orfanato.

—Voy enseguida, Aeris —le anuncié.

Cuando regresé a las estancias de la casona, cargué kilos de ropa hacia la lavandería, anoté las instrucciones que Delfina me había dado y las seguí al pie de la letra.

Mientras enjabonaba las prendas hasta que las manchas de tierra finalmente desaparecían, Aeris se acercó y me trajo más vestidos que eran diferentes a los que siempre había visto en las niñas.

Continué con mi tarea, enjabonando la tela y sumergiéndola en el agua.

—Es una fortuna tener estanques de agua con estos ríos naturales.

¿Sabes lo que deben hacer los de otras ciudadelas para conseguir agua?

—Negué con la cabeza, sumida en mis pensamientos—.

Tienen que extraer el agua de los pozos subterráneos.

¿Te das cuenta de lo asqueroso que es eso?

—Aeris me miró, chasqueando la lengua del asco—.

Bueno, no todos tienen que hacer eso. Los de las aldeas de la costa pueden obtener agua del mar y convertirla en dulce, condensándola con fuego.

Es bueno que haya regresado la lluvia, aunque varios aldeanos de esos lugares perderán su trabajo.

Después de un rato, me dirigí a Aeris para preguntarle sobre el nuevo vestuario.

—¿Estos vestidos? Son para la víspera de Cornelius.

Es una fecha importante porque es el cambio de siglo, pero este año será un ruego a la diosa Nylena.

Será una festividad en la que rendiremos tributo a la diosa, con velas, para que nos devuelva el sol, la lluvia, las nubes, las estrellas.

.. «El ruego por el fin de la noche eterna». Para que nos devuelva la luz, pues.

Asentí con comprensión y continué lavando un par de prendas más. Eran brillantes, de tonos azules y oscuros. Tenían una enagua voluminosa debajo, tan amplia que parecía que uno podría perderse dentro de ellas si se adentraba.

—Es mi primer cambio de siglo —celebró Aeris, con los ojos brillantes.

—Naturalmente. —Sonreí con pocas ganas.

No estaba demasiado interesada en ese rito, tampoco pretendía quedarme mucho más tiempo. Lo único que me había mantenido atada a aquel sitio era Cyrone, pero ya me había quedado claro que yo era prescindible para él. Debía buscar a mi familia, aunque tuviera que hacerlo sola. El asunto era ¿cómo?

—Es una época romántica.

Mi corazón resintió esa palabra. La miré confundida, sin comprender por qué un cambio de siglo necesariamente tenía que ser romántico, y justo en mi contexto.

—Escucha, en la víspera del cambio de siglo las parejas de Dregonia se comprometen. No sé si sabes que los bebés son una ofrenda a la diosa Nylena. Queremos repoblar Melcior de humanos antes de que regrese el cielo.

—Ah, ¿sí? — Menudo ritual ridículo , quise decir—. ¿Cómo se comprometen las parejas en la víspera de Cornelius?

—¡Habrá un baile con velas! —me explicó Aeris, entornando los ojos—.

La tradición dicta que si alguien se acerca y apaga la vela que tienes entre las manos, es una confesión de amor —añadió con emoción en su voz—.

Si le permites encenderla de nuevo, con el fuego de su propia vela, estarás correspondiendo a sus sentimientos.

¿Te das cuenta? La luz significa vida. Cuando permites que alguien encienda tu vela, es una propuesta para crear vida juntos.

Mientras Aeris me contaba la tradición y yo luchaba con la imagen de Cyrone sosteniendo una vela, Glorie se acercó con más ropa sucia.

—Gyuri, ¿puedes lavar estos? —Le sonreí, «por supuesto».

—¡Glorie! ¡Ven conmigo! ¡Tengo que mostrarte un dibujo que hice! —le dijo Aeris, llevándose a la pequeña de la mano.

Una vez sola, me arrepentí de haber aceptado lavar más ropa cuando encontré una de las camisas de Cyrone entre ellas.

La tomé en mis manos e hice todo lo posible para no acercarla a mi rostro.

Fallé, el aroma a tierra mojada no hizo más que acongojarme todavía más.

¿De dónde habían nacido esos sentimientos?

¿Por qué era como si mi cuerpo viniera con ellos por defecto?

Había tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre lo que me había contado.

Si alguna vez había tenido un hijo, si había sufrido además la pérdida de la humana que se lo había dado, seguramente la idea de enamorarse de nuevo lo aterraba.

Empatizaba con él, y aún lo quería..., pero no podía forzarlo a quererme de vuelta.

Cuando terminé de extender la última prenda subí al ático en busca de mi libro rojo.

Me sentí avergonzada de haber abandonado al hombre de esas páginas por concentrarme en uno que no me correspondía.

Quizá verlo de nuevo me daría ánimos. Agarré el tomo y bajé para leerlo.

Si me quedaba encerrada en mi habitación, seguramente volvería a hacer llover.

Quizá no lo haré, pero es desesperante sentir que te amaré por el resto de mi vida .

Me tembló la boca y reposé el rostro en mi puño.

—Gyuri, ¿te sientes mejor de tu resfrío?

—preguntó Delfina al verme sentada en el comedor.

No poder derramar lágrimas era conveniente para mí.

Asentí y le di las gracias por la preocupación—.

Me alegro de que estés de pie, para que veas este milagro.

—Delfina apartó las cortinas de la ventana, permitiéndome ver el exterior—.

¿Sabías que no ha parado de llover? Digo, a veces se detiene, pero vuelve sin falta.

¿Crees que esta sea una bendición de la diosa Nylena?

—Por supuesto que sí. —Le ofrecí una sonrisa amarga.

Cuando ella volvió a sus labores, volví a leer.

Mis deseos y sueños superfluos se encogen al oír tu risa, y dan un paso atrás .

Suspiré y llamé la atención de Polett, quien llevaba una mopa en la mano. Pensé que me apuntaría con ella como si fuera una lanza, pero simplemente se acercó, curioso, y se sentó frente a mí en la mesa.

—¿Qué es eso?

—Un libro —le contesté con pocas ganas.

El niño subió la mitad de su cuerpo en el madero de la mesa, con tal de ver bien lo que tenía en mis manos.

—¿Qué son esas cosas? —Apuntó hacia las letras—. ¿Qué tienen de divertido o por qué las miras tanto?

Recordé que Evren me había dicho que en Dregonia estaba prohibido que los niños aprendieran a leer.

—Estas son palabras. Si unes las letras, producen un sonido —le expliqué—. Por ejemplo, la F con la A hacen un FA. —Giré el libro en su dirección y le apunté la sílaba con el dedo. El niño se acarició el mentón mientras la analizaba.

—¡Claro! ¡Esos son los garabatos del capitán Cyrone!

Escuchar su nombre me hizo aflojar el cuerpo, como un ataque eléctrico. Fruncí el entrecejo hacia el niño, sin comprender qué había querido decir.

—¿Garabatos de Cyro... ne?

—Siempre, pero siempre —enfatizó—, espío lo que hacen los altos cargos de la Guardia.

Lo hago porque quiero aprender a imitarlos y un día ser ellos.

Es mi misión en la vida. Bueno, el capitán solía encerrarse hoooras en su habitación a dibujar garabatos en ese.

.. ¿libro? Es bueno saber ahora cómo se llama. —Polett se cruzó de brazos con orgullo.

—Fu... furzacabrón —espeté.

—Interesante palabra, pero ¿qué quiere decir? ¿Es que acaso es un dialecto, o tal vez...?

El niño continuó hablando, pero sus palabras se desvanecieron en un torbellino de confusión en mi mente.

Sin embargo, la revelación me golpeó con la fuerza de un rayo, aunque en retrospectiva debería haber sido evidente para cualquiera.

¡Cyrone estaba en Riveria el día en que nos conocimos!

Cyrone, el enigmático hombre, había estado en mi propia ciudad todo ese tiempo.

Una oleada de asombro me inundó y no pude evitar cubrirme la boca ante la sorpresa.

Un impulso visceral me invadió, instándome a salir corriendo tras él, a exigirle explicaciones.

Pero la razón rápidamente me recordó que él estaba ahora a una distancia inalcanzable del orfanato, en el islote más distante y apartado de la ciudad.

—¡Gyuri! —Polett chasqueó su dedo frente a mi rostro, despertándome—. He tenido una iluminación. Aquí, en este libro rojo, deben estar los secretos del capitán. Aquí debe decir con exactitud todo lo que hizo para ser tan hábil con la lanza. ¡Enséñame a leer!

Permanecí mirándolo durante un largo rato y enseguida supe cómo ocupar el tiempo hasta que Cyrone regresara.

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En una sola tarde, todas las niñas se habían reunido alrededor de mí para leer lo que tenía entre manos: un libro que Aeris le había pedido a Crod.