22 #2
Mal. Eso está mal. Esa no soy yo . No podía evitarlo; tenía más fuerza y vigorosidad de la que mi cuerpo podía aparentar.
Ya me había ocurrido antes. A los cinco años, le había ganado a mi padre en juegos físicos.
También podía cargar a Nym en mis hombros, aunque pesaba casi tanto como yo.
Incluso había empujado a mi madre al suelo una vez, aunque fue de manera accidental.
—Lo haces muy bien —susurró Cyrone mirándome a los ojos, cuando bloqueé su ataque con mi lanza.
Sostuve la vara en su contra con mis delgados brazos temblando a su límite, como si fueran a romperse si Cyrone decidía usar toda su fuerza.
Pero no lo hacía. La forma en la que el serafín me miraba me hacía pensar que no podía hacerlo.
Había algo en sus ojos, un resplandor casi imperceptible que revelaba una chispa de sentimiento.
Quise decirle Tú tampoco eres una criatura inanimada, Cyrone, lo veo en tus ojos cuando me miras , pero el esfuerzo de mantener esa concentración me lo impedía.
Cuando un golpe audaz, rápido y despiadado del serafín se lanzó hacia mí, suprimí mi instinto y lo recibí de lleno en la mandíbula.
El dolor tardó en llegar; no fue hasta que me desplomé en el suelo, sosteniéndome la barbilla, con la piel cálida y palpitante, que noté un sabor salado en mis dientes izquierdos.
Cyrone apartó la vara de inmediato al verme derrotada y se acercó a mí con cierta desesperación, visiblemente lleno de culpa.
—No. Oh, mierda. Lo si... lo siento tanto —tartamudeó susurrante mientras intentaba ver mi rostro, el cual le ocultaba deliberadamente—. ¿Estás bien?
Mis dedos buscaron la lanza en el suelo.
Al encontrarla, retiré la punta de hierro con la misma soltura con la que él lo había hecho.
Con determinación, me giré hacia el serafín y la clavé en la piel de su garganta, aunque sin llegar a cercenarlo.
Él no reaccionó de inmediato; tenía toda su concentración puesta en mi labio sangrante.
Solo unos segundos después se dio cuenta de que lo había derrotado.
—Fin del juego —susurré, y con mi otra mano removí el líquido rojo que me goteaba por el mentón.
Cyrone miró de reojo la daga improvisada.
Abrí la mano y solté el arma, que cayó al suelo con un ruido seco.
—No soy un ser inanimado, Cyrone. Yo soy.
.. —Sacudí la cabeza para ordenar mis pensamientos—.
Siento demasiado y me ahogo. En especial cuando estoy cerca de ti; pienso en ti y apenas puedo hacerlo con claridad.
En esos momentos sé lo que soy. No puedo describirlo, pero sé quién soy cuando se trata de ti.
Así que te equivocas, no soy inanimada, ni solo una serafina, ni la naturaleza sin más.
Me observó con dolor, sin rastro de felicidad en sus iris violetas, opacos y cansados.
—Merezco una respuesta —me las arreglé para romper el silencio.
—¿Responderte qué, Gyuri?
—¿No eres acaso lo mismo que yo? ¿Acaso un ser inanimado se habría preocupado por mí hasta el punto de arriesgar su vida? Porque si esto fuera real, estarías muerto, Cyrone.
Su mirada se suavizó por un instante, pero tan rápido como bajó la guardia, se blindó de nuevo con una frialdad impenetrable.
—No quiero que pierdas tu tiempo hablándome de amor ni de relaciones.
Tus sentimientos son hermosos, puedo notarlo, los aceptaría aunque no los mereciera, porque no te equivocas, también te busco en cualquier lugar al que voy; pero has vivido muy poco para comprender lo peligroso que es para un serafín enamorarse como un ser humano.
Ay, Nylena .
Tragué saliva para aguantar la flecha imaginaria surcando mi corazón, haciéndolo sangrar de amor. Lo que decía parecía ser una confesión.
—¿Por qué? ¿Por qué sería peligroso algo tan lindo como eso que me dices? —intenté controlar mi voz lo que más pude.
—La iridia más débil proviene del amor romántico —me contestó el serafín—. Un día amas, y al siguiente has perdido toda la luz que te llenaba a tope.
Apreté los labios con fuerza.
—O sea que es cierto. Cuando perdiste tu iridia en el pasado, fue por una mujer. —Me quedé observando sus manos vendadas, visión que, en todo caso, ahora me provocaba un vacío enorme en el vientre. ¿Había perdido su iridia al perder a Lummina?
Cyrone se mantuvo en silencio, deslizando su mirada al suelo y luego hacia lo que había detrás de mí. Parecía indeciso, luchando con diferentes pensamientos, hasta que por fin habló.
—No lo entiendes. Yo tuve un hijo, Gyuri.
Pestañeé repetidas veces al mirarlo.
—¿Qué? —susurré, casi sin emitir sonido.
Él se puso de pie y volvió a sacar un cigarrillo más de su bolsillo, como si hubiera pronunciado una cosa irrelevante.
—Pero los serafines no... no pueden. —Me trabé en mis palabras y masajeé mi frente. Céntrate, Gyuri . Me recompuse como pude—. Los varones no pueden dar nacimiento a querubines.
—Un hijo, Gyuri, no un querubín. Un hijo engendrado. Tenemos cuerpos humanos, podemos aparearnos con humanos, ¿o lo dudas? Pues, tuve un hijo. Lo tuve y él murió.
Negué con la cabeza como una estúpida.
—Esa es la verdad, así que el asunto es este.
Soy un serafín y mi misión es impersonal.
Soy la tierra, el proveedor, la vida de Melcior; los pulmones, el corazón.
Una vez perdí el rumbo y el mundo... la gente, los animales.
.. ¿sabes lo que ocurrió con ellos? —Cyrone volvió a mostrarme su mano, la piel ennegrecida bajo las uñas—.
El mundo casi se volvió negro, ¿o cómo crees que es el mundo sin mis plantas? ¿Crees que puedes ver algo sin ellas?
—Oye... —traté de decirle.
—Así que ríndete ante la idea.
—Me lo dijiste en mi habitación. Me dijiste que... —Sacudí la cabeza, tratando de calmar mi respiración agitada—. Me dijiste que el amor, la iridia y los impulsos carnales son una necesidad y un medio para que exista el mundo.
—Pero he encontrado el amor, Gyuri. En una familia, en seres que debo cuidar. No te necesito.
Fruncí el ceño y me puse de pie, adolorida aún por el golpe, aunque la herida ya había sanado.
—Genial. Yo tampoco te necesito a ti, yo también tengo una familia —le grité, aunque el pecho me dolía al hacerlo. ¿ La tengo, todavía ?
—Pues, bien.
La voz ronca que usó al aspirar el cigarrillo por quinta o sexta vez me hizo preguntarme si de verdad no le importaba ignorar lo que sentíamos, o si la hierba que quemaba y consumía le daba fuerzas para fingir que no.
No debía importarme. Tenía que adueñarme de ese instinto inanimado y dejar de sentir.
Apreté el puño, experimentando el dolor al clavar las uñas en mi piel.
Di media vuelta, tomé una profunda bocanada de aire y empecé a caminar.
Cuando pensé que había logrado dominar mis emociones, uno de los niños del orfanato salió al patio trasero y señaló hacia arriba, apuntando al domo de madera.
—¡Se los dije! ¡Está lloviendo! ¡Miren el techo de Dregonia!
—No puede ser —manifestó Delfina, que salió después.
—¡¿Es una lluvia?! ¿Como la de las canciones?
—¡La diosa Nylena ha oído nuestras súplicas!
—Idiota, es Caelum quien hace llover, ¡el serafín del cielo! —Las voces de los niños se entremezclaban.
Aprecié cómo el agua se filtraba por los intersticios de los troncos.
El sonido era la principal señal de su presencia; las gotas chapoteaban ruidosamente y se deslizaban hacia el interior de la ciudadela.
Los niños salieron de la casa, temerosos de empaparse.
Jamás habían visto la lluvia; solo les habían hablado de ella con palabras tan extraordinarias que les parecía una ficción.
Verla, sentirla y comprobar su existencia los dejó boquiabiertos.
Me apreté el pecho, reconociendo mi fortuna al saber que nadie más podía discernir que eran mis emociones las que caían en forma de tormenta.
Nadie, excepto él. Cuando volví a mirarlo, lo vi pisar su cigarrillo con indiferencia y marcharse como si nada.
No dirigió ni una mirada hacia mí, pasó a mi lado con altanera frialdad y desapareció por la puerta de la casona.
A pesar de que era la hora de la pernoctación, varios pueblerinos salieron de sus casas para presenciar el evento. Algunos, incluso, sacaron recipientes para juntar el agua o bailar bajo ella.
No podía culpar a los dregonenses por celebrar mi tristeza, ya que no comprendían su verdadero significado.
Corrí de vuelta a la casa y, evadiendo las preguntas de los niños, me escabullí hasta el segundo piso para llegar al ático, mi habitación. Me acurruqué en mi lecho, sumida en mis pensamientos. Incluso cuando me dormí, la lluvia no cesó.