Caelum 22
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H abía leído la abrumadora mayoría de las entradas disponibles del libro de los escribas; sin embargo, no había conseguido más información sobre Xylo.

Parecía que lo leído esa misma tarde era prácticamente todo lo recopilado sobre él.

Además, esos registros eran los últimos que se habían escrito en el tomo, lo que reforzaba mi teoría de que el mismo comandante había confiscado el libro al enterarse de que se escribía sobre él.

Era frustrante pensarlo de esa manera, pero también confirmaba que ese hombre, intimidante y enorme, era más sospechoso de lo que podía haber imaginado.

Para calmarme, consideré la posibilidad de que estuviera alimentando mi ansiedad inventando problemas y enemigos inexistentes.

¿Qué podía tener que ver él con mi familia?

Convenciéndome de que preocuparme por esas posibilidades era infructuoso, opté por abrir el enorme ejemplar de no ficción que traje conmigo.

Lo que había sucedido con Cyrone no había abandonado mi mente en ningún momento del día. Su indescriptible expresión al acomodarse sobre mi cuerpo y el insondable placer que experimenté después de que me dejó sola, necesitaban una explicación.

Así fue como me sumergí en el bendito libro de anatomía, donde se explicaba de manera gráfica lo que tanto me intrigaba.

Al entender mejor las urgencias que mi instinto humano despertaba, pronto empecé a maldecir al Empíreo por habernos diseñado con esas necesidades que, al final, carecían de propósito.

¿Por qué anhelábamos ese tipo de intimidad si los serafines no podíamos tener hijos? Era absurdo.

Chuckles, el gato más oportuno, despertó justo después de que cerré el libro. Me encontró cabizbaja, con un calor extremo subiendo por mis mejillas. Exploté en un grito agudo y pataleé sobre mi cama.

—Y tú, cosa, ¿te averiaste?

Ignoré lo que me preguntaba el animal y volví a gritar.

—No puede ser, esto tiene que ser ficción. No puede ser que dos seres se unan de esta manera. Es... es demasiado...

—¿Y de qué diablos hablas?

—¡De hacer bebés! —exclamé—. ¿Por qué mis padres nunca me hablaron de esto? ¿Por qué no me advirtieron que esto sucede en el mundo de Melcior?

—Porque tendrían que admitir que tuvieron relaciones sexuales para tenerte a ti. Es un tabú para los humanos, porque son estúpidos. Prefieren ocultar algo tan vital como la preservación de la especie, que es la única razón por la que existen y viven.

—¡Por supuesto que lo esconden! ¿Sabes lo que tienen que hacer los humanos para lograr eso? —grité contra la almohada, sintiéndome tan avergonzada como si el tema se tratara de mí.

—Lo hacen también los gatos domésticos, incluso los insectos —respondió como si fuera lo más obvio.

—¿Tú también, Chuckles?

—¡Hay preguntas que no se supone que hagas, cosa estúpida!

—No soy una cosa —le espeté, intentando calmar mi respiración.

—Si no eres humana, ya ni sé cómo llamarte. Oh, no me mires así, si quieres que te llame «serafina», mejor empieza por llamarme «emperador». A ambos nos gustaría ser así de importantes, ¿no crees?

El suelo tembló bajo el toque en la puerta del ático. Cuando la compuerta se abrió lentamente y vi una cabeza encapuchada asomarse, quedé paralizada. Lancé el libro lejos de mí, en un gesto de pánico absoluto.

—¿Ese era el libro rojo? —preguntó Cyrone tras una pausa, mientras se quitaba la capucha y observaba cómo el tomo se había mezclado con los trastos del rincón del ático.

—Sí —mentí, deseando disuadir su curiosidad por ir a mirarlo.

—Justo hablábamos del apareamiento —escupió Chuckles, sin piedad alguna—. Tú, Cyrone, eres una cosa muy parecida a ella. Podrás explicarle mejor sobre el tema que un gato doméstico.

—¡Ay, cállate, bola estúpida! —le grité, mientras la risa atractiva del serafín resonaba en mi corazón.

—Ah, Chuck, la verdad es que vengo a buscar a Gyuri por otros motivos.

Miré a Cyrone con asombro. Recordé lo enfermo que había estado antes de partir hacia la Guardia y sentí angustia. Sin querer abrumarlo con las miles de preguntas que se me atascaban en la garganta, esperé a escuchar lo que diría a continuación. ¿Otros motivos? ¿Cuáles?

—Baja con ropa ligera. Vas a cumplir la orden que te di ayer —me dijo con determinación.

Acompañé al «capitán» por la puerta trasera hasta llegar a las orillas del islote, donde encendió un cigarrillo y permaneció en silencio por un rato.

El nerviosismo me invadió al divisar un par de lanzas clavadas en la tierra, esperando por mí.

Él parecía estar hablando en serio; me entrenaría.

Me enseñaría a hacer algo que nunca hubiera deseado aprender.

Suspiré mirando al hondo río que serpenteaba a través de la ciudadela y me dirigí hacia él.

—Estaba muy preocupada por ti. Esta mañana te veías muy enfermo.

Cyrone tomó una fuerte aspirada del cigarrillo y sopló el humo.

—Sí, lo estaba, y ahora estoy bien, ¿ves?

—Dime, ¿qué te pasó? ¿Qué fue lo que te sentó mal? ¿Fue algo de lo que conversé con Aeris?

Desvió la mirada y se quedó en silencio. El corazón me latía con fuerza en el pecho.

Cuando pensé que por fin me respondería, apagó el cigarrillo con el pie, pasó por mi lado en un misterioso silencio y tomó las lanzas, desenterrándolas. Alargó la mano para ofrecerme una de las dos. Cruzando los brazos, observé el arma con incredulidad.

—¿Crees que estoy posando para ti? Toma la lanza, mujer.

—Cyrone. Es una manera absurda de evadir todos los temas que tenemos que hablar...

—Sabes lo que son las lanzas del Empíreo —se adelantó con una pregunta formulada como afirmación. Asentí con obviedad—. Si regresamos a Catarbella tendremos a nuestra disposición las lanzas para deshacernos de Nylena.

—Espera, ¿quieres que derrotemos a Nylena?

Derrocar al actual dios significaba también poner fin al mundo en el que vivíamos. A Melcior.

—Lo último que quiero es derrotar a Nylena y luego tener que intentar matarte a ti o a Faraine por el siguiente puesto de dios.

—¿Entonces?

Él avanzó hacia mí, ambas lanzas apuntándome, lo que me intimidó y me hizo retroceder.

—Hay hechos inevitables. Si llega el momento en que nos enfrentemos a Nylena, necesitarás saber defenderte.

—¿De qué?, ¿de quién?

—Catarbella está llena de ángeles: menores, de jerarquía inferior, arcángeles, ángeles, principados y virtudes.

Ellos podrían hacernos daño a los cuatro si quisieran, pero no lo hacen debido a las reglas de la jerarquía.

Somos más importantes que ellos y nos rinden respeto, no por el nombre de serafín.

Ni siquiera porque creamos la naturaleza.

Me quedé pensativa por un momento, pero ninguna suposición logró convencerme.

—Somos superiores porque existimos incluso tras la muerte de la diosa Nylena —me explicó por fin.

—¿Ellos no existen sin la diosa Nylena? Mierda. Entonces si tratamos de atacarla... ellos la defenderán como un jodido ejército.

Cyrone ladeó la cabeza y volvió a entregarme la lanza.

—Centenares de seres celestiales tratarán de cortarte el cuello. No les importará si te mueres; tu trono tomará tu lugar.

Sostuve la vara de la lanza, pero cuando Cyrone retiró su mano el peso del arma venció mi cuerpo y dejé caer la punta al suelo.

Lo miré con desesperación.

—Entonces ya me morí.

—No. Aprenderás a usar las lanzas. Si hasta Faraine pudo aprender, tú también podrás.

—¿Sabe tu hermana que la tienes en tan baja estima?

Observé cómo Cyrone retiraba la punta de la lanza con facilidad y la lanzaba entre los arbustos. Ahora solo tenía un palo en las manos.

—No planeo cortarte, Gyuri. Tú puedes usar la lanza completa y yo te atacaré con la vara.

—Estoy segura de que todo el peso de la lanza no está en la punta. Si me golpeas con la vara, quedaré inconsciente.

—Entonces no te dejes golpear, serafina.

—Tengo asuntos de los que hablar contigo, Cyrone —insistí, viendo cómo se acercaba amenazante hacia mí.

—Hablaremos cuando me demuestres que no has atrofiado tu instinto poderoso del todo y puedes defenderte a ti misma. Es lo único que me importa ahora mismo.

La destreza con la que giró la vara la hizo desaparecer ante mis ojos.

Cuando dio un paso hacia mí, tiré de mi lanza con fuerza, luchando por sacarla de la tierra.

Al lograrlo, el peso del arma me hizo tambalear hacia un lado.

Cyrone aprovechó mi desorientación para lanzarse hacia mí; como si alguien me hubiera jalado para apartarme, el hierro de su vara me rozó apenas al momento en que me agaché para evadirla.

Sin darme tiempo para levantar mi lanza o recuperar el aliento, volvió a blandir la vara hacia mí, cortando el aire cerca de mi cabeza cuando volví a esquivarla.

Su velocidad formidable aceleró mi pulso y me dejó temblando cuando al fin se detuvo, preparándose para otro ataque.

—No temes dañarme, ¿verdad? —le pregunté jadeante.

—Porque naciste con el instinto de una criatura inanimada, Gyuri. Eres una serafina, y esa parte de ti actúa sin que lo pienses. No tengo miedo de dañarte porque no es tan fácil. No eres tan frágil como tú crees.

Sin darme tiempo para procesar la información, evadí otra vez el furtivo golpe de la vara de Cyrone.

La corriente de aire que dejó su movimiento me acarició la mejilla.

Consciente de mi cuerpo, me movía con soltura y elasticidad.

Sonreí cuando intentó golpearme con el revés del arma y lo recibí con la mano.

El frío del hierro rozando mi piel causó fricción y, aunque el golpe en mi palma dolió, me sentí satisfecha de detenerlo.

Instinto de criatura inanimada. ¿Eh ? En ese fugaz momento, luchando contra Cyrone, me había convertido en un ángel que no siente, no llora, no sufre, no ama. Levanté el arma, a pesar de su peso, sumergiéndome en ese estado de inconsciencia y adrenalina, y la alcé por encima de mi cabeza.