21 #2
—¡Evren! ¡Mira esto! ¡Este libro es de botánica, pero enseña sobre las diferentes hierbas con una historia!
—le mostré las plantas ilustradas al chico, sorprendido porque mi «enojo» hacia él se había esfumado—.
El protagonista es un hombre mayor. Por Nylena, jamás había estado en la mente de un anciano.
¿Puedes creer que esto es del siglo de Leónidas?
¡Así de antiguo! Y ahora que casi estamos terminando Milersar.
¿Te imaginas lo diferentes que eran las plantas hace unos siglos?
El joven se agachó a mi lado, esbozando una sonrisa.
—Suena interesante, lo leería si supiera cómo hacerlo.
—¿Qué? ¿No sabes leer? —le pregunté asustada, como si fuera lo más terrible del mundo. Él asintió un tanto avergonzado—. Pero ¿por qué no?
—Los chicos en Dregonia tenemos prohibido aprender a leer. Tras el Gran Diluvio se ha querido emancipar a los hombres del pensamiento de nuestros ascendientes, para que el hecho tan terrible que ocurrió no se repita.
Lo miré sin comprender del todo la razón; el hecho de que optaran por dejar a la población de Dregonia sin educación me parecía aberrante, independientemente de cuál fuera el motivo. Antes de comentárselo, mi atención fue captada por alguien más.
—¡Señorita Gyuri! ¡Mire, un libro de ranas y princesas! —escuché la voz aguda de Flye, abrí los ojos sorprendida y me levanté de inmediato, olvidando la conversación que mantenía con Evren.
Me deslicé entre las estanterías hasta que divisé al anfibio posado sobre un libro que yacía en el suelo. Con emoción, me acerqué y levanté el tomo.
—¿Ranas y princesas? No creí que esta combinación fuera posible.
—Ranas que se convierten en príncipes encantadores con un beso. ¿Cree que sea una teoría científica o pura ficción?
Reí en voz alta cuando, de pronto, mi atención se desvió hacia el fondo del pasillo, donde un libro de lomo gris descansaba en un pedestal, iluminado por el ámbar de las hojas del árbol exterior.
Me alejé de Flye, que seguía absorto en el libro de las ranas, sintiéndose el verdadero protagonista de la historia.
Con pasos curiosos me acerqué para poder leer la etiqueta escrita a mano.
La historia de Dregonia. Gremio de los escribas de Dregonia .
Impulsada por la curiosidad que me provocó ese título, tomé el libro por la cubierta y lo puse sobre la mesa.
Las páginas, escritas a mano con tinta, estaban llenas de información en diversas tipografías .
El gremio de los escribas . Me preguntaba dónde se organizaban y cómo el libro había terminado en manos del señor Crod.
La mayoría de las entradas trataban sobre las actividades comerciales de Dregonia, los ingresos y salidas de los distintos torineros, y las bajas humanas por ataques de dragonartos.
Otras se centraban en la reconstrucción de la ciudad tras el Diluvio y las teorías sobre el origen del domo de Dregonia, entre otros temas.
Abrí una página en particular.
En el año 92 de Milersar, Xylo Cortrese fue investido como el nuevo comandante de la Guardia de Dregonia .
Me detuve en esa entrada y divagué entre sus líneas.
Las políticas del comandante apuntan a privar a la población de la lectura y la escritura .
Eso concordaba con lo que Evren me había contado.
El comandante es un hombre de treinta y dos años, proveniente del oeste de Melcior, tal vez de la población caída de Riveria o más allá .
Abrí los ojos de golpe. El recuerdo de la mirada de Xylo sobre mí resurgió con intensidad, golpeándome con fuerza. Aún más inquietante fue la vaga información que los escribas habían dejado plasmada a continuación:
Algunos lo han visto recopilar información de las personas inmunes al poder de los indecibles, como los de cabeza roja .
¿Cabeza roja? ¿Como la de Nym? ¿Como la de mis padres?
Me temblaban las manos al leer la nota. Quizá Dregonia, ese lugar al que solo íbamos a pasar para descansar, tenía más pistas sobre el paradero de mi familia de lo que jamás hubiera imaginado.
—¡Aquí estás! —gritó Aeris de pronto a un costado, asomándose tras la estantería—. ¿Te ha llamado la atención ese tomo? Vaya...
—¡Aeris! —grité cuando me volteé hacia ella. Por cómo me miró, se debió haber percatado de mi arranque de nerviosismo. Decidí disimularlo un poco más—. ¿Cre...? ¿Crees que pueda llevarme este libro a casa?
Ella sonrió con familiaridad.
—¡Puedes contar con ello! Puedes llevarte todos los libros que quieras, siempre y cuando los vuelvas a traer, claro. —Se encogió de hombros.
—¿No crees que será una molestia para el señor Crod?
—Bah, por supuesto que no. El señor Crod es un excelente hombre y es un placer para él tener a alguien que se interese por sus libros. Él se ha encargado de guardar los tomos abandonados tras el diluvio. Yo sabía que te gustaban, por lo que me alcanzó a contar Cyrone.
—¿El señor Crod vive en este paraíso? —le pregunté, ardiente de envidia.
—Así es. Siempre lo venimos a visitar para jugar con la pequeña Solar.
—¿Pequeña... Solar?
Aeris se apartó y me permitió ver a una tímida niña de unos cinco años de edad que me observaba con temor desde un rincón, oculta tras el mobiliario y agarrando un conejito de felpa en uno de sus brazos.
Me agaché y extendí la mano para saludarla, pero eso la asustó y provocó que se volviera a esconder.
—Solar es la hija del señor Crod. Ambos están solos, y el señor Crod no vende mucho, pues poca gente en Dregonia sabe leer, así que les traemos lo que nos sobra del orfanato.
La pequeña Solar es fanática de los juegos de mesa.
¿No es así, Solarcita? —le gritó Aeris, pero la niña no volvió a asomarse.
—¿Qué es un juego de mesa? —pregunté, y en respuesta la niña apareció tímidamente sosteniendo una caja entre sus manos.
La pequeña nos mostró una pieza de su tremenda colección.
Desempolvó la cubierta de la caja y leí Nyron, el fin del mundo .
Solar era diferente al resto de los niños del orfanato; apenas decía palabras, y casi toda su comunicación se basaba en gestos faciales y pequeñas sonrisas tímidas.
Aun así, los gemelos parecían conocerla bastante bien.
Solar nos invitó a jugar a los tres. Nos sentamos en el centro de una mesa en la casa del señor Crod, y él repartió las piezas del juego. Entre ellas, había extrañas figuras vestidas con túnicas blancas y alas que iban desde las pantorrillas hasta la cabeza.
—Solar será Caelum —anunció Evren, cuando yo estaba a punto de elegir una de las piezas del juego. Le entrecerré los ojos, deteniéndome en la revelación de que los personajes del juego eran nada más ni nada menos que los cuatro serafines de la naturaleza.
—Entonce’ yo voy a ser el Córtex —anunció el señor Crod, apartando su figura—. Es el serafín más poderoso de lo’ cuatro.
No pude evitar esbozar una sonrisa.
—Espera, no me dejes a... —Cuando empecé a decirlo, Aeris ya había escogido la última pieza, dejándome la que menos quería.
Era Aestus, para mi infortunio, la serafina del aire. Vi derrotada cómo Aeris colocaba su Hilaris, la serafina del mar, en el principio del tablero.
El juego resultó ser más difícil de comprender de lo que esperaba, y me dejé llevar turno tras turno hasta que comencé a entender la lógica del Nyron. Puse tanto empeño que logré derribar la figura del Señor Crod, quien, debido a su avanzada edad, no pudo seguir nuestro ritmo en las estrategias.
Más tarde caí en cuenta de que había vencido a Córtex con Aestus, y una extraña sensación de dolor me invadió las entrañas.
Recordé el juramento que Neblina obligó a Cyrone a hacer, y la inminente guerra de los serafines me abofeteó como una realidad implacable.
Consumida por ese sentimiento, pronto perdí en las siguientes jugadas.
Aeris me lanzó un par de miradas curiosas, pero se esforzó por llevar a Solar al máximo de sus capacidades en el Nyron, quien al final logró vencer.
En el momento en que Caelum derrotó a Hilaris, Solar se levantó de la mesa y gritó de felicidad.
Era la primera vez en toda la tarde que había escuchado su voz. Me acerqué a ella para felicitarla, por ser la siguiente diosa, por ganar... A pesar de que Aeris la había dejado, por conclusiones más que obvias.
Ese día llevé varios libros además del de los escribas.
Aproveché para guardar en mi bolsa los clásicos que el librero me había recomendado, uno sobre las ranas que Flye me había rogado que llevara y, finalmente, un enorme ejemplar pesado que no era de ficción, pero que me había sido imposible abandonar cuando al abrirlo de par en par, escondida en un pasillo como si fuera algo prohibido, el libro se deslizó de mis manos y se desbarató en el suelo dejando al descubierto un dibujo poco pudoroso.
Su título rezaba: El cuerpo humano y la reproducción .
Pese a que lo solté como si fuera a contagiarme de las marañas de Hugaría, luego lo volví a recoger temblorosa, curiosa y un poco emocionada.
Por supuesto que sabía la teoría de los embarazos, pero mi madre nunca me había explicado aquel ejercicio.
Las pocas veces en que saqué aquel tema a colación en mi adolescencia me hicieron ganar una reprimenda y la repetida frase de «ya lo averiguarás cuando te cases, antes de eso no necesitas saber nada».
El señor Crod nos llevó al bote y se despidió de nosotros bajo la luz del invernadero que había montado en las afueras de la librería. Le pidió a Solar que nos dijera algo para despedirnos, pero ella, igual de muda y tímida que siempre, se ocultó con ternura tras las piernas de su padre.
Mientras regresábamos al orfanato navegando en el bote, Evren y Aeris charlaban animadamente y yo permanecía sumida en mis pensamientos. La partida de Flye de vuelta con las ranas de Dregonia me dejó por completo aislada en ese momento, sin tener con quién compartir mis inquietudes.
Después de expresar mi profundo agradecimiento a los hermanos por el día maravilloso, descendí rápido y entré en la casona.
Recorrí los pasillos que había aprendido de memoria y me adelanté a subir por la escalera que pendía del techo para llegar al ático.
Estaba ansiosa por leer mis nuevos compañeros llenos de letras y preciada información, en especial aquel que podría arrojar luz sobre el misterioso Xylo Coltrese.
Al lanzar mi bolsa de libros sobre la cama, un grito de animal resonó a través de las paredes del orfanato. Chuckles saltó como nunca y quedó erguido sobre sus patas al aterrizar con la cola tiesa y erizada.
—Serás exagerado —le murmuré al gato, para buscar el libro de los escribas.
—¡¿Exagerado?! ¡Acabas de lanzarme ladrillos a la cabeza mientras dormía!
—Son libros —lo corregí—. Y, por cierto, ¿qué haces en mi habitación?
—Te recuerdo que soy yo el que realmente vive aquí. Tú tienes este lugar prestado. ¿Y qué hago aquí? Pues, mientras menos gente y más alto sea el lugar, mejor.
Chuckles se enroscó en mi cama, ocupando gran parte del espacio para vengarse, y yo, con poco ánimo de pelear, me recosté en el pequeño hueco libre para leer.