Caelum 21
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A gazapada en el barco, me colgué del borde para estirar mi mano hacia el agua.

Tracé el camino en el que íbamos, dejando una marca en el río que desaparecía al instante.

Me recosté en la madera y observé hacia atrás, apreciando cómo aquel templo al que habíamos ido se iba consumiendo en la oscuridad.

La pesada mirada de Xylo aún me perseguía.

Esperaba pasar desapercibida ante los altos mandos de Dregonia, pero era probable que él ya hubiese descubierto que era una intrusa y se preguntaba sobre mi origen.

Sin embargo, la inquietante sensación interna de que, en realidad, él sabía exactamente de dónde venía y quién era yo, me abrumaba.

—Veo que quedaste afectada con la ida al templo —dijo Aeris al verme desplomada en el bote.

Sin voltearme, le respondí en un suspiro pesado.

—No te culpo, el culto es un lugar deprimente.

Esos malditos imbéciles que dañaron a esa niña.

.. Pero hay seres humanos muy buenos, Gyuri, no pierdas la esperanza todavía —respondió, meciendo los remos de atrás hacia delante—.

Por ejemplo, la señora Delfina me enseñó a cuidar de los demás.

Ella no tenía por qué adoptar a todos esos niños.

También, cuando era más joven alimentaba a los dragonartos, las bestias que nos quieren comer.

Ella me sacó de mi casa, caótica, con un padre que.

.. —Se detuvo y volvió a tomar aire—. En fin, sabes que aún quedan seres humanos buenos cuando conoces a Delfina.

Bajé la vista hacia el agua una vez más, todavía sintiéndome desanimada.

—¡Señorita Gyuri!

Alcé la vista al escuchar un movimiento y giré para encontrar a Flye, que saltaba entre las hidrófitas alineadas hasta el bote. Realizó unos saltos largos y luego voló hacia mí. Me puse de pie, procurando no balancear la barca.

—¡Flye! —Sonreí tan amplio que mi rostro pudo haberse rasgado.

Coloqué mis manos para que aterrizara y recibí a la ranita alada. Acerqué su piel a mi mejilla y me embarré un poco de su humedad.

—Señorita Gyuri, no me responda lo que le voy a decir. Estoy muy feliz de verla otra vez, de saber que su tormento acabó. Temí mucho por su salud.

Fruncí mis labios en una sonrisa un tanto conmocionada.

—Flye... me hiciste mucha falta.

—¡Le dije que no me respondiera, señorita!

Recordé que detrás de mí se encontraba Aeris, con una sonrisa dirigida hacia nosotros, aunque solo podía escuchar mi voz y no la de mi amigo anfibio.

Por ello, me vi obligada a interrumpir la conversación, a pesar de que había muchas cosas que deseaba compartir con él. Muchos consejos que quería pedirle.

—Esa es la ranita de Cyrone —dijo Aeris—. Él también suele hablarle mucho. A veces siento que ustedes, los que usan capas, pueden entender a los animales.

La joven rio en voz alta, y yo acompañé sus risas para disimular que estaba bastante cerca de la verdad. Coloqué a Flye en mi hombro y continuamos con el camino.

Durante una de nuestras paradas en un islote más pequeño que los demás, apareció el hermano de Aeris llevando consigo una carga prominente de verduras.

No se veían muy apetitosas; de hecho, parecían ser las sobras de otras entregas.

Acomodó el saco en el bote y me escudriñó de pies a cabeza.

Luego, trató de parecer más imponente al enderezarse, inflando el pecho y carraspeando sobre su puño cerrado.

—Hola, Gyuri.

Ladeé la cabeza al mirarlo, pues no sabía de dónde se había aprendido mi nombre.

—Hola, ¿Evren?

—Señorita Gyuri, me alegro de que ya haya hecho nuevos amigos —susurró Flye en mi oído.

—Así es —respondió el chico, pasándose los dedos como peine por el cabello dorado—. Veo que me recuerdas, tal vez sí dejé una buena impresión en ti después de todo.

Parecía que estaba fingiendo su voz; al menos, las veces anteriores que lo había escuchado su tono era mucho más suave y un poco más agudo.

—Bueno, eso de golpear cabezas a traición con un bate se te da bastante bien.

De repente, las pecas apenas visibles en sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso. Trató de ocultarlo dándome la espalda, pero yo ya había captado su rubor. Poco después, Aeris regresó con otro saco y se subió al bote.

—Ya súbete y deja de intentar lucirte frente a Gyuri —lo regañó ella. Evren le dedicó una mirada furiosa a su hermana.

Evren se subió al bote y los cuatro nos marchamos. Noté que el chico me dedicaba bastantes miradas que ocultaba cuando yo se las devolvía.

—Y... —habló Evren, luego de habernos sumido en el silencio—. ¿De dónde vienes tú, Gyuri? —me preguntó, cruzándose de brazos.

Trataba de lucir un poco desinteresado en lo que yo iba a contestar, pero sabía que estaba atento a mi respuesta.

No podía decirle que era de Riveria, no me creería.

—De Dendroría.

—¡Dendroría! ¡Por supuesto! —respondió como si conociera ese lugar, o como si hubiera salido de Dregonia alguna vez. Podía leer en su porte y en sus expresiones que él siempre había estado bajo el cobijo de esos árboles.

Me quedé mirándolo un rato con curiosidad.

—Oye, Evren —le dije—. Si eres un hombre, ¿por qué no estás en la Guardia?

Abrió la boca como si fuera a responder, pero luego se detuvo, desviando la mirada como si buscara una vía de escape para evitar la pregunta. Por suerte, su hermana estaba allí para rescatarlo.

—Verás, Gyuri —dijo Aeris en un tono risueño—. Evren casi fue atacado por un dragonarto y lo suspendieron. ¡No vaya a ser que un dragonarto se lo coma!, por eso está a prueba hasta que demuestre ser fuerte otra vez.

Aunque Aeris se reía en ese momento, podía imaginarme cuánto había sufrido antes por esa misma razón.

Haber tenido a su hermano al borde de la muerte.

Nym se me vino a la cabeza, y la urgencia por salir de Dregonia e ir a buscarlo me desesperó.

Sin embargo, reflexioné que debía tomarme las cosas con calma y esperar a que Cyrone me dijera que estaba recuperado por completo.

Evren asintió cabizbajo, bastante avergonzado, y quise quitarle ese peso de encima.

—No debe ser fácil enfrentarse a una bestia como esa. Y que lo hayas hecho es admirable.

Él me dedicó una sonrisa tan amplia que sentí que mis palabras habían tenido un efecto infortunado en él.

—No todos los hombres van a la Guardia, ¿sabes? —carraspeó Evren, tratando de recuperar su dignidad. Asentí porque había visto a muchos hombres en el templo—. Algunos se dedican a la religión o a los negocios. Torineros, carteros, artesanos... Solo que a esos los ves más fuera de Dregonia.

—Se refiere a los hombres mayores de treinta años, Gyuri. Los jóvenes son obligados a ir, todos —remarcó Aeris, volviendo a enterrar el orgullo de Evren bajo tierra.

—Bueno. Gracias, Aeris —bufó él.

Al llegar a la quebrada de un nuevo islote, nos detuvimos abruptamente y me levanté para bajar del bote. Los mellizos intercambiaron unas palabras entre ellos antes de dirigirme la mirada. Al ver sus gestos fruncí levemente el ceño, sin comprender lo que planeaban.

—Te tenemos una gran sorpresa, Gyuri —me señaló Evren, y aquello tan solo me confundió un poco más.

—¿Qué? ¿Por qué me darían algo? —pregunté, y Aeris soltó una pequeña risa.

—¿Sabes, Gyuri? Hace tiempo no recibíamos a alguien en el orfanato. Eres un respiro de aire fresco. Tómalo como un regalo de bienvenida —me dijo ella y pasó por mi lado. Hizo una señal con la mano para que me apresurara. Evren, con vasta confianza, me empujó desde atrás, tomándome de los hombros.

—Estos hermanitos me están comenzando a gustar —opinó Flye en mi oreja.

Me rendí y me dejé llevar por ellos entre la arboleda que rodeaba los bordes del islote.

Al llegar, me sorprendió ver que en aquel lugar solo se alzaba una casa de madera, de forma tan cuadrada que resaltaba entre las demás que habíamos visitado.

Era sencilla, maltrecha y tan apartada que resultaba difícil de encontrar.

Cuando divisé la puerta de la casa imaginé que carecía de ella o que siempre estaba abierta.

Si tuviera que describirla, me recordaba a los hongos de Dendroría, pero sin el hedor característico, o a las tiendas de armas de los forasteros en el camino.

Miré con curiosidad a Aeris, cuya sonrisa insinuaba una invitación implícita que ni siquiera necesitaba ser expresada: «sígueme y lo verás».

Mi incertidumbre se desvaneció en el momento en que crucé el umbral de aquel lugar. Un hombre de larga barba me saludó con familiaridad, aunque no pude notar muchas otras características para describirlo, dado que detrás de él había estantes repletos de libros viejos.

Me cubrí la boca para sofocar el grito de la impresión. Sin querer miré a Flye, quien también estaba con la boca abierta.

—¡La acaban de traer a su paraíso, señorita!

—Esa era la expresión que esperaba ver —dijo Aeris, después de saludar al señor.

—Bienvenío’ gemelo’ Scatriria, y señorita...

—Gyuri —completó Aeris.

Tuve que contenerme al máximo para no salir corriendo por el paraíso de libros. Apreté tanto los labios que Aeris consiguió comprender lo que deseaba.

—Mi amiga tiene muchas ganas de revisar los títulos de su librería, señor Crod. ¿Será eso posible?

El hombre asintió con una sonrisa y, apenas lo hizo, di un grito de emoción y me desentendí del mundo.

Recorrí las estanterías, deslizando la mirada sobre los libros y ocasionalmente acariciando sus lomos, ensuciándome los dedos de polvo solo para asegurarme de que todo eso era real.

¿Lo era realmente? No parecían tratarse de los mismos temas que siempre había leído, tenían títulos curiosos y contraportadas que llamaban mi atención.

¿Estaba en Catarbella, o por qué sentía que en ese lugar estaban todas las novelas de Melcior?

—Así que de verdad te gusta leer —dijo Evren, acercándose a mí cuando me encontró en el suelo rebuscando entre los libros de la estantería más baja.