Caelum 20 #2
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20 #2

—La humanidad, Gyuri. Los hombres de ese entonces torturaron, abusaron y violaron a una joven.

Ella era parapléjica y muda. No podía pedir ayuda.

Entre todos se compartían ese secreto, e incluso las mujeres lo sabían y no hicieron nada para evitarlo.

Algunos aseguraban que como todos ellos desahogaban toda su profunda maldad con aquella «muñeca», no existía violencia en nuestra sociedad.

Pero eso era cruel. Era ruin. La diosa Nylena se enojó con la humanidad y nos arrebató el cielo, para que muriéramos lenta y dolorosamente.

Observé que debajo de aquella desalentadora frase se alzaba una figura tallada en piedra. Una chica demasiado joven y muchos desgraciados alrededor de ella, profanando su cuerpo.

—Yo todavía no nacía cuando todo esto ocurrió —continuó Aeris—.

Muchos humanos y animales se ahogaron bajo un diluvio inmenso que un día cesó y se llevó el cielo consigo.

Desde entonces no ha vuelto a llover y fuertes huracanes nos han azotado.

Mi familia llegó a Dregonia en busca de refugio.

Es casi el único sitio en donde la gente no muere producto de esas violentas tormentas de viento.

Tragué saliva.

—¿E... esa niña murió? —pregunté, sin despegar mis ojos de la figura, con un dolor extraño apresando mi pecho.

—Esa niña jamás murió. Se dice que podían hacer lo que fuera con ella, solo porque era incapaz de morir —terminó por decir Aeris—. Quizá había sido enviada por Nylena para probar nuestros límites. Lo interesante es que los sobrepasamos todos.

Fruncí el ceño y me tensé por completo. Por supuesto, la masacre de aquella chica activó las lanzas del Empíreo, y con ellas Lummina se quitó la vida.

¿Por qué Caelum, la antigua serafina del cielo, decidió suicidarse?

¿Acaso conocía a esa niña y le dolió su pérdida?

¿Ella tuvo la culpa de la masacre de esa chica?

¿Es que ella lo orquestó y se suicidó por la culpabilidad?

No podía ser. ¿Por qué haría algo tan ruin?

Pero si la muerte de esa pequeña provocó que Lummina quisiera quitarse la vida. .. entonces...

Abrí la boca de la impresión al pensar en lo inimaginable.

¿Esa niña había sido una de sus tronos? ¿Esa niña habría sido su hija original? ¿Era posible que yo fuera un reemplazo y por eso me hubiera ocultado bajo tierra?

—Por eso el culto exige un nuevo mundo al Gran Empíreo —terminó de explicarme Aeris, sacándome de mis hipótesis.

Aeris se dio la vuelta con los brazos cruzados, pero yo decidí adentrarme en el templo y observar al grupo de personas que se había sentado junto a los demás, todos con la cabeza gacha y cubiertos con sus capuchas, sin pronunciar palabra alguna.

Parecía como si estuvieran rindiendo homenaje a la figura esculpida que se alzaba ante ellos. Culpa, remordimiento, dolor.

Mi mamá... ella era una de ellos. Creía lo mismo, que la diosa Nylena había fallecido, que el mundo era un caos.

No me cabía duda alguna de que mi madre profesaba esas creencias.

Una nueva interrogante me surgió. Según Cyrone, Lummina había elegido esa familia para mí antes de morir, es decir, quería inculcarme la idea de que Nylena había muerto. ¿ Por qué ?

Cuando me adelanté tanto que la oscuridad se volvió insoportable, uno de los encapuchados en el centro de la circunferencia levantó una vela hacia el techo.

Las personas que estaban a su alrededor inclinaron aún más la cabeza hasta que la chocaron con el suelo.

Aquellos que estaban más lejos de la luz central mostraron su respeto arrodillándose.

Para evitar destacar entre los demás, retrocedí para salir del templo, apresurándome y agachándome como si temiera que me notaran.

Sin embargo, debido a mi prisa por salir choqué de frente con otro encapuchado.

Aquel hombre estaba bastante más apartado que los demás, y se había quedado de pie, casi al final de la capilla. Me miró desde su posición y yo reconocí sus facciones con tanta claridad que tuve miedo.

Es el torinero que nos trajo aquí , pensé. Por suerte, el hombre ni siquiera pareció notar cuando choqué con él. En cambio, se concentró en rendir homenaje a la luz de la vela, la cual pronto fue acompañada por un coro de voces que resonaban desde la base hasta la cúspide redondeada del templo.

Aquella melodía me tomó por sorpresa, porque me transportó a un recuerdo que guardaba en el fondo de mi mente.

Era la misma canción que solía tararear en mi casa en Riveria.

Aquel cántico estaba desprovisto de palabras, y se deslizaba en el ambiente como una línea incesante de notas musicales.

Mi rostro de fascinación debió haber sido extraordinario, ya que aquel torinero, sin reconocerme aún, me susurró:

—Es la melodía de bienvenida de los serafines.

—¿De los serafines? —repetí con nerviosismo.

—Sí, cada vez que se funda un nuevo mundo, el coro de serafines da la bienvenida a las vidas que murieron en el mundo anterior. Estamos pidiéndoles que reinicien nuestras vidas.

—¿Por qué pedirían eso?

—Porque somos desdichados, ¿acaso no eres de esta religión? El mundo actual está repleto de muerte y sufrimiento. Eso nos pasa por depender de una deidad que nos ha abandonado. Hace unos días mi torina murió, y ahora no tengo cómo trabajar. Me he quedado en la nada y mi hija está enferma.

Noté su enfado e impotencia mientras me lo explicaba. Me dio miedo seguir preguntándole, así que me mordí la lengua.

—Comandante Xylo —dijo el torinero. Alcé la cabeza otra vez.

La figura enorme e implacable, envuelta en una capucha y seguida por un par de individuos con capa, avanzó por el pasillo del templo hacia la salida.

Aunque el torinero y varios ciudadanos más lo saludaron, aquel hombre, que aparentaba estar en la cúspide de la jerarquía social de los dregonenses, los ignoró a todos.

No se giró hacia nadie, ni siquiera para brindarles una mísera mirada. Aun así, todos le rindieron respeto. Vi su enorme silueta desaparecer por la entrada y miré otra vez al torinero, el cual rechinaba sus dientes de la ira.

—Maldito, maldito comandante —mascullaba entre susurros.

—¿Es el comandante de la Guardia? —le pregunté con curiosidad, pese a que ya sospechaba cuál era la respuesta.

—Ese es el maldito que absorbe todos los recursos de la ciudad para destinarlos a una institución que nos es prescindible.

¡Que ellos nos protegen! Eso es lo que ellos quieren hacernos creer, pero este domo de madera puede impedir que los predadores entren.

¡No los necesitamos! Ese hombre es el culpable de todo, especialmente de que la gente se muera en la pobreza.

Ni siquiera la mitad de los recursos de Dregonia se destinan a la salud, ¿puedes creerlo?

Mi hija... Sin que yo tenga trabajo, mi hija va a morir.

Él se giró hacia mí, y me sobresalté al encontrarme con su mirada directa por primera vez.

Al instante sospeché que me reconocería, que recordaría.

Probablemente él me vio herida y sabía que bajo la capa yo escondía un par de cuernos de cabra.

Aunque me mantuvo la mirada sorprendida por unos segundos, luego apartó la vista otra vez, con una indiferencia que por mi paranoia creí que fingía.

—Señorita —dijo él, antes de marcharse.

Al nombrarme de esa forma y abandonarme en aquel lugar, supuse que era su forma de despedirse. De pronto, la inseguridad que me recorría también me dejó atrás. No se acordaba de mí. Suspiré de alivio.

La sensación se desvaneció en un instante cuando, al volver la mirada hacia el comandante Xylo, el imponente líder de los guardianes, descubrí que me clavaba sus ojos felinos.

Bajo la caperuza me era imposible discernir claramente su expresión, pero habría jurado que detecté un dejo de desprecio en su mirada.

Pronto, se volvió hacia el lado contrario y siguió caminando.

No fue hasta que sus ojos me dejaron en paz que pude soltar el aliento que sin darme cuenta había vuelto a contener.

¿Qué había sido eso?