17
F ui incapaz de sostenerle la mirada al serafín en el bote, creí que sería imposible volver a hablarle después de lo ocurrido y, aunque parecía tranquilo por fuera, observé que su rodilla vibraba con nerviosismo.
Aeris siguió hablando, lo que nos ayudó a llenar los espacios traicioneros del silencio, pero en un momento desafortunado nos miró a ambos y metió la pata.
—¿Acaso se han peleado, o por qué será que no...?
—¿Dónde está Flye? —pregunté en voz alta, interrumpiéndola. Luego recordé que no era tan normal preguntar por una rana frente a los humanos.
—Está con las otras ranas —me respondió Rydel—. Él me dijo que aquí en Dregonia era un sitio único con ríos y esas cosas. Pese a que no eran de su familia ni linaje, al menos eran de su misma especie. Creo que debe estar...
—Rydel —lo interrumpió Cyrone, con una tonalidad grave y represiva. El pequeño se encogió en su lugar.
Aeris rio en voz alta.
—Los niños son muy divertidos —comentó ella.
—Rydel es divertido, te corrijo. Yo siendo un niño no deliro con que hablo con las ranas —dijo Polett.
Sonreí sin querer, y luego solté otro suspiro queriendo reprimir mis risotadas.
Volví mi vista hacia Cyrone para saber si también le había causado gracia, pero lucía más serio que nunca.
Al menos al girarme hacia él, lo descubrí mirándome de reojo.
Tan pronto como lo miré, volteó su cabeza hacia el otro lado.
Sacó un nuevo cigarrillo y lo encendió con los fósforos que recogió en el camino para llegar al bote.
Me sobresalté ligeramente al recordar lo que me había hecho.
Aquel cigarrillo que él había dejado en mis labios, lo había guardado de manera cuidadosa en uno de mis bolsillos.
Exhalé, preparándome para entablar una conversación con él.
—¿Vas a fumar frente a dos niños? —le dije con un tono lo suficientemente fuerte como para que no pudiera ignorarme. Quería recuperar la naturalidad con la que solíamos hablar.
Cyrone no volteó su rostro ni su cuerpo hacia mí, solo sus pupilas. No dejó de fumar.
—Fui golpeado en el rostro con un bate, los niños podrán entender que necesito relajarme de algún modo —respondió él.
Rydel soltó el aire, riendo con miedo de que el serafín lo volviese a reprender.
—Como si un cigarrillo hubiese podido calmar tu carácter alguna vez.
Cyrone rodó los ojos en blanco, pero por fin curvó su boca en una sonrisa. Una hermosa sonrisa.
—Un guardián tiene que ser gruñón para liderar —dijo Polett con su típico aire solemne, lo que me hizo reír.
—Oh, Polett, tienes un mal concepto de tu superior —lo regañó el serafín.
—Por supuesto que no, no. —Polett por primera vez se encogió en su posición—. Capitán, si le he faltado el respeto yo... cumpliré una penitencia, incluso ofreceré mi vida.
Alcé las cejas dada su exageración. Ese niño realmente se tomaba en serio su honor.
—Estupendo, entonces juntaremos a los del orfanato afuera. Niños y niñas, sin excepción. Los llamarás para una batalla entre dragonartos y guardianes. Tu penitencia será ser un dragonarto —ordenó Cyrone.
Me fascinaba escuchar cómo cambiaba su tono de voz al dirigirse a niños.
—¡Pero fui un dragonarto la última vez! —reclamó Polett.
—Polett, penitencias son penitencias —dijo Aeris, mientras rodeaba el bote por el islote del orfanato para estacionar.
—No te preocupes, Pol, Gyuri estará en tu equipo. —Cyrone me sonrió maliciosamente.
—¡¿Yo por qué?!
—Por faltarle el respeto a tu superior. Misma penitencia. Es lo justo. —El serafín se encogió de hombros y a mí me tembló una ceja.
—Veremos quién es superior, entonces. —Me puse de pie al instante en que el bote chocó con la tierra.
i
Doce niños, con edades comprendidas entre los ocho y catorce años, se agruparon en las afueras del orfanato, cada uno sosteniendo una rama. Yo estaba entre los Dragonartos, mientras que Cyrone se encontraba en el grupo opuesto, los Guardianes.
—Recuerden que está prohibido golpear la cabeza. Un toque en el corazón con la rama es suficiente para sacar del campo al oponente —nos dijo Cyrone, explicando las reglas del juego a los presentes, probablemente más a mí, que a diferencia del resto jamás había jugado.
Polett se tomaba el juego muy en serio, saltando lateral de un lado a otro, preparando su cuerpo, recitando en susurros algo parecido a: «Me desayuno guardianes, los almuerzo, luego los ceno, luego me los meriendo».
Al comenzar el juego, algunas niñas pequeñas quedaron eliminadas por razones obvias.
Retrocedí al observar la determinación con la que los mayores se lanzaban al combate; muchos de ellos tenían mi misma estatura, y yo jamás había practicado con armas en comparación.
Polett bloqueó un «ataque» dirigido hacia mí con una destreza tal que apenas pude seguir el movimiento de su ramita.
—Aléjate de la princesa de los dragonartos, Brodt —vociferó.
—¡Bueno, este es un dragonarto que habla! —replicó Brodt.
—¿Princesa de los dragonartos, Polett? —preguntó Cyrone, con una ceja arqueada. Contuvo una risa burlona. El rubor volvió a asaltarme el rostro.
—En efecto, una princesa, ya que no hace nada —explicó Polett.
Lo que al principio me había halagado, luego me hizo verlo con las cejas fruncidas.
—Pues entonces deberemos derrocar a la princesa para acabar con todos. ¿Están de acuerdo? —dijo Cyrone sonriendo con malicia.
—Por supuesto que sí, capitán —le siguió Brodt, viéndome con ojos voraces.
Los otros chicos y chicas, de apariencia bastante más ruda que la mía, parecían estar desenvainando sus ramitas para atacarme. No tenían por qué prepararse tanto, no opondría demasiada resistencia, aquel era un juego que superaba mis capacidades.
—¡Traten de pasar por encima de nuestro cadáver! —gritó Polett en un tono dramático—. Vamos, Rydel, ¡protejamos a nuestra princesa!
Rydel se mantenía agazapado en una esquina, y fue entonces cuando me di cuenta de que era parte del equipo de los Dragonartos.
—No me gusta este juego —admitió Rydel mientras Polett le jalaba de la ropa para posicionarlo. Ambos niños, que me llegaban un poco más arriba del codo, me protegían como si se tratara de una batalla de la vida real.
Cyrone indicó a los cinco chicos del equipo contrario que se lanzaran contra los tres que quedaban de mi equipo. Polett logró eliminar a dos de ellos, mientras que Rydel fue eliminado en el proceso. Los otros tres enemigos aguardaban pacientemente su oportunidad para tomarme por sorpresa.
—¡Basta, un momento! ¿Qué pasa con el capitán? —Apunté a Cyrone—. ¿Acaso él no va a atacar?
—¿Quisieras que lo haga, princesa? —me preguntó mostrando su hoyuelo al sonreír. Negué hastiada hacia él.
—¿Es que tú eres un príncipe que tampoco hace nada? —mascullé.
—¡Él es un capitán! ¡Él manda! —me corrigió Polett.
—¡No defiendas al enemigo! —lo regañé.
—Princesa, no es conveniente que el capitán Cyrone se meta en la batalla, digo, para nosotros —susurró colocando su mano para cubrir lo que me decía.
—Polett tiene razón —admitió Cyrone. Polett se volteó con sorpresa al darse cuenta de que lo había escuchado—. Lo que es justo es que los adultos no entremos hasta el final. Si mis niños le ganan al tuyo, entonces tendrás la oportunidad de apuñalarme en el corazón. Trato.
Negué con la cabeza, pero los niños de Cyrone vitorearon con entusiasmo. Estaba claro que tenían ventaja sobre nuestro equipo, aunque Polett se mantuvo firme, sin dar un paso atrás, y me hizo un gesto de asentimiento, transmitiendo un claro mensaje de «confía en mí».
Cuando los tres se abalanzaron contra Polett, este esquivó sus ataques con ágiles movimientos y posiciones, que me deslumbraron más de lo que podía imaginar. En tan solo unos minutos el chico había logrado despachar a dos de ellos, quedando un solo contrincante: Brodt.
Ambos niños se miraron jadeando del cansancio, bañados en sudor, apuntándose mutuamente con las ramitas como si fueran espadas.
—Este combate va a terminar con un solo ataque, tal y como un duelo de guardianes —dijo Cyrone y yo alcé una ceja.
—¿Eres el único que puede elegir los términos?
—¿Tienes algo que agregar, princesa?
Alcé el mentón y lo dije:
—Si nosotros ganamos, entonces el capitán deberá obedecer una orden de la princesa de los dragonartos y...
—¿Y lo mismo al revés? —me interrumpió Cyrone con malicia en su rostro.
Asentí hacia él, sintiéndome un poco insegura al ver su confianza.
—Hecho —terminó por decir el serafín.
Cyrone me sonrió sin mostrar los dientes, y sin presagiar que Brodt se abalanzaría contra mí de sorpresa.
El chico esquivó el golpe que Polett trató de darle para detenerlo y corrió velozmente hacia mí.
Antes de que pudiera retroceder, el fornido niño me embistió con todo el impulso y me derribó al suelo.
Al estar a mis espaldas me rodeó el cuello con un brazo y me atrajo hacia él, lo que dificultó mi respiración.
Mi grito se ahogó y solo la orden de Cyrone logró detener a Brodt.
—¡Brodt! ¡Déjala! ¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —El niño me soltó asustado y yo tosí, de vuelta en el suelo—. ¡¿En qué estabas pensando al hacer eso?!
—¡Exacto! ¡Eso es una trampa! —exclamó Polett, apuntándolo con el dedo.
—Claro que no lo es —se defendió Brodt—, las reglas no dicen nada sobre aplicar llaves.
—¿Llaves? ¿Y quién se supone que te enseñó eso? —masculló el serafín.
—Fue... fue el... comandante... —comenzó a tartamudear el niño, al borde de las lágrimas.
Sentí compasión por el chico, por lo que estiré la mano e hice una seña para calmar la situación.
—Está bien —murmuré con voz ronca y a medio volumen—. Estoy bien.
Me levanté adolorida y tambaleante por el remezón que me di en la tierra, mientras Cyrone me miraba con impotencia.
—¿Cómo puedes permitirte ser derribada por un niño de doce años? —espetó el serafín.
—Oh... —suspiré indignada—. ¿De verdad me vas a regañar por ser atacada?
Se acercó a mí y me tomó del brazo, sus labios rozaron mi oreja con un susurro profundo:
—Eres una serafina, carajo.
Me tensé al escuchar su voz, pero lejos de intimidarme, sentí un extraño calor recorrer mi cuerpo.
—¡En el nombre de Nylena te reprendo, maldito guardián! ¡Yo vengaré la muerte de la princesa dragonarta! —gritó Polett en mi dirección, provocando vítores entre los demás niños.
Arqueé una ceja al haber sido declarada muerta.
—¡No! —exclamó Brodt—, las reglas decían que si vencíamos a la princesa ganábamos.
—Oh, ni siquiera te atrevas a nombrar las reglas, niño tramposo.
Lo que parecía ser el inicio de un despiadado duelo fue interrumpido por Aeris, quien abrió la puerta principal del orfanato para llamarnos a cenar.
—¡Hay bresle al jugo! —anunció, y aunque no supe a qué plato se refería, confirmé que era el favorito de los niños porque la mayoría de ellos abandonó su interés en la batalla, soltando las ramitas y gritando de felicidad en dirección a la casona.
El único que quedó en pie fue Polett quien, frustrado, le exigió a Brodt que regresara.
—¡Maldito guardián! ¡Maldito seas, guardián! ¡Ven aquí y termina el duelo como el honorable guardián de Dregonia que eres! —gritó Polett y le siguió el paso a los demás niños.
El cascarrabias de Cyrone se cruzó de brazos, con sus gruesas cejas fruncidas. Lo miré divertida y le tapé la cara con mi mano.
—Oh, no, esa cara gruñona no me la pongas a mí.
—No hablo con los muertos —contestó, retirando mi mano con fastidio.
—Mi equipo ganó —afirmé con orgullo.
—Sí, claro.
—El último guardián en pie gana. Ese fue mi chico, Polett. He ganado.
Cyrone resopló.
—Para haber ganado, estás llena de rasguños.
Miré mi brazo que sangraba por el golpe y la fricción contra el suelo. Me sorprendió no haberlo notado antes que él. Me quité la capucha y le mostré la herida con una sonrisa.
—Míralo.
—Gyuri.
—Aguarda un momento —murmuré, hasta que mi piel volvió a cerrarse y cicatrizar como si nunca se hubiera rasgado—. ¿Crees que un rasguño hará llorar a la serafina del cielo?
Él no se rio ni deshizo su ceño fruncido.
—Estoy hablando en serio. No puedes ser tan frágil.
—Qué llorón eres, serafín de la tierra. Es solo un rasguño.
—¿Qué harás si alguien te ataca en serio? —insistió él.
—¿No viste cómo me sané? ¡No soy una mujer frágil!
—Aprenderás a defenderte. Te enseñaré a hacerlo.
Lo miré con incredulidad y guardé mi brazo de vuelta en la capucha.
—Oh, capitán, usted no se cansa de dar órdenes incluso después del trabajo. —Sacudí la tierra de mi ropa con las manos.
—Fue un empate, ¿no? Ambos ganamos. Entonces obedecerás mi orden. Entrenarás conmigo.
Cyrone se dio la vuelta sin darme tiempo para responder y comenzó a caminar de regreso a la casona.
—Oh, pero entonces yo también te tengo una orden.
Él se detuvo. Me dio la espalda y se giró ligeramente, lo suficiente para hacerme saber que me escuchaba.
—Dormirás en mi habitación esta noche.
Su expresión cambió de súbito, como si le hubiera dicho algo inapropiado. En ese momento yo no sabía lo que podía significar invitarlo a dormir conmigo.
—¿Cómo? —Me miró incrédulo.
—Tú dormirás en el suelo, claro.
Recordaba que mis padres decían que solo los matrimonios podían dormir juntos en una cama. También recordaba haber preguntado la razón, pero nunca me la dieron.
Cyrone puso los ojos en blanco.
—Esa es una gran invitación, Gyuri.
Reí en voz baja ante su sarcasmo.
—Es una orden —lo corregí.