18
E l bresle al jugo resultó ser la especialidad de Aeris.
El plato, que consistía en una langosta asada a la plancha, cubierta de panceta crujiente y rociada con espuma de azafrán, deleitó mi paladar.
Sin embargo, pronto la culpabilidad por estar comiendo un animal con el que pude haber hablado me asaltó.
Me quedé un largo momento con la cabeza apoyada en mi mano, contemplando esa exquisitez que me incitaba a llevármela a la boca.
¿ Podríamos ser amigos en otra vida ?, pensé.
—¿Te vas a comer eso? —me preguntó el niño sentado a mi lado, y al ver que yo no le respondía pinchó el marisco con su tenedor y lo llevó a su plato.
Más tarde ayudé a Cyrone y a Aeris a llevar a los pequeños a sus respectivas camas.
Al intentar levantar a uno de dos años de su silla, estalló en llanto en mis brazos. En medio del pánico el serafín, con una sonrisa, me lo quitó.
—¿Qué forma de cargar a un bebé es esa, Gyuri?
—La última vez que cargué a un bebé tenía doce años — me excusé, recordando que Nym era mucho más rechoncho y yo considerablemente más baja en aquel entonces.
En la habitación de los niños algunos se destapaban repetidas veces al dormir, lo que obligaba a Aeris a volver a cubrirlos. Permanecí en el umbral observándolos, hasta que el serafín salió del cuarto contiguo y me dio un pequeño empujón para llamar mi atención.
—¿Me mostrarás el reconfortante suelo de tu habitación? Digo, la cama en la que dormiré.
Asentí, aún entretenida en mis pensamientos. Uno de los niños dormía en la misma posición en la que solía dormir mi hermano, y no pude evitar observarlo. Se revolvía entre las sábanas como si estuviera luchando dentro del sueño.
Descansé mi rostro sobre el marco de la puerta.
—Hey. —Cyrone chasqueó los dedos frente a mí.
Lo miré sorprendida y asentí de manera automática.
—Sí —respondí casi por inercia.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado.
Suspiré profundo y volví a mirar al pequeño.
—Ese niño se caerá de la cama esta noche. Pegará una patada tan fuerte que se deslizará por el borde y se dará un buen golpe en el trasero. —Reí con nostalgia. Nym solía despertarme de esa manera.
—¿Lo dices por experiencia?
—Yo no me caía dormida, solo despierta —afirmé risueña.
Él sonrió.
—Ya vamos, nono.
i
La pequeña habitación que habían preparado para mí estaba en el desván de la casona.
Para acceder a ella debíamos desplegar una escalera de madera y abrir una compuerta.
Una vez dentro, me acerqué a mi cama y reboté al sentarme en el colchón.
Cyrone permaneció dando vueltas por el ático, haciendo crujir el suelo con cada paso.
Observó las muñecas antiguas posadas sobre el mostrador de madera oscura y desgastada.
Aunque no era un lugar lujoso, con el montón de juguetes viejos que se guardaban allí, para mí era un privilegio contar con la bendición de Delfina y todos los que habían adaptado el ático para que fuera mi cuarto.
Cyrone no pronunciaba palabra alguna. Se limitaba a analizar el entorno, incómodo por el ruido que él mismo hacía al caminar. Yo apenas podía verlo gracias a la tenue luz de las velas que acariciaba su piel.
—¿Te gusta...? —le pregunté con cierta inseguridad, como si hubiera sido yo quien decoró el lugar.
—Pues, todo el cuarto huele a ti —me respondió.
Reí algo avergonzada.
—Espero que eso sea algo bueno...
—Llenas todo lo que tocas de tu esencia, ¿verdad?
Alcé una ceja, confundida.
—¿Supongo? No estoy muy segura de a qué te refieres.
Cyrone me sonrió levemente y luego apartó la mirada, metiendo las manos en los bolsillos. Al ver que no aclararía mi duda, me dejé caer de espaldas en la cama.
—Ah. Siempre eres tan misterioso y raro —dije con cansancio.
—Tú eres demasiado curiosa.
Avanzó por la habitación con pasos decididos, acercándose a mí. Al llegar junto a mi cama, se dejó caer con suavidad al suelo. Al oírlo tumbarse me giré para verlo, pero solo pude ver su cabello.
—Oye, serafín. ¿Tienes hermanos? —le pregunté al verlo acomodarse. Él resopló—. Tendrás que aguantarme. Soy demasiado curiosa. —Sonreí traviesa.
Cyrone inclinó la cabeza hacia atrás, recostándola sobre el colchón. Mi mano, cercana a sus mechones, encontró el camino hacia su pelo. Con ternura, enredé mis dedos en sus suaves hebras. Ese día me había dado permiso para tocarlo. Entonces podía hacerlo, ¿verdad?
—Sí, tengo una hermana. No compartimos lazos de sangre, pero lo es.
No pude evitar sonreír al escucharlo.
—¿De verdad? ¿Qué edad tiene? —pregunté, imaginando que se refería a uno de los niños del orfanato.
—Unos doce siglos.
Casi me atraganté con mi propia saliva.
—¡¿Cómo?!
—Su nombre es Faraine, la serafina del mar.
Mi expresión se relajó al entenderlo todo. Me recosté de nuevo en la cama y miré hacia el techo, sin desenredar mis dedos de su cabello.
—La serafina del mar..., debe ser preciosa.
—Lo es —me contestó—, aunque parece un pescado seco cuando sale del agua.
—Tiene sentido. Es la serafina del mar. —Sonreí, y la imagen de ella con cabeza de pez me causó gracia—. ¿Y es igual de rara y misteriosa que tú?
—Hmm. —Él hizo un gesto afirmativo sin mirarme—. Oye, tienes los brazos muy largos, ¿no? Pobrecilla, ni siquiera puedes guardarlos.
Reí. Atraje mi mano hacia mí para detenerme.
—Qué bueno que lo hayas notado tan tarde.
Nos quedamos un momento guardando silencio.
Estaba contenta de compartir mi tiempo con él, quizá demasiado.
El recuerdo de Nym me había golpeado con la imagen de aquel niño.
Tal vez mis padres no estaban vivos, pero Nym lo estaría.
Sin embargo, no quería que la razón por la que Cyrone me cuidaba terminara.
¿Nos volveríamos a ver después de encontrar la reliquia?
¿Se quedaría a mi lado cuando Nym volviera conmigo?
Él le había hecho una promesa a Neblina, ¿cuándo se cumpliría?
No quería alejarme de él, pero sabía que mi egoísmo no podía primar.
Mi hermano estaría solo, quizá asustado, yo. ..
—Mirabas mucho a Colyn y ahora me preguntas por mi hermana. Extrañas a Nym, ¿no es así? —me preguntó de pronto.
Me mantuve en silencio mirando el techo y él respetó cada segundo. Decidí responderle, aunque la voz me sonó innecesariamente temblorosa.
—Me gusta estar aquí. Tu mundo, Cyrone, me encanta. Es cálido, colorido...
—¿Mi mundo? —me preguntó con una sonrisa.
—¿Soy mala por eso? —Jadeé por la sensación que comenzaba a invadirme.
Él dejó de sonreír de inmediato—. ¿Soy mala por estar tan feliz de tenerte a ti, a Flye, Ry y querer pasar tiempo con ustedes?
¿Por querer explorar la superficie? ¿Por querer quedarme en el orfanato?
¿Por pensar en cosas que no se tratan de Nym y de mis padres?
—Ni siquiera estaba tan segura de lo que estaba diciendo—.
Soy... soy lo peor. El tiempo no me perdonará.
Los perderé... si es que no los he perdido ya.
Dejé mi mano izquierda colgando a un lado de la cama y, sin previo aviso, él la tomó en la suya. Entrelazó sus largos dedos con los míos. Miré nuestro contacto con sorpresa y nerviosismo.
—No. Empezaste este viaje para encontrar a tu familia y salvar a tu hermano. Estás aquí por esa razón, y no eres culpable por ser feliz por lo que has encontrado en el proceso.
Cuando quise responder, el aire se atoró en mi garganta. Solté la mano de Cyrone y me senté en la cama con desesperación. Sostuve mi cuello con las manos; el aire no entraba. Él se levantó y se sentó a mi lado. Acarició mi mejilla, y al irradiarme de su iridia volví a respirar profundo.
Siseó para calmarme.
—Estás bien. Enfócate en mí, ¿de acuerdo?
Asentí, con temblores en el cuerpo.
—Hace mucho tiempo no veo a Faraine. Fui un hermano hostigante, demasiado protector, como un padre. Eres de mi misma calaña, Gyuri, por eso te entiendo. Esa trucha se enamoró de una criatura marina. Una serpiente marina. Asqueroso, para mí era inaceptable. ¿Sabes lo que hice?
Lo miré tratando de recuperar el ritmo normal de mi respiración.
—Intenté crearle una ciudad submarina en la que pudiera vivir. Una tan maravillosa que le bastara para ser feliz. Para que se alejara de esa serpiente.
—Vaya, ¿y funcionó?
—Por supuesto que no. —Cyrone sonrió con nostalgia—. La única forma en que se separó de él fue gracias a la diosa Nylena, quien congeló a la serpiente en un mar. Fue una penalización por distraerse de su labor como serafina.
—¿El amor es una distracción para nosotros? Eso es cruel, de por sí nuestra iridia es amor puro, y la iridia es todo lo que somos.
—El amor, la iridia y nuestra humanidad no los veo como un castigo, sino como una necesidad y un medio para que exista el mundo.
Si el Sempiterno no nos hubiera creado con la necesidad de sentir, no habríamos podido crear belleza ni cuidar de nada.
Faraine creó el océano más grande posible para que Comartus, la serpiente marina, pudiera moverse libremente.
Yo iluminé el mundo para que los humanos, como Delfina y los niños, pudieran continuar con sus vidas.
¿Te has dado cuenta? Es porque la naturaleza vela por ellos, y ese es su propósito.
No pude contestar, porque algo iluminó su rostro desde nuestro costado, como si un farol hubiera sido encendido en la esquina de la habitación.
Instintivamente, me cubrí con la mano y, con un esfuerzo, logré distinguir lo que brillaba en mi oscura recámara.
El pánico me invadió al pensar que era una criatura viva, como las maripolillas que resplandecían como luces en la noche.
—¿Qué es eso? —pregunté, pero Cyrone estaba igual de embelesado.
Encogida y con desconfianza, me levanté de la cama y me acerqué con cautela para atreverme a tocarla con la mano. Me sorprendió descubrir que parecía inexistente, pues no tenía una forma sólida. Era poderosa, una luz que desafiaba cualquier farol de la naturaleza.
—Serafina del cielo, tú sí que sabes cómo crear las estrellas.
—Gracias, pero te aseguro que no tengo ni idea de cómo «creé» esta cosa.
—Son tus emociones, igual que cuando haces llover o relampaguear. Algo está haciendo que crees luz en la oscuridad. Como te he dicho, las emociones crean verdadera belleza.
¿Estrellas? Eran deslumbrantes. La felicidad provocó que apareciera una pequeña luz a mi lado opuesto. La recibí con aún más júbilo, pero la situación se me escapó de las manos cuando surgieron más luces, una tras otra.
—Ya, es suficiente —dije, como si aquellas luces pudieran escucharme. Parecía que sí, pues se burlaron de mí reproduciéndose todavía más—. ¡Ya basta!
Cyrone rio al verme batallar contra mis amigas y se dejó caer en el colchón.
Mi habitación se llenó de luces flotantes.
Comenzaron a rodearme y a dar vueltas, y yo giré para seguirles el rastro.
Reí de satisfacción e intenté atraparlas con la mano, pero se deslizaron como pequeñas mosquitas escabulléndose por doquier.
Me volví hacia el serafín quien, recostado, las contemplaba con admiración.
En ese momento solo pude ser consciente de mis propios sentimientos. Estaban expuestos para él. Mi corazón hacía bailar esas estrellas al son del ritmo que marcaban mis latidos.
Me atreví a regresar a la cama y acostarme a su lado, manteniendo una distancia prudente entre los dos. Yo estaba de costado, observándolo de manera directa, mientras él se tomaba su tiempo para girarse y devolverme la mirada.
—No tienes que dormir en el suelo —susurré.
—¿Esa también es una orden?
—Una invitación.
Curiosa, recorrí la sábana con los dedos, como si estuvieran caminando hacia su cuello. Cuando toqué su piel, él se engrifó un poco. Mantuve la mano ahí hasta que su calor me fue transmitido. Mi respiración se entrecortó cuando pude sentir su pulso acelerado.
—¿Qué es esto? —le pregunté.
—Mi cuello —obvió.
—No, hablo de... esta necesidad mía por tocarte.
—A mí se me hace cada vez más difícil tocarte —respondió él.
—¿Por qué? —susurré y me acerqué un poco.
—Temo que no podría parar.
Cuando estuve tan cómoda como para apoyar mi frente sobre su cuello y respirar su esencia, comencé a comprender por qué era peligroso compartir una cama con él.
El instinto se apoderó de mí y le di un beso en su cuello. Dejó escapar un suspiro y tomó mi mentón para alejarme. Me miró con seriedad, como queriendo contenerme.
Muy contrario a lo que creí que ocurriría, mi espalda chocó de vuelta contra el colchón. Cyrone se había subido sobre mí. Sus manos descansaban a ambos lados de mi cabeza y su cuerpo se acomodaba entre mis piernas. Un leve rubor coloreaba su rostro y su respiración se volvió más agitada.
Abrí los ojos, sorprendida por la mezcla de miedo y adrenalina que se apoderaba de mí.
Era una sensación increíblemente placentera.
Él presionó más contra mi cuerpo y yo no lo aparté; no podía hacerlo, aunque quisiera.
Le sonreí y él no aguantó la distancia. Se acercó a mi rostro y abrió la boca, rozándola contra la mía sin llegar a tocarme.
Dejé escapar un jadeo suave cuando sentí su respiración chocar contra mis labios.
No sé qué hice mal, pero justo cuando pensé que iba a satisfacer todas mis ansias, se separó de mí con un suspiro entrecortado y se levantó de la cama.
—Perdón. —Se agarró el cabello con la mano y se giró para marcharse.
—Espera, ¿qué pasó? —le pregunté y él se detuvo.
—Si me quedo, podría hacer algo de lo que me arrepentiría después —explicó, evadiendo mi mirada—. Podría lastimarte.
—Pero confío en ti. Sé que no me harías daño.
Me miró durante un instante lo suficientemente prolongado como para darme a entender que dudaba.
—Buenas noches, Caelum —dijo, y con una mirada derrotada abrió la puerta del ático y salió.
Las luces flotantes fueron desapareciendo con lentitud, sumiéndome de nuevo en la oscuridad. Mi respiración seguía entrecortada, mi mente dispersa. Di unos pasos por la habitación, pero ¿qué me estaba sucediendo?