Caelum 15
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L os niños me lanzaron varias miradas curiosas mientras Delfina me instaba a recorrer los pasillos para mostrarme las habitaciones compartidas.

Cada cuarto contaba con al menos seis camas dispuestas en paralelo, enfrentadas las unas a las otras.

Los pequeños estaban divididos por género y edad, lo que resultaba en lechos de diferentes tamaños, e incluso cunas.

Además, hacían presencia con sus juguetes tirados por doquier, dibujos decorando las paredes, pequeñas toallas colgadas fuera de los baños y diferentes atracciones infantiles, como peluches de felpa y carruajes de madera.

—Todo esto ha sido donado por los habitantes de Dregonia.

Después del Gran Diluvio muchos niños hambrientos perdieron a sus padres y vinieron a parar aquí.

Luego siguieron llegando, ya no por la catástrofe del Gran Diluvio sino por la del ser humano —me explicó Delfina mientras recogía algunos juguetes del suelo.

Me agaché para ayudarle a levantar algunos otros, y al levantarme observé la puerta abierta del cuarto comedor. «¿Estará él todavía allí?», me pregunté.

—¿A quién buscas, torinilla? —me preguntó Delfina con una sonrisa juguetona.

Negué con la cabeza y agité las manos de manera exagerada.

—No... digo, a Rydel —balbuceé como una estúpida.

—¿Rydel? ¿El morenito con el que ustedes llegaron? Seguro está con Cyrone.

Al mencionar al serafín me volteé para mirar a la anciana y luego desvié la vista hacia el techo, lo cual le hizo gracia. La sangre se me acumuló en las mejillas cuando escuché sus carcajadas.

—Oh, ahora entiendo todo mucho mejor —murmuró para sí misma—. ¡Aeris! ¡Aeris! —Llamó a alguien, usando las manos para amplificar el sonido debilitado de su voz.

No creí que alguien pudiera escucharla, dado que su voz no daba abasto, pero una persona apareció corriendo hacia nosotras. Cuando la vi llegar, mis labios se despegaron sin querer. Sorprendida, analicé a esa joven grácil y hermosa.

—Señora Delfina —saludó la joven. Se sostuvo las manos tras su espalda y me miró con curiosidad—.

Hola, Gyuri, me alegro de verte despierta por fin.

Mi nombre es Aeris y soy la hermana mayor del orfanato.

—Puso una mano en su pecho al presentarse—.

Es decir, es una ocupación extraña, ¿no?

, «hermana-mayor». Pero a mí no me gusta llamarme cuidadora ni niñera.

Nada de eso. Entonces prefiero que me digan hermanita mayor, esa es la razón por la que estoy aquí.

Y no es que no tenga a mis padres, es decir, tengo madre y no un padre.

Bueno, es que yo no vivo aquí, pero sí me quedo aquí todos los días para trabajar. Es todo muy confuso, lo siento mucho.

La joven había extendido la mano para saludarme, pero yo me había quedado un tanto perdida en su monólogo.

—Mucho gusto, Aeris —le respondí mientras estrechaba su mano. Esbocé una leve sonrisa.

—Aeris preciosa, guía a Gyuri hacia donde está Cyrone. Lo ha estado buscando todo este rato —susurró Delfina en su oído.

—Eso... eso no es... —Traté de justificarme ante Delfina, pero ella me sonrió y se alejó por el pasillo. Deseé hacerme polvo.

—¿No lo has visto? —me preguntó Aeris cuando ya estábamos solas—. ¡¿Despertaste y no le has avisado a Cyrone?! ¡Él ha estado muy preocupado por ti! ¡Tenemos que ir ahora! — exclamó y me agarró de la muñeca, arrastrándome por la casa hasta que salimos de ella.

La puerta que daba a la salida era gigante, tanto que ambas tuvimos que empujarla para abrirla.

Una vez fuera, vi el borde de la ribera que se bañaba del río y un bote de madera que había varado en la orilla.

Aeris pateó la embarcación para devolverla al agua y se subió a ella tras dar un gran salto.

—¡Vamos, Gyuri! ¡Quiero verle la cara a Cyrone cuando te vea! —gritó mientras sonreía—. ¡Es que él creía que te morías!

¿ Cómo iba Cyrone a pensar que me moría ?, me pregunté.

Las luces del árbol que resguardaba la casona iluminaron el rostro de Aeris, lo que me permitió verla con claridad.

Era rubia como yo, pero su cabello poseía un tono dorado, no blanquecino y opaco como el mío.

Su melena larga, ondulada, junto con sus ojos de pupilas verdosas, me dejaron aturdida.

¿Podía ser tan perfecta? Debía ser un dibujo más, pero no el de un niño, sino el de un pintor fabuloso.

Guardé esos pensamientos para mí y la seguí hasta el bote, cubriéndome toda la cabeza con la capucha.

Una vez sentadas, me quedé inactiva mientras ella tomaba las palas y remaba.

Contemplé su perfil delicado y su piel de leche.

Su sonrisa era amplia y perfectamente alineada.

Me sentí un monstruo a su lado y me cubrí aún más con la capa.

No me sentía cómoda en su presencia, todo lo contrario.

Ella era una belleza incomparable conmigo.

—Por cierto, te estoy llevando a un campo de entrenamiento.

Hoy Cyrone no está de guardia, pero aprovecha para llevar a los niños del orfanato al campo y enseñarles el uso de las armas.

Adelanta un poco sus lecciones y, además, practica con los más jóvenes.

En la Guardia, el hombre que entrena a los niños es un maldito despiadado: Xylo.

El comandante Xylo. Cyrone es solo un subordinado más, pero te aseguro que es mucho mejor luchando con la lanza que ese desgraciado cabeza de piña —me explicó sin tomar ninguna respiración de por medio.

—¿Qué? —le pregunté cuando acabó de hablar.

El bote tambaleante me revolvió el estómago por la falta de costumbre; lo asumí porque nos cruzamos con varias otras naves en las que sus pasajeros abordaban la situación de maravilla.

En el camino examiné las casas que se posaban en los islotes y observé a las mujeres colgando prendas mojadas bajo los árboles, permitiendo que el agua que desprendían volviera a sus raíces.

Mujeres por doquier, tanto fuera como dentro de las casas, según lo que pude ver a través de las ventanas. Era algo curioso.

Trataba de no analizar de más a Aeris para no hacerla sentir incómoda, pero ella continuó hablándome y mirándome sin apartarse lo suficiente.

La manera en que no apartaba la mirada de mi rostro cada vez que hablaba me ponía nerviosa.

Su hermoso vestido acentuaba aún más mi vergüenza.

Bajo la capa llevaba mi típica prenda holgada y blanca.

Todas las chicas en los botes y en los islotes vestían faldas que les llegaban hasta debajo de las rodillas.

Con el calor que hacía, nadie llevaba una capa tan gruesa como la mía. Me sentía ridícula.

—¿Te molesta tu capa, Gyuri? —me preguntó Aeris mientras remaba—. Puedes quitártela, estamos cerca de Catarbella, así que las temperaturas aquí dan para desabrigarse. Se ve que te pesa un montón.

Pero no podía quitármela.

—Yo... de hecho, tengo frío —mentí de manera poco convincente.

Ella se quedó mirando el colorado de mis mejillas, pero no dijo nada al respecto.

Cuando arribamos al islote al que supuestamente íbamos, el bote chocó y quedó atrapado en la tierra de la orilla.

Aeris se bajó al instante. Yo me puse de pie para imitarla, pero mi movimiento hizo que la embarcación se balanceara, por lo que caí de trasero en la orilla del agua.

Terminé empapada y Aeris se acercó a mí, extendiéndome su mano para levantarme.

Con la poca dignidad que me quedaba, le agradecí.

Sacudí el barro de mi ropa, pero lamenté que mi vestimenta fuera blanca; ahora parecía que me habían enterrado bajo tierra.

—Tranquila, en casa te prestaré un vestido. Por el momento, quítate la capa; ahora que está húmeda te pesará el doble y...

Aeris trató de arrebatarme la capucha, pero retrocedí de golpe. Mi reacción desesperada hizo que se detuviera en seco.

—Espera... entonces tiene sentido. Eres del culto del nuevo mundo, ¿no? Por eso usas capa. Chisa, no esperaba que Cyrone fuera capaz de convertir a más gente a su movimiento religioso —asumió Aeris y no me quedó más opción que asentir. No tenía idea de qué hablaba.

¿Aquí existía un culto que las exigía? Ese invento había sido muy inteligente por parte de Cyrone.

Recorrimos un hermoso camino de flores que nos condujo a un campo de entrenamiento tan amplio como una pradera desierta.

En él, muchos niños formaban un círculo alrededor de algo que observaban con atención.

Me acerqué por detrás de Aeris para pasar entre los jóvenes varones que nos impedían ver lo que estaban presenciando.

Aeris era considerablemente más alta que yo, y apenas alcanzó la primera fila, me tomó del brazo para ponerme delante. Un calor abarrotó mis mejillas porque todos los niños nos prestaron atención al llegar.

Cuando volví la vista al pequeño que estaba a mi lado, este desvió la mirada al suelo. Entre la seguidilla de personas que había detrás de él, pude observar que solo había hombres. ¡Éramos las únicas chicas!

Miré al frente, al centro del redondel, y lo vi a él.

Lo vi después de varios días de inconsciencia.

Se me escapó una sonrisilla y bajé las orejas por puro instinto.

Cyrone estaba de pie, esperando a su siguiente contrincante, o eso parecía, ya que cargaba una lanza plateada en sus manos.

Cuando apuntó con el dedo hacia un joven de unos dieciocho años, aquel recorrió con la mirada a los que tenía cerca.

Luego volvió a ver al serafín y se apuntó a sí mismo, a modo de pregunta.

—Serás idiota —murmuró Aeris, y no me dio tiempo para preguntarle por qué maldecía.