15 #2
Al parecer, el sujeto indicado no quería ser el siguiente contrincante, pero aceptó a regañadientes la lanza que le concedía uno de sus compañeros para enfrentarse a Cyrone.
Me quedé maravillada viendo al serafín y su firme agarre de la vara.
El brillo de la lanza reflejaba la determinación en sus ojos, y cada movimiento generaba una oleada de emoción en mi pecho.
Cuando el joven rival se paró frente a él, Cyrone hizo girar con sus dedos la lanza por delante y por detrás de su cuerpo con una destreza admirable, lo que fue suficiente para intimidar al pobre.
Por mi parte, me vi obligada a aferrarme a la capa con firmeza, como si intentara apaciguar la creciente intensidad de los latidos en mi pecho. Me di cuenta, poco a poco, que ese palpitar ferviente surgía de la admiración y el anhelo que experimentaba hacia él.
—Este... ¿podemos usar bates? —preguntó el joven, dirigiéndose a alguien que parecía ser el instructor.
Cyrone resopló y negó con la cabeza.
—Tienes dieciocho años. Ya deberías saber combatir con un arma afilada.
—Es que... yo...
Cyrone le cedió su propia lanza, haciéndola girar hasta que el joven se vio obligado a recibirla en sus manos. Esa lanza parecía pesar mucho más que la primera, pero logró sostenerla con un poco de esfuerzo.
—¿Me pasarías el bate, Ryoren? —dijo el serafín dirigiéndose al instructor. Extendió la mano para recibir el bate y luego se tronó el cuello.
Cuando ya lo tenía en sus manos, reparé en lo apuesto que lucía.
Era evidente que ya había combatido varias veces en el día, por el sudor que le recorría las sienes y el cuello; por cómo jadeaba, por cómo mostraba un notable control a pesar de estar agotado.
Ay, por el Sempiterno, es tan ... Pronto comencé a cuestionarme qué se suponía que estaba pensando en un contexto como ese.
Exhalé para tranquilizarme; debía aplacar mis deseos humanos, tal como me lo había recomendado el serafín.
Sería difícil para él explicarme por qué precisamente él era quien los desataba en mí.
Examiné a mi alrededor y observé a varios jóvenes que se agrupaban para ver mejor.
¿Los había desafiado a todos ellos? La pregunta estuvo a punto de salir de mis labios cuando me giré hacia Aeris, pero me quedé atrapada en el brillo que reflejaban sus ojos.
Sin lugar a dudas, su mirada estaba fija en Cyrone.
No podía culparla; su porte fornido e intimidante era capaz de avivar la pasión de cualquier mujer. Recordé lo que decía Flye. Cyrone llamaba la atención donde fuera, incluso si solo se le veía la mitad del rostro.
Yo no era una mujer común y corriente, y aun así me molestaba caer en el mismo saco.
Cuando el instructor Ryoren anunció el inicio de la pelea, el joven rival abandonó una de las lanzas pues le era imposible manejar ambas.
Arremetió en contra de Cyrone y el serafín, con el bate en mano, hizo girar la madera por toda la circunferencia de su muñeca, como si fuera una lanza más.
Cuando el filo del arma parecía cortarle el cuello en dos, el serafín se agachó, permitiendo que solo rozara su capucha.
No se la quitó, como si tuviera todo calculado.
Cyrone movió el bate y golpeó la pierna del chico en un punto que lo hizo doblar la rodilla, incapaz de resistir el dolor.
El joven soltó la lanza al caer y trató de arrastrarse para recuperarla, pero Cyrone apuntó el bate hacia él y lo acorraló en el suelo. Puso la suela de su zapato en el pecho del joven y lo presionó contra la tierra.
—¡Evren, eliminado! —gritó el instructor Ryoren.
—¡No! ¡Instructor Ryoren! ¡Yo no he perdido! —insistió el joven, levantándose—. Yo... yo no tengo maestría alguna con la lanza. ¡Ninguna! ¡Esto no fue una batalla justa!
—Entonces, tienes maestría con el bate —le espetó Cyrone con los ojos entrecerrados.
El joven, inseguro, asintió con la cabeza, y eso fue suficiente para que Cyrone se despojara del bate que tenía en sus manos y se lo entregara.
—Vamos a probarlo —le dijo al instructor Ryoren, sosteniéndose el hombro derecho para estirar sus ligamentos.
El instructor hizo caso como si Cyrone hubiera ejercido el poder de su palabra. Era difícil distinguir si lo hacía o no, pero por la forma en que lo miraban los demás jóvenes podía apostar que le obedecían por respeto y admiración, no por su poder.
Cuando el instructor comenzó la cuenta regresiva, miré a Aeris asustada y le jalé la ropa.
—¿De verdad va a pelear ahora sin ningún arma?
—Así es, luchará a puño limpio. —Agudizó su voz mientras lo afirmaba—. ¿No es genial? Cyrone sabe todas las técnicas de combate habidas y por haber. Es como si hubiera entrenado por siglos.
Se notaba que ella tampoco sabía qué clase de criatura era Cyrone, pero eso no importaba.
Presté más atención a cómo sus ojos verdes brillaban y sus pestañas aleteaban coquetas.
Ella solo tenía ojos para él, entre todos los varones que por lo menos habían alcanzado la mayoría de edad en ese lugar.
Me di cuenta de que eso me molestaba por cómo el pecho se me oprimía.
Me desvié de ella para mirar al frente. El instructor nuevamente dio la señal.
El chico llamado Evren se abalanzó hacia el serafín y empuñó el bate directo contra su cabeza, pero Cyrone se echó hacia atrás, haciendo que su rival perdiera el equilibrio al no tener dónde apoyar la fuerza que había aplicado.
Luego, el serafín pasó por debajo de él y plantó su puño en el mentón de Evren en dirección al cielo.
Él sostuvo su mandíbula para reacomodarla.
El público reaccionó con onomatopeyas de dolor.
—El dragonarto se acaba de dar un buen postre contigo, Evren. —Cyrone lo contempló con suficiencia.
Con aquel alcance comprendí que la Guardia era un cuerpo de seres humanos que protegía la entrada de Dregonia de los dragonartos, los mismos que nos atacaron en el camino.
Un escalofrío me recorrió la espalda al recordar la herida.
Por eso Cyrone los entrenaba, para que supieran cómo sobrevivir ante un animal enorme, corpulento, fuerte y agresivo.
Pero debía cambiar su actitud ante rivales como él. Me crucé de brazos al pensar en cómo le regañaría para que fuera más comprensivo y paciente con ellos. Después de todo, solo eran chicos humanos.
—¡No! —gritó Evren—. ¡Aún no he terminado!
Y el joven no se dejó caer a pesar del dolor que sentía.
—¡Eso es, Evren! ¡Sabandija! ¡No te dejes morir! —gritó Aeris a mi lado, con tanta fuerza que llamó la atención de todos.
Me volteé hacia ella, asombrada.
—Hermana, cállate —le susurró Evren, negando con la cabeza.
Me sorprendí al enterarme de que el joven que estaba al frente de nosotras era el hermano de Aeris. ¿Era acaso su hermano mellizo? Ahora que lo consideraba mejor, tenían un parecido físico notable.
—¡No me dejes en vergüenza! ¡Tu mamá no te parió para ser postre y merienda de un dragonarto! —exclamó ella con aún más intensidad.
Cyrone, hastiado, giró la cabeza para mirar a Aeris, quien realmente llamaba la atención con su escándalo; pero sin querer su atención se desvió hacia mí, enfocándome y suavizando la mirada de fuego que tenía momentos antes.
Me enganché en sus ojos y sonreí un poco, deseando saludarlo, gritarle alguna cosa; sin embargo, justo cuando estuve a punto de gesticular algo con mis labios, un bate impactó la cabeza de Cyrone en seco, de forma tan contundente que el estruendo me hizo saltar del susto.
Al distraerse mirándome, ignoró que el combate aún continuaba y Evren descargó toda su ira sobre su sien. El serafín cayó al suelo con los ojos en blanco.
Me cubrí la boca con las manos y noté que la capucha se le escurría un poco, alguien podría ver sus orejas. Al estar aturdido no era capaz de esconderlas, así que corrí hacia él para cubrirlo.
Llegué al centro del campo y me arrodillé a su altura.
Él me vio delante de sí, acomodando su capucha.
—¿Estás bien, Gyuri? —murmuró sosteniéndose la frente.
—¿Me preguntas eso tú? —ironicé, desesperada.
Se notaba que su mundo daba vueltas, puesto que apenas podía abrir los ojos. Miré a Evren y lo reprendí con una mirada ardiente.
—¡Los débiles siempre atacan de sobreseguro! ¡¿No?! —le grité, y Cyrone se levantó para calmarme.
Evren retrocedió al verme embriagada de ira.
—Lo que hizo está bien. Fui yo quien se distrajo —me dijo Cyrone. Volví a mirarlo y noté que un hilillo de sangre se deslizaba desde su ceja hasta la mejilla.
—¡No, bueno! ¡Celebrémoslo entonces! —vociferé.
—¡Gyuri! —gritó alguien desde la multitud. Era Rydel, quien corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos—. ¡Despertaste! ¡Despertaste!
Detrás del niño se asomó una niña de melena oscura y ojos verdes vibrantes, vestida como los demás chicos, que se cruzaba de brazos y agravaba la voz con un semblante bastante masculino.
—Con que tú eres la famosa Gyuri. —La niña me alzó una ceja.
La saludé con sorpresa mientras recibía el abrazo de Ry, pero mis ojos se clavaron en Cyrone, quien se había levantado y avanzaba tambaleante entre la multitud, con Aeris siguiéndolo de cerca.
—¡Tal parece que la merienda y postre del dragonarto fue Cyrone! —gritó Evren, recibiendo una reprimenda visual por parte del instructor—. Digo, el capitán Cyrone...
—¡Estás descalificado! —gritó el instructor Ryoren.
—¡Qué! —reclamó y alargó el tono de su voz, incrédulo, como si su ataque no hubiera sido furtivo e insidioso.
Volví a mirarlo con ira mientras abrazaba a Rydel, y el chico se quedó pálido.
Seguro que aquel contraste lo había espantado aún más.