14
A l día siguiente desperté del profundo letargo. Con dificultad, enfoqué la estela de luz que se filtraba a través de la ventana. Un árbol imponente proyectaba su iluminación natural en cada rincón de la pequeña habitación. ¿Dónde me encontraba realmente?
Oí muchas voces agudas en el exterior, mezcladas con pasos estridentes.
Me enderecé y me envolví en mi capa, cubriendo por completo mi cabeza.
Al principio anduve con torpeza, pero después de unos pasos recuperé mi agilidad.
Al abrir la puerta que chirriaba, me encontré con un largo pasillo.
La casa resultaba más grande de lo que había imaginado.
El techo se alzaba con considerable altura y el suelo de madera burdeo crujía bajo mis pies.
Aunque el lugar no parecía tenebroso, sino más bien acogedor, mi corazón resonaba y golpeaba como un tambor.
Mi último recuerdo lúcido: habíamos sido atacados por un grupo de dragonartos y uno me había atravesado el abdomen.
Me palpé el vientre, pero ya no quedaba rastro alguno de la herida.
Cuando reuní el valor suficiente para empujar la siguiente puerta, llegué a una sala común cuyas paredes estaban salpicadas de coloridos dibujos.
La mayoría de ellos carecía de formas bien definidas o letras legibles, lo que me hizo suponer que eran obra de pequeños artistas: niños.
Fue entonces cuando el bullicio cobró sentido; había una gran cantidad de niños allí.
Esa certeza se confirmó al verlos reunidos en una larga mesa, más allá de la abertura de cortinas de la sala.
Con curiosidad, miré detrás de la cortina y vi a mis amigos en medio de ellos.
Rydel estaba cabizbajo, escondido en su capa.
A su lado derecho había una niña de cabello negro y corto intentando entablar una conversación con él, pero el querubín tan solo asentía y la miraba de reojo de vez en cuando.
Mis ojos se perdieron en la cabecera de la mesa, donde encontré a Cyrone, encapuchado como siempre.
Me sorprendió verlo trenzando el cabello de una pequeña niña de quizá unos tres años que se sentaba en una de sus rodillas.
Sonreí y me sujeté el lado izquierdo del pecho cuando mi corazón se inquietó.
Podría haber entrado para interrumpir y avisarles que había despertado, lo que seguramente les habría alegrado, pero en lugar de eso me sumergí aún más en las sombras, pues la escena era demasiado reconfortante para mí.
Flye se subió al centro de la mesa y los niños rieron al verlo saltando entre los platos, mientras que algunas pequeñas se asustaron y se pusieron de pie. Había dos opciones: Flye buscaba ser el centro de atención o simplemente no podía resistirse al ver los panqués horneados frente a él.
Cyrone tenía una horquilla en la boca y un niño tiraba de su capa, tambaleándolo.
Finalmente, el serafín perdió la paciencia y se volvió hacia el travieso.
Con ese único gesto, el pequeño gritó y salió corriendo para esconderse.
Me reí detrás de la tela de la cortina, aferrándome a ella con las manos.
—¡Por fin has despertado! —escuché decir a alguien detrás de mí.
Alcé las orejas por instinto bajo la capa y tiré de la prenda hacia abajo para reprimirlas.
Me volteé y vi a una anciana con una bandeja en sus manos, la cual contenía algo de apariencia dulce.
La viejita era bastante más baja que yo, y creí reconocer su cara de algún lado; como si hubiera soñado con su rostro.
—Hola, soy Gyuri — me presenté, sin estar segura de qué era lo pertinente.
—Oh, eso ya lo sé. Espera un momento, ¿olvidaste que ya nos habíamos conocido? —me preguntó extrañada. No tuve que responderle, mi expresión se lo dijo todo—. Ya veo, acompáñame. Puede ser un poco abrumador para ti si mis niños te ven y no sabes dónde estás.
Se volteó y comenzó a caminar en sentido contrario. Me sentí tranquila cerca de ella, por lo que decidí confiar y acompañarla.
Sentadas en una pequeña cocina decorada con un amplio ventanal que permitía apreciar el exterior, nos vimos las caras hasta que me sentí lo suficientemente cómoda para decir algo.
Observé hacia afuera y noté la singularidad del paisaje.
En lugar de un techo de niebla infinita, había un domo que bloqueaba el paso a algunas bestias externas que chocaban contra los troncos.
Era el gran domo de árboles que protegía la ciudad de Dregonia.
—Entonces Cyrone te trajo de vuelta tras el ataque de los dragonartos. Entiendo que el torinero también volvió sano y salvo. Es un milagro que hayan sobrevivido —me explicó.
La estaba escuchando, sí, pero la imagen de la ventana captaba toda mi atención.
Si dejaba de lado aquel domo titánico y bajaba la vista, veía que alrededor de la casa solo había agua.
Un riachuelo que aparentaba tener una profundidad formidable, como la del mar, pero era un río, según me explicó Delfina.
La anciana me ofreció una taza de chocolate caliente y al tenerla en mis manos, sin saber bien aún qué era, la llevé a mi boca y me deleité.
—El territorio de Dregonia está hundido, así que cuando ocurrió el Gran Diluvio se formaron estos islotes —me dijo Delfina—.
Hay una inmensidad de ríos que cruzan toda la ciudad, y cada familia tiene su propio islote.
—Al parecer se percató de que mis ojos brillaban al mirar la taza que rodeaba con mis manos—. Te gustó el chocolate caliente, ¿eh?
—Es lo más delicioso que he probado jamás —respondí sin dudar, relamiendo mis labios.
—Oh, vaya. Lo dices después de haber recorrido un largo camino con Cyrone, ¿no es así? Eso quiere decir que es realmente sabroso, porque ese chico ya me superó en la cocina hace años.
Tosí nerviosa; había olvidado los magníficos platos que Cyrone había preparado para nosotros. Al evocar su imagen comprendí que ese lugar era importante para él, no solo porque seguramente había aprendido de Delfina a cocinar, sino porque era su hogar.
—¿Es un orfanato? —pregunté mientras echaba un vistazo a mi alrededor—. ¿Cyrone llegó aquí cuando era niño?
Dudé al decir «niño», puesto que él en realidad había sido querubín como Rydel.
—¿Niño? ¡Claro que no! ¡Ese ya era todo un hombre cuando lo encontré después del Gran Diluvio!
Apoyé los codos en la mesa, incapaz de ocultar mi curiosidad.
—Usted lo salvó —asumí sin que me lo dijera.
Ella asintió y una sonrisa adorable se dibujó en su rostro.
—Hace como unos... —Delfina cerró los ojos para recordar— dieciséis o diecisiete años, en los campos fuera de Dregonia, cuando estaba plantando en las afueras para los dragonartos, hallé a un pequeño torinillo.
Estaba flaco, con la mirada perdida y sin color en su piel.
Parecía que no tenía vida, pero sí respiraba, muy, muy bajito. Sí, muy bajito.
»Como te dije, él no era un niño, pero lucía casi como uno, así que lo traje a mi orfanato.
Aquí traté de darle alimento, pero no conseguía hacer que comiera.
Nunca comía ni dormía ni hablaba, y aun así, el torinillo no moría.
Yo no lo podía abandonar, porque no parecía haber otras criaturas como él.
Aunque lucía como un ser humano, evolucionó de una forma muy curiosa.
Así como la ranita Flye ganó alas, estoy segura de que los humanos como él comenzaron a desarrollar sus orejas y a crecerles cuernos.
Nunca había visto uno igual. Pero siguen siendo humanos.
Pensé que los demás pueblerinos de Dregonia no lo entenderían.
Por eso, lo escondí hasta que pudiera volver a manifestar su voluntad.
Cuando el color de su piel trigueña regresó y pude hablarle, sorprendentemente despertó y me miró por primera vez.
Guardé silencio mientras continuaba explicando, y el chocolate caliente empezó a enfriarse en mis manos.
»Ah, pero él no me respondió, ¿qué crees?
Parecía vivo otra vez, aunque no quiso hablarme.
Me miraba con desinterés, o con una suerte de desdén.
Ese torinillo había sufrido una traición muy grande, porque su corazón estaba más cerrado que el domo de árboles que ves en el cielo.
Aun así, le cosí una capa oscura para cubrir sus cuernos y lo presenté a mis niños.
Ellos jugueteaban alrededor de él. Cyrone solo los miraba con desprecio, o tal vez con un poco de nostalgia. Era difícil leer esa mirada apagada.
—¿Qué fue lo que hizo que volviera a hablar? —le pregunté.
Delfina sonrió y las arrugas que se formaron al lado de sus ojos iluminaron todo su rostro.
—Un día, Goldin lloró frente a él —dijo ella—.
Goldin es un niño corpulento, y en ese entonces era solo un bebé, pero hizo uno de esos berrinches a los que los adultos tanto tememos.
Lloró, pateó, gritó como si yo le estuviera haciendo algo malo.
Pero en realidad no le hice nada malo, ¿sabes por qué lloraba?
Negué con la cabeza; no se me ocurría la razón.
—Quería quitarle la capa a Cyrone y se lo prohibí tajantemente. Goldin no es malo, pero sí muy travieso y obstinado. Cuando ese bebesote gritaba en llanto, Cyrone cambió su expresión por primera vez.
Separé los labios de la impresión.
—Era como la cara de alguien que veía a otra persona desahogar todas las frustraciones, penas y dolores en su lugar.
Cyrone jamás ha llorado, a pesar de haber sido brutalmente herido.
De todas formas, puedes encontrar la explicación que quieras.
Después de que Goldin dejó de llorar, él se puso de pie y escuché su voz por primera vez.
—¿Qué le dijo?
Delfina rio, echando la cabeza hacia atrás. Balbuceó palabras que se escondieron detrás de su risa escandalosa.
—¿Cómo? —pregunté contagiada de sus risas.
—¿Qué crees? Cyrone dijo: «Yo tengo los dedos para amputar ¿y eres tú quien llora?».
Al final no había sido nada gracioso, pero me reí porque su felicidad era genuinamente pegajosa.